"La belleza, también puede disfrazarse de muerte…"
Julián, un hombre de 32 años, joven empresario de rasgos atractivos y cuidados: barba perfilada, peinado impecable, sonrisa fácil y éxito visible. Le gustaba vestir trajes hechos a medida, accesorios discretos pero costosos, y un reloj que insinuaba estatus. Su postura era segura, casi imponente, caminaba con paso medido y mirada directa, como si evaluara constantemente el entorno. Proyectaba encanto sin esfuerzo, y las mujeres se rendían ante él. Era el nuevo rico del estado, heredero de la empresa automotriz de su padre, quien por motivos de salud tuvo que cederle el negocio familiar a temprana edad.
Una noche, el propietario de otra sucursal de autos —amigo de los padres de Julián— organizó una fiesta en su lugar favorito para darle la bienvenida oficial, tras haber superado la prueba de casi un año que acostumbraban los familiares antes de otorgar plena responsabilidad, especialmente en el sector empresarial.
—Buenas noches a todos —dijo el anfitrión, un hombre de unos sesenta años, con traje negro de corte impecable, corbata de seda y pañuelo al tono. Su perfume a whisky flotaba en el aire, y su voz pulida, propia de quien ha hablado en muchos salones de alto nivel, brillaba bajo las lámparas—. Es un honor recibirlos. Hoy celebramos a quien representa la nueva generación de empresarios.
—Bienvenidos, y gracias por acompañarnos en esta velada tan especial, tanto para mi familia como para nuestros allegados —intervino la madre del homenajeado, vestida con un elegante vestido largo color arena con matices amarillos, encaje discreto en el escote y perlas en el cuello. Sus manos temblaban apenas al tomar la copa.
—Es un placer muy grande para mí presentarles a alguien que siempre soñó en grande. Él ha trabajado para cada logro —dijo el padre, con traje oscuro clásico, corbata azul marino y gafas de montura fina. Su voz grave resonó levemente en la sala—. Estamos muy orgullosos de ti, hijo mío.
Los aplausos reverberaron en todo el lugar, mientras el nuevo integrante del gremio automotriz avanzaba entre la multitud para fundirse en un abrazo con su padre.
—Buenas noches —anunció Julián al subir al pequeño estrado. El traje azul marino ajustado resaltaba su porte; la solapa con un pequeño broche dorado reflejaba las luces—. ¡Gracias por venir! El aroma a rosas y pino que llena este salón me recuerda a los negocios que florecen con trabajo y raíces fuertes, como estas dos grandes familias que, juntas, seguirán trazando el camino hacia el éxito.
—Levantemos las copas —propuso el anfitrión. El tintineo del cristal se unió a una suave música de cuerdas de fondo—. Por el futuro y las alianzas.
—¡Por ti, papucho! —respondieron varias voces a la vez. Mujeres vestidas de gala se movían con tacones que marcaban el ritmo sobre el mármol. Había vestidos en tonos joya, encajes y seda, y un perfume floral que fluía como una estela.
—¡Salud! ¡Que siga la fiesta! —finalizó el joven empresario con el gesto digno de quien sabe cautivar. Su risa breve se mezcló con el clamor de felicitaciones, degustando la champagne designada para la ocasión especial—. Disfruten la velada.
Después del brindis, Julián decidió pasear con su copa por las distintas zonas del recinto, en busca de una mujer que lo acompañara. Su apetito sexual era tan intenso como su ambición por generar riqueza. Y entonces la vio.
—¡Ella! —susurró, señalando a una mujer que le robó la mirada desde que entró sin anuncio por una de las puertas que daban al jardín.
Una dama de unos treinta años, piel marfil que capturaba la luz del salón, figura esbelta que flotaba al caminar, abriendo paso entre la gente con sus curvas peligrosas bajo un vestido blanco perla bordado en hilos plateados. El escote pronunciado caía como una estela que acompañaba cada paso con gracia contenida. Su espalda descubierta brillaba con elegancia. Pendientes en forma de media luna recogían los destellos, y un moño sostenía su cabello, dejando escapar mechones rubio-platino que suavizaban su contorno, realzando su nobleza discreta.
Su rostro, de rasgos pulidos, ofrecía dulzura y decisión: labios llenos de un rosa natural, marcados por sutiles hendiduras en las comisuras; un pequeño lunar junto a la comisura derecha que acercaba intimidad cuando sonreía; mirada provocadora de ojos almendrados, con sombras doradas entre largas pestañas que observaban con calma inquietante.
Hablaba poco. Su voz aterciopelada, al igual que sus gestos medidos, bastaban para llenar la sala. De ella emanaba una fragancia cálida de jazmín mezclado con notas de cereza, dejando un rastro sutil, envolvente, de presencia y misterio. Una belleza femenina capaz de transformar la velada en algo cercano a un hechizo.
Julián no había visto a una mujer que iluminara la noche de esa manera. No perdió más tiempo y se apresuró a alcanzarla en el vestíbulo. Pero, a centímetros de ella, su mente maquiavélica ideó otra estrategia.
—¡Aaahhh! —gritó la dama al sentir el frío del líquido que cayó sobre su escote justo cuando giraba hacia otro lado—. ¡Mi vestido! ¡Nooo!
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —suplicó el joven tras haber derramado la copa de champagne sobre el vestido de la mujer—. No vi el suelo por mirar a una mujer tan cautivante.
El joven empresario ejecutó el mismo plan que solía usar con mujeres atractivas: provocar un accidente para romper el hielo. Sabía que su apariencia le daba ventaja, y que rara vez le reclamaban.
—Déjame limpiarte —dijo, sacando el pañuelo de su traje, intentando secarla… y tocarla más de lo necesario.
—¡Nooo! ¡Nooo! Así está bien, no pasa nada —respondió ella, incómoda, apartando la mano del chico mientras se secaba las gotas entre los pechos.
—¿Al menos me puedes decir tu nombre? —preguntó Julián, directo, deseando saber cómo se llamaba aquella mujer deslumbrante.
—Me llamo Isabel. Tú eres el hijo del señor Torres, ¿cierto? —respondió ella, mirándolo con una mezcla de confusión y repudio.
—Así es. Soy Julián, el nuevo empresario que tendrá el control de ambas empresas del gremio automotriz —resaltó él, intentando impresionarla—. ¿Te gustaría bailar conmigo?
Isabel no respondió con palabras. Simplemente tomó el brazo del joven como muestra de aceptación. Se acercó más a él.
Caminaron hasta la pista, donde la música de la orquesta cambió a una melodía más íntima. El anfitrión, cómplice del momento, dejó que el murmullo del grupo creara una atmósfera idónea para Julián e Isabel.
—Mira quién baila con el joven empresario —murmuraron en voz baja, tapándose la boca, un grupo de chicas que esperaban ser invitadas a bailar por él—. Ella parece salida de un cuento de hadas.
Sus miradas se cruzaban con cada acorde. El momento romántico era evidente, y todos en la fiesta lo apreciaban. Las pretendientes de Julián observaban con resentimiento.
Las conversaciones entre ellos se volvieron más cercanas: gustos personales, lugares favoritos, pasatiempos. La confianza crecía.
—Es una princesa perfecta para nuestro hijo —comentaron, cautivados, los padres de Julián, mientras el murmullo se transformaba en aplausos.
Cansados de bailar, decidieron sentarse a beber un par de copas de champagne, brindando por el momento que compartían. No se dieron cuenta de que la noche avanzaba. El reloj marcaba cuarto para la una de la madrugada.
—¿Y si vamos a un lugar más privado? —susurró Isabel, tentadora, al oído de Julián, mientras pasaba su mano por su muslo.
El hombre no dijo más. Tomó su mano y la guió lejos del salón, donde estaban la mayoría de los invitados. A unos metros, reconoció una de las habitaciones que el amigo de su padre solía usar para atender a personas que se sintieran mal: un cuarto de emergencia, por si acaso.
Abrió la puerta. Era, efectivamente, un cuarto de primeros auxilios, pero lujoso: mini nevera, cama amplia, baño con regadera, toallas limpias.
No dijeron nada más. Apagaron las luces y se dejaron llevar por el deseo. Julián la tomó entre sus brazos. Ella, de espaldas, fue desnudada entre besos y caricias que recorrían su cuerpo. Las manos del joven bajaban el cierre del vestido, que cayó delicadamente al suelo.
Entre las sombras, la silueta de Isabel se revelaba: curvas pronunciadas, pechos firmes, caderas marcadas, cintura diminuta. Se abalanzó sobre él, desabrochando su camisa botón por botón, tocando con intensidad su pecho… marcado por su labial.
La lujuria fue creciendo, cayendo desnudos sobre el colchón, dando paso al acto sexual. Pero poco a poco, algo comenzó a sentirse extraño. Cada vez que Julián se frotaba contra ella, la piel de la mujer se desprendía, volviéndose más fina entre sus dedos. Cada beso dejaba en sus labios pedacitos de piel muerta. Y lo más inquietante: ella no hacía ningún ruido. No gemía, no jadeaba, no gritaba. Parecía no disfrutarlo… o simplemente no sentir nada.
—Eres más callada de lo normal… ¿O quieres que te haga cositas ricas para que empieces hasta a maullar, gatita? —comentó Julián con tono ofensivo, esperando provocarla—. Mira que allá afuera otras quisieran estar en tu lugar. ¡Aprovéchame, nena!
Isabel no respondió. Solo continuó montándolo con movimientos cada vez más sutiles, bajando la intensidad.
—¡Baaa! —exclamó molesto al no ver entusiasmo en ella.
No le dio más importancia. Pensó que era efecto del alcohol, y siguió, centrado solo en su propio placer. Pero algo lo hizo detenerse.
—¡Dios mío! ¿Qué carajos es esa cosa? —murmuro en voz baja, al mirar el reflejo en el espejo frente a la cama, iluminado por la tenue luz de la ventana.
La bella dama ahora tenía la figura de un cadáver en descomposición. Trozos de carne se desprendían, dejando ver huesos y cartílagos. Su piel, antes perlada y delicada, se tornaba acartonada, sin vida, cayendo junto con mechones de cabello como si mudara escamas. Sus ojos estaban hundidos, vacíos.
—¿Qué… qué eres? ¿Qué eres? —balbuceó Julián, aterrado, mientras seguía copulando con aquella pesadilla.
Entró en pánico. Intentó quitársela de encima, pero no podía. Sentía un peso monstruoso. Ella sonrió. Su boca se abrió más de lo posible. Colmillos negros como carbón emergieron.
Con un movimiento imposible, lo mordió en el hombro —caugh—. La piel cedió. Hilos de sangre brotaron entre sus colmillos.
—¡Aaaaaahhhhhh! —gritó Julián, el dolor lo hizo clavar los dedos en la tabla de la cama.
Forcejeó. Ambos cayeron al suelo. Intentó incorporarse, pero la herida era profunda. La sangre se derramaba, debilitándolo. Se arrastró por el suelo, dejando un rastro de líquido vital.
Cuando por fin alcanzó la puerta, sintió que algo lo sujetaba del pie. Miró de reojo. Ella se acercaba, arrastrándose, con la boca abierta.
Se lanzó sobre él, rasgando su piel desnuda con las uñas. Alcanzó a desgarrarle parte del glúteo. La carne cedió. La sangre salpicó como lluvia fina. Un hedor metálico inundó el aire.
—¡Aaahhh! ¡Ah! ¡Aaahhh! ¡Ah! ¡Aaahhh! —gritaba Julián, desgarrado por las garras de esa cosa que lo perseguía.
La criatura escaló sobre su cuerpo hasta llegar al cuello. Mordió una vez. Mordió dos. Mordió tres veces más. —crack—. El hueso de la tráquea tronó. Los sonidos agónicos del joven se apagaban —ocg ocg ocg—. Ella saboreaba el río carmesí que brotaba de su garganta —mmpf—.
La entidad siniestra seguía devorando su carne fresca entre risas y agonía. El hombre adinerado, arrogante, terminaba con su suerte y su prepotencia, siendo presa de la mujer de sus sueños.
Moribundo, Julián trató de arrastrarse entre ríos de sangre por el pasillo. Pero fue arrastrado de vuelta por aquella entidad que ahora era la mujer de sus pesadillas. No dejó de lacerarlo, mutilarlo, hasta que lo fue llevando lentamente de nuevo a aquella habitación… donde la muerte y el dolor lo acompañaron en un bello compás orquestado por sus gritos de desesperación.
Un cruel final se
anunciaba mientras su voz se perdía…
por
siempre en la oscuridad.
Aprecié muchísimo este cuento, no solo por la historia, sino por la forma en que está construida.
ResponderBorrarTe mete en un ambiente elegante, sensual y súper detallado, para luego arrancarte de golpe y lanzarte a un horror visceral, casi traumático. Esa mezcla de atracción y repulsión está manejada con una intensidad que no se lee todos los días! Chapeau!
El relato me hizo sentir una tensión erótica muy bien trabajada, una curiosidad peligrosa, un deseo inquieto… y después un impacto brutal cuando la bella se vuelve monstruosa. Ese contraste funciona perfecto Sieg, terminas con el cuerpo tenso, como si hubieras acompañado al protagonista en una caída directa hacia algo q no se puede detener, además hay un simbolismo profundo detrás de la transformación, como si el cuento hablara del lado oculto del deseo y de cómo la belleza puede esconder lo más terrible. Muy buen trabajo! Me encanto👏