"Cuando la risa se convierte en condena..."
Cristal era una mujer divorciada y madre soltera de 33 años que vivía con su hija Maddy, una linda niña de tan solo seis años que, a su corta edad, había desarrollado un gusto especial por los payasos. Su sueño era tener un cuarto lleno de payasitos, pues los consideraba seres muy alegres que siempre buscaban hacer felices a los niños. Por eso, tuvo la idea de ir coleccionando muñequito tras muñequito que representara a esos trabajadores pintados de colores, expertos en hacer chistes y bromas para provocar risas.
Su madre no podía costear la presencia de uno de estos personajes en las fiestas de la pequeña, ya que el trabajo desde casa no era tan bien pagado como para darse el lujo de contratar a algún artista callejero disfrazado. Así que optó por regalarle una figura cada vez que encontraba una en sus salidas, como símbolo de esos curiosos individuos.
—¡Mamii! En mi próximo cumpleaños quiero que traigas un payaso de verdad —comentaba con anhelo Maddy, sabiendo que faltaba un mes para su festejo.
—¡Amor! Sabes que no hay dinero para traer uno a tu fiesta. Además, mira, ya tienes muchos aquí en tu cuarto —replicaba Cristal, observando la habitación repleta de objetos de payaso.
—¡Nunca son suficientes los payasitos, mami! ¡Nunca! —exclamaba la pequeña, abrazando su oso pintado de payasito.
—Haré lo posible para que en tu próximo festejo pueda venir uno... pero solo si te portas bien, ¡eh! —respondió Cristal con tono esperanzador, tratando de no ilusionar demasiado a su retoño, que la miraba con entusiasmo.
A unas cuantas calles, en un rincón apartado del barrio, se encontraba un bazar de cosas antiguas, sobre todo juguetes que algunos padres donaban o vendían al señor Octavio, un hombre fanático de devolverles vida a los objetos que otros descartaban por unos cuantos pesos.
—¡Ven aquí hermosa…! Se ve que te olvidaron en esa vieja caja, pero con una buena limpiadita quedarás como nueva —decía el dueño del bazar, admirando una figura de porcelana de una bailarina francesa—. Solo te daré un leve retoque para que te veas bella.
Ese día le dejaron varios objetos que, para algunos, eran basura, pero para el agradable anciano eran tesoros a los que aún podía sacarles provecho y darles una nueva oportunidad. Desde cuadros antiguos dañados, jarrones partidos, relojes que ya no marcaban las horas... aunque sus cosas favoritas eran, sin duda, los juguetes.
Su buen corazón lo llevaba a reparar sobre todo objetos de niños. Aquellos que no eran tan valiosos, los restauraba con esmero y luego los regalaba a un orfanato en las afueras de la ciudad, donde las monjas cuidaban a los pequeños por puro acto de amor.
—Veamos qué más hay por aquí... —murmuraba intrigado don Octavio, mientras hurgaba entre los objetos medio amontonados cerca de la entrada de su establecimiento.
Levantó con esfuerzo cada uno hasta que sus ojos se toparon con una caja de madera peculiar, cubierta de polvo y clavada por fuera, como si alguien hubiese querido asegurarse de que nada escapara de su interior. Usando una palanca, y con algo de esfuerzo, reventó la tapa. Una nube de polvillo se elevó en espiral.
—¡Ohuc! ¡Ohuc! ¡Ohuc! —tosió el pobre hombre, agitando la mano frente a su rostro para dispersar el aire contaminado.
Dentro, algo brillaba entre la penumbra de telas viejas y papeles arrugados. Al meter la mano, sintió entre sus dedos temblorosos una figura que, al fin, logró sacar: un extraño muñeco con un abrigo de terciopelo rojo, adornado con solapas de tela tornasolada que brillaban en tonos dorados, verdes, rosados y naranjas, según el ángulo de la luz.
Debajo, llevaba una camisa blanca ajustada con un solo botón morado, grande y pulido. El pantalón azul marino, también de terciopelo, hacía juego con el sombrero alto y abollado del mismo color y textura. En el frente, una estrella dorada cosida con lentejuelas relucía como un faro. Sus zapatos, desproporcionadamente grandes, eran de charol color vino, perfectamente lustrados.
El cabello, de un rojo chillón, estaba hecho con fibras largas y desordenadas, como llamas saliendo de su cabeza. El contraste entre ese rojo encendido y el blanco de su cara —una expresión sonriente pintada con precisión sobre un rostro de porcelana— resultaba inquietante. Los labios, rojos y curvados, formaban una sonrisa tan ancha como incómoda. Las cejas negras, arqueadas, parecían moverse ligeramente con la sombra, justo encima de unos ojos de vidrio brillante, de un tono grisáceo oscuro, que daban la ilusión de estar vivos.
Era como si no fuera él quien miraba al juguete, sino el objeto inanimado quien lo observaba a él. Don Octavio retrocedió un paso, con un escalofrío recorriéndole la espalda, al darse cuenta de que no era un simple peluche de feria llamativo, sino algo mucho más perturbador e inquietante.
—Esto... no es un juguete común —susurró con voz ronca don Octavio, mientras observaba con detenimiento la misteriosa figura—. Estás... demasiado bien conservado.
Con manos temblorosas lo sostuvo, pero notó algo raro en él: pesaba más de lo que debería. No se sentía como un peluche, sino como si algo sólido y oculto estuviera en su interior. Lo apoyó con cuidado sobre la mesa. El objeto se tambaleó... y luego, sin que el señor lo tocara más, se acomodó solo, como si encontrara su propio equilibrio.
—¡Eso no fue normal! —subrayó, confuso, mientras se rascaba la cabeza, tratando de encontrar una explicación a lo que acababa de presenciar. Lo agarró rápidamente y lo metió en una bolsa negra, guardándolo lo más alejado posible de él.
Pasaron los días, y don Octavio abría su tienda como todas las mañanas. Pero al ingresar, notó que varias cosas estaban regadas por todo el lugar, como si un ladrón se hubiera metido a saquear los objetos de valor.
—¿Quién pudo hacer esto? —se cuestionaba en voz alta, al ver que varias cosas que había reparado una semana atrás estaban rotas—. Qué triste que aún habiten vándalos por estos lados...
No le quedó más que recoger y buscar lo que pudiera rescatar, aunque muchas cosas estaban tan dañadas que solo eran escombros. Aun así, no dejaba de sentirse observado a la distancia. Miró de reojo... y ahí estaba, viéndolo entre las sombras, acomodado en un banco: el curioso personaje de peluche, con la sonrisa aún más marcada, como si se estuviera mofando de lo que había ocurrido en la tienda. Debajo de las patas de madera, yacía la figura que tanto le gustaba al amable viejecito.
—¡Mi hermosa bailarina… qué tan linda la dejé! —vociferó triste el señor, ya mayor de edad, al ver que su juguete de porcelana, al que tanto cuidó, tenía la piernita rota... al igual que sus manos—. ¡Nooo! ¡Ella nooo!
El pobre veterano,
angustiado, cargó a su figurita de ballet, buscando si podía
pegarla.
—¡Toc!
¡Toc! ¡Toc! —se escuchó que llamaban a la puerta.
—¡Señor! ¡Vinimos a traerle galletas! —exclamó toda contenta la pequeña Maddy, quien esperaba encontrar algo lindo para ella—. ¿Por qué estará así la tienda, mami?
—No lo sé, cariño... ¡No lo sé! —respondía confundida Cristal, al ver la puerta entreabierta, pensando que se habían metido a robar en la tienda del señor—. ¡Holaaa! ¡Don Octavio! ¿Está ahí?
Cristal y su pequeñita acostumbraban visitar cada fin de semana la tienda de antigüedades del amable señor, donde Maddy a veces encontraba complicidad en el anciano, como si fuera un abuelo adoptivo.
—¡Un momento por favor! ¡Ya... ahora les abro! —contestó con la voz entrecortada el viejecito.
La niña, toda
curiosa, se adentró al establecimiento con el tóper lleno de
galletas que traían para regalárselas al señor. A lo lejos, lo
notó cabizbajo, saliendo de un cuarto donde había guardado los
restos de su muñequita favorita... y al dichoso payaso. Al mismo
tiempo, se limpiaba las lágrimas.
—¡Palm!
¡Palm! —unas leves caricias tocaron el hombro del anciano.
—¿Qué tiene… don Octavio? ¿Por qué está así? —preguntó toda afligida Maddy, al notar que el señor tenía los ojos aguados.
—Tranquila pequeñita... solo se me metió una basurita en el ojo —contestó forzado el anciano, tratando de no verse triste ante la niña.
—¡Mi mami y yo le trajimos unas ricas galletas que yo ayudé a hacer para usted! —replicó toda animada, presumiendo sus galletas—. ¡Una galletita le alegrará el corazón!
—¡Maddy! Tenías que esperar afuera. ¿No ves que el señor está ocupado? —exclamó Cristal al ver que la niña se coló al establecimiento—. Qué pena con usted, don Octavio, pero ya sabe cómo es mi hija... toda inquieta.
—No se preocupe señora. Al menos su dulzura me pudo dar un poco de ánimo —comentó más animado el hombre, tratando de evitar que regañaran a la infante—. ¡Están ricas las galletas! Muchas gracias.
Aprovechando que el señor y la madre platicaban un instante, Maddy se escabulló por la tienda. Al mirar en uno de los rincones, encontró al misterioso payaso. Lo tomó entre sus manos, observando cada detalle que le encantó... y salió corriendo con el juguete abrazado a ella.
—¡Mamiii! ¡Mamiii! ¡Mamiii! ¡Cómpramelo! ¿¡Siií!? —repetía en voz alta la pequeña, mientras presumía el peluche que traía entre sus brazos—. ¡Está hermoso, mami!
—¡Aaassshhh! ¡Maddy! ¡Te he dicho que no agarres las cosas sin que te digan! ¿De dónde sacaste ese muñeco? —remarcó Cristal, con los brazos cruzados, en señal de desaprobación al ver que su hija llevaba algo que no era suyo.
—Es un viejo muñeco que me llegó apenas hace unos días, pero pensaba devolverlo a quien lo vino a dejar aquí —comentó extrañado el viejecito, al ver que la niña traía el juguete que él había dejado encerrado en su oficina.
—¿Por qué? ¿Tiene algún defecto o está roto? —preguntó curiosa la madre, al notar la expresión del hombre.
—No, de hecho, el juguete está en perfectas condiciones... pero no tengo mucho aprecio por los payasos —contestó algo apenado don Octavio, tratando de disimular la desconfianza que sentía hacia aquel objeto antiguo—. ¡Je, je, je!
—¡Nos lo podemos llevar, mami! ¡Porfiii! ¡Porfiii! —rogaba la niña, juntando las manos en forma de súplica sin soltar al peluche—. ¡Ándaleee, mamiii!
—Pero hija, no sabes si el señor lo tiene en venta —respondió Cristal, algo dubitativa, tomando el muñeco para devolvérselo al dueño de la tienda.
La pequeña puso cara triste cuando su mamá le regresaba el juguete al anciano. Pero don Octavio solo se rascó la barbilla, mirando fijamente al payaso. Lo acercó a su oído... como si este le susurrara algo.
—Dice este travieso payasito que quiere irse contigo —comentó, sorprendido, el anciano, entregándole el peluche a la infante—. Llévalo a casa, pequeñita.
—¡¿Enseriooo?! ¡Wiiiiii! —explotó de felicidad la niña, abrazando con fuerza a su nuevo amiguito.
—¿Está seguro… don Octavio? —preguntó Cristal, aún dudosa al ver la acción del señor—. Dígame, ¿cuánto va a ser?
—No es nada. Es un regalo... a cambio de estas ricas galletas, pero sobre todo por darme ánimos después de lo que le hicieron a mi tienda —respondió, algo sentimental, el hombre, mirando a su alrededor las cosas rotas—. Le agradezco su generosidad... y los lindos sentimientos de esa pequeñita suya.
—¡Muchas gracias don Octavio! —dijo enérgicamente Maddy, saliendo de la tienda junto con su madre—. ¡Lo cuidaré mucho! ¡Y vendré a traerle más galletas la próxima vez!
—Que esté muy bien, don Octavio. Que tenga un lindo día —se despidió Cristal, agradecida.
—¡Adiós, y cuídense mucho! —despedía con calidez el viejecito, dándose cuenta de que tenía mucho por hacer cuando cerró la puerta—. En fin... vamos a comenzar otra vez.
Desde aquella tarde, la alegría de Maddy era tan grande que llevaba el juguete a todos lados: a la sala, al comedor, e incluso a la cama, donde lo abrazaba con ternura, lo llenaba de besos y se dormía aferrada a él.
Lo extraño comenzó a ocurrir en los días siguientes. La niña hablaba sola y reía con frecuencia, especialmente al caer el sol. Había dejado de lado a sus otros juguetes, incluso a su oso favorito, para jugar únicamente con su nuevo peluche.
—¿Amor? ¿Con quién tanto hablas? —preguntaba interesada Cristal, al ver a su hija jugando en un rincón de la habitación.
—¡Con el señor Risitas Rotas, mami! —respondió instantáneamente la niña, mientras le ofrecía otra galleta a su nuevo amiguito.
—¿Risitas Rotas? ¿Por qué le pusiste así cariño? —comentó sorprendida la madre, al escuchar tan curioso nombre.
—Es que es muy divertido, y siempre me hace reír... aunque a veces se queda callado. Luego me cuenta cosas medio raras que no logro entender, pero dice que algún día podré. Que por ahora será un secreto de los dos —susurró Maddy, tapándose la boca como si fuera cómplice de su peluche.
—Bueno, señorita secretos, es hora de lavarse los dientes e irse a la cama. Ya es muy noche para seguir jugando —recalcó Cristal, levantando a su hija del piso y guiándola entre besos hasta la cama. Colocó al payasito en una silla, sobre el mueble junto a la cama.
Esa noche, cuando la casa estaba en completo silencio, algo despertó bruscamente a Cristal: una especie de grito lejano. Se levantó de la cama sin importar que estuviera descalza y caminó lentamente por el pasillo. Notó que la puerta de la recámara de Maddy estaba entreabierta, lo que la inquietó.
—¿Maddy? Mi amor... —la llamó en voz baja, sin obtener respuesta. Solo se escuchaba el sonido lejano del reloj de la cocina marcando las 12:00 de la madrugada.
Empujó la puerta y encontró a la pequeña dormida profundamente. Pero el payaso estaba sentado a los pies de la cama, lo que la intrigó aún más.
—¿No lo había puesto sobre la silla? —murmuró confundida, rascándose la cabeza. Tomó el peluche del suelo para colocarlo nuevamente en el mueble, notando que la textura del objeto era más fría de lo normal al tocarlo.
Trató de ignorarlo y se dirigió a la puerta, no sin antes dejarle un beso en la frente a su hija. Al apagar la luz, sintió una extraña sensación... como si alguien la observara desde la oscuridad. Al echar un vistazo hacia el clóset, en el reflejo del espejo vio los ojos del muñeco apuntando hacia ella, junto a esa sonrisa que poco a poco perdía su inocencia. Un escalofrío la recorrió. Optó por salir sin preguntar más.
Pasó una semana, y el comportamiento de Maddy cambió de forma repentina. La madre notaba que no dormía bien, comía poco y apenas reía durante el día... salvo cuando estaba pegada a Risitas Rotas, al que le susurraba cosas al oído con tono risueño.
—¿Qué le estás diciendo a tu peluche, mi amor? —cuestionó Cristal, mientras bebía un poco de té.
—Trato de convencerlo de que eres una buena mami... pero él me asegura que no lo eres, y por eso te va a reprender —respondió Maddy, con una mirada retadora.
—¿Y por qué cree Risitas que no soy una buena madre? —comentó con sarcasmo Cristal, sin dejar de observarla.
—Dice que se llama el señor Risitas Rotas, y que no es tu asunto. Que si vuelves a meter las narices donde nadie te llama... te va a callar para siempre —respondió la niña con frialdad, acercando la boca del muñeco a su oído.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? Esa no es la manera en que te he educado señorita —replicó muy molesta Cristal, impactada por las palabras ofensivas de su retoño.
—¡No soy yo la que lo dijo mami! ¡Es él! —afirmó la infante, señalando al payaso, que parecía disfrutar el momento de frustración entre ambas con una sonrisa más marcada.
—Sí, claro... el juguete fue el que acabo de escuchar decirme esas cosas feas —replicó sentida Cristal, llevándose la mano a la frente e ignorando a su hija—. No digas más. Solo ve a tu cuarto. Con esa boquita, ni postre mereces hoy.
La pequeña no tuvo más remedio que tomar a su muñequito, cabizbaja, y dirigirse a su recámara, sollozando cada vez más con cada escalón que pisaba. Las luces del comedor parpadearon de manera repentina.
Fue un momento duro para Maddy: era la primera vez que su madre le alzaba la voz y la castigaba, quitándole el gusto de comer su rebanada de pastel que solía cenar cada viernes. Entre lágrimas, guardó a su payasito en protesta por el conflicto con su mamá, y se recostó en su cama sin dejar de llorar.
Pasaron unas horas, y a Cristal se le pasó el trago amargo. Fue en busca de su hija, quien se encontraba en un mar de lágrimas bajo las sábanas. Al verla, la tomó entre sus brazos, llenándola de apapachos mientras le secaba las lágrimas.
—¡Te quiero mucho mami! Perdón por repetir lo que me dijo el señor Risitas Rotas —exclamó entre sollozos Maddy, abrazando fuerte a su madre—. No lo vuelvo a hacer, lo prometo.
—Mi amor, yo te amo. Ya pasó, ¿ok? —dijo Cristal en tono amoroso, llenándola de besos—. ¿Qué te parece si vamos por un pedazo de pastel? Pero solo uno chiquito, porque ya es algo tarde y luego no duermes por tanta azúcar. ¡Ven… vamos!
Pegando de brincos, madre e hija bajaron por un rico postre antes de que la madrugada llegara, sin importar que el muñeco había quedado olvidado dentro de un mueble viejo, junto a los demás juguetes que Maddy ya no solía usar. Después de la cena, ambas se recostaron en la habitación de Cristal, tratando de reparar el error del regaño. La niña, más aliviada, no se separaba de los brazos de su madre hasta que ambas quedaron dormidas.
Sin embargo, Maddy despertó horas después, encontrándose en su cama con lo que parecían ser rastros de sangre en su pijama, iluminada apenas por la tenue luz de la ventana.
—¡Mamiii… mamiii… mamiiiiii! —gritaba impactada la pequeña, al mirar su cuarto y descubrir charcos de líquido rojo en el piso, manchas que alcanzaban incluso a sus peluches, lo que la espantó aún más.
A lo lejos, en las
penumbras, una risa que comenzaba como infantil se transformaba en
algo más tétrico, más macabro.
—Haa…
haaa… haaa…—
El
sonido resonaba por todo el hogar, sacudiendo incluso los vidrios de
las ventanas.
Al no recibir respuesta de su madre, Maddy decidió tomar valor y salir en su búsqueda, evitando pisar la sangre que se extendía por el pasillo. Con pasos lentos, llegó hasta la habitación de Cristal, pero la madera mostraba marcas... como raspaduras hechas por algo filoso. O eso parecía.
—Mamiii... ¿estás ahí...? —susurró muy angustiada la niña, con una voz que apenas lograba salir de su garganta.
Maddy movía las
sábanas con la esperanza de que su madre estuviera oculta,
profundamente dormida. Pero al jalar demasiado las telas, algo cayó
de ellas.
—¡Piiim...
piiim... piiim... piiim... piiim...! —se escuchaba el rebotar y
golpetear de un objeto que se fue rodando por el suelo. Al recogerlo,
la niña se sorprendió al verlo bajo la tenue luz que la luna
proyectaba a través del ventanal de la habitación: era uno de los
botones del traje del payasito.
En ese momento, la
puerta de la recámara se abrió de golpe.
—¡Paaack!
—el estruendo hizo saltar a la pobre infante, quien dejó caer el
extraño adorno. El botón siguió su curso por el piso como si
tuviera vida propia.
Maddy
lo siguió con la mirada. El botón golpeó una pared, pero en lugar
de detenerse, rodó hacia las escaleras, botando como una pelota
embrujada, mientras las carcajadas enloquecidas reverberaban por toda
la casa.
—Haaa...
haaa... haaa... haaa...—.
Parecía
que se burlaban de la angustia de la niña al no encontrar a su
madre.
Al observar cómo rebotaba el botón, lo vio ahí... inmóvil.
Era Risitas Rotas. A su costado, la cabeza de su osito de peluche favorito, arrancada, con el relleno desperdigado sobre el suelo empapado en líquido escarlata. El payaso se mofaba, fijando sus ojos en los de la pequeña mientras ella descendía escalón tras escalón.
Entonces comenzó a revelarse...
La pintura blanca de su rostro alegre se resquebrajó como piel muerta; sus ojos se hundieron hasta convertirse en cuencas vacías de donde emanaba sangre espesa que corría por las mejillas, dibujando un semblante lúgubre y macabro. La sonrisa se desgarró más allá de lo humano, abriendo las comisuras para mostrar dientes afilados y alargados, navajas amarillentas que chocaban entre sí con un sonido metálico —crik—crik—crik— que perforaba los oídos de la niña.
El cabello rojo se erizó en mechones puntiagudos que sobresalían del sombrero abombado que lo hacían parecer chamuscado. El traje colorido se apagó, tornándose oscuro y manchado, como si estuviera impregnado de óxido y sangre seca. Los botones tintineaban solos, burlándose del terror de la niña.
Entonces llegó la risa. Ya no era un eco juguetón, sino una carcajada desquiciada, quebrada, que serpenteaba por las paredes como un chillido de metal corroído. Cada nota era un golpe en el pecho de Maddy, un puñal que atravesaba su inocencia al comprender que lo que tenía delante no era un muñeco, sino algo nacido de la maldad pura.
Sus manos, antes cubiertas por guantes, se prolongaron grotescamente hasta convertirse en garras huesudas. Cada dedo terminaba en una uña negra y curva, cuchillas que arañaban el aire mientras goteaban sangre fresca sobre el suelo.
El muñeco giró la cabeza lentamente y, con una de esas zarpas ensangrentadas, levantó lo que parecía un tenedor manchado de escarlata y crema de pastel, apuntando hacia la cocina. La sombra del payaso se extendió por las paredes, más grande que su cuerpo, con movimientos imposibles que parecían querer atrapar a la niña antes de que pudiera escapar.
Muerta de miedo, Maddy se escabulló antes de llegar a los últimos escalones por una abertura de la escalera de madera, evitando al juguete maligno. Tomó un atajo hasta la cocina. Al sentir el suelo bajo sus pies descalzos, notó cómo emanaba una sustancia oscura y abundante que corría en dirección hacia ella.
La pequeña avanzó tanto como sus piernas entumecidas por el pánico se lo permitían, intimidada por el aire sombrío envuelto en las risas macabras del arlequín y un extraño sonido que la estremecía aún más —Aaahhhggg... aaahhhggg... aaahhhggg...—, semejante al de alguien que se ahogaba. Se dirigió al apagador, recibiendo una mórbida sorpresa…
Cuando encendió la luz, no podía creer lo que sus ojos le mostraban. Ahí estaba ella... su madre. Con la cabeza hundida en el pastel que Maddy recordaba haber probado, antes de irse a dormir en los brazos de su progenitora. Cristal agonizaba entre lágrimas que brotaban de sus ojos, mirando a su hija con impotencia, rabia y terror, sin poder pronunciar palabra, sin poder despedirse de su retoño. Seguía atragantándose con el pan y el betún de la torta, al mismo tiempo que se desangraba por los orificios de aquel tenedor que sostenía ese maldito peluche, enterrado de manera sádica hasta perforar su tráquea. La sangre caía por la superficie formando un mensaje final en el charco carmesí:
Ahora sí se calló para siempre...
Las
carcajadas malditas resonaban por todas las paredes. La niña, con la
voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas, alcanzó a susurrar
antes de caer inconsciente:
—Mamá... perdóname... yo solo
quería que tuviéramos muchos payasitos...
Maddy
se desplomó entre los ríos de sangre de su madre, mientras el eco
de las risas distorsionadas de Risitas Rotas se
intensificaba:
—¡Hehehe...
hihí... hahaha... hehehehe... hiihiihii...! ¡HAHAAHA-HIHI-HEHEHE—
HAHAHA!—
Y desde entonces, jamás se supo de la pequeña.
Pasó una semana y la madre de Cristal —abuela de Maddy— llamó a la policía al no tener noticias de ellas. Desesperada, dio aviso de que posiblemente el exesposo de Cristal había intentado llevarse a su hija a la fuerza, aunque tuviera una orden de restricción. El hombre padecía problemas mentales, y la señora temía lo peor: que hubiera aprovechado la noche, mientras dormían plácidamente, para acabar con la vida de su hija y arrastrar a la niña hacia un destino aún más oscuro.
Las autoridades llegaron al lugar y se toparon con un escenario macabro: el cuerpo de Cristal sin vida, cruelmente asesinado. Pero no había rastro de la pequeña. Al investigar más a fondo, hallaron unas huellas extrañas… como de un juguete.
Con el paso de los días, las piezas comenzaron a encajar. Descubrieron que madre e hija solían frecuentar una tienda de antigüedades, propiedad de un amable anciano. Al entrar al establecimiento, los agentes encontraron un muñeco curioso: traje ridículo, zapatos grandes manchados de algo parecido a sangre. Casualmente, eran del mismo tamaño que las huellas halladas en el crimen. Fue suficiente para señalar al pobre viejecito como culpable del desagradable suceso. Lo juzgaron y sentenciaron a pasar sus días tras las rejas.
Un mes después, la madre de Cristal fue a hablar con Don Octavio, con la esperanza de que confesara dónde estaba su nieta y por qué había acabado con la vida de su hija. Entre lágrimas y súplicas, el hombre mayor accedió a responderle, revelando algo que heló la sangre de la mujer.
Le confesó que, cuando les entregó aquel objeto maldito, se sintió arrepentido. Días después de haberles regalado el muñeco, al revisar la caja, encontró una nota extraña que lo atormentó:
“Él nunca dice adiós…”
Cuando fue a buscarlas, ya era demasiado tarde. La puerta estaba abierta, como si algo lo esperara para mostrarle el atroz espectáculo. Caminando entre rastros de sangre, notó al incómodo arlequín sentado en las escaleras, con una mirada de satisfacción fija en sus ojos, igual que la primera vez. Las luces titilantes hacían parecer que el muñeco señalaba hacia un rincón específico de la habitación… donde yacía el cuerpo de Cristal, dándole un toque aún más macabro.
Don Octavio avanzó un poco más, hasta que, al ver el cadáver, quiso salir corriendo. Pero algo lo detuvo. Entre la tenue luz de la luna que entraba por el recibidor, vio a Maddy… abrazando con fuerza al señor Risitas Rotas.
Ella
llevó un dedo a los labios y dejó escapar un susurro:
—Ssshhh…
Las bombillas se apagaban una tras otra, mientras la niña, a paso lento, se alejaba junto a su nuevo amiguito, perdiéndose entre la oscuridad.
Desde entonces, hasta la fecha, el payaso se carcajea entre la muerte y el dolor sin final.
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