En un pueblo cercano a los Altos de Jalisco, donde rondan las mujeres más lindas de casi todo México, la plaza se llenaba de miradas curiosas. Algunos turistas, e incluso gente de otros lugares, iban de visita. Muchos con la esperanza de conseguir a la mujer de sus sueños.
—¡Guau... qué mujeres! ¡Oh my…! —exclamó un grupo de norteamericanos que estaban de paso, mezclando un dialecto entre español e inglés.
Incluso hombres que venían de diferentes estados de la república hacían que el barullo de chiflidos y piropos no cesara.
—¡Guapas! —¡Fiu-fiu…!— ¡Con algunas de ellas sí nos casamos ahorita mismo! —murmuraron otros jóvenes provenientes de las cercanías de Guadalajara.
Morenas de piel canela y blancas de rostro delicado caminaban con gracia, robando suspiros y dejando tras de sí un aire perfumado a flores y tequila.
Sin embargo, la belleza de algunas despertaba la envidia de otras, marcadas ya por los años y presas del resentimiento de no ser vistas como las demás.
Ese era el caso de Ángela, una señora de sesenta años que en su juventud había sido deseada por muchos hombres. Admiraban su cabello negro, brillante como obsidiana, y sus ojos verdes que hipnotizaban a quien los mirara.
Pero al casarse, convertirse en ama de casa y sufrir la tragedia de no poder ser madre, su alegría se apagó en la mirada, igual que su atractivo —que antes chispeaba dejando suspiros en el aire—.
Lo que más le molestaba era ver cómo algunos actuaban al encontrarse con una chica bonita, ignorándola a ella…
—¡¿Qué
tanto miran, escuincles cagados...?!
Nada más les falta un
plato para las babas, un rabo y ladrar para verse como los perros que
son cada vez que ven a esas esqueléticas y poco agraciadas
muchachitas —despotricó al notar cómo un grupo de alumnos de la
universidad cercana no dejaba de mirar a un conjunto de chicas que
cruzaban los alrededores.
—¡Si me hubieran visto en mis mejores tiempos, me estarían besando los pies ustedes y toda la bola de tontos que se fijan en tipejas sin gracia y sin nada de dónde agarrar! —continuó con su rabieta.
Uno de los chicos escuchó el espectáculo de aquella mujer ya mayor y no pudo evitar soltar un ruido burlón:
—Pfff—.
Ángela lo escuchó y giró con furia.
—¿¡Qué te causa risa, niñito estúpido!? —objetó con tono de molestia, al posar sus ojos brillando como brasas que lo querían carbonizar al joven.
—¡Ay…
señora…! Su comentario está fuera de lugar.
¡¿Acaso no se
ha visto en un espejo?!
Tal vez en sus tiempos estuvo bonita,
pero eso ya fue en la época del caldo; cuando los hombres eran
cazados con pócimas mágicas hechas por brujas… ¡Como usted...
comprenderá! —respondió el muchacho con tono pesado y chistorete.
La rabia de aquella mujer se le desbordaba en la mirada. Sus luceros verdes se tornaron amarillentos —como si algo oscuro se agitara dentro de ella—.
Comenzó a agacharse lentamente, recogiendo piedra tras piedra que encontraba en el suelo, tomándola con una de sus manos que no paraba de temblar por la cólera que llevaba.
El aire se tensó. Un viento helado recorrió la explanada, levantando polvo y hojas secas.
—¡Por
qué no mejor agarra su escoba y se va volando, que ya la esperan en
su aquelarre!
¡No se le vaya a hacer tarde para ir por su gato
negro; el único que la aguanta... vieja bruja...! —comentó con
desprecio otro de los estudiantes, alzando la voz.
—¡Hijos
de la chingada!
¡No vuelvan a pasar por aquí, porque los hago
comida para perro…! —explotó entre gritos Ángela, lanzándoles
piedras con fuerza.
Al impactar contra las paredes huecas, el callejón retumbó con eco —que sonaba a advertencia—.
Los universitarios huyeron despavoridos, no sin antes dejarle un recadito aún más cruel.
—¡Está
loca!
¡Ya deberían encerrarla en un asilo, vieja decrépita!
—arremetieron mientras se perdían entre las callejuelas.
La señora quedó jadeando. El pecho se agitaba mientras observaba de reojo, por si volvían a aparecer en alguna esquina.
—¡Ya
me las pagarán, bola de escuincles pedorros…!
¡Ya lo verán,
ya lo verán...! —masculló con voz quebrada, dejando caer las
piedras de su mano.
El iris, amarillento como azufre, se posó en otros jóvenes que pasaban rápido, evitando cruzarse con ella. El ambiente se tornaba irrespirable —algo más que su enojo se escapaba en esa plazoleta—.
Ángela, además de ser ya mayor, conservaba un carácter competitivo que la llevaba a medirse incluso con las jovencitas del pueblo. No perdía oportunidad de compararse con ellas, lanzando comentarios con doble intención que buscaban menospreciarlas.
Sin embargo, sabía que debía mantener cierta simpatía con las muchachas, pues se dedicaba a vender productos de belleza. No lo hacía por gusto, sino porque aquel negocio había sido fundado por su difunto marido, don Ricardo.
El señor había sido un hombre amable y trabajador, dueño de una de las boutiques de cosméticos más concurridas de la región. Mujeres de distintos estados viajaban hasta Jalisco para comprar ahí.
Con apenas cincuenta y cinco años, el caballero había muerto dejando tras de sí un vacío enorme. En vida, tenía un talento especial.
A pesar de que le apodaban “El doctor”, su carrera no era de médico, sino de vendedor. Incorporó todo lo aprendido en las ventas de productos de belleza y se fue curtiendo con el tiempo y la práctica de lo que había heredado de su abuela —quien sí fue dermatóloga—.
Don Ricardo perfeccionó su conocimiento lo suficiente para convertirse en un experto en cuidados de la piel y en cosmetología —sabía abordar las necesidades de cada clienta con respeto y calidez; poseía un ojo clínico para detectar lo que cada mujer requería. Esa habilidad lo distinguía de cualquier competidor—.
Tras su muerte, las ventas cayeron en picada. El negocio apenas alcanzaba para pagar a proveedores y cubrir lo básico.
La mujer, carente de la amabilidad y el tacto que su difunta pareja tenía, pasaba largas horas encerrada en la boutique. Cuando salía, en vez de atraer clientas jóvenes, las alejaba con sus comentarios mordaces y su aire pesado.
A pesar de su edad, aún conservaba ciertos rasgos de belleza. Su piel, aunque marchita, seguía blanca y cuidada; sus ojos verdosos ya no transmitían alegría, sino un odio silencioso hacia cualquiera que le recordara sus años gloriosos.
En el pasado, su figura curvilínea desataba suspiros y piropos de hombres jóvenes y mayores. Era admirada, querida, incluso envidiada. Pero ahora, la amargura y el descuido la habían transformado en alguien distinta.
Su cabello largo, todavía cuidado, mostraba un tono cenizo que delataba el paso del tiempo. Su piel pálida y flácida dejaba ver cómo la elasticidad se le escapaba poco a poco, cayendo en pliegues sobre su rostro y cuerpo. Aunque mantenía una figura delgada, los años pesaban sobre ella.
Algunos hombres de su edad aún reconocían su atractivo, pero nada más —el encanto que irradiaba en su juventud se había desvanecido—.
Ángela seguía obsesionada con ser el centro de atención, con ser vista por todos; tanto locales como extranjeros. Pero ahora su presencia era tan densa que cualquiera que la escuchara sentía un escalofrío recorrerle la espalda. Su voz áspera y su mirada dura la caricaturizaban como una vieja gruñona de cuento infantil —aunque con un aire más siniestro—.
Su aura era tan pesada que incluso los ancianos preferían evitarla, como si su sola cercanía drenara la energía del lugar.
Los Altos de Jalisco siempre habían sido un lugar vibrante, lleno de folclor, fiesta y un aire perfumado por el olor a tequila. Era tierra de reinas de certámenes, de actrices recién descubiertas por productores de telenovelas y películas.
Pero no todo en aquel pueblo era felicidad ni belleza femenina.
Al observar un cartel grande colgado en la plaza, se plasmaba la angustia de lo que se vivía allí:
“Se busca… Si usted la ha visto, llame al número tal…”
Decía un rótulo que mostraba la foto de una joven desaparecida: piel apiñonada, cabello rizado y negro, ojos café. Vestía un jean azul y una blusa blanca con flores coloridas. Tenía apenas veintitrés años y llevaba una semana extraviada.
El rumor era constante: cada año, algunas mujeres desaparecían sin dejar rastro. Ni cuerpos, ni ropas, ni pistas.
—¿¡Otra más!? ¿¡Qué está pasando en este lugar…?! —comentó con extrañeza una señora que pasaba cerca de un establecimiento en la mitad de la plaza donde vendían artesanías, observando el anuncio.
—Sí… otra más que desaparece como si la tierra se la tragara. ¡Este pueblo está maldito! —expresó la artesana, con tristeza en la mirada.
—¿¡Pero cómo es posible que ni la policía pueda resolver lo que pasa aquí?! —cuestionó con dureza otra mujer que se acercaba a comprar un collar de plata.
—¡Y lo peor es que ni las ropas ni los cuerpos aparecen! ¡Es increíble todo esto! —respondió crudamente la vendedora que ofrecía sus productos en plena vía pública.
—¡Por eso hay que sacar a nuestras hijas de aquí, sea como sea! Yo prefiero tenerla lejos de mí, pero con vida… —remarcó con miedo otra dama que se unió a la conversación.
El olor a muerte, a misterio, a incertidumbre, pululaba en el aire —como un presagio que nadie se atrevía a nombrar—.
Las señoras del pueblo no dudaban en gastar lo que fuera para que sus hijas lucieran toda su belleza y cautivaran a alguno de esos hombres ejecutivos o inversionistas, cada vez que llegaban personas con gran poder adquisitivo, como empresarios. Todo con tal de sacarlas de ese lugar, por el pavor que les calaba hasta los huesos al pensar que alguna de sus niñas podía ser la próxima víctima y jamás volver a saber de ellas.
Aquella tarde, la plaza se llenó de algarabía. Un murmullo recorría las calles: alguien importante había llegado...
Un gran personal de custodia resguardaba toda la zona y a un caballero. Ese hombre robaba todas las miradas.
De unos cuarenta años, alto —alrededor de un metro ochenta y cinco—, vestía un traje blanco impecable con pañuelo color vino y camisa negra que resaltaba su porte. Sus zapatos brillaban como espejos, y unas gafas oscuras ocultaban esos ojos azul celeste —que parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a mirarlo—.
Su cabello castaño claro, ondulado y perfectamente peinado, le daba un aire de artista. Las mujeres lo miraban con fascinación —algunas incluso se sonrojaban al cruzar su mirada con él—.
El aire se impregnaba de un perfume caro, mezcla de madera y especias, que dejaba un rastro inolvidable.
Se trataba de Alexander Kroos, un accionista de una exclusiva boutique de vestidos de novia reconocida en México y Europa, promocionada por modelos y actrices.
Apenas hablaba español, pero tenía traductores que le ayudaban a comunicarse, además de un amplio grupo de seguridad que lo acompañaba como sombra.
El caballero estaba ahí para ofrecer una gran fiesta para todo el pueblo. Además de anunciar la apertura de una de sus tiendas, presentaría su colección con su conjunto de modelos latinas y europeas.
Alexander avanzaba con paso firme entre la multitud, su traje blanco brillando bajo la luz del atardecer. El aire se llenaba de su perfume amaderado, y las miradas femeninas se clavaban en él como flechas.
De pronto, algunas mujeres se abrieron paso entre la gente, con intenciones claras de conquistar al extranjero:
La primera fue Mariana, de veintisiete años, piel morena clara, cabello negro lacio hasta la cintura y ojos grandes color miel. Vestía un vestido rojo ajustado que resaltaba sus curvas: busto generoso, cintura marcada y caderas amplias. Su aroma era dulce, mezcla de vainilla y flores.
—Señor… —susurró dulcemente, inclinándose apenas hacia él—. ¡No todos los días llega un hombre tan elegante a Los Altos! ¿¡Le gustaría probar un poco de nuestra hospitalidad?!
Un guardia alto, con auricular en la oreja, levantó la mano para detenerla.
—Señora, mantenga distancia —ordenó con firmeza.
Tras ella apareció Camila, de treinta y dos años, tez clara, pecas en la nariz, cabello castaño ondulado que caía en cascada sobre sus hombros. Sus ojos verdes brillaban con picardía. Llevaba una blusa blanca de seda y una falda negra corta, mostrando unas piernas torneadas. Su perfume era cítrico, fresco —a naranja recién cortada—.
—¡Oiga…! —exclamó con picardía, sonriendo—. ¡Seguro que no ha probado un buen vino mexicano, venga y pruébelo conmigo!
El guardia más joven se interpuso, cruzando los brazos.
—No puede acercarse, señorita.
Le siguió Sofía, de veintitrés años, piel bronceada, cabello rizado y abundante, ojos oscuros intensos. Vestía un vestido azul ajustado que resaltaba sus senos medianos y su figura atlética. Su aroma era a coco y sal marina —como si trajera consigo la playa—.
—Guapo… —murmuró con voz ronca—. ¿¡Qué tal si le muestro lo que es bailar hasta el amanecer?!
El guardia la empujó suavemente hacia atrás.
—Por favor, retroceda.
Aprovechando un descuido de los guardias, apareció Valeria, de treinta y cuatro años, piel clara, cabello negro azabache largo y liso, ojos grises que parecían hipnotizar. Vestía un vestido verde esmeralda con escote pronunciado, dejando ver sus pechos firmes y una cintura estrecha. Su aroma era fuerte —mezcla de jazmín con un toque de tabaco dulce—.
—Señor Kroos… —sentenció con desafío—. ¡No debería perder la oportunidad de conocer a una mujer que sabe lo que quiere!
El jefe de seguridad, corpulento y con mirada de acero, la interceptó de inmediato.
—Mantenga distancia, señorita.
De entre la multitud se escabulló Daniela, de veinticinco años, piel canela, cabello largo y ondulado teñido en tonos caoba, ojos negros profundos. Vestía un vestido blanco ceñido que resaltaba sus caderas anchas y su busto voluptuoso. Su perfume era intenso —mezcla de rosas y especias—.
—Alexander… —insinuó con descaro—. ¡Si se queda más tiempo en este pueblo, le prometo que no querrá irse jamás!
El guardia la bloqueó con el brazo extendido.
—No está permitido acercarse.
Alexander, detrás de sus gafas oscuras, apenas movió los labios en una sonrisa discreta. No dijo nada, pero su silencio parecía más seductor que cualquier palabra.
Las mujeres se miraron entre sí, frustradas por la barrera de seguridad, mientras la tensión en el aire se volvía más densa —como si algo invisible y oscuro comenzara a observarlos desde las sombras de la plaza—.
La velada esperada del viernes cayó sobre Los Altos con un aire solemne. Uno de los inmuebles usados por el presidente municipal se iluminaba con candelabros de cristal y lámparas doradas que reflejaban destellos sobre los muros antiguos. El evento era de alcurnia: una cena de gala donde Alexander Kroos presentaría su nuevo proyecto.
—¡Buenas noches a todos! Quiero agradecerles la hospitalidad que han tenido estos días y, como muestra de mi agradecimiento, quiero presentarles mi nueva obra maestra. A muchas mujeres que aquí son como princesas buscando a su príncipe correcto, les regalo un lugar donde lucirán como reinas: mi nueva boutique de vestidos de novia —proclamó al micrófono en un inglés marcado por su acento natal; gracias al intérprete, los demás invitados pudieron comprender sus palabras.
—Para ustedes, mis hermosas mujeres de México, de Jalisco y para el mundo… mi boutique “Eterna Promesa.” —finalizó.
La gente ovacionó entre aplausos, haciendo que resonaran por todo el lugar.
—Ahora, para que vean las hermosas creaciones, el señor Kroos ofrecerá un desfile de modas aquí mismo para todos ustedes —clamó extendiéndoles la invitación el anfitrión y organizador del evento.
El salón principal estaba adornado con rosas blancas, velas altas y un escenario donde comenzaría la pasarela. La música de cuerdas llenaba el ambiente, mientras los presentes —políticos, empresarios y socialités— se acomodaban en sus mesas con copas de vino espumoso.
Las luces se apagaron poco a poco, dejando únicamente la pista iluminada...
La primera modelo apareció: alta, de piel rosada y cabello rojizo liso. Caminaba con porte firme, vestida con un corte sirena ajustado hasta las rodillas que se abría en una cola de tul. El escote de corazón resaltaba sus senos y la tela satinada brillaba como agua bajo la luz.
Los murmullos de asombro recorrieron el salón.
Tras ella surgió otra figura, de tez clara y cabello rubio platinado. Su vestido era estilo princesa, con falda amplia de organza y bordados de pedrería en forma de flores. El corset ceñido marcaba su cintura, y la tiara de cristal sobre su cabeza le daba un aire de realeza —¡¿quién no querría sentirse reina con semejante atuendo?!—.
La tercera modelo apareció con paso ligero. Morena, de ojos verdes y cabello rizado, llevaba un vestido bohemio con encajes en las mangas largas y transparencias delicadas en la espalda. El velo corto caía como bruma sobre sus hombros, arrancando suspiros de quienes la observaban.
La cuarta irrumpió con elegancia moderna: piel canela, cabello castaño ondulado, un vestido de seda blanca con corte recto y una abertura lateral que dejaba ver su pierna. Cada movimiento hacía brillar el cinturón plateado que ceñía su cintura.
El público estaba extasiado, tanto que no pudo contener un murmullo de aprobación.
Finalmente apareció la quinta, de piel clara y cabello negro recogido en un moño. Su vestido romántico, con falda en capas de tul y bordados de perlas en el busto, parecía arrastrar un río de luz con el velo largo que seguía sus pasos.
El salón entero se llenó de un silencio reverente —como si todos contuvieran la respiración—.
Se esperaba la sexta modelo… pero no apareció…
—¿¡Dónde está Rubí?! ¿¡Alguien la ha visto?! —cuestionaba uno de los organizadores, nervioso.
—No sé… hace unas horas estaba aquí —respondió temeroso otro hombre.
—¡Esto no le va a gustar al señor Kroos! —murmuró con pena uno más, buscando detrás del escenario.
—¡Tenemos que hacer algo! —demandó el principal responsable, preocupado—. A ver, ustedes dos, reúnan a las chicas más lindas que encuentren, que sean de la talla de las modelos, y de ahí escogemos una… ¡pero rápido!
La tensión crecía. Los reflectores seguían iluminando la pasarela, pero el aire se impregnaba de incertidumbre.
Del otro lado… varias mujeres intentaban acercarse a Alexander, vestidas de gala, con joyas relucientes y perfumes intensos. Los guardias, sin embargo, bloqueaban cada intento, formando un muro humano alrededor de él.
—¡No, no, no…! ¡Agghh! No sé… les falta algo, ninguna me convence —remarcó uno de los modistas, frustrado al ver las mujeres que rondaban al caballero.
La pasarela continuaba con las cinco modelos, pero parecía que el desfile no lograría culminar bien… hasta que una voz dulce se escuchó detrás de ellos.
—Quizás yo pueda ayudarlos, caballeros… —musitó, bajo un aura de seducción.
Al voltear los encargados del mini desfile, sus ojos no podían creer lo que veían.
Frente a sus rostros desencajados por la impresión, apareció Eloisa, una mujer que destacaría entre todas. Tenía veintiocho años, piel blanca con un leve rubor natural, ojos azul verdoso que brillaban como agua bajo los candelabros. Su cabello rubio chocolate caía en ondas suaves sobre su espalda, con reflejos dorados que parecían oro bajo la luz.
Su cuerpo era curvilíneo: pechos firmes, cintura estrecha y caderas generosas que se marcaban bajo un vestido negro de seda con escote profundo. Llevaba un collar de diamantes pequeños que resaltaba su cuello largo y unos pendientes de zafiro que hacían juego con sus ojos. Su perfume era embriagador —mezcla de rosas y almizcle—, dejando un rastro hipnótico.
Los guardias intentaron detenerla, pero el responsable del evento y el diseñador hicieron un gesto con la mano para que pasara.
—¡Ven, rápido, rápido… cámbiate aquí y trata de sentirte como una de nuestras modelos! —expresaron esperanzados al unísono.
La pasarela fue salvada por aquella misteriosa dama, la cual se llevó la mayoría de los aplausos, dejando el evento como un rotundo éxito. Las mujeres del público suspiraban, algunas imaginándose dentro de esos vestidos. El ambiente era una mezcla de sofisticación y deseo.
Los reflectores apuntaron a Eloisa por órdenes de Alexander, quien levantó la mano hacia su cuerpo de seguridad. Pareció susurrar algo a uno de ellos, permitiéndole acercarse.
—Señorita, venga… el señor Kroos quiere hablar con usted —comentó inmediatamente el jefe de seguridad.
Ella sonrió, tomó una copa de vino de la bandeja de un mesero y la alzó hacia él, mientras se acercaba con el vestido de novia aún puesto.
—Señor Kroos… —susurró con voz dulce, seductora—. ¡Su boutique es un sueño hecho realidad!
Alexander respondió, con ayuda de su intérprete para poder entablar una fluida comunicación:
—La belleza necesita un rostro que la represente. Usted… podría ser ese rostro.
Eloisa se inclinó apenas hacia él, sus labios rozando la copa antes de beber. La tensión sexual era palpable —como electricidad en el aire—. Las demás mujeres miraban con celos desde la distancia, bloqueadas por la seguridad.
—¿¡Está diciendo que quiere que yo sea parte de su grupo de modelaje?! —preguntó dejándose llevar por la curiosidad, con una sonrisa que mezclaba picardía y ambición.
—No solo parte… quiero que sea la imagen de “Eterna Promesa” en todo México —sentenció Alexander.
Ella bajó la mirada un instante, como si pensara en el peso de esa propuesta, y luego la levantó con decisión.
—Entonces brindemos por ello… —aceptó halagada, chocando su copa contra la de él.
Los cristales tintinearon sutilmente, y el sonido se expandió como un presagio en la sala acompañado con la música de la gala. La escena parecía un pacto sellado —mitad seducción, mitad negocio—.
La sinfonía seguía envolviendo el salón, mientras Alexander Kroos y Eloisa permanecían de pie junto a una mesa lateral, con copas en mano. El brillo de los candelabros se reflejaba en sus ojos azul verdoso, y el ambiente parecía haberse reducido a un espacio íntimo entre ambos, aunque cientos de invitados se movían alrededor.
Eloisa movió lentamente la cabeza, dejando que su cabello rubio chocolate rozara su hombro desnudo.
—No esperaba que un hombre como usted se fijara en mí entre tantas mujeres —dijo con un toque de sorpresa, cargada de intención.
—Algunas presencias se imponen sin esfuerzo. Usted… es una de ellas —subrayó el señor Kroos.
Ella sonrió, acercándose un poco más. El perfume embriagador envolvía el aire entre ambos.
—Entonces, ¿qué clase de presencia busca para su boutique? —inquirió, jugando con el borde de su copa, mientras las uñas de sus dedos brillaban con los reflejos de los diamantes de su collar.
—Una presencia que no solo vista un vestido, sino que lo convierta en un símbolo —especificó Alexander, con palabras que sonaron más íntimas de lo que deberían en un evento público.
La tensión era palpable. Eloisa bajó la mirada, dejándose seducir por el peso de esas frases, y luego la levantó con un gesto que mezclaba coquetería y desafío.
—¡Quizá yo pueda ser ese símbolo a nivel internacional… si usted me lo permite!
Alexander la observó en silencio, sus labios apenas curvándose en una sonrisa discreta. El aire entre ellos parecía cargado de promesas no dichas —de un juego que iba más allá de un contrato—.
De pronto, un murmullo recorrió el salón...
Un asistente se acercó apresurado al jefe de seguridad y le susurró algo al oído. El hombre corpulento frunció el ceño y se dirigió de inmediato hacia el intérprete de confianza para que informara a Alexander.
—Señor Kroos… —informó en voz baja, con tono grave—. No hay pista de una de las modelos que debía presentarse esta noche. Nadie sabe de ella ni ha llegado a su hotel. Acaban de informar a las autoridades que está desaparecida.
Alexander, que hasta ese momento parecía absorto en la conversación con Eloisa, se tensó de inmediato. Su porte elegante se transformó en el de un hombre de negocios que no dejaba nada al azar.
—¡Busquen en todo el pueblo si es necesario! —ordenó con firmeza que cortaba el aire como un cuchillo.
Los guardias se movilizaron al instante, saliendo del salón con pasos rápidos. El ambiente festivo se quebró, y algunos invitados comenzaron a murmurar con inquietud.
Eloisa, aún con la copa en la mano, lo miró con una combinación de sorpresa y frustración. El momento íntimo que había logrado construir se desmoronaba frente a la urgencia.
Alexander la miró una última vez, como si reconociera lo que estaba dejando atrás, y luego giró hacia su equipo. La seguridad de sus modelos era prioridad —incluso por encima de cualquier encuentro personal—.
—¡Vamos… muévanse ya! —vociferó sumamente molesto el señor Kroos.
Eloisa quedó sola, con el eco de la música y el sabor del vino en los labios, sabiendo que había estado a un paso de algo más… pero que la noche había decidido romper el hechizo.
Pasaron un par de días y en Los Altos se impregnaba un aire cada vez más pesado. La noticia estremeció al pueblo entero y corrió como fuego: otra modelo había desaparecido.
Los rumores se multiplicaban en las calles, en las plazas, en los cafés.
—¡Primero Rubí… ahora otra más! ¡¿Esto ya no es casualidad?! —murmuraba una estilista del grupo de modelaje con voz temblorosa.
—Dicen que ni siquiera llegó a dormir a su hotel. ¡Se esfumó como tantas aquí! —respondía la maquillista, con los ojos llenos de miedo.
—¡Esto es un infierno…! ¿¡Quién será la próxima!? —añadió un hombre de confianza de Alexander, mirando alrededor como si las sombras pudieran responderle.
Los inversionistas amigos de Kroos entraron en alarma. Los guardias reforzaron la seguridad, y los organizadores, con rostros tensos, decidieron enviar a las últimas cuatro modelos en un vuelo privado directo a la capital del país. La orden fue tajante, casi un mandato del mismo Alexander, quien se sentía impotente ante tal acontecimiento.
La policía local, incapaz de dar respuestas, solicitó apoyo externo. Detectives privados de la Ciudad de México llegaron al pueblo, acompañados de cuerpos de búsqueda. Se desplegaron brigadas por los alrededores: hombres con linternas peinaban los cerros, perros rastreadores olfateaban la tierra húmeda y camionetas recorrían los caminos polvorientos.
En la plaza, la tensión era palpable...
—Señor, ¿vio algo extraño la noche pasada? —cuestionó un detective a un velador del hotel donde se alojaban las modelos.
—Solo escuché un grito… como de mujer. Pero cuando salí, no había nadie —respondió, con voz quebrada.
—¿¡Un grito!? ¿De dónde provenía? —insistió el hombre, anotando en su libreta.
—A dos calles, más o menos… pero aquí nunca se encuentra nada. ¡Es como si se tragaran a la gente!
Así siguió la investigación por el resto de la noche, sin poder dar con el paradero de aquellas dos modelos.
Sin embargo, los murmullos crecían en el pueblo: se hablaba de que una de las chicas que se acercó a Alexander el día de su llegada también había desaparecido. Nadie sabía si era casualidad o si había una conexión más oscura.
El señor Kroos, rodeado de su equipo, mantenía un porte elegante, pero su mirada se endurecía. El perfume amaderado que lo acompañaba parecía ahora más denso —casi sofocante—.
En la comodidad de la casa que había rentado, habló con uno de sus hombres de confianza para que buscara a Eloisa —quizá para despedirse—.
Al día siguiente, un par de custodios fue en busca de aquella mujer, que merodeaba la boutique que no pudo inaugurarse por la desaparición de las chicas.
Cuando por fin dieron con ella, uno de los guaruras se acercó a la dama:
—Señorita Eloisa… el señor Kroos desea hablar con usted.
Ella lo miró con sorpresa.
—¡Pensé que se había marchado junto con el resto de las modelos! —comentó con un dejo de insatisfacción.
—No estoy autorizado para comentar más. Solo me dieron órdenes estrictas de venir por usted. Nuestro jefe la espera en donde se está quedando momentáneamente —dijo sin tapujos el guardaespaldas, abriendo la puerta de la camioneta para que ingresara.
La fémina aceptó y trató de subir con ayuda del otro caballero.
Pasaron unos minutos… Al llegar, una casa de campo los esperaba, estaba algo retirada de la explanada. El inmueble había sido prestado por uno de los regentes del pueblo. El lugar era extenso, con jardín y una piscina grande. La estructura de dos pisos estaba cubierta por detalles en la pintura de un estilo barroco y gótico.
Allí apareció Alexander, impecable en su traje blanco, sus gafas reflejando las luces del salón. Se acercó con paso firme, sin dejar de mirar a la dama.
—Eloisa… Los Altos no son seguros para ti. ¡Quiero que vengas conmigo a Berlín! —exclamó de forma sorpresiva a través de su intérprete.
Ella lo miró, confundida, con el corazón latiendo fuerte.
—¿¡Con usted?! ¿¡Ahora, en medio de todo esto!? —preguntó, con un tono que mezclaba miedo y fascinación.
—En unos días, para que puedas llevar todo lo que necesites. Si aceptas venir conmigo, serás la imagen de Eterna Promesa a nivel internacional. Pero más que eso… serás mi protegida —respondió con seguridad Alexander.
El silencio se volvió incómodo. Eloisa respiró hondo, consciente de que su decisión podía marcar el inicio de algo más prometedor que cualquier contrato.
—Necesito unos días para pensarlo. No puedo decidir algo tan grande de inmediato.
El señor Kroos la observó en silencio, sus labios apenas curvándose en una sonrisa discreta. Luego asintió con un gesto.
—Está bien… Pero no quiero que esté sola. Se quedará el resto de los días aquí conmigo. Mis hombres se quedarán a su cuidado —contestó con un dejo de preocupación.
—No puedo… no tengo mis cosas aquí. Además, tengo que seguir trabajando —expresó con inquietud Eloisa.
—¡Puede ir por sus cosas! El trabajo déjelo… ahora sus gastos corren por mi cuenta —clamó con seguridad Alexander.
La dama no pudo hacer más. Fue en busca de sus pertenencias en una de las camionetas.
Sin embargo, un grupo de mujeres se abalanzó sobre el vehículo, tratando de abrirlo. Los guardaespaldas no se dieron cuenta de que, en medio del tumulto, Eloisa se les perdió de vista.
—¡No puede ser…! ¿¡Cómo es posible que la dejaras ir?! —reclamaba un hombre de seguridad, tratando de ver entre la masa de chicas.
Más tarde, a una cuadra a lo lejos, la señora Ángela caminaba lentamente. Al ver el cúmulo de jovencitas, no dudó en acercarse a promocionar sus productos de belleza, dejando folletos sin decir palabra.
Había algo curioso en algunas de las féminas que rodeaban la camioneta con la esperanza de ver una vez más al señor Kroos: presentaban extrañas manchas rojizas en la cara y en los brazos. Se notaba a simple vista —tal vez por el sol o una alergia—, las cuales les bajaban el autoestima.
Una de ellas era Daniela, de las muchachas que quisieron seducir a Alexander cuando arribó. Estaba triste: su piel mostraba irritaciones severas —dándole un aspecto marchito que la desesperaba—.
Al ver a la señora Ángela, decidió recurrir a ella, quien aún con la baja de consumidores por la ola de desapariciones mantenía abierta la boutique de cosméticos.
—¡Doña Ángela, ayúdeme…! —imploraba la muchacha con voz temblorosa—. Mire cómo se me está poniendo el rostro.
—¡Tranquila, hija! En mi local tengo lo que necesitas; ya sabes que mis productos son milagrosos, los hacía mi difunto marido. ¡Te devolverán la piel como nueva, ya lo verás! —aseguró con firmeza la mujer, mientras la guiaba hasta su tienda, donde los estantes estaban llenos de frascos y envases que desprendían un aroma penetrante.
—Ojalá así sea… estoy muy estresada, y también mi hermana está mal —murmuró angustiada Daniela.
—Pues dejaré que te lleves algo para ella, luego me lo pagas —sentenció Ángela—. Que se lo ponga todas las noches y verás que se recuperarán las dos.
A pesar de ser poco visitado, el establecimiento aún tenía clientela. Sin embargo, se sentía un aire pesado, cargado de un olor extraño: combinación de químicos, polvos viejos y algo más… un aroma dulce, pero al mismo tiempo perturbador.
Cayó la noche y los guardias de seguridad dormitaban en el vehículo cuando de pronto tocaron el vidrio con insistencia, haciendo que los hombres se sobresaltaran.
Era Eloisa, quien llevaba sus maletas con una sonrisa de satisfacción, al sentirse a punto de lograr su sueño de ser modelo internacional.
Uno de los guaruras bajó rápido para abrirle la puerta. Entre el cansancio y la sorpresa no hubo intercambio de palabras. La dama solo asintió y puso su dedo en los labios —señal de que no diría nada—. Era como si, con solo mirarlos, pudiera darles órdenes.
La camioneta arrancó y se dirigió a la casa donde esperaba impaciente el señor Kroos.
Media hora más tarde ya estaban en la lujosa vivienda, donde Alexander había mandado a preparar un banquete para recibir a la bella dama. El hombre sostenía una copa de vino rosado, espumoso, que deleitaba sus labios sin dejar de mirar a Eloisa con la sensación de que entre ambos había algo pendiente.
Se acercó junto con su intérprete de confianza, quien transmitió su mensaje de inmediato:
—¡Por fin llegaste, mi bella invitada!
—Disculpa la tardanza… tenía que dejar todo en perfectas condiciones antes de mudarme aquí contigo —manifestó Eloisa, con un dejo de pena.
—Es entendible… pero mientras más rápido nos vayamos de este lugar, más segura estarás —afirmó el señor Kroos con tono preocupado—. No importa, ven, siéntate conmigo. La cena está servida.
La velada transcurrió entre risas, miradas insinuantes y copas de vino que se alzaban como brindis secretos. Los platos servidos fueron exquisitos: carnes finas, quesos europeos y postres delicados que parecían preparados para un ritual de seducción.
Eloisa jugaba con la copa entre sus dedos, mientras Alexander la observaba con una intensidad que atravesaba el aire.
La conversación se volvió cada vez más íntima, cargada de insinuaciones y promesas veladas. La música suave del salón acompañaba el ambiente —cada nota era un susurro que los empujaba más cerca—.
La noche continuó con un aire más sensual al quedarse solos. Los besos se dejaron ir entre caricias, que fueron soltando las prendas hasta perderse poco a poco en el suelo de la habitación —como hojas de otoño—.
El perfume de Eloisa —mezcla de rosas y almizcle— impregnaba el lugar, mientras Alexander, con su porte elegante, se dejaba llevar por la atracción.
Pero justo cuando se dirigían a la cama del señor Kroos, la dama se detuvo. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y firmeza.
—No… —susurró, apartándose suavemente—. No esta noche.
Alexander quedó inmóvil, sorprendido, con el corazón latiendo fuerte y la mente confundida —¡¿cómo era posible que lo rechazara en ese instante?!—.
Ella recogió sus cosas con calma; caminó hacia la recámara donde había dejado sus pertenencias hasta esfumarse su silueta, que se perdió tras la puerta, dejando al caballero solo, con la copa aún en la mano y la sensación amarga.
El hombre permaneció de pie, sin entender qué había pasado. Su mirada se endureció, pero en el fondo lo invadía el deseo de que algo más pasara. Así que se fue a dar una ducha de agua fría para bajar el calor de los ánimos.
Pasaron tres días, y la convivencia entre Eloisa y Alexander parecía fluir con naturalidad. Compartían desayunos, paseos por los jardines de la casa y largas conversaciones en la sala iluminada por candelabros.
Sin embargo, la intimidad seguía ausente: la fémina insistía en dormir en su propia habitación, dejando al hombre solo en la suya. Esa distancia lo confundía, aunque no dejaba de sentir que algo los unía de manera invisible.
Una tarde, mientras Eloisa se arreglaba frente al espejo, el señor Kroos recibió una llamada desde su país natal. Era su madre, con voz cargada de emoción y urgencia:
—Alexander… tu hermana ya arribó. Está esperando a que vayan por ella.
El hombre se tensó. La llegada de su hermana significaba un nuevo motivo para permanecer en México, aunque también un riesgo. El aire del pueblo estaba cada vez más pesado, y las desapariciones no cesaban.
Eloisa aprovechó ese momento para ir de paseo por la plaza de Los Altos. Dos guardaespaldas la escoltaron, caminando a su lado como sombras. El aire del pueblo estaba cargado de murmullos y miradas desconfiadas.
Pero al llegar, fueron interceptados por los detectives que seguían investigando.
—¡Deténganse!
—ordenó uno de ellos, mostrando su placa.
—Necesitamos
interrogarles. Ha desaparecido otra mujer llamada Valeria, quien se
dice que se relacionaba con su jefe…
El nombre de aquella muchacha resonó como un eco en la plaza. A ella la habían visto intentar de todo por acercarse a Alexander la primera vez que llegó. Ahora era la nueva víctima —algo muy sospechoso—.
Los detectives comenzaron a cuestionar a los guardaespaldas, anotando cada detalle, cada movimiento de los últimos días, exigiendo la presencia del señor Kroos.
En medio de la confusión, Eloisa se escabulló. Nadie notó el instante exacto en que desapareció de la vista de los agentes y de sus escoltas. Cuando los guardias se dieron cuenta, ya era demasiado tarde: se había perdido entre las calles del pueblo, como una sombra que se disolvía en la multitud.
El tiempo avanzaba, y la tensión se hacía insoportable.
Esa misma noche, en otro rincón del pueblo, se escucharon golpes desesperados en una puerta. Era Sofía, la joven de piel bronceada y cabello rizado que también había intentado acercarse a Alexander.
Su rostro estaba marcado por un sufrimiento evidente: la piel mostraba ámpulas rojas, inflamadas, que parecían a punto de reventar.
—¡Doña Ángela, por favor… ábrame! ¡Ayúdeme! —gritaba con voz quebrada, golpeando la puerta del establecimiento de cosméticos.
La puerta se abrió lentamente, y la silueta de la señora ya mayor apareció en el umbral. Sus ojos verdes, ahora algo opacos por la penumbra, brillaban con una mezcla de curiosidad y algo más oscuro.
—Pasa, hija… —dijo con voz grave, casi maternal—. No te preocupes, yo sé lo que necesitas.
Sofía entró con pasos temblorosos. Ángela la guió hacia el fondo, mientras le ofrecía un dulce.
—Tus problemas de piel no son casualidad… —murmuró, acariciando uno de los frascos con sus dedos huesudos—. Aquí tengo lo que te devolverá la belleza… pero debes confiar en mí.
Sofía la miró con desesperación, sin notar que detrás de aquella voz calmada se escondía algo más. El aire se volvió pesado —como si la boutique se cerrara sobre ella—.
Por otro lado, el señor Kroos llegó por la madrugada acompañado de su hermana Nicole, una joven de veintiún años que no paraba de abrazarlo con fuerza.
—¡Hermano, cuánto te extrañé! —clamó con emoción, sus ojos resplandecían de alegría.
Alexander sonrió con discreción, mientras Eloisa, escoltada por sus custodios, entraba en el salón. Él la presentó con formalidad a través de su intérprete:
—Cariño, ella es Nicole… mi hermana.
La joven saludó con amabilidad, pero Eloisa apenas respondió con una sonrisa forzada. En su interior, no le agradaba la idea de que otra mujer irrumpiera en el espacio donde ella ya se sentía la reina. El aire se tensó —aunque nadie lo comentó en voz alta—.
A la mañana siguiente, la calma se quebró.
Los detectives llegaron a la lujosa casa donde se hospedaba el señor Kroos junto con sus invitadas. Tocaron la puerta con firmeza y, sin rodeos, anunciaron su propósito:
—Señor Alexander Kroos, queda detenido.
Los custodios intentaron interponerse, pero la orden era clara. Lo acusaban de estar ligado a una nueva desaparición: Mariana, otra de las jóvenes que se había acercado a él desde su llegada, y que también había estado presente en la velada de gala donde se mostró la colección de vestidos de novia.
—¡Esto es un error! —vociferó uno de los abogados de Alexander, que estaba a su lado.
—Todo apunta a él… —respondió el investigador policiaco con voz dura—. Las coincidencias son demasiadas, y eso ya lo pone como el principal responsable.
El señor Kroos fue escoltado hasta una patrulla, mientras Eloisa y Nicole quedaban en la casa, paralizadas, sin saber qué hacer. El sonido de la sirena alejándose se mezclaba con los murmullos de algunos que lo presenciaron todo en las cercanías del lugar —que ya lo señalaban como el principal culpable—.
Pasaron las horas, y los abogados de Alexander daban argumentos en la comisaría para defenderlo. El ambiente era tenso, cargado de dudas y sospechas.
Fue entonces cuando apareció Susana, la hermana de Daniela, otra de las desaparecidas. Su rostro mostraba cansancio y desesperación.
—¡Exijo respuestas! —gritó al entrar—. ¡Quiero que hagan bien su trabajo!
Los detectives la escucharon con atención, mientras los abogados intentaban contener la situación.
Susana, con voz firme, declaró:
—La última vez que vieron a Daniela fue en la casa de la señora Ángela… en esa dichosa boutique de cosméticos milagrosos que todas conocen. Yo no he visto ni un mísero policía ir a investigar ahí. Ya estoy harta de que en este maldito pueblo no cumplan con su deber.
Alexander solo miraba la desesperación de aquella muchacha, pero no entendía nada.
Era absurdo que en su sano juicio se apuntara a una señora ya mayor como lo era la señora Ángela, mucho menos verla como una amenaza real. Todos la creían amargada y loca —pero hasta ahí—.
El nombre de ella resonó en la sala como un golpe seco, pero un halo de esperanza para la libertad del señor Kroos. Los abogados se miraron entre sí, conscientes de que aquel testimonio podía cambiar el rumbo de la investigación.
El cuerpo de policía y los detectives especializados trataban de hilar las pruebas con cautela. Aunque Alexander Kroos seguía siendo el principal sospechoso, no podían descartar otras posibilidades.
Entre murmullos, algunos desestimaban a la vieja de la boutique:
—Es solo una pobre señora amargada… ¡¿realmente creen que podría cometer tales actos?! —comentó con incredulidad uno de los policías.
—Es nuestro deber investigar, incluso si es un testimonio falso —subrayó el jefe de investigación—. ¡Prepárense ya!
Tanto el cuerpo policiaco, los investigadores y Susana —quien no permitió que la dejaran quedarse atrás— se subieron en una de las camionetas que arrancó a toda velocidad.
Su mirada reflejaba la desesperación de quien busca respuestas a cualquier precio.
Al llegar a la boutique de la señora Ángela, todo parecía normal. Los estantes estaban repletos de frascos y envases, cuidadosamente alineados. El aire olía a químicos dulzones —mezclados con polvo viejo—.
Los detectives revisaban con calma, sin encontrar nada fuera de lugar… hasta que uno de los perros policía comenzó a ladrar con desesperación frente a un estante.
El animal arañaba el suelo, olfateando con furia —como si percibiera algo que los humanos no podían ver—. Los agentes se miraron entre sí, tensos.
—¿Qué pasa ahí? —cuestionó alarmado el jefe de la brigada, acercándose.
Al revisar los frascos con detenimiento, descubrieron que los cosméticos contenían aromas como de sustancias extrañas —compuestos que no deberían estar ahí—. Nadie pudo identificar de inmediato qué eran, pero el hallazgo bastó para encender las alarmas.
El perro volvió a ladrar, esta vez siguiendo un rastro apenas perceptible: una línea oscura —como de sangre seca— que se extendía por el suelo y se perdía detrás de los estantes.
Los detectives iluminaron con linternas, siguiendo el rastro hasta que se detuvo en un punto específico.
—Aquí… —susurró insistente uno de ellos, con voz tensa.
Sin saber qué más hacer, movieron el estante con esfuerzo. El perro ladró aún más fuerte, arañando el piso. Fue entonces cuando descubrieron lo impensable: una trampilla oculta —cubierta por la madera y el peso del estante, invisible a simple vista—.
El silencio se apoderó del lugar. Los agentes se miraron con incredulidad, conscientes de que estaban a punto de destapar una verdad cruel.
Susana, con el corazón acelerado, apretó los puños.
—¡Ábranla... por favor...! —suplicó, con voz quebrada.
El aire se volvió más pesado —al parecer, la boutique misma contenía un secreto que había esperado demasiado tiempo para ser revelado—.
Al bajar por la trampilla, los detectives se encontraron con un espacio aparentemente normal: mesas de trabajo, frascos alineados, polvos de colores, cremas en proceso, perfumes envasados… todo parecía el taller de una mujer dedicada a la belleza.
Sin embargo, el perro policía no dejaba de ladrar, girando en círculos, olfateando con desesperación —parecía confundido—.
Los agentes se miraban entre sí, incómodos.
—Aquí no hay nada… —murmuró desilusionado uno, con voz insegura.
—Entonces, ¿qué le pasa al animal? —preguntó inquieto y nervioso otro del cuerpo policiaco.
Cuando ya se disponían a salir, Susana se detuvo. Sintió un peso en el pecho, un presentimiento que la obligó a avanzar más al fondo.
Sus pasos resonaban en el silencio, hasta que sus ojos se fijaron en algo pequeño, brillante, tirado en el suelo: uno de los adornos de su pulsera, el mismo que ella había regalado a su hermana.
—¡Noooooo…! —expulsó un grito desgarrador, cayendo de rodillas mientras las lágrimas le corrían por el rostro.
A unos pasos más adelante, la linterna iluminó lo impensable: el cadáver de su hermana, tendido en el suelo, con la piel seca.
El rostro estaba mutilado, dejando la carne al rojo vivo —como si una bestia se hubiera alimentado de él—. Donde antes había una cara hermosa, ahora era un hueco enorme, oscuro, putrefacto, viscoso, donde se veía parte de los huesos del cráneo. Las mejillas arrancadas con sadismo, los labios —no había labios—, y los ojos abiertos, congelados en un gesto de terror.
El horror se multiplicó cuando descubrieron que no estaba sola.
Allí, apilados en un rincón, yacían otros cuerpos: Rubí, Svetlana —la segunda modelo desaparecida—, Mariana, Valeria, Sofía, Daniela y Camila, entre otras mas.
Todas las jóvenes desaparecidas estaban allí, convertidas en espectros de lo que habían sido. Sus cuerpos mostraban marcas de violencia: piel arrancada —despellejada— en fragmentos, cabellos mezclados con sangre seca.
El aire se volvió insoportable. El olor era penetrante, una mezcla de fluidos en descomposición y muerte.
Uno de los detectives, con el rostro desencajado, se acercó a una mesa. Allí encontró una olla grande, cubierta por una tapa metálica.
Al abrirla, el hedor lo golpeó como un muro: dentro había una masa viscosa, de color grisáceo, con vetas rojas y marrones. La textura era espesa, como una crema, pero el olor era nauseabundo —similar al de un cadáver—.
—¡Dios mío…! —clamó uno de los agentes, tapándose la boca.
Al revisar con guantes, descubrieron que aquella masa no era un producto común.
Los análisis rápidos revelaron lo inimaginable: los cosméticos estaban hechos con sangre y polvo extraídos de la piel de las secuestradas.
Cada frasco, cada crema, cada perfume era el resultado de un proceso macabro que convertía la belleza en un ritual siniestro.
Susana vomitó del horror, quedando muda de la impresión, intentando no colapsarse, tratando de sostener el cuerpo de su hermana en sus brazos.
Los detectives retrocedieron, horrorizados, conscientes de que habían destapado una verdad que superaba cualquier sospecha.
La boutique de Ángela no era un negocio de belleza… era un laboratorio macabro.
Los policías dieron aviso a las familias de las chicas desaparecidas, mientras las demás unidades se desplegaban por el pueblo en busca de aquella señora, de quien no había rastro alguno.
Al mismo tiempo, se emitió la orden de liberación para Alexander. Sus abogados, diligentes, hicieron el papeleo con rapidez, y por la noche el empresario salió libre.
La libertad no trajo alivio. Apenas unas horas después, el señor Kroos tuvo que enfrentar uno de los momentos más dolorosos: reconocer los cuerpos de sus dos modelos, Svetlana y Rubí.
Con el rostro endurecido por la pena, afirmó que eran ellas. La noticia fue transmitida a sus familias y a su grupo de trabajo a través de sus hombres de confianza. El silencio que siguió fue tan pesado como el aire de Los Altos.
Al regresar a la casa donde se hospedaba, Alexander notó algo extraño. Las luces estaban apagadas, como si la vivienda hubiera quedado abandonada.
El aire estaba impregnado de un olor desagradable —similar al de carne de borrego cocida en agua—, un hedor que se volvía más intenso conforme avanzaba.
Con el celular en mano, iluminó su camino por el pasillo. El haz de luz reveló algo inquietante: las ropas de su hermana Nicole tiradas en el suelo, junto a una botella de tinte para cabello.
El corazón del caballero se aceleró.
Avanzó con cautela hasta la cocina. Allí, sobre la estufa, encontró una olla grande cociéndose a fuego lento.
El vapor que escapaba de la tapa despedía un olor nauseabundo, espeso, que lo golpeó hasta desestabilizarlo. El hedor lo hizo retroceder de inmediato, llevándose la mano a la boca para contener el impulso de devolver.
El miedo lo invadió. Sin pensarlo más, salió corriendo de la casa, desesperado por encontrar a su hermana y a Eloisa.
El eco de sus pasos resonaba en la oscuridad, mientras la imagen de la olla seguía grabada en su mente —parecía una advertencia de que algo terrible estaba ocurriendo dentro de esas paredes—.
El hombre recorrió la casa con el corazón acelerado.
Al entrar en la habitación de su hermana Nicole, se detuvo en seco: la cama estaba intacta, como si nunca hubiera dormido allí. El vacío lo golpeó con fuerza.
Siguió buscando en las demás habitaciones, hasta que en el baño, la luz de su celular iluminó la tina. Allí, sobre la porcelana, se distinguían restos de sangre —al parecer alguien se golpeo la cabeza con violencia—.
El hallazgo lo desbordó.
—¡Nicole! ¡Eloisa! —gritó con desesperación, su voz quebrándose en la penumbra.
El miedo lo llevó hasta la habitación de Eloisa. Apenas abrió la puerta, un olor nauseabundo lo envolvió: una pestilencia espesa, asquerosa, irrespirable, que parecía impregnarse en la piel.
La oscuridad reinaba, pero en medio de la penumbra distinguió velas encendidas, formando un círculo alrededor de algo.
Avanzó con pasos temblorosos, y lo que vio le quebró el alma.
Eloisa estaba allí, desnuda, rodeada por las llamas titilantes. Pero su cuerpo ya no era el mismo: la piel tenia un tono oscuro rojizo, que la hacia ver flácida, colgante, marchita —como si la vitalidad que la hacía sensual y esbelta se hubiera desvanecido—.
Su silueta parecía encorvada, envejecida, deformada por una fuerza invisible.
Las sombras proyectadas por las velas se mezclaban con el hedor nauseabundo, creando un ambiente irreal, como un ritual prohibido.
Alexander se acercó más, y entonces lo vio: a un costado, tirada en el suelo, estaba su hermana Nicole… sin rostro.
La piel de su cara había sido arrancada con brutalidad, dejando un vacío espantoso donde antes había vida.
Eloisa, bañada de líquido carmesí, se untaba lentamente sobre su cuerpo la sangre de la hermana del señor Kroos —tal si fuera crema, esparciéndola por todos lados de su ser—.
Sus movimientos eran lentos, ceremoniales, cargados de un simbolismo oscuro que Alexander no podía comprender.
Retrocedió, con el corazón desbordado de horror.
La imagen era insoportable: Eloisa, transformada en una figura espectral, bañándose en el fluido vital de Nicole, mientras las velas proyectaban sombras que parecían danzar con ella.
Él se alejó unos pasos más, y al pisar algo que crujió en el suelo, el sonido quebró el silencio.
Aquella mujer volteó lentamente.
La visión lo golpeó como un puñetazo en el estómago: Eloisa —o lo que quedaba de ella— llevaba sobre su rostro la piel arrancada de Nicole, como si fuese una máscara improvisada.
Los fluidos escarlatas aún se deslizaban por los orificios donde deberían estar los ojos, goteando en hilos viscosos que caían sobre su cuello.
La escena era tan grotesca que Alexander quedó paralizado, incapaz de reaccionar.
Eloisa comenzó a reír, pero su tono era áspero; la voz ya no era la suya, parecía como de alguien mucho mayor que ella:
—Hehe… hehehe...—
Con movimientos lentos y enfermizos, acariciaba el rostro de su hermana ahora posado en su cara, lamiéndolo como si fuese una mascarilla de belleza.
Lo que más lo espantó fueron esos ojos claros, amarillentos, que lo miraban con una mezcla imposible: pena, satisfacción, placer y odio.
Era una mirada que no debía existir —un secreto que no podía ser descubierto sin despertar algo peor—.
Con un gesto teatral, Eloisa fue bajando aquel pedazo de carne que había sido el hermoso rostro de Nicole.
La piel colgaba de sus manos como un trofeo macabro.
Y entonces, en la penumbra iluminada por las velas, mostró su verdadero rostro: un semblante deformado por el odio, el coraje y el resentimiento.
No eran las facciones de Eloisa.
Era la cara de una vieja bruja… o más bien, de Ángela.
La risa de la mujer resonaba como un eco desquiciado, llena de sadismo y burla:
—Hahahahahaha...—
Con movimientos lentos y enfermizos, comenzó a devorar el rostro de Nicole, desgarrando la piel entre sus afilados dientes, mientras sus ojos amarillos brillaban —como brasas encendidas—.
El fuego de esa mirada parecía arder en la penumbra, al mismo tiempo que esa cosa disfrutaba del sabor de la carne de la hermana del señor Kroos.
Alexander, paralizado por el espanto, explotó en un grito que no solo irradiaba miedo, sino coraje, impotencia:
—¡Aaahhh… aaaaaahhhhhh…!—
El sonido retumbaba por toda la propiedad, hasta que esa cosa mórbida que fue la señora Ángela, en un movimiento brusco, corrió hacia él. Las velas se apagaron de golpe, dejando la casa sumida en una oscuridad absoluta, donde solo los alaridos desgarradores de Alexander Kroos se escuchaban —resonando como un lamento perdido en la noche—.
A la mañana siguiente, uno de los hombres de confianza del señor Kroos llegó acompañado de su grupo de seguridad. El equipo, que había estado inactivo durante la prisión preventiva de su jefe, se encontró con un escenario aterrador.
Desde la entrada de la casa, un líquido espeso y negro recorría el suelo, impregnando el aire con un olor hediondo.
El rastro se extendía por la cocina, subía las escaleras y se dirigía hacia las habitaciones. Al avanzar, el líquido cambiaba de tonalidad: de un negro viscoso a un carmesí intenso —parecía que la sangre se hubiera mezclado con algo más oscuro—.
El camino terminaba en la habitación de Alexander.
Allí, sobre la cama, yacía el cuerpo ensangrentado del empresario. La visión fue insoportable: su rostro había sido arrancado por completo.
Las marcas eran claras, como mordidas animalescas, desgarrando la piel hasta dejar expuestas las partes del hueso del tabique y la mandíbula. Un surco enorme, al rojo vivo, atravesaba lo que quedaba de sus facciones.
Uno de los hombres, con el rostro desencajado, se inclinó apenas. Al mover lo que quedaba de carne, el cráneo del caballero se reveló bajo la luz tenue —desnudo y macabro, como si algo, o alguien, se lo hubiera devorado hasta el hueso—.
El silencio se apoderó de la casa. Nadie se atrevía a hablar. El hedor, el rastro carmesí y el cuerpo mutilado eran prueba de que la noche había sido consumida por un horror indescriptible.
El amanecer en Los Altos volvió a ser todo menos calma. El cruel final de Alexander y su hermana Nicole quedó en el silencio de la tragedia.
Los hombres de confianza, al salir con los cuerpos irreconocibles de los Kroos, buscaron para dar con el paradero de la bella Eloisa, o rastros de la principal culpable… Ángela.
Al paso de los días, las investigaciones se detuvieron en un punto muerto.
El horror estaba frente a ellos, pero la figura detrás del ritual había desaparecido. Nadie supo hacia dónde se dirigió.
Ni cuál pudiera ser su paradero —mucho menos cual podría ser el rostro que lleve consigo ahora: el juvenil y seductor de Eloisa, o el avejentado y retorcido de la bruja—.
Quizá en otro lugar, lejos de la casa y de la boutique clausurada, una puerta se esté abriendo...
Tras el mostrador, puede aparecer una mujer acomodando frascos brillantes, alineados con precisión.
Sus manos, suaves y tersas, pero al mismo tiempo huesudas, vierten una crema espesa en pequeños envases con un olor dulce a rosas y almizcle —un aroma que esconde otras cosas en la mezcla—.
La mujer sonríe apenas, con su piel juvenil, tersa, pero con esos ojos verdes claros, hasta hacerse algo amarillentos que, si se les presta atención, revelan algo más profundo: un odio antiguo, un resentimiento que arde bajo la máscara de su hermosura.
Ofreciendo sus cosméticos milagrosos como una vendedora inofensiva, mientras una joven —que podrías ser tú— entra con la esperanza de cuidar su cutis.
La sonrisa de la dama es sutil, pero siniestra —como una máscara maldita—.
Una preocupación como la de aquella muchacha se puede convertir en el anzuelo perfecto para alimentar un ciclo macabro que seguirá condenando el precio de ser bella.
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