"A veces la última voluntad de una persona que está por partir, puede ser la condena de alguien más…"
En muchos pueblos se dice —y en la mayoría se cree— que cuando alguien muere dejando asuntos pendientes, sus emociones se quedan ancladas al último lugar donde respiraron por última vez: dolor, pena o resentimiento que se adhieren a las paredes como una humedad invisible que nadie ve, pero todos sienten.
El aeropuerto vibraba con el murmullo inquieto de cientos de viajeros. Francisco, de treinta y cuatro años, revisaba los boletos con esa calma tensa de quien intenta mantener el control, mientras su hermano menor, Juan Carlos, de veintinueve, soltaba bromas para hacer reír a Virginia, de treinta y dos, y a Nancy, de veintiocho, sus respectivas parejas. El viaje a las playas de Barceloneta prometía ser el respiro que todos necesitaban: sol, arena, mojitos… casi podían sentir el calor anticipado rozándoles la piel.
—¡Última
llamada para el vuelo 217 rumbo a Barcelona! —resonó
la voz metálica de una mujer en el altavoz, rebotando en las paredes
como un eco impaciente.
—Ese es nuestro avión —anunció
Francisco con entusiasmo, tomando su maleta y la de Virginia,
mientras ella pasaba su brazo sobre el suyo con una sonrisa
emocionada.
—¡Barcelona, aquí vamos! —exclamó
Nancy con entusiasmo, imaginándose ya tirada en la playa junto a
Juan Carlos, luciendo un bikini atrevido.
Justo cuando
se disponían a abordar, el teléfono de Francisco vibró.
—Esperen,
debe ser una notificación del hotel —murmuró
al sacar el celular.
—¡Bebé! ¡No me digas que conseguiste
la habitación con esa vista maravillosa que nos enseñó mi prima…!
¡Guau! ¡No lo puedo creer! —celebró
Virginia, sonriendo de oreja a oreja.
Pero no era
un texto. Era una imagen: una carta escrita a mano.
La
abrió.
—No… no es eso —respondió
Francisco, y su tono cambió de golpe.
La fotografía, ligeramente borrosa, mostraba un papel amarillento y arrugado. Parecía haber sido sostenido por dedos débiles. La tinta estaba corrida en algunos trazos, como si lágrimas cálidas hubieran caído sobre él.
“Hijos
míos:
La abuela Carmen está muy mal. Apenas puede hablar.
Su
última voluntad es verlos una
vez más antes de partir.
No sabemos si está
para llegar a mañana.
Por favor, no la dejen irse sin
despedirse de ustedes.
Con amor… Papá y Mamá.”
—¿Qué
pasa, hermano? ¿Nos cancelaron la reservación? —inquirió
Juan Carlos al ver el rostro serio de Francisco.
—¡No!
Cariño, ya habíamos dado un pago anticipado —protestó
Nancy, haciendo un berrinche inmediato.
—Ahora les digo…
Hermano, ven. Checa esto... —susurró
Francisco, dándole el celular a Juan Carlos. Mientras hablaba,
sintió un nudo duro en el estómago, como si algo se le hubiera
atorado entre las costillas.
—¡Tiene que ser una broma…!
¡No… nuestra viejita querida! —clamó
Juan Carlos, tratando de no llorar al leer por encima del hombro de
su hermano aquella carta que les cayó como un golpe de hielo en el
pecho.
El silencio
entre ellos se extendió largo, espeso, como un túnel sin final.
—No
podemos irnos —sollozó
Francisco.
—No después de esto —añadió
Juan Carlos, tragando saliva.
Ambas chicas
escucharon lo que decían sus respectivas parejas. Nancy frunció el
ceño. Virginia se cruzó de brazos, irritada por lo que comentaban
los chicos.
—¿Están bromeando, verdad? ¡Ya tenemos todo
listo! —reclamó
Nancy, alzando la voz.
—¡Es una manipulación emocional! ¿Qué
no lo ven? —sentenció
Virginia con frialdad—. Esa señora ni siquiera sabe quiénes son ahora.
Los hermanos
no discutieron. No hubo gritos. Solo se miraron, asintieron entre sí
y dieron media vuelta, tomando sus pertenencias con paso firme.
—¿A
dónde van? —preguntó
Nancy, siguiéndolos con pasos rápidos.
—¡A casa! —afirmó
con firmeza Juan Carlos—. A despedirnos de nuestra viejecita.
Las chicas,
molestas, los siguieron tomando sus cosas más a regañadientes que
de ganas.
—¡Qué groseros son…! Aunque nos joda... vamos
con ustedes —refunfuñó
Virginia, con los labios apretados.
—¡Esto les va a costar
muy caro! Nos van a tener que consentir todo el tiempo que estemos en
esas playas, cumpliéndonos cada capricho que queramos —advirtió
Nancy, subiéndose al coche y cerrando de golpe la puerta.
Ambas, aún sentidas, decidieron acompañarlos. No por cariño, sino por no quedarse atrás.
La carretera hacia el pueblo de San Gregorio se extendía larga y ondulante, como una pista serpenteante que parecía retorcerse bajo las llantas. A ambos lados, los árboles se inclinaban hacia el asfalto, formando un túnel oscuro, como si quisieran impedirles el paso.
Habían pasado varias horas desde que emprendieron el viaje, y el sol comenzaba a hundirse en un cielo teñido de naranja y púrpura. El aire olía a tierra húmeda, hojas secas y esa ventisca fría que anuncia la noche.
De pronto,
la radio soltó un sonido extraño:
—shhhhhh… tap… tap…
shhhhhh—.
—¿Qué demonios es eso? —prorrumpió
Nancy espantada, inclinándose hacia el tablero, inquieta, queriendo
apagarla.
La
frecuencia cambió sola. Entre la estática, una voz susurrante
emergió, arrastrada, casi como si hablara desde debajo del agua:
—No
lleguen tarde… no lleguen tarde… no lleguen tarde…
Parecía el mensaje como una petición. Un mandato. Una plegaria...
Juan Carlos, con el corazón agitado, apagó la radio de inmediato. El silencio volvió, un tanto pesado. Incómodo. Mientras las luces del camino parpadeaban como si se burlaran de ellos en cada tramo.
Una hora más tarde, el auto comenzó a bajar la velocidad, desviándose del camino de asfalto para luego meterse por un terregal. La tierra y piedras sueltas golpeaban la parte baja del coche.
Después de un trayecto por la terracería, finalmente se detuvieron frente al viejo portón de hierro forjado. El metal crujió al abrirse con un sonido áspero y oxidado, que lastimaba los oídos.
—¿Por
qué no hay luz? —interrogó
Virginia, abrazándose a sí misma para conservar algo de calor
mientras se ponía su chamarra.
—Aquí nunca hubo faroles
—replicó
Juan Carlos, bajando del coche.
El aire era denso. Húmedo. Cargado con un olor a madera podrida y flores marchitas. Cada paso sobre la grava resonaba como un eco en ese pasaje desolado, como si estuvieran dentro de una caverna vacía.
Más adelante, el camino que llevaba años sin pavimentar levantaba pequeñas nubes de polvo. Los pirules se alzaban a los lados, con ramas largas y retorcidas que parecían manos huesudas entrelazándose sobre sus cabezas, formando un arco natural que oscurecía aún más el sendero.
—¡Uf! A estas horas estaríamos eligiendo qué bikini usar mañana… —se quejó Nancy, moviendo las manos con fastidio.
Nadie le respondió. Solo el ulular de los búhos, el ladrido lejano de perros alertados y el zumbido insistente de los mosquitos que llenaban el ambiente, como si la noche respirara alrededor de ellos, observándolos.
A lo lejos, la silueta de la vieja casa emergió entre la niebla: dos pisos, tejado inclinado, paredes oscuras y ventanas que parecían ojos cerrados… ojos que no deseaban abrirse.
—¿Siempre
fue tan…? ¡Cómo decirlo…! ¿Fúnebre este lugar? —objetó
Virginia, inquieta.
—No vaya a ser que nos salga un oso o un
puma y nos ataque —comentó
Nancy, abrazándose los brazos.
Francisco las miró con molestia, pero no dijo nada. Su mirada estaba fija en la casa. En su memoria. Ese lugar que olía a pan recién horneado y café de olla. Ahora olía a humedad, a encierro… a despedida.
Cuando llegaron al porche, la puerta se abrió lentamente. No hubo chirrido. Solo un silencio denso. Pesado... como plomo. Hasta que vieron a sus padres esperándolos en el umbral, con rostros tensos y miradas que parecían esconder su tristeza, forzándose a sonreír.
—Gracias por venir, hijos… —expresó el padre, con voz quebrada.
Tenía nuevas arrugas, como si hubieran brotado en cuestión de horas. Los abrazó con fuerza, aferrándose a ellos como si temiera que se desvanecieran entre sus brazos.
—¿Dónde
está? —preguntó
abruptamente Francisco, sintiendo un temblor en la garganta.
—Arriba,
mijo. No habla mucho… pero ha estado aguantando todo lo que ha
podido, porque los esperaba —contestó
la madre, con el corazón dividido.
Sus ojos hinchados por el llanto brillaban bajo una sonrisa frágil. Orgullosa de ver a sus pequeños convertidos en todos unos hombres, pero rota por el dolor de despedir a su abuela, quien fue su segunda madre desde que ella era una niña.
Subieron las escaleras de madera, que crujían bajo sus pies como si fueran a partirse cada vez que pisaban sus viejas estructuras. Mientras tanto, Nancy y Virginia se quedaron en la sala, sentadas en un sofá cubierto con una sábana blanca, antigua y polvorienta.
—Esto
parece sacado de una película de terror —criticó
Nancy, cruzando las piernas con fastidio—. A esta hora estaríamos
en el bar del hotel.
—O caminando por la playa, con una copa
en la mano. No oliendo a moho y a gato muerto —añadió
despectivamente Virginia, soltando una risa seca que se perdió en el
silencio.
Los padres fingieron no escucharlas, pero sus miradas se endurecieron tanto que parecían querer sacarles a escobazos de la casa.
El ambiente se volvió muy espeso, casi irrespirable.
Juan Carlos apretó los puños. Francisco tragó saliva, sintiendo un peso extraño en el pecho, como si algo invisible lo estuviera estrujando por dentro. Arriba, la puerta del cuarto estaba entreabierta. Una luz tenue escapaba por la rendija, como si la habitación respirara.
Al entrar, vieron a la bisabuela Carmen recostada en una cama antigua, rodeada de retratos en blanco y negro que parecían seguirlos con la mirada. Su piel era fina como papel arrugado, sus ojos dos pozos apagados… pero al verlos, una chispa diminuta se encendió.
—Mis niños… vinieron a ver a su viejecita… —susurró, apenas audible, como si cada palabra le costara aire.
Francisco cayó de rodillas junto a la
cama. Juan Carlos le tomó la mano con suavidad, temblando.
—Estamos
aquí, viejita linda… no te preocupes.
Ella
sonrió. Una lágrima tibia rodó por su mejilla hundida.
—Los…
esperé… —musitó
con un hilo de voz—. No quería irme… sin verlos… una vez más…
El
reloj de pared comenzó a sonar, seco y profundo —¡dong!—, como
si marcara el final de algo más que una hora.
—Gracias…
—balbuceó
ella—. Ahora
puedo… des…can…
Su voz se apagó. Su pecho dejó de moverse. Y con un suspiro largo, como un viento que se escapa por una grieta, la bisabuela Carmen partió.
Francisco pasó su mano con cariño por su rostro y le cerró los ojos con ternura. Juan Carlos lloraba en silencio, con la cabeza inclinada, retorciendo las sábanas donde yacía el cuerpo de la señora.
Mientras los
hermanos lloraban desconsolados, abajo, las chicas seguían hablando
de Barcelona, ajenas al peso que acababa de caer sobre la
casa.
—Imagínate que unos europeos guapos de ojos azules nos
lleven a recorrer todo el mar de la Barceloneta —observó
Virginia, mordiéndose los labios.
—Con esos brazos marcados y
esos abdominales de deportistas —sumó
Nancy, con un tono vulgar que rompía por completo la
solemnidad del momento.
Pero algo cambió. Un leve temblor recorrió las paredes, como si la madera hubiera exhalado después de años de contener la respiración. Un susurro sin dueño se deslizó por el pasillo, rozando las paredes como un dedo invisible. Un retrato se ladeó solo, emitiendo un leve —tic—, casi imperceptible. Y en el aire surgió un aroma nuevo: no a muerte, no a flores… sino a algo antiguo, familiar… y profundamente angustiante.
Después de bajar, Francisco y Juan Carlos fueron junto a sus padres, quienes ya tenían en las manos la última voluntad de la bisabuela. La lectura del testamento comenzó de inmediato. Fue breve, casi apresurada, como si nadie quisiera mirar demasiado tiempo ese papel que olía a despedida. En su último momento de lucidez, la señora Carmen había dejado una propiedad a sus bisnietos: una casa antigua, casi en las orillas del pueblo. Nadie vivía allí desde hacía muchísimo tiempo.
—Hijos, esto fue petición específica de su querida viejecita. Es toda suya —puntualizó el padre, entregando las llaves—. Pero… tengan cuidado. Carmen decía que la casa… era caprichosa, y que recordaba cada palabra como si la grabara en sus paredes.
Los hermanos
se quedaron inquietos, intercambiando miradas cargadas de dudas.
Nancy y Virginia no lo tomaron nada bien; incluso molestas como
estaban, no mostraron ni una pizca de entusiasmo.
—¿Una casa
en medio de la nada? —vociferó
Nancy—. ¡Qué romántico!
—Perfecta para que nos coman las
alimañas en esa casucha podrida —remarcó
Virginia, rodando los ojos—. Por lo menos les hubieran dejado algo
para vender o rentar. Ese cuchitril ni para casa de espantos serviría.
—Gracias,
mamá, papá… iremos a revisarla.
Si vemos que está en malas condiciones, esperamos que nos den
alojamiento en su casa —murmuró
con pena Juan Carlos, abrazando a su madre.
—Claro
que sí, mis niños. Siempre será su casa, aunque estén así de
arrugaditos como su padre y yo —respondió
con ternura la madre con un intento de humor que
apenas sostenía el dolor.
—Ya nos vamos. Por la mañana
venimos para ver lo del funeral de nuestra querida viejita —agregó
Francisco con un tono melancólico, abriendo la puerta para que las
chicas fueran hacia el vehículo.
—Hijo, ¿sí saben cómo
llegar? —preguntó
el padre, preocupado—. No vaya a ser que se pierdan a estas
horas.
—Tranquilo, papá, estaremos bien. Cualquier cosa les
llamamos por teléfono —afirmaron
al unísono—. Duerman un poco, mañana estamos con ustedes desde
temprano.
Una vez en el coche, arrancaron rumbo a la propiedad de la señora Carmen. El camino era extenso, oscuro, sin un solo farol que los guiara.
Pasaron unos veinte minutos y finalmente llegaron. La casa estaba resguardada entre la maleza y árboles con hojas secas que caían con cada soplo del viento. Aunque parecía inhabitable, esa misma noche decidieron dormir allí. Por respeto. Por curiosidad. Por algo que ninguno sabía nombrar, pero que los empujaba hacia ese lugar.
La vivienda se alzaba como una figura dormida entre la oscuridad. Las ventanas reflejaban la luna, pero no dejaban ver nada del interior, como si ocultaran un secreto. Al abrir la puerta, un olor a inmueble antiguo y madera húmeda los envolvió. El aire era más frío que afuera, casi cortante.
Empujaron
las viejas puertas, que rechinaron como el chillido de un gato a la
defensiva. Apenas dieron unos pasos cuando la puerta se cerró sola
detrás de ellos con una fuerza que sonó a enojo, a coraje
contenido.
—¡Iiihhh! —gritaron
las chicas al mismo tiempo, sobresaltadas.
—No se asusten…
fue el viento —balbuceó
Francisco, aunque ni él se lo creyó.
Exploraron
los cuartos. Todo estaba cubierto por sábanas blancas: muebles,
espejos, retratos. Como si la casa se protegiera del tiempo… o de
algo más.
—Esta habitación se ve al menos decente —opinó
Virginia, tajante—. Aquí vamos a dormir.
—¡No, no, no, no,
no…! ustedes prefirieron a su viejecita. Ahora duermen en otro
lado, aquí no los queremos —dictaminó
Nancy, señalándolos con autoridad al ver que los chicos intentaban
acomodarse—. Y ni crean que vamos a tener una noche candente en
esta pocilga. Hasta que estemos en las playas de Barcelona, quizá…
si soy considerada. ¿O qué piensas, Virginia?
—Pensamos
igual, amiga. ¡Que se jodan…! ¡Ya váyanse de aquí! Que,
queremos descansar —subrayó
Virginia, apoyando cada palabra.
Nancy y Virginia eligieron un cuarto en la segunda planta, al fondo, echando prácticamente a los hermanos, quienes terminaron durmiendo en el piso de abajo, en una habitación pequeña que daba al recibidor.
Pasaron las horas. Después de que todos se acomodaran en sus respectivas habitaciones, el cansancio terminó por vencerlos. La casa quedó sumida en un silencio espeso, como si contuviera la respiración.
Pero Nancy apenas logró dormir. Un roce la arrancó del sueño: frío, húmedo, tétrico, como dedos que ascendían por su brazo hasta rozar sus pechos.
Abrió los
ojos con pesadez, y entre las sábanas vio algo moviéndose. Una masa
oscura, peluda, que avanzaba hacia ella. Cuando la distinguió por
completo, soltó un grito desgarrador:
—¡Aaaaaaaahhhhhh!—
Sobre la almohada, una araña negra de patas largas reposaba en el colchón, acurrucada en su regazo como si buscara calor.
Virginia se
levantó de un salto, encendiendo la lámpara con manos
temblorosas.
—¡¿Qué pasa?! —clamó
con el corazón en la garganta.
Nancy señaló el lugar donde había estado la criatura, pero el arácnido ya no estaba.
—¿Dónde quedó? ¿Dónde se fue…? —replicó, respirando entrecortado—. Les dije que esta casa estaba llena de bichos.
Virginia
se acercó al espejo, revisando detrás del marco por si el intruso
se había escondido ahí. Pero cuando miró el cristal, algo no
encajaba. Su reflejo parecía respirar distinto, como si tuviera
voluntad propia, dejando una sonrisa grotesca del otro lado.
—¿Qué...
demonios…? —susurró
asustada, retrocediendo lentamente—. ¿Lo ves…?
Nancy, ya un poco más tranquila, se acercó a ella. El reflejo de ambas estaba torcido, deformado, como si alguien manipulara su imagen desde atrás del espejuelo.
Entonces lo escucharon:
—Shhhhhh...—
Era como un susurro áspero que reptaba
por la habitación, como si la casa exhalara memorias malditas.
No
era una palabra. Era un sonido rasposo, como el de una garganta vieja
intentando hablar después de años de silencio.
En la planta baja, Francisco dormía profundamente. Juan Carlos se removía en la cama, ajeno a todo. Las luces del pasillo titilaban, mientras la puerta se abría con un crujido burlón, como si riera sola. Ninguno de los dos se inmutó.
Virginia
bajó las escaleras con pasos cautelosos. Nancy la siguió,
temblando.
—¿Escuchaste eso? —inquirió
Virginia, con la voz quebrada y sin querer voltear.
—Sí… y
vi algo asomándose por el pasillo —respondió
al instante Nancy, apretando los brazos contra el pecho para sentirse
protegida.
El aire olía a lo que parecía agua estancada. A algo que no debía estar allí.
La cocina apenas existía bajo la luz débil de una bombilla vieja. En un rincón se alcanzaba a vislumbrar una sombra encorvada. De pronto, una silla cayó repentinamente con un golpe seco que las hizo saltar.
El susurro volvió, más cerca, más claro:
—Shhhhhh… —
Como si alguien estuviera justo detrás de ellas. Pero al voltear… no había nadie.
Virginia notó un bulto sobre el espejo del pasillo. Se acercó con cautela. Nancy, con la mano temblorosa, levantó la tela que lo cubría.
Su
reflejo estaba allí.
Pero detrás… había otra
figura.
Encogida. Inclinada hacia adelante. Con el rostro
cubierto por un velo oscuro que parecía absorber la luz. Una
presencia que no tenía ojos visibles, pero aun así daba la
sensación de mirarlas… de atravesarlas…
—¡Aaaaaaahhhhhh!
—gritaron
aterradas, con desesperación, y el sonido retumbó por toda la casa,
obligando a Francisco y a Juan Carlos a bajar corriendo.
—¿Qué
pasa? —cuestionó
en voz alta Francisco, sobresaltado.
—¡Hay alguien en el
espejo! ¡Lo juro! —exclamó
sin dudar Nancy, agitada, con la voz quebrada.
Juan
Carlos revisó el pasillo, el espejo, la cocina. No encontró
nada.
—Están cansadas. Es la tensión —dijo
agotado, queriendo sonar seguro—. Vengan, las acompaño a su
cuarto.
Los hermanos trataron de tranquilizarlas mientras subían los peldaños polvorientos. Pero las chicas sabían lo que habían visto. Lo que habían sentido. Lo que habían oído.
La casa no estaba vacía.
La casa no
estaba dormida.
La casa… los vigilaba.
Bajo un silencio
que no era paz, sino una pausa.
Los hermanos dejaron a las muchachas en el cuarto, esperando que lograran dormir. Nancy fue la primera en cerrar los ojos, vencida por el agotamiento. Virginia lo hizo poco después.
El sueño llegó forzadamente. No fue descanso. Fue caída. Un descenso inevitable hacia la oscuridad, donde las pesadillas parecían crecer desde los muros. Algo respiraba entre las estructuras, esperando pacientemente a que todos cayeran en un letargo profundo. En un sueño eterno...
En sus sueños, Nancy caminaba por un pasillo interminable. Las paredes estaban cubiertas de telarañas gruesas que se movían como gusanos, estirándose y contrayéndose. El suelo crujía bajo sus pies descalzos, como si cada paso quebrara huevecillos de insectos.
Al fondo, una figura colgaba del techo. Inmóvil. Silenciosa. Suspendida en las penumbras como un panal putrefacto a punto de caer.
Se acercó con el corazón martillándole los oídos. La luz era casi inexistente, absorbida por la sombra que rodeaba a la figura. Sin preverlo, esa cosa comenzó a descender, como si colgara de una cuerda invisible, bajando lentamente… como un vil juego para atormentarla.
Su cuerpo era una amalgama imposible de digerir: extremidades humanas deformadas, casi como si los huesos de las piernas y brazos estuvieran quebrados, formando patas de un arácnido que se alargaban hasta terminar en cuchillas. La piel era seca, rugosa, con un color entre amarillento y oscuro, pero que vertía un líquido viscoso, pegajoso y negro, dejando caer hilos como si emergiera de un capullo en descomposición.
Su rostro parecía el de una persona con lepra, que se desprendía a pedazos como una máscara resquebrajada: pómulos hundidos, dos cuencas alargadas y vacías que parecían observarlo todo, y una boca torcida, con una sonrisa grotescamente burlona y macabra.
No
decía nada. No pedía nada. Solo existía… y el sonido era el
mismo que había escuchado antes, un ruido que ahora la
perseguía:
—Shhhhhh—
Nancy intentó correr, pero sus pies estaban atrapados en ese fluido ennegrecido que se pegaba a su piel como chapopote. La criatura, de un momento a otro, estaba flotando a unos centímetros de ella. Su boca se partió, abriéndose no para hablar, sino para mostrar sus fauces: dientes humanos pero desportillados, como cuchillas largas, listos para desgarrarla.
Nancy no podía gritar; algo tapaba su boca. Era una de sus extremidades, que la había tomado y no la soltaba, dejándole el aire atorado en la garganta, asfixiándola.
Por otro lado, Virginia soñaba que estaba atrapada en una habitación sin puertas ni ventanas. Todo era espejo, donde su reflejo no caminaba junto con ella: la acechaba, la cazaba, se deformaba como pintura de óleo al caerle thinner, se mofaba cuando ella lloraba, inclinando la cabeza para notar que sí era su cuerpo, pero no del todo ella. De su reflejo empezaban a salir montones de arañas que la cubrían de pies a cabeza, para luego mezclarse formando un monstruo hecho de arácnidos envueltos en telarañas. La figura era femenina, pero deformada por los bichos que, desde su espalda, le hacían salir patas arqueadas y temblorosas. Cada movimiento sonaba como huesos rompiéndose.
Virginia retrocedió, pero se dio cuenta de que estaba atrapada dentro del cristal, donde la criatura la esperaba, como si la realidad fuera papel mojado, la cual pasaba sin problema alguno, inclinándose hasta dejarle caer baba que hedía, mientras alimañas de ocho patas la cubrían hasta todo su rostro.
Virginia y Nancy despertaron entre gritos ahogados al mismo tiempo. Se miraron, sudorosas, temblando, incapaces de explicarlo. Lloraron hasta que el amanecer tiñó el cielo de gris.
Al
día siguiente, cuando el sol comenzaba a caer tras los árboles y
pintando el cielo de rojo anaranjado, Nancy y Virginia empacaban con
prisa.
—¡Nos vamos! No estoy dispuesta a aguantar una noche más
aquí —declaró
Nancy, con voz firme pero temblorosa.
—¡Ni muerta me quedo!. Con
esa pesadilla tuve suficiente —añadió
Virginia, con los ojos enrojecidos.
Francisco
y Juan Carlos las miraban desde el comedor, confundidos.
—¿Qué
están haciendo? —interpeló
Juan Carlos—. Aún no nos podemos ir. Todavía continúa el velorio de
nuestra abuela y mañana es el funeral.
—¡Nos vamos! —repitió
Nancy—. Esta casa está maldita. ¿¡No lo sienten!?
—¡¿Otra
vez con eso?! ¡¿Arañas imaginarias?! ¡¿Sombras en los espejos?! —vociferó
Francisco, levantándose molesto—. Están cansadas, sugestionadas.
No es más que una casa vieja.
—¡No son imaginarias! —gritó
Virginia—. ¡Nos están mirando! ¡Nos están invadiendo!
—¡Peor…! Nos están queriendo volver locas y no lo vamos a permitir —remarcó
Nancy, señalándolos con el dedo tembloroso—. ¡Este lugar nos
tendió una trampa!
El silencio cayó como una losa. Nadie dijo nada más.
Los chicos tomaron sus cosas y se fueron al velorio de su bisabuela, peleados con ellas. Las chicas, paralizadas por el miedo, se quedaron con la esperanza de que después del rito fúnebre podrían abandonar aquel perturbador lugar.
El último rayo de sol se perdió tras el bosque, y el inmueble suspiró. Las paredes crujieron como maderas rotas, mientras las luces parpadeaban sin control, adornando la penumbra con destellos agónicos.
Francisco y Juan Carlos, al regresar de la casa de sus padres, se desplomaron en los viejos sofás, hundidos en un sueño profundo, como si algo los hubiera arrastrado al fondo de un pozo invisible. Sin dirigirles la palabra a las otras. Solo se dejaron caer en el mueble, vencidos por un cansancio extraño, pesado, casi impuesto.
Del otro lado de la casa, Nancy y Virginia no podían dormir. El aire era más frío, más denso, como si respirara con ellas, como si la casa inhalara y exhalara a su ritmo, atenta a cada movimiento.
De la nada todo se calló, dejando de fondo un ruido como de dos o tres personas caminando, casi arrastrándose al compás, pisando la parte hueca del techo. Eso las hizo estremecerse a tal punto que se cubrieron los oídos. Se percibía el sonido como si alguien —o algo— tuviera más de dos piernas, largas, huesudas, a unos metros sobre ellas. Las lámparas comenzaron a parpadear hasta fundirse.
Y en eso… un sonido que se extendía
por cada rincón les devolvió a sus pesadillas:
—Shhhhhh—
No
lo pensaron mucho: Nancy y Virginia salieron lo más rápido que
pudieron, bajaron las escaleras y se dirigieron hacia la habitación
donde dormían sus parejas.
—¡Despierten! —gritó
desesperada Virginia, sacudiendo a Francisco, mientras Nancy intentaba mover a Juan Carlos. Nada. Ambos dormían como
cadáveres.
—¡No... no puede ser...! —masculló
Virginia, con la voz quebrada.
La casa estaba envuelta en sombras, haciendo que sus voces resonaran por todo el lugar. Solo la luz de la luna entraba por las ventanas, proyectando sombras que se movían solas, como si estuvieran atentas a cualquier descuido de ellas. Las hacía perder la razón con puertas que se abrían y cerraban de golpe, como en secuencia; los vidrios tronaban; las ramas de los árboles fuera de la casa crujían como si se partieran.
—¿¡Y
ahora qué hacemos!? —clamó
entre lloros Nancy.
—Hay que ver si tienen las llaves del
coche. Busca rápido en sus bolsillos —ordenó
Virginia, entrando en un estado de paranoia.
Algo las hizo voltear al mismo tiempo hacia la puerta: un quejido, —o eso parecía—:
—Je... je... je... je...—
La risa. Esa maldita risa que ambas recordaron de sus sueños: seca, quebrada, como si viniera de una garganta llena de polvo.
Al alzar la mirada al marco de la puerta vieron una especie de bulto negro, como el de una persona: el de una anciana, débil, inerte, frágil, sin respuesta.
Las chicas caminaron lentamente hacia esa cosa, pero el pánico, cuando la vieron erguirse, fue tanto que ambas cayeron al suelo sin poder evitar lo que ante sus ojos sería el trauma de toda su vida.
Cuando miraron un poco más, notaron que aquel rostro que emergía de la penumbra era el mismo de una de las fotos que ellas recordaban haber visto en la casa de los padres de Francisco y Juan Carlos. La cara les era familiar. Era ella…
La bisabuela Carmen, la misma que estaban
velando hace unas horas. Ahora estaba frente a ellas, con el rostro
desencajado, con sus ojos mirándolas fijamente con una mezcla de
odio y pena. Pero cada que daba un paso, su cara cambiaba a la de una
persona desquiciada, mientras soltaba una leve risa áspera que
resonaba por cada pared:
—Je... je... je...—
La figura de la señora Carmen se fue deformando a la vez entre la tenue luz que entraba por uno de los ventanales. Empezaron a emerger extremidades, como si fueran brazos y piernas, pero quebrados, no a tal punto de romperse, más bien como si fueran de plástico curvado, simulando las extremidades de un arácnido: articuladas, largas, sin forma natural. Su piel se marchitaba, se hacía acartonada, amarillenta, hasta oscurecerse. El torso se fue inflando poco a poco, dejando escapar pequeños bichos, hasta encorvarse y mostrar vestimentas cubiertas por arañas y seda que se movían con la ventisca.
El rostro se le empezó a resquebrajar, como si fuera una imagen de barro cuarteándose bajo el sol, dejando una boca más larga y cortada en una forma torcida y aberrante. Esbozaba una sonrisa tétrica, sanguinaria, macabra y grotesca, mostrando colmillos despostillados y largos como navajas que partían en dos la boca. Los pómulos estaban hundidos, como si estuviera momificada, deshilachándose cada vez que abría sus fauces. Sus ojos se habían perdido, consumidos en la oscuridad de esas cuencas vacías que se hacían más gigantes cada que se acercaba un paso más, estirándose hasta tocarles los pies.
Nancy
comenzó a llorar. Virginia escondía su rostro con su blusa.
La
criatura empezó a moverse más rápido, hasta casi rozar sus
cuerpos.
—¡No! ¡No! ¡Déjanos! —vociferaron
al unísono.
La entidad se lanzó sobre ellas con sus brazos-patas, —o lo que fuese—, envolviéndolas en hilos blanquecinos, pegajosos y de olor desagradable que salían de su abdomen. Cada vuelta era una soga húmeda que se apretaba más y más.
—¡Ayúdennos, por favor! ¡Francisco! ¡Juan Carlos! —clamaron, sin respuesta alguna de los chicos.
El cuerpo de lo que fue aquella señora ahora era un vil monstruo que no paraba de atormentarlas. Abrió su boca y de ella comenzaron a caer más arañas. Cientos. Miles. Pequeñas, negras, brillantes. Se deslizaban sobre los rostros de las chicas, se metían en su ropa, recorrían sus piernas, sus cuellos, sus bocas.
Nancy y Virginia entraban en estado de shock; sus cuerpos temblaban tanto que parecían convulsionarse de la desesperación.
La bisabuela Carmen solo las miraba
fijamente. De su cuerpo salió una especie de mano que, con un dedo,
pasó por los labios de cada una de ellas, dejando aquel sonido que
las enloqueció en sus sueños:
—Shhhhhh—
Las observaba de forma tétrica, como si
disfrutara cada grito ahogado de su cruel agonía, riéndose con ese
tono carrasposo y siniestro:
—Je... je... je... je...—
La casa se tragó el sonido de sus gritos. Las arañas seguían cayendo, anidando dentro de las cavidades de las chicas, que se asfixiaba entre seda de arácnidos que no las dejaban respirar. El dolor de sentir cómo aquellas alimañas devoraban su carne era un martirio impuesto por la entidad con el rostro de la anciana. Su risa macabra resonó... hasta que amaneció.
La mañana siguiente la casa estaba en calma… demasiada calma.
Francisco
despertó con la boca seca. Juan Carlos se levantó segundos después,
con la sensación de haber dormido durante años. Ambos se dirigieron a la habitación de las chicas.
—¿¡Dónde
están!? —preguntó
Francisco, al notar que las camas de Nancy y Virginia estaban vacías.
Buscaron por toda la casa, en cada rincón, pero no había rastro de ellas. Ni maletas, ni una nota de despedida. Solo una telaraña nueva en el espejo del pasillo y un leve olor a lavanda marchita impregnando el aire.
Fueron
con sus padres, esperando alguna respuesta.
—¿¡Las vieron!?
¿¡Salieron!? ¿¡Dijeron algo!? —inquirió
Juan Carlos.
Los
padres se miraron confundidos, sorprendidos por el
cuestionamiento.
—¡Se fueron! Dijeron que no podían más con
la tranquilidad de este lugar. Que ustedes les prometieron playa,
pero les dieron puro terregal —respondió
el padre, cruzando los brazos y soltando una leve mueca.
—¿¡Cuándo!?
¿¡Cómo!? ¡¿Por qué no nos despertaron?! —exclamaron
los hermanos.
—No lo sé, mijo... —dijo
la madre con voz apagada, pero con un matiz sarcástico—. Solo se
fueron. Esto no era vida para ellas. Aquí no hay mojigatos ni esas
cosas que toman los jóvenes de su edad...
Pero algo en sus ojos no cuadraba. No era tristeza. No era sorpresa. Era evasión.
Resignados, Francisco y Juan Carlos se prepararon para el funeral de su bisabuela Carmen. El pueblo entero asistió. La iglesia estaba llena de velas, incienso y murmullos que despedían con dolor a la carismática viejecita.
El ataúd estaba abierto. La bisabuela, vestida con su mejor vestido negro, parecía más viva que muerta. Su piel, aunque pálida, tenía un brillo extraño, como el que cubre la seda de araña. Sus labios, apenas curvados, dibujaban una sonrisa sutil. Una sonrisa que no era de paz.
Francisco la miró largo rato. Juan Carlos la observó a detalle. Ambos sintieron lo mismo: esa sonrisa era de satisfacción. Como si hubiera logrado algo antes de trascender.
Días después... Los hermanos regresaron a la ciudad en busca de sus parejas. Preguntaron a amigos cercanos, pero nadie tenía respuesta. Se quedaron con la idea de que ellas simplemente quisieron olvidarlos, resentidas por no cumplir el viaje a las playas de Barceloneta y elegir quedarse con la bisabuela.
Mientras tanto, en el pueblo de San Gregorio —donde la vigilancia es escasa por ser tierra de paz— se rumoraba que pudieron ser víctimas de un secuestro. Que hasta la fecha siguen desaparecidas.
Muchos comentan que
esa casa donde vivía la señora Carmen estaba maldita. Que quien
ofendía sus pasillos no lo contaba. Que si eres valiente y te fijas
bien, puedes mirar tras las grietas, bajo las telarañas, algunas
figuras enredadas con la complexión de aquellas chicas: permaneciendo asfixiadas, con los ojos abiertos, mientras arácnidos de todos tamaños bajan y suben a placer por todo su ser. Y que si escuchas
ese susurro maldito:
—Shhhhhh—
es mejor que corras, o podrías tener la misma suerte y quedarte en ese lugar olvidado que guarda el recuerdo de víctimas como lo fueron Virginia y Nancy. Allí la vieja casa de seda cobró venganza, liberando una aberración con el rostro de la señora Carmen, que sigue merodeando hasta el día de hoy en busca de otras incautas que se burlen del dolor de la familia.
Ahora la bisabuela descansa en paz, pero su espectro se ríe mientras observa llorar a las presas de su venganza, que se tragaron sus palabras y sus comentarios, ahogándose entre arañas.
Tu cuento me dejó una sensación inquietante desde el principio hasta el final.
ResponderBorrarLograste crear una atmósfera oscura y tensa muy bien construida, especialmente con la descripción de la casa, los sonidos y las pesadillas de las nenas.
Me impresionó cómo fuiste aumentando el ritmo dem suspenso poco a poco hasta llegar a la revelación final de la criatura con el rostro de la bisa Carmen; esa imagen es realmente perturbadora y memorable!
También me gustó el contraste entre los valores, el respeto y el amor de los chicos hacia su familia y la actitud egoísta de Nancy y Virginia, lo que hace que el desenlace tenga un fuerte sentido de justicia dentro del tono de terror.
Por lo que se refiere a las descripciones son muy visuales y logran que el lector imagine perfectamente cada escena, como en una pelí.
Te animo a seguir escribiendo historias como esta. Tienes una gran capacidad para crear ambientes de susto y escenas impactantes que atrapan muy bien al lector. ¡Siga así Ted!