viernes, 10 de abril de 2026

El rito de flor escarlata.

"El amor perdido, la lujuria invocada, la eternidad maldita…"

En la comunidad estudiantil de Derecho, en la Universidad de Coahuila, las noches caían pesadas: oscuras, con un frío que se pegaba a la piel como escarcha invisible. Entre pasillos silenciosos y aulas que olían a papel barato, había un alumno que destacaba sin proponérselo: Matías.

Su juventud engañaba. El rostro marchito llevaba las huellas del cansancio y la depresión: piel clara marcada por ojeras profundas, sombras que ni el sueño lograba borrar. El cabello, castaño oscuro y siempre revuelto, parecía agitado por un viento rabioso que no dejaba de soplar. Sus ojos claros se apagaban día tras día, más insípidos que el café sin sabor que bebía en las madrugadas. Tras esas pupilas se escondía una tristeza enquistada, un huésped que nunca se iba.

Era alto y delgado, pero su cuerpo transmitía fragilidad. Los hombros caídos, las manos largas que temblaban cuando pensaba demasiado, lo hacían parecer un hombre encorvado, atrapado en sí mismo más que en el mundo exterior. A sus treinta y cuatro años cursaba la carrera con la obstinación de quien busca sobrevivir. No lo hacía por vocación ni por ambición, sino por necesidad, por promesa, por ella… Jimena.

Jimena tenía dieciséis años, pero su mirada hablaba como la de una mujer que ya había visto demasiado. Su piel blanca, casi translúcida, contrastaba con el cabello rubio cenizo que caía en cascada sobre su espalda. Los ojos grandes, color miel, estaban llenos de preguntas que nadie respondía. Frágil y delgada, parecía que un soplo de viento podía derribarla en una cama de hospital. Sin embargo, su voz era firme, vibrante: decía lo que pensaba, reía con fuerza, lloraba en silencio.

Curiosa, intensa, rebelde en pequeñas dosis, se refugiaba en libros, en dibujos, en música que otros llamaban extraña: el metal oscuro que rugía como tormenta en sus audífonos. Caminaba ligera, casi flotando, y su presencia llenaba los espacios con una energía que desbordaba, como si la vida se aferrara a ella con uñas invisibles.

Ella era la razón por la que Matías seguía respirando. Todo lo hacía por su hermana: para que no le faltara nada, para que no sintiera el abandono que él cargaba como una piedra en el pecho. Cada examen, cada desvelo, cada paso en esa universidad era un sacrificio silencioso, un pacto íntimo con la oscuridad que lo rodeaba.

La muerte los había marcado demasiado pronto. Primero la madre, luego el padre. Desde entonces, Matías cargó con varios papeles: hermano, padre, tutor, protector. Jimena era su mundo, su única luz. Por ella se mantenía en pie, por ella trabajaba, por ella fingía que aún quedaba esperanza.

Matías había comenzado la carrera tarde. Al mismo tiempo, laboraba medio turno en el bufete del padre de su mejor amigo. El edificio era viejo, con alfombras impregnadas de tabaco y madera húmeda que olía a encierro. Allí pasaba horas revisando casos, redactando informes, aparentando normalidad mientras por dentro se desmoronaba.

Su sostén emocional era Alberto, el compañero más leal. De treinta y tres años, piel morena, barba bien cuidada, ojos café que brillaban con arrogancia. Su cuerpo fuerte, marcado por el gimnasio y por el ego, se vestía con trajes caros, relojes brillantes y una sonrisa ensayada. Detrás de esa fachada había un defensor nato, aunque manipulador. Sabía cómo moverse entre la gente, cómo conseguir lo que quería.

Matías, en cambio, era metódico, silencioso, casi invisible. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran precisas, cortantes, como cuchillas que dejaban huella. Su mirada incomodaba: parecía atravesar las máscaras y desnudar lo que nadie quería mostrar. No era frío, era contenido, como si todo lo que sentía estuviera encerrado en una caja prohibida.

Con él, Alberto bajaba la guardia. Lo cuidaba como a un hermano, lo empujaba a seguir adelante, lo arrastraba a fiestas que Matías nunca disfrutaba. Lo escuchaba sin juzgar, aunque no siempre comprendía.

Ya faltaba poco para graduarse y ocupar el puesto que el dueño del bufete le había prometido. Pero ni el entusiasmo de Alberto ni las buenas notas lograban calmar la pena que poco a poco apagaba su luz.

A dos años de recibirse, llegó la noticia cruel: el corazón de Jimena estaba fallando. Lentamente se iba enfermando. Los médicos hablaban de operaciones, tratamientos, esperanza. Pero Matías solo escuchaba el ‘’tic-tac’’ de una cuenta regresiva que aumentaba su miedo.

Sin pensarlo, abandonó la carrera para dedicarse a cuidarla. Trabajó más horas, más duro, hasta que la tristeza lo empujaba a tirar todo por la borda.

Duró un tiempo así, resistiendo, hasta que unos meses después la muerte volvió a tocar su puerta.

Ella se fue…

Y él se quedó.

Muerto en vida.

La casa se convirtió en un mausoleo. Las paredes eran testigos mudos, y el silencio se volvía un grito constante que se incrustaba en la piel. Matías quedó solo. Dejó de hablar, de salir, de comer, de dormir. Se encerraba en su cuarto, rodeado de libros viejos de tapas duras, impregnados de polvo. Historias de locura, fantasmas y cementerios. Páginas que hablaban de almas rotas, amores imposibles y cuerpos que jamás descansaban. Ese era su refugio. Su nuevo hogar.

La casa, pequeña y de dos plantas, mostraba las cicatrices del tiempo y del abandono. La pintura exterior se desprendía con el viento como si la piel del lugar se desmoronara poco a poco. Las ventanas, cubiertas por cortinas pesadas y envejecidas, apenas dejaban pasar la luz. Aunque había electricidad, Matías prefería encender velas: la llama temblorosa le ofrecía más paz que cualquier bombilla.

El interior olía a humedad, a recuerdos que se negaban a marcharse. El sillón del rincón aún conservaba la forma del cuerpo de Jimena, como si ella siguiera sentada ahí. La cocina estaba vacía, con telarañas que parecían cuerdas tensadas en un escenario abandonado. El baño tenía espejos que ya no reflejaban nada, solo sombras. Y su habitación… su habitación era un altar. Fotos, dibujos, libros, discos, una bufanda colgada en la cabecera de la cama. Todo estaba ahí. Todo… menos ella.

Matías vivía entre sombras. Su rostro avejentado apenas se iluminaba con la luz de la vela, mientras leía sentado en el suelo, rodeado de páginas que hablaban de muerte y almas atrapadas. Su piel clara parecía aún más pálida bajo la flama, y sus ojos se hundían en las palabras como si buscaran respuestas imposibles.

Así pasó un año, trabajando solo para subsistir. El bufete del padre de Alberto era su única conexión con el mundo, aunque cada día, al salir, sentía que el mundo lo castigaba un poco más.

Una noche, al abandonar ese viejo edificio, el cielo estaba cubierto de nubes negras. La luna apenas se asomaba, tímida, como si no quisiera ser testigo. Matías caminaba por calles desoladas, con los hombros encogidos, el abrigo que le había regalado su hermana y unos guantes gastados. El aire era helado, mordía desde dentro, como su dolor.

Entonces, un choque lo hizo verla.

¡Ah! Perdón… —dijo él, retrocediendo, con la voz quebrada.

No, fue culpa mía… —respondió ella, con una voz suave, como terciopelo.

La mujer rondaba los cuarenta. Alta, delgada, de piel clara como nieve ceniza que absorbía la luz. Su cabello rubio castaño, largo, recogido en un moño rojo desordenado, dejaba escapar mechones platinados que caían como sombras sobre su rostro. Vestía con elegancia discreta: abrigo largo, guantes de encaje, botas oscuras. Su rostro era hermoso, jovial, pero con arrugas que narraban pérdidas y secretos. Sus ojos eran lo más extraño: grandes, de un tono azulado grisáceo, sin fondo, como pozos que miraban más allá de lo humano.

¿Estás bien? —preguntó ella, mirándolo como si lo conociera desde siempre.

Sí… sí, solo… —Matías tartamudeó, bajó la mirada, incómodo. Sentía que ella lo desnudaba con los ojos, que veía lo que él escondía en su silencio.

Cargas demasiado dolor. Se nota en tus hombros… y en tus ojos.

Él no respondió. Solo la miró mientras su corazón quería llorar. Ella sonrió, pero no era una sonrisa alegre. Era melancólica, como la de alguien que sabe lo que significa perder.

Caminaron juntos sin decir mucho. Llegaron a un parque donde las luces titilaban —zzzt… zzzt— como si estuvieran a punto de apagarse. El viento invernal soplaba con fuerza, pero no movía las plantas. La luna se perdía entre nubes oscuras, negándose a ser vista.

Se sentaron en una banca. Ella sacó una especie de cuaderno, en el cual solo escribió algo y lo guardó sin mostrarlo.

Pídeselo a ella… y ella te lo concederá —dijo, sin mirarlo.

Matías frunció el ceño.

¿Pedirle? ¿Qué? ¿A quién?

Ella se levantó. Tomó sus cosas. Su rostro cambió: una frialdad que cortaba, que lastimaba.

¿Quién es “ella”? —insistió él, poniéndose de pie—. Espera… ¿Volveré a verte?

Ella caminó hacia la oscuridad. Su silueta se desvanecía entre los árboles, dejando un silencio que aturdía. No respondió de inmediato. Solo alzó la mano, sin girarse, sin mostrar su rostro.

Tal vez…

Y desapareció.

Matías miró cómo ella se alejaba hacia la oscuridad, con el corazón latiendo más rápido de lo normal. La mujer ya no estaba. Solo quedaba el eco de sus pasos… o tal vez era el viento revolviendo las hojas húmedas del suelo. Dio unos pasos más, como si algo invisible lo empujara, y ahí, entre la acera mojada y las hierbas secas, lo vio.

Un libro.

La cubierta era de cuero oscuro, con raíces rojas que parecían venas palpitantes. No tenía autor ni editorial. Solo un símbolo grabado en bajo relieve: una flor marchita, con espinas que se enroscaban como serpientes cadavéricas. Lo tomó sin pensar, lo guardó bajo el abrigo. Tal vez era de ella. Tal vez era una señal. Tal vez una invitación para volver a encontrarla.

El frío se intensificó. No era el clima. Era otra cosa. Algo que lo observaba desde las sombras. Caminó de regreso a casa sintiendo que cada farola que dejaba atrás se apagaba —zzzt… poff…—, como si la noche quisiera tragárselo. Al llegar, cerró la puerta con llave. Se quitó el abrigo. Encendió una vela para alumbrar su camino por las gélidas estructuras. El silencio era espeso, casi sólido.

Antes de dormir, recordó el libro. Lo sacó. Lo puso sobre la mesa. Lo observó.

El Rito de Flor Escarlata”

El título estaba escrito en letras doradas, pero al moverlo, parecían sangrar. Lo abrió. Las páginas eran gruesas, ásperas, impregnadas de un olor a incienso mezclado con rosas quemadas.

Comenzó a leer:

A ella le fue anunciada la muerte al cumplir treinta años. Brujas y hechiceros le mintieron. La entregaron. Ella la tomó. AZMEKTAD. Ella que no ama. Ella que no muere. Ella que devora.

A cambio de vida eterna, ella no debía amar. Solo dar placer. Solo causar dolor. Si el amor la tocaba, el pacto se rompería. Su alma sería suya. Y vagaría con ella… hasta que otro comenzara el rito.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Matías. Cerró el libro mientras la vela aún alumbraba. Se acostó, apretando los ojos con miedo.

Y soñó.

Ella estaba ahí, la mujer del parque. Desnuda, entregada a él. Su piel brillaba como mármol recién pulido, con un resplandor frío. Su cabello caía sobre los hombros como una cortina negra. Sus labios rojos, carnosos, abiertos, lo miraban con un deseo que no necesitaba palabras.

Matías se acercó poco a poco. La tocó, sintiendo su cuerpo cálido, húmedo, perfecto. La besó sin detenerse. Ella lo tiró al suelo para montarlo mientras él aprisionaba sus voluptuosos pechos entre sus manos. Sus caderas se movían con un ritmo lento, hipnótico.

Aaahhh… ooohhh…—él gemía.

Haaahhh… mmmhhh…—ella jadeaba.

El placer era dulce, embriagador, como un veneno que se bebía con gusto.

Pero algo cambió…

Su piel comenzó a agrietarse. Sus ojos se volvieron negros, vacíos. Su boca se abrió demasiado, mostrando una oscuridad que no era humana. De su espalda brotaron brazos, garras que lo sujetaron como si lo crucificara, desgarrándolo. El gusto se transformó en dolor. El deseo en terror.

¡Nooo! ¡Basta! ¡Aaahhh! —gritó, pero su voz no salía.

Ella se inclinó, con la sonrisa rota, y le susurró al oído:

—‘’AZMEKTAD…’’

Matías despertó de golpe

¡haaah!—¡haaah! — jadeaba entre un sudor frio.

La vela, antes de consumirse, iluminaba el libro abierto en la misma página.

Desde esa noche, nada fue igual…

En el día, sombras femeninas lo perseguían en cada reflejo: en el vidrio del microondas, en la pantalla apagada del televisor, en el espejo empañado del baño. Lo miraban. Lo torturaban. Lo acosaban. Algunas sonreían con malicia, otras lloraban con un dolor eterno. Otras, más descaradas, se acariciaban lentamente, masturbándose mientras sus ojos se clavaban en él, como si quisieran devorarlo desde dentro.

Matías… —se escuchaba su nombre entre susurros, en los pasillos del trabajo.

Sentía caricias invisibles en la nuca, olores que lo envolvían: perfume dulce, sangre seca, flores quemadas y algo mas que no podía describir.

Por las noches, los sueños regresaban. Ella regresaba. Cada vez más real, más intensa, más violenta. Lo amaba. Lo odiaba. Lo poseía. Lo devoraba.

Hasta que una madrugada, entre gemidos, gritos y susurros, la escuchó claro:

mmmhhh… ooohhh… AZMEKTAD… aaahhh… mmmhhh… AZMEKTAD…

Los días seguían pasando. Matías ya no distinguía entre sueño y vigilia. Las entidades femeninas lo hostigaban sin tregua. En la ducha sentía dedos invisibles recorrer su espalda cuando el agua caía sobre él. Labios rasposos besaban su cuello, uñas invisibles le rasgaban el pecho al pasar la toalla por su torso.

En cada sueño, se la topaba. Encuentro tras encuentro sobrenatural con la mujer del parque —donde su cuerpo lo devoraba entre gemidos y mordidas—, lo dejaba jadeando, empapado en sudor, rodeado de susurros incomprensibles que lo excitaban y aterraban al mismo tiempo.

Una madrugada, la mujer no apareció en sus sueños. En su lugar, estaba Jimena.

Ella estaba en un rincón, abrazando sus rodillas, llorando. Su cabello cubría el rostro, su voz era un lamento desgarrador.

Te extraño, hermano… ¿Por qué no me salvaste? Dijiste que siempre estarías para mí…

Matías despertó con el corazón hecho trizas. Se levantó, encendió la vela y tomó el libro. Entre sus páginas encontró una anotación en tinta roja, escondida al final:

Pídeselo a ella…”

Eran las últimas palabras que recordaba de aquella misteriosa dama.

Lo leyó todo de principio a fin. Cada página, cada símbolo lo memorizó. Cada advertencia la masticaba con detenimiento. El texto hablaba del rito. De invocación. De luna llena. De muerte y sangre.

Al paso de una semana, termino de leer el libro, y a la noche siguiente, después de haber conseguido todo lo requerido para seguir cada paso al pie de la letra, esperó al astro nocturno en su punto más brillante. Que estuviera completo, alto, sin ocultarse tras las nubes que se movían como si respiraran.

Matías preparó todo. Dibujó el símbolo en el suelo con tiza negra y sal: una rosa abierta, con espinas que se enroscaban como serpientes esqueléticas, con colmillos y cavidades siniestras formando un pentagrama que encerraba la flor. Colocó doce velas negras alrededor. Cada una representaba los meses de dolor, de agonía, de sufrimiento que padeció por perder a su ser más amado. Jimena.

La casa se transformó en un templo. Las paredes crujían como si algo quisiera romperlas y entrar. Las ventanas sudaban. El aire olía a ceniza, carne viva y flores muertas. Matías se paró en el centro. Tomó la navaja, abrió su palma de un tajo —slash— y dejó caer su líquido vital sobre las velas, sobre el símbolo, alimentando el suelo con su sangre.

AZMEKTAD… —susurró con voz temblorosa—. Reina de lo prohibido… reina sacrificada en el dolor de los mortales… reina de la noche… reina de mi destino… concédeme mi plegaria… y a cambio… mi corazón sin amor eterno para ti será…

Las velas comenzaron a apagarse una por una, como un efecto dominó. La oscuridad lo envolvió. El silencio se volvió una maldición.

Y entonces… comenzaron los sonidos:

Primero, gemidos suaves, casi pegados a su oído:

mm… mhh… aaah… mmh… ahh…

Luego se mezclaron jadeos cortados, irregulares, respiraciones que chocaban entre sí:

h–ha… hh… haah… hhh… ha…

Entre todo eso, risas quebradas, como si alguien se burlara desde la oscuridad:

heh… ha… h-heh… hah… heh…

Y por debajo, lamentos largos, pesados, como si vinieran de muy lejos:

oooh… aaahh… ooo… aaah… oohh…

Un coro de placer y dolor, mezclado, revuelto, imposible de ignorar. Voces femeninas por todas partes, como si fueran miles.

Matías temblaba. Sentía que lo tocaban, que lo cortaban, que lo despojaban de sus ropas sin que hubiera nadie frente a él.

Las velas se encendieron de golpe. Ardieron como si alguien les hubiera soplado vida. El fuego bufaba entre chispas, respirando… respondiendo a esa sinfonía.

Y entonces… ella apareció.

‘’AZMEKTAD.’’

Alta, imponente, de piel pálida con un brillo carmesí. Su cuerpo era una obra de arte maldita: pechos prominentes, firmes y redondos, pezones rosados que brillaban con un tono rojizo endemoniado bajo velos transparentes que apenas cubrían su figura. Su cintura estrecha, sus caderas anchas, sus piernas largas y torneadas estaban tatuadas con marcas antiguas que se retorcían como serpientes.

Su cabello negro caía como cascada sobre la espalda. Sus ojos eran lagos escarlata, sin pupilas, ardiendo con deseo. Sus labios carnosos, entreabiertos, mostraban colmillos finos y húmedos, brillando con saliva mezclada con un fluido oscuro.

Sus alas parecían de murciélago, pero hechas con piel humana arrancada de mortales. Su cola era un látigo que se movía al aire con lentitud, como un reptil acechando. Sus uñas eran garras largas y negras que chorreaban el mismo liquido que impregnaba la cera y el suelo.

Su voz… su voz era un orgasmo contenido, arrancado de otras mujeres entre dolor y satisfacción.

Has llamado… Has ofrecido tu corazón… Es hora de colocarlo entre mis manos y entregarte a mí en redención…

Matías no respondió. Solo la miró. Su cuerpo reaccionaba sin permiso: la piel se erizaba, su miembro se endurecía, su alma temblaba.

Ella se inclinó y lo besó con descaro. Su lengua sabía a sangre y a muerte. Su cuerpo entero lo envolvió, igual que el fuego.

Y el rito… comenzó.

AZMEKTAD lo rodeaba. Su ser era un mural de pecado: cada curva, cada pliegue, cada sombra sobre su piel parecía diseñada para seducir y destruir. Sus pechos exuberantes se movían con cada paso, atravesados por venas oscuras que latían como si tuvieran vida propia. En su vientre plano se marcaban símbolos grabados: cicatrices en forma de rosas, raíces con espinas y calaveras que parecían arder bajo la piel. Sus caderas eran un altar, sus piernas columnas de deseo que sostenían un cuerpo hecho para el dominio.

Matías no podía moverse. No por miedo. Por imposición.

Su mano era fría, pero ardía al contacto. Lo acarició como si lo moldeara, como si su piel fuera arcilla que se partía dejando emanar sangre por cortes que sus uñas abrían con precisión cruel. Su lengua recorrió su boca, su cuello, su pecho. Las llamas arrancaban su ropa como si manos desesperadas lo desearan. Lo penetraba hasta el alma con su voz, con su seducción, con su mirada ardiente.

Tu cuerpo será mío. Tu alma, mía. Tu dolor… mi ofrenda eterna.

Matías sintió que algo dentro de él se rompía. Su corazón latía con fuerza, pero no por vida. Por cambio. Por renuncia.

Ella lo colocó en el centro del círculo de velas.

Lo montó. No como amante. Como diosa.

Sus movimientos eran lentos, ceremoniales, profundos, haciendo que su orgasmo fuera una dulce agonía, como si cada gesto abriera una grieta en la realidad. Cada vez que descendía sobre él, un líquido negro y espeso caía, cubriéndolo como un sello vivo.

Los sonidos de Matías no eran de placer, sino de algo que lo estaba rompiendo por dentro.

Mmh… ohh… —sonaban sus gemidos como promesas arrancadas a la fuerza.

Haa… hh… haaah… —continuaban los jadeos que parecían marcas del rito, respiraciones que no le pertenecían.

Ah… aaah… aaahhh…—gritó, tanto que no parecía humano. Era de ruptura. De metamorfosis.

Su piel comenzó a cambiar: se volvió más pálida, más sensible. Sus venas se oscurecieron como raíces negras. Sus ojos se hundieron, su cuerpo fue más… otro.

AZMEKTAD lo miró con ternura cruel, con una sonrisa que era caricia y sentencia.

Ahora eres mío. Pero no por amor. Por devoción. Por pacto.

Ella se desvaneció en el charco de fluidos oscuros. Las velas se consumieron. El símbolo en el suelo ardió lentamente y se borró como si nunca hubiera existido.

Matías quedó solo. Desnudo. Extasiado. Cambiado.

Desde esa noche, su realidad se quebró…

En el trabajo, la gente lo miraba distinto.

Algunos se sentían atraídos sin razón, como si una energía oscura se escapara de él, un perfume maldito que se les metía bajo la piel.

Otros lo evitaban con un miedo seco, que les arrugaba el alma, como si vieran en él un presagio, un mal augurio con forma humana.

Algunos cambios en el se notaban: su voz se había vuelto más grave. Su mirada, más profunda. Su tacto, más intenso, como si algo dentro de él vibrara con cada movimiento.

En casa, los espejos ya no mostraban su reflejo. Se plasmaban sombras femeninas desnudas, figuras que lo llamaban desde el otro lado del vidrio.

Mhh… Matías… aaah… —susurraban intensamente, hasta parecer gemidos:

Manos hechas de oscuridad lo rozaban sin tocarlo.

Haa… es tu turno… mmh… —le murmuraban voces invisibles desde los rincones:

Su cuerpo ya no era suyo.

Era un templo.

Un arma.

Una ofrenda.

Y su destino apenas comenzaba.

Desde el rito, Matías no era el mismo. Su piel tenía un brillo extraño, como telarañas húmedas que reflejaban la luz con un fulgor inquietante. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con un tono amarillento bajo ciertas luces, como brasas encendidas en la penumbra. Su voz era más lenta, cada palabra cargada de un peso invisible. Y su presencia… su presencia era una provocación, un imán oscuro que atraía y repelía al mismo tiempo.

Las mujeres lo miraban diferente. En la calle, en el bufete, en el transporte. Algunas lo deseaban sin saber por qué, con un ardor inexplicable en la mirada. Otras se estremecían, mojándose sin poder evitarlo, como si su aroma las llevara a un orgasmo silencioso y perturbador con tan solo observarlo.

Incluso Alberto, su mejor amigo, comenzó a notarlo.

Estás raro, Matías… —le dijo una tarde, mientras revisaban unos documentos—. No sé qué es, pero… hay algo en ti que no estaba antes.

Matías no respondió. Solo sonrió. Una sonrisa que no era suya, sino prestada, marcada por la sombra de AZMEKTAD.

En casa, las paredes susurraban como si respiraran:

Mmmhhh… hazlo… hazlo… aaahhh…—

Las velas se encendían solas, y el símbolo de la flor escarlata aparecía en lugares donde él no lo había dibujado: en la ducha, en la sala, en la mesa de la cocina.

Cada noche soñaba con AZMEKTAD. Ella lo poseía, lo usaba, lo moldeaba. Su cuerpo era barro, su alma un ofrecimiento.

Aaahhh... aaahhh… —él gritaba.

Pero no por dolor. Por entrega.

Y entonces… comenzó a atraer.

En el bufete, una cliente joven, casada, lo miró con un deseo inexplicable. Lo siguió hasta el baño. Lo tocó. Lo besó. Lo pidió. Matías la tomó sin contemplación. La penetró con fuerza.

Mmmhhh… aaahhh… —ella gemía.

Pero al terminar, lloraba. Decía que algo la había vaciado, que ya no era ella.

Otra noche, una vecina lo visitó. Le pidió una llave de fontanería para reparar su fregadero. Se quedó más tiempo del necesario. Lo provocó. Lo desnudó. Lo arañó. Lo hizo suyo hasta acabar.

Ahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh —dejaba sus gritos resonando en el aire.

Al día siguiente, se mudó. Dijo que no podía dormir. Que soñaba con sombras. Con una entidad que la devoraba.

Matías entendió… Él era el canal.

AZMEKTAD lo usaba para llegar. Para tocar. Para marcar. Para arrancar. Para destruir.

Su cuerpo era suyo. Su deseo, su herramienta.

Y cada vez que alguien lo tocaba… ella se acercaba más.

Matías ya no sabía si era él quien deseaba… o si era AZMEKTAD deseando a través de su cuerpo. Cada mujer que se cruzaba en su camino parecía marcada por un destino inevitable. No importaba si eran jóvenes o maduras, dulces o frías. Bastaba con que lo miraran, con que respiraran cerca. Él las tomaba. A veces con consentimiento. A veces con juegos y seducción. Otras entrando en su mente hasta manipularlas como si las hechizara. Siempre con una intensidad bestial.

Y después… el vacío.

Una lloraba en su cama, diciendo que sentía que algo dentro de ella se había extinguido. Otra se desmayó en la sala de juntas del bufete, con marcas en el cuello que no recordaba haber recibido. Algunas más desaparecieron sin dejar rastro, pero Matías aún escuchaba sus voces en los espejos.

¿Qué nos hiciste…?

¿Porque nosotras…?

¡Maldito seas y maldita sea la hora en que te vimos…!

Él no respondía. Solo se miraba las manos. Manos que daban placer. Manos que causaban dolor. Manos que ya no eran suyas.

Cada vez mas soñaba con AZMEKTAD. Ella lo montaba excitada por el dolor que su piel había causado, lo mordía, lo usaba. Su cuerpo era un altar de lujuria, su voz un canto de condena.

Ahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh… —gritaba Matías.

Pero no por deseo. Por dolor. Por culpa.

Tu alma es mía —repetía ella, lamiéndole el pecho con su lengua partida a la mitad—. Pero tu corazón… aún late por otra.

Y entonces, después de esa noche, todo cambió…

Matías dormía. El aire era espeso. El símbolo de la flor escarlata borrado. Pero de pronto… se encendió como un rugido. Una a una, de lo que quedaba de aquellas velas, ardió al revivir en flamas rojizas y oscuras. El círculo brilló con luz carmesí. El suelo tembló. El aire olía a flores marchitas y sangre derramada.

Y ella apareció.

Jimena.

Pero no era la niña que recordaba. Era una mujer. Alta, delgada, de piel blanca como leche. Su cabello rubio grisáceo ahora tenía tintes negros que caían sobre sus hombros como una tela. Sus ojos eran los mismos… pero vacíos. Sin brillo. Sin alma. Vestía un camisón blanco, sucio como si hubiera salido de entre las cenizas, rasgado. Caminaba descalza. Su voz era un susurro que helaba la sangre.

Hermano… hermano…

Matías se levantó de golpe. El corazón le estallaba en el pecho.

¡Jimena! ¡No… —No—No—No— No puede ser…!

Ella lo miró. No sonreía. No lloraba. Solo lo observaba, como si no lo reconociera.

Me pediste… y ella me trajo.

Matías cayó de rodillas. Lágrimas en los ojos. El cuerpo temblando.

¡No… no así… no vacía… no muerta…!

Jimena se acercó. Lo tocó. Su mano era fría, su piel suave, pero sin calor. Sin vida.

Estoy aquí… soy yo… y ahora estaremos juntos siempre…

Y entonces, desapareció.

Las velas se consumaron. El símbolo se desvaneció. El silencio sepulcral volvió.

Después de aquella sufrida noche, los días siguientes fueron… tranquilos… demasiado tranquilos…

Matías intentó volver al trabajo con el dolor de tan cruel ilusión. Caminaba por la ciudad. Leía sus libros. Dormía sin ser atormentado por pesadillas. Pero algo estaba mal.

Las sombras ya no lo acosaban. Las mujeres ya no lo provocaban, y lo peor… AZMEKTAD no daba señales de su presencia.

Y en el fondo… lo sabía.

El precio pactado aun no era cubierto.

Su deseo había sido cumplido.

Pero la realidad… era una mentira.

Y la verdadera pesadilla… apenas comenzaba.

Matías ya no dudaba. Cada mujer que se llegó a cruzar en su camino era una ofrenda. No por placer. Por necesidad. Por desesperación. Las hermosas, las sensuales, las que lo habían mirado con deseo… todas sufrían. Él las tomaba, las seducía, las poseía. Y luego, las dejaba vacías.

Algunas lloraban como almas en pena al caer el sol.

Otras gritaban y se golpeaban contra las paredes para calmar su dolor.

De una se supo que se cortó su cabello largo hasta arrancar su cuero cabelludo.

Otra perforó su lengua para jamas volver a hablar.

Todas tomaban algo de él.

Todas eran despojadas de algo valioso que no sabían que tenían, pero al darse cuenta de ello, enloquecían.

Así fueron pasando los días, cuando de la nada comenzaban a llegar las vísperas de Navidad. La nieve adornaba las casas. Los cánticos de los niños se escuchaban por el vecindario. El olor a pino y a pasteles de la abuela flotaba en el aire. Todo parecía tranquilo. Todo era paz.

Hasta que una madrugada ella volvió.

Jimena.

Pero no como antes. No como aquella figura vacía que apareció en el círculo. Esta vez estaba viva, aunque dormitaba en el regazo de su hermano. Se veía mas viva. Su piel tenía de nuevo color.

Buenos días, Matías… —decía con una sonrisa demasiado perfecta, como si hubiera sido ensayada.

¿¡Jimena…!? —balbuceo Matías.

Él la miraba con miedo, con culpa, con amor. Pero sus sentimientos fueron mas profundos, que en un abrazo cálido la sostuvo toda la mañana.

Los días eran más tranquilos. La casa olía a café recién hecho, a jabón, a flores frescas. Pero también… a algo más. Algo oculto. Algo que se movía entre las sombras.

Jimena comenzó a cambiar sutilmente. Su voz tenía emoción. Reía, caminaba, cocinaba, cantaba. Le decía cosas que antes ni se atrevía.

Te ves muy guapo hoy… —susurraba, rozando su brazo con una suavidad calculada.

Gra… gracias… —contestó con pena Matías

Cuando ella salía del baño en toalla, se la pasaba inclinándose más de lo necesario, dejando ver un poco de sus delicados pechos. Se sentaba en su cama para hablar, se quedaba más tiempo en su habitación. Su ropa era más ligera, más provocadora.

Matías luchaba. Su cuerpo reaccionaba.

Su mente se enredaba.

Su alma se partía.

Así siguieron pasando los días, hasta que en la velada después de una extraña cena de Nochebuena en compañía de su hermana, Matías trataba de dormir. Cuando por fin el sueño lo vencía, sintió algo. Un peso. Una presencia.

Abrió los ojos de golpe.

Jimena estaba ahí.

En su cama.

Vestía un camisón rosa transparente, nada más. Su cabello caía sobre el rostro, sus ojos lo miraban con deseo. Su mano recorría su pecho con toques demasiado provocativos. Su voz era un susurro, un canto exquisito de seducción.

Hermano… quiero que esta noche la pasemos solos tu y yo…

Matías se incorporó. Temblaba. Sudaba.

¿Qué estás haciendo?

Ella se acercó. Lo besó en la mejilla, cerca de la comisura de sus labios. Su aliento era dulce, su piel caliente.

Estoy aquí… para ti…

Él la empujó con fuerza. Haciendo que su cabeza impactara contra la pared, dejando que cayera al suelo bruscamente—thump—. Ella lo miró. No lloró. No gritó. Solo lo observó mientras mordía su labio inferior al mismo tiempo que de su frente emanaba liquido vital.

Y entonces… algo cambió.

Su rostro.

Su voz.

Su esencia.

Jimena se iba incorporando en el piso, con su camisón entre abierto dejando ver un poco de su cuerpo desnudo, el cabello revuelto, la mirada fija en Matías. Se tocaba suave por las piernas y los pechos. Jugueteaba con sus pezones sin dejar de mirarlo, con una respiración lenta, profunda, como si saboreara el instante.

Matías temblaba. Su cuerpo reaccionaba con repulsión y deseo a la vez. Su mente estallaba. Su alma se quebraba. Su sexo la deseaba.

¿Quién eres…? —susurró, con la voz rasgada.

Jimena se levantó con lentitud. Su cuerpo parecía más adulto, más formado, más… diseñado. Caminó hacia él. Sus pasos eran suaves, pero el suelo crujía —crack… crack…— como si algo debajo se moviera.

Soy lo que pediste… —dijo, con una sonrisa que no era suya.

Matías retrocedió. Su espalda chocó contra la cabecera. La mecha de una de las velas de la mesa, parpadeó mostrando algo que no debería estar ahí. El símbolo de la flor carmesí apareció en el suelo, sin que nadie lo dibujara.

No… tú no eres mi hermana… —jadeó, con los ojos abiertos de par en par.

Ella se acercó. Lo tocó más de lo que debía. Su mano era cálida acariciando su miembro. Demasiado cálida. Como si ardiera por dentro.

Soy lo que le deseaste a AZMEKTAD. Soy lo que ella te dio. Lo que tú alimentaste.

Matías se volcó de la cama cayendo de rodillas. Lágrimas brotaron de sus ojos. El cuerpo no dejaba de temblar.

¡No! ¡Yo solo quería que volvieras! ¡No de esta forma! No en esto que te convertiste!

Jimena fue acercando hacia el, se inclinó. Lo besó en la frente con cariño. Su aliento olía a flores marchitas y miel quemada.

Estoy aquí… pero no sola.

Y entonces, su rostro cambió: los ojos se volvieron negros. La piel se agrietó. La sonrisa se alargó.

El cabello se movía como si una ráfaga de viento la envolviera.

Su voz se volvió doble. Triple. Múltiple.

AZMEKTAD vive en mí. Tú la trajiste. Tú la alimentaste. Tú la deseaste. Tu la invocaste…

¡Aaaaaahhhhhh! —gritó Matías

El suelo se abrió —crackkk—.

Las paredes sangraban.

Las velas enrabietadas se apagaban y encendían —fwoosh… flick… fwoosh—.

Las sombras femeninas rodeaban la habitación entre gemidos, jadeos y risas que razonaban por las paredes.

Jimena comenzó a elevarse. Su cuerpo semidesnudo flotaba. Su piel brillaba con un resplandor carmesí. Su voz era una melodía de castigo.

Ahora… el pacto se completará y nadie lo impedirá.

Matías luchaba por pararse del suelo. Su cuerpo se arqueó. Su alma se destruía.

Y en su mente, la imagen de AZMEKTAD… sonreía.

La casa temblaba. Las paredes sudaban como si respiraran. Las velas se arrebataban solas, hasta incendiarse —fwoosh—, iluminando el símbolo de la flor escarlata que ardía en el suelo, dibujado con sangre vieja que emanaba en chorros oscuros. El aire estaba impregnado de aroma sexual, de muerte, de flores podridas.

Algo arrancó el brillo de fuego, dejando todo en plena oscuridad.

Un rugido bestial avivó las llamas —raaawrrr…— haciendo aparecer a Matías, quien permanecía de pie, cubierto por su bóxer; armado con aquella navaja que usó para el rito, ahora empuñada en una de sus manos. Su cuerpo temblaba. Su alma ardía.

¡Qué demonios…!

Jimena estaba en el centro del círculo. Su piel brillaba, su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua, su voz era un susurro que cortaba el silencio.

Hermano… ¿ya no me quieres?

Matías lloraba. No por miedo. Por rabia.

¡Tú no eres ella… tú no eres mi hermana! ¡Maldita bruja!

Y entonces… la piel de ella se resquebrajo —CRACK—.

Como una flor que se abre con violencia, el cuerpo de su hermana se desgarró desde el pecho, como si arrancaran su corazón.

Desde dentro, AZMEKTAD emergió.

Su figura se alzó entre sangre y vapor. Su cuerpo perfecto y maldito: mostrando sus senos prominentes, firmes. Sus caderas anchas, piernas largas. Todo cubierto por la piel desollada de Jimena, adornada entre raíces rojas y ríos de carmesí.

¿Querías amor…? ¿Querías redención…? ¡Solo hay muerte y dolor!

Las sombras femeninas aparecieron. Decenas. Cientos. Giraban por la habitación, desnudas, contorsionadas, gimiendo de forma distorsionada:

Un coro maldito.

Un canto de placer y condena.

Hahaha… hahaha… hahaha… —solo reía de forma siniestra y gutural AZMEKTAD.

Su cuerpo flotaba. Su piel brillaba. Su mirada quemaba.

Aaaaaahhhhhh… —gritó Matías.

Corrió hacia ella, con la navaja apuntando a su pecho.

¡Te mataré…! ¡Maldita…! ¡Lo juro…!

Ella abrió los brazos. Lo recibió con cariño. Provocandolo, lo incitaba en deseo.

Ven… ven… acaba conmigo, mi amante desdichado… mi canal… mi sacrificio…

Matías la apuñaló múltiples veces —chik—chik—chik—chik—chik—chik—chik— mientras la abrazaba con una mezcla de amor y rabia.

¡MMMHHH… AHHHHH! —gimió y gritó ella, con una voz que rompía cristales, mezclada con un orgasmo final.

La navaja se hundió en su vientre, perforando su matriz. Luego en sus senos, hasta arrancar su corazón. Siguió con su cuello, que reventó en chorros de líquido negro que se esparcían por el suelo.

Aaahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh — reían y gritaban extasiadas las sombras.

Los vitrales explotaron.

El símbolo ardió con furia.

La luna llena, allá afuera, se tornó roja. Sangre pura. Un ojo infernal abierto en el cielo.

AZMEKTAD se retorcía tirada en el suelo. Su cuerpo se compactaba. Su piel se deshacía. Su voz se extinguía.

Matías cayó al piso. Cubierto de sangre. A unos pocos metros de la navaja manchada de fluidos oscuros.

La casa quedó en silencio. En oscuridad total.

Y él… se desmayó.

Cuando por fin despertó, Matías tenía la boca seca, el cuerpo entumecido, la mente hecha trizas. La habitación estaba sumida en tinieblas. No había ruido. No había luz. Solo el ligero brillo de las farolas de Navidad que se filtraban por los marcos de las ventanas, dibujando un camino tenue sobre el suelo.

Se incorporó con dificultad. Sentía que había dormido durante días. Su cuerpo dolía. Su alma pesaba. Caminó hacia la puerta. El pasillo estaba iluminado por una luz extraña, rojiza, como si la luna derramara fluidos rojizos.

Y entonces la vio.

El cuerpo.

Jimena.

Desnuda. Fría. Inerte.

Yacía en el suelo, rodeada por un charco inmenso carmesí. Sus pechos estaban reventados por cortes, decenas, profundos, precisos. La navaja aún permanecía clavada entre la unión de sus costillas, donde solía existir su corazón. Su rostro estaba en paz. Demasiado en paz.

¡NOOOO…! — gritó Matías cayendo de rodillas

Las lágrimas brotaron. Su garganta se cerró. Su cabeza se rompió.

¡Jimena! ¡No! —No—No—No— ¡No otra vez!

Pero no estaba solo.

Heh… heh… heh… heh… heh… —las risas comenzaron.

Risas enfermizas, carcajadas siniestras que se mezclaban con gemidos y jadeos.

Haahhh… ahhh… mmm… ssshhh… ooohhh… mmmhhh…—.

Las sombras aparecieron: entidades femeninas, desnudas, contorsionadas, flotando, girando, cantando, mofándose de él.

Las puertas se abrían y cerraban —BANG!—.

Los objetos caían —CRASH!—.

Las paredes crujían —CRACK!—.

La casa se volvía un infierno.

Y del río de sangre de su hermana… emergió ella.

AZMEKTAD.

Su cuerpo se alzó entre la carne y el dolor. Su piel brillaba empapada en el líquido vital. Sus senos goteaban fluido oscuro. Sus piernas se abrían como un altar. Sus ojos eran dos lunas negras. Su boca, una mueca macabra que no paraba de reír

HA… HA… HA…—.

¿Pensaste que te librarías así de sencillo de mis garras…? ¡Yo soy el pacto! ¡Yo soy el deseo! ¡Yo soy la muerte! ¡Yo soy quien sellará tu destino!

Matías intentó correr. Pero no podía. Las sombras lo sujetaban, lo acariciaban, lo penetraban con dedos invisibles por toda la piel. Su cuerpo se arqueaba. Su alma se deshacía. Sus gritos lo abandonaban.

AZMEKTAD se acercó. Lo tomó del cuello. Lo besó hasta meter su lengua en su garganta con descaro. Su saliva era fuego. Su aliento, veneno.

Ahora… el pacto está cerrado, y tú mío por siempre seras.

Un portal se abrió en el suelo.

Negro.

Profundo.

Latente.

Las sombras lo empujaban.

La casa crujía.

Las paredes sangraban.

La luna se tornaba rojiza.

¡AAAAHHHH! —gritó Matías, mientras era arrastrado.

Y la casa… se despedía de él.

Sus gritos se apagaban lentamente, absorbidos por la oscuridad misma. Su cuerpo era arrastrado por sombras que reían, gemían, jadeaban. El portal se cerraba —crackkk—. La casa se estremecía. Las paredes se desangraban como lágrimas en un llanto sin consuelo. La vela que alguna vez sostenía, se apagaban como rito fúnebre.

Solo quedó el silencio.

Solo la luna, carmesí como carne abierta, iluminaba el desastre.

Y entonces… una mano.

Delgada. Femenina. De uñas largas, negras, brillantes.

Tomó aquel objeto maldito.

El libro estaba empapado en sangre de Jimena y de Matías. La cubierta palpitaba. Las letras del título brillaban como si respiraran. Las hojas consumian la sangre, la agonía, el dolor. Se alimentaba. Se saciaba.

La silueta de una mujer se reveló entre sombras. Alta. Elegante. Sensual. Su abrigo largo se movía con un viento que no existía. Su cabello negro caía como cortina sobre la espalda. Sus ojos brillaban con malicia. Su sonrisa era la misma que despidió aquella noche en el parque.

Era ella.

La mujer que lo vio. Que lo tocó. Que lo intuyó.

AZMEKTAD.

La diosa del pacto.

La reina del dolor.

La amante del vacío.

Había jugado sus cartas con precisión.

Había olido el sufrimiento de Matías.

Había sembrado la semilla.

Había fingido compasión.

Había ofrecido esperanza.

Y él cayó.

Como todos.

Jimena fue el anzuelo. El deseo. La excusa.

Matías fue el canal. El sacrificio. El alimento.

AZMEKTAD acarició el libro. Lo abrazó. Lo besó. Su lengua recorrió la cubierta como si lamiera una herida entre limón y sal.

Otro más… —susurró, con voz de orgasmo y sentencia.

La casa crujió. Se desmoronó. Las sombras se desvanecieron. El aire se volvió frío. El silencio se volvió eterno.

AZMEKTAD caminó hacia la puerta perdiéndose en los tenues rayos del amanecer. Dejando a su paso solo vacío, mezclándose con algunos sollozos y lamentos que parecían ser de Matías, siendo atormentado por las entidades femeninas que lo torturaban con rostros conocidos, de aquellas mujeres que con su vida acabo, al igual que el de Jimena a quien su alma condenó.

Mientras tanto el libro siguiera esperando.

Porque siempre hay otro.

Otro que sufre.

Otro que desea.

Otro que ama.

Otro que caerá.

El rito de la flor escarlata… mientras otra alma incauta aparezca, el pacto nunca terminará.

martes, 27 de enero de 2026

Polvos mágicos.

                      "La belleza puede ser una máscara condenatoria"

En un pueblo cercano a los Altos de Jalisco, donde rondan las mujeres más lindas de casi todo México, la plaza se llenaba de miradas curiosas. Algunos turistas, e incluso gente de otros lugares, iban de visita. Muchos con la esperanza de conseguir a la mujer de sus sueños.

¡Guau... qué mujeres! ¡Oh my…! —exclamó un grupo de norteamericanos que estaban de paso, mezclando un dialecto entre español e inglés.

Incluso hombres que venían de diferentes estados de la república hacían que el barullo de chiflidos y piropos no cesara.

¡Guapas! —¡Fiu-fiu…!— ¡Con algunas de ellas sí nos casamos ahorita mismo! —murmuraron otros jóvenes provenientes de las cercanías de Guadalajara.

Morenas de piel canela y blancas de rostro delicado caminaban con gracia, robando suspiros y dejando tras de sí un aire perfumado a flores y tequila.

Sin embargo, la belleza de algunas despertaba la envidia de otras, marcadas ya por los años y presas del resentimiento de no ser vistas como las demás.

Ese era el caso de Ángela, una señora de sesenta años que en su juventud había sido deseada por muchos hombres. Admiraban su cabello negro, brillante como obsidiana, y sus ojos verdes que hipnotizaban a quien los mirara.

Pero al casarse, convertirse en ama de casa y sufrir la tragedia de no poder ser madre, su alegría se apagó en la mirada, igual que su atractivo —que antes chispeaba dejando suspiros en el aire—.

Lo que más le molestaba era ver cómo algunos actuaban al encontrarse con una chica bonita, ignorándola a ella…

¡¿Qué tanto miran, escuincles cagados...?!
Nada más les falta un plato para las babas, un rabo y ladrar para verse como los perros que son cada vez que ven a esas esqueléticas y poco agraciadas muchachitas —despotricó al notar cómo un grupo de alumnos de la universidad cercana no dejaba de mirar a un conjunto de chicas que cruzaban los alrededores.

¡Si me hubieran visto en mis mejores tiempos, me estarían besando los pies ustedes y toda la bola de tontos que se fijan en tipejas sin gracia y sin nada de dónde agarrar! —continuó con su rabieta.

Uno de los chicos escuchó el espectáculo de aquella mujer ya mayor y no pudo evitar soltar un ruido burlón:

Pfff—.

Ángela lo escuchó y giró con furia.

¿¡Qué te causa risa, niñito estúpido!? —objetó con tono de molestia, al posar sus ojos brillando como brasas que lo querían carbonizar al joven.

¡Ay… señora…! Su comentario está fuera de lugar.
¡¿Acaso no se ha visto en un espejo?!
Tal vez en sus tiempos estuvo bonita, pero eso ya fue en la época del caldo; cuando los hombres eran cazados con pócimas mágicas hechas por brujas… ¡Como usted... comprenderá! —respondió el muchacho con tono pesado y chistorete.

La rabia de aquella mujer se le desbordaba en la mirada. Sus luceros verdes se tornaron amarillentos —como si algo oscuro se agitara dentro de ella—.

Comenzó a agacharse lentamente, recogiendo piedra tras piedra que encontraba en el suelo, tomándola con una de sus manos que no paraba de temblar por la cólera que llevaba.

El aire se tensó. Un viento helado recorrió la explanada, levantando polvo y hojas secas.

¡Por qué no mejor agarra su escoba y se va volando, que ya la esperan en su aquelarre!
¡No se le vaya a hacer tarde para ir por su gato negro; el único que la aguanta... vieja bruja...! —comentó con desprecio otro de los estudiantes, alzando la voz.

¡Hijos de la chingada!
¡No vuelvan a pasar por aquí, porque los hago comida para perro…! —explotó entre gritos Ángela, lanzándoles piedras con fuerza.

Al impactar contra las paredes huecas, el callejón retumbó con eco —que sonaba a advertencia—.

Los universitarios huyeron despavoridos, no sin antes dejarle un recadito aún más cruel.

¡Está loca!
¡Ya deberían encerrarla en un asilo, vieja decrépita! —arremetieron mientras se perdían entre las callejuelas.

La señora quedó jadeando. El pecho se agitaba mientras observaba de reojo, por si volvían a aparecer en alguna esquina.

¡Ya me las pagarán, bola de escuincles pedorros…!
¡Ya lo verán, ya lo verán...! —masculló con voz quebrada, dejando caer las piedras de su mano.

El iris, amarillento como azufre, se posó en otros jóvenes que pasaban rápido, evitando cruzarse con ella. El ambiente se tornaba irrespirable —algo más que su enojo se escapaba en esa plazoleta—.

Ángela, además de ser ya mayor, conservaba un carácter competitivo que la llevaba a medirse incluso con las jovencitas del pueblo. No perdía oportunidad de compararse con ellas, lanzando comentarios con doble intención que buscaban menospreciarlas.

Sin embargo, sabía que debía mantener cierta simpatía con las muchachas, pues se dedicaba a vender productos de belleza. No lo hacía por gusto, sino porque aquel negocio había sido fundado por su difunto marido, don Ricardo.

El señor había sido un hombre amable y trabajador, dueño de una de las boutiques de cosméticos más concurridas de la región. Mujeres de distintos estados viajaban hasta Jalisco para comprar ahí.

Con apenas cincuenta y cinco años, el caballero había muerto dejando tras de sí un vacío enorme. En vida, tenía un talento especial.

A pesar de que le apodaban “El doctor”, su carrera no era de médico, sino de vendedor. Incorporó todo lo aprendido en las ventas de productos de belleza y se fue curtiendo con el tiempo y la práctica de lo que había heredado de su abuela —quien sí fue dermatóloga—.

Don Ricardo perfeccionó su conocimiento lo suficiente para convertirse en un experto en cuidados de la piel y en cosmetología —sabía abordar las necesidades de cada clienta con respeto y calidez; poseía un ojo clínico para detectar lo que cada mujer requería. Esa habilidad lo distinguía de cualquier competidor—.

Tras su muerte, las ventas cayeron en picada. El negocio apenas alcanzaba para pagar a proveedores y cubrir lo básico.

La mujer, carente de la amabilidad y el tacto que su difunta pareja tenía, pasaba largas horas encerrada en la boutique. Cuando salía, en vez de atraer clientas jóvenes, las alejaba con sus comentarios mordaces y su aire pesado.

A pesar de su edad, aún conservaba ciertos rasgos de belleza. Su piel, aunque marchita, seguía blanca y cuidada; sus ojos verdosos ya no transmitían alegría, sino un odio silencioso hacia cualquiera que le recordara sus años gloriosos.

En el pasado, su figura curvilínea desataba suspiros y piropos de hombres jóvenes y mayores. Era admirada, querida, incluso envidiada. Pero ahora, la amargura y el descuido la habían transformado en alguien distinta.

Su cabello largo, todavía cuidado, mostraba un tono cenizo que delataba el paso del tiempo. Su piel pálida y flácida dejaba ver cómo la elasticidad se le escapaba poco a poco, cayendo en pliegues sobre su rostro y cuerpo. Aunque mantenía una figura delgada, los años pesaban sobre ella.

Algunos hombres de su edad aún reconocían su atractivo, pero nada más —el encanto que irradiaba en su juventud se había desvanecido—.

Ángela seguía obsesionada con ser el centro de atención, con ser vista por todos; tanto locales como extranjeros. Pero ahora su presencia era tan densa que cualquiera que la escuchara sentía un escalofrío recorrerle la espalda. Su voz áspera y su mirada dura la caricaturizaban como una vieja gruñona de cuento infantil —aunque con un aire más siniestro—.

Su aura era tan pesada que incluso los ancianos preferían evitarla, como si su sola cercanía drenara la energía del lugar.

Los Altos de Jalisco siempre habían sido un lugar vibrante, lleno de folclor, fiesta y un aire perfumado por el olor a tequila. Era tierra de reinas de certámenes, de actrices recién descubiertas por productores de telenovelas y películas.

Pero no todo en aquel pueblo era felicidad ni belleza femenina.

Al observar un cartel grande colgado en la plaza, se plasmaba la angustia de lo que se vivía allí:

Se busca… Si usted la ha visto, llame al número tal…”

Decía un rótulo que mostraba la foto de una joven desaparecida: piel apiñonada, cabello rizado y negro, ojos café. Vestía un jean azul y una blusa blanca con flores coloridas. Tenía apenas veintitrés años y llevaba una semana extraviada.

El rumor era constante: cada año, algunas mujeres desaparecían sin dejar rastro. Ni cuerpos, ni ropas, ni pistas.

¿¡Otra más!? ¿¡Qué está pasando en este lugar…?! —comentó con extrañeza una señora que pasaba cerca de un establecimiento en la mitad de la plaza donde vendían artesanías, observando el anuncio.

Sí… otra más que desaparece como si la tierra se la tragara. ¡Este pueblo está maldito! —expresó la artesana, con tristeza en la mirada.

¿¡Pero cómo es posible que ni la policía pueda resolver lo que pasa aquí?! —cuestionó con dureza otra mujer que se acercaba a comprar un collar de plata.

¡Y lo peor es que ni las ropas ni los cuerpos aparecen! ¡Es increíble todo esto! —respondió crudamente la vendedora que ofrecía sus productos en plena vía pública.

¡Por eso hay que sacar a nuestras hijas de aquí, sea como sea! Yo prefiero tenerla lejos de mí, pero con vida… —remarcó con miedo otra dama que se unió a la conversación.

El olor a muerte, a misterio, a incertidumbre, pululaba en el aire —como un presagio que nadie se atrevía a nombrar—.

Las señoras del pueblo no dudaban en gastar lo que fuera para que sus hijas lucieran toda su belleza y cautivaran a alguno de esos hombres ejecutivos o inversionistas, cada vez que llegaban personas con gran poder adquisitivo, como empresarios. Todo con tal de sacarlas de ese lugar, por el pavor que les calaba hasta los huesos al pensar que alguna de sus niñas podía ser la próxima víctima y jamás volver a saber de ellas.

Aquella tarde, la plaza se llenó de algarabía. Un murmullo recorría las calles: alguien importante había llegado...

Un gran personal de custodia resguardaba toda la zona y a un caballero. Ese hombre robaba todas las miradas.

De unos cuarenta años, alto —alrededor de un metro ochenta y cinco—, vestía un traje blanco impecable con pañuelo color vino y camisa negra que resaltaba su porte. Sus zapatos brillaban como espejos, y unas gafas oscuras ocultaban esos ojos azul celeste —que parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a mirarlo—.

Su cabello castaño claro, ondulado y perfectamente peinado, le daba un aire de artista. Las mujeres lo miraban con fascinación —algunas incluso se sonrojaban al cruzar su mirada con él—.

El aire se impregnaba de un perfume caro, mezcla de madera y especias, que dejaba un rastro inolvidable.

Se trataba de Alexander Kroos, un accionista de una exclusiva boutique de vestidos de novia reconocida en México y Europa, promocionada por modelos y actrices.

Apenas hablaba español, pero tenía traductores que le ayudaban a comunicarse, además de un amplio grupo de seguridad que lo acompañaba como sombra.

El caballero estaba ahí para ofrecer una gran fiesta para todo el pueblo. Además de anunciar la apertura de una de sus tiendas, presentaría su colección con su conjunto de modelos latinas y europeas.

Alexander avanzaba con paso firme entre la multitud, su traje blanco brillando bajo la luz del atardecer. El aire se llenaba de su perfume amaderado, y las miradas femeninas se clavaban en él como flechas.

De pronto, algunas mujeres se abrieron paso entre la gente, con intenciones claras de conquistar al extranjero:

La primera fue Mariana, de veintisiete años, piel morena clara, cabello negro lacio hasta la cintura y ojos grandes color miel. Vestía un vestido rojo ajustado que resaltaba sus curvas: busto generoso, cintura marcada y caderas amplias. Su aroma era dulce, mezcla de vainilla y flores.

Señor… —susurró dulcemente, inclinándose apenas hacia él—. ¡No todos los días llega un hombre tan elegante a Los Altos! ¿¡Le gustaría probar un poco de nuestra hospitalidad?!

Un guardia alto, con auricular en la oreja, levantó la mano para detenerla.

Señora, mantenga distancia —ordenó con firmeza.

Tras ella apareció Camila, de treinta y dos años, tez clara, pecas en la nariz, cabello castaño ondulado que caía en cascada sobre sus hombros. Sus ojos verdes brillaban con picardía. Llevaba una blusa blanca de seda y una falda negra corta, mostrando unas piernas torneadas. Su perfume era cítrico, fresco —a naranja recién cortada—.

—¡Oiga…! —exclamó con picardía, sonriendo—. ¡Seguro que no ha probado un buen vino mexicano, venga y pruébelo conmigo!

El guardia más joven se interpuso, cruzando los brazos.

No puede acercarse, señorita.

Le siguió Sofía, de veintitrés años, piel bronceada, cabello rizado y abundante, ojos oscuros intensos. Vestía un vestido azul ajustado que resaltaba sus senos medianos y su figura atlética. Su aroma era a coco y sal marina —como si trajera consigo la playa—.

Guapo… —murmuró con voz ronca—. ¿¡Qué tal si le muestro lo que es bailar hasta el amanecer?!

El guardia la empujó suavemente hacia atrás.

Por favor, retroceda.

Aprovechando un descuido de los guardias, apareció Valeria, de treinta y cuatro años, piel clara, cabello negro azabache largo y liso, ojos grises que parecían hipnotizar. Vestía un vestido verde esmeralda con escote pronunciado, dejando ver sus pechos firmes y una cintura estrecha. Su aroma era fuerte —mezcla de jazmín con un toque de tabaco dulce—.

Señor Kroos… —sentenció con desafío—. ¡No debería perder la oportunidad de conocer a una mujer que sabe lo que quiere!

El jefe de seguridad, corpulento y con mirada de acero, la interceptó de inmediato.

Mantenga distancia, señorita.

De entre la multitud se escabulló Daniela, de veinticinco años, piel canela, cabello largo y ondulado teñido en tonos caoba, ojos negros profundos. Vestía un vestido blanco ceñido que resaltaba sus caderas anchas y su busto voluptuoso. Su perfume era intenso —mezcla de rosas y especias—.

Alexander… —insinuó con descaro—. ¡Si se queda más tiempo en este pueblo, le prometo que no querrá irse jamás!

El guardia la bloqueó con el brazo extendido.

No está permitido acercarse.

Alexander, detrás de sus gafas oscuras, apenas movió los labios en una sonrisa discreta. No dijo nada, pero su silencio parecía más seductor que cualquier palabra.

Las mujeres se miraron entre sí, frustradas por la barrera de seguridad, mientras la tensión en el aire se volvía más densa —como si algo invisible y oscuro comenzara a observarlos desde las sombras de la plaza—.

La velada esperada del viernes cayó sobre Los Altos con un aire solemne. Uno de los inmuebles usados por el presidente municipal se iluminaba con candelabros de cristal y lámparas doradas que reflejaban destellos sobre los muros antiguos. El evento era de alcurnia: una cena de gala donde Alexander Kroos presentaría su nuevo proyecto.

¡Buenas noches a todos! Quiero agradecerles la hospitalidad que han tenido estos días y, como muestra de mi agradecimiento, quiero presentarles mi nueva obra maestra. A muchas mujeres que aquí son como princesas buscando a su príncipe correcto, les regalo un lugar donde lucirán como reinas: mi nueva boutique de vestidos de novia —proclamó al micrófono en un inglés marcado por su acento natal; gracias al intérprete, los demás invitados pudieron comprender sus palabras.

Para ustedes, mis hermosas mujeres de México, de Jalisco y para el mundo… mi boutique “Eterna Promesa.” —finalizó.

La gente ovacionó entre aplausos, haciendo que resonaran por todo el lugar.

Ahora, para que vean las hermosas creaciones, el señor Kroos ofrecerá un desfile de modas aquí mismo para todos ustedes —clamó extendiéndoles la invitación el anfitrión y organizador del evento.

El salón principal estaba adornado con rosas blancas, velas altas y un escenario donde comenzaría la pasarela. La música de cuerdas llenaba el ambiente, mientras los presentes —políticos, empresarios y socialités— se acomodaban en sus mesas con copas de vino espumoso.

Las luces se apagaron poco a poco, dejando únicamente la pista iluminada...

La primera modelo apareció: alta, de piel rosada y cabello rojizo liso. Caminaba con porte firme, vestida con un corte sirena ajustado hasta las rodillas que se abría en una cola de tul. El escote de corazón resaltaba sus senos y la tela satinada brillaba como agua bajo la luz.

Los murmullos de asombro recorrieron el salón.

Tras ella surgió otra figura, de tez clara y cabello rubio platinado. Su vestido era estilo princesa, con falda amplia de organza y bordados de pedrería en forma de flores. El corset ceñido marcaba su cintura, y la tiara de cristal sobre su cabeza le daba un aire de realeza —¡¿quién no querría sentirse reina con semejante atuendo?!—.

La tercera modelo apareció con paso ligero. Morena, de ojos verdes y cabello rizado, llevaba un vestido bohemio con encajes en las mangas largas y transparencias delicadas en la espalda. El velo corto caía como bruma sobre sus hombros, arrancando suspiros de quienes la observaban.

La cuarta irrumpió con elegancia moderna: piel canela, cabello castaño ondulado, un vestido de seda blanca con corte recto y una abertura lateral que dejaba ver su pierna. Cada movimiento hacía brillar el cinturón plateado que ceñía su cintura.

El público estaba extasiado, tanto que no pudo contener un murmullo de aprobación.

Finalmente apareció la quinta, de piel clara y cabello negro recogido en un moño. Su vestido romántico, con falda en capas de tul y bordados de perlas en el busto, parecía arrastrar un río de luz con el velo largo que seguía sus pasos.

El salón entero se llenó de un silencio reverente —como si todos contuvieran la respiración—.

Se esperaba la sexta modelo… pero no apareció…

¿¡Dónde está Rubí?! ¿¡Alguien la ha visto?! —cuestionaba uno de los organizadores, nervioso.

No sé… hace unas horas estaba aquí —respondió temeroso otro hombre.

¡Esto no le va a gustar al señor Kroos! —murmuró con pena uno más, buscando detrás del escenario.

¡Tenemos que hacer algo! —demandó el principal responsable, preocupado—. A ver, ustedes dos, reúnan a las chicas más lindas que encuentren, que sean de la talla de las modelos, y de ahí escogemos una… ¡pero rápido!

La tensión crecía. Los reflectores seguían iluminando la pasarela, pero el aire se impregnaba de incertidumbre.

Del otro lado… varias mujeres intentaban acercarse a Alexander, vestidas de gala, con joyas relucientes y perfumes intensos. Los guardias, sin embargo, bloqueaban cada intento, formando un muro humano alrededor de él.

¡No, no, no…! ¡Agghh! No sé… les falta algo, ninguna me convence —remarcó uno de los modistas, frustrado al ver las mujeres que rondaban al caballero.

La pasarela continuaba con las cinco modelos, pero parecía que el desfile no lograría culminar bien… hasta que una voz dulce se escuchó detrás de ellos.

Quizás yo pueda ayudarlos, caballeros… —musitó, bajo un aura de seducción.

Al voltear los encargados del mini desfile, sus ojos no podían creer lo que veían.

Frente a sus rostros desencajados por la impresión, apareció Eloisa, una mujer que destacaría entre todas. Tenía veintiocho años, piel blanca con un leve rubor natural, ojos azul verdoso que brillaban como agua bajo los candelabros. Su cabello rubio chocolate caía en ondas suaves sobre su espalda, con reflejos dorados que parecían oro bajo la luz.

Su cuerpo era curvilíneo: pechos firmes, cintura estrecha y caderas generosas que se marcaban bajo un vestido negro de seda con escote profundo. Llevaba un collar de diamantes pequeños que resaltaba su cuello largo y unos pendientes de zafiro que hacían juego con sus ojos. Su perfume era embriagador —mezcla de rosas y almizcle—, dejando un rastro hipnótico.

Los guardias intentaron detenerla, pero el responsable del evento y el diseñador hicieron un gesto con la mano para que pasara.

¡Ven, rápido, rápido… cámbiate aquí y trata de sentirte como una de nuestras modelos! —expresaron esperanzados al unísono.

La pasarela fue salvada por aquella misteriosa dama, la cual se llevó la mayoría de los aplausos, dejando el evento como un rotundo éxito. Las mujeres del público suspiraban, algunas imaginándose dentro de esos vestidos. El ambiente era una mezcla de sofisticación y deseo.

Los reflectores apuntaron a Eloisa por órdenes de Alexander, quien levantó la mano hacia su cuerpo de seguridad. Pareció susurrar algo a uno de ellos, permitiéndole acercarse.

Señorita, venga… el señor Kroos quiere hablar con usted —comentó inmediatamente el jefe de seguridad.

Ella sonrió, tomó una copa de vino de la bandeja de un mesero y la alzó hacia él, mientras se acercaba con el vestido de novia aún puesto.

Señor Kroos… —susurró con voz dulce, seductora—. ¡Su boutique es un sueño hecho realidad!

Alexander respondió, con ayuda de su intérprete para poder entablar una fluida comunicación:

La belleza necesita un rostro que la represente. Usted… podría ser ese rostro.

Eloisa se inclinó apenas hacia él, sus labios rozando la copa antes de beber. La tensión sexual era palpable —como electricidad en el aire—. Las demás mujeres miraban con celos desde la distancia, bloqueadas por la seguridad.

¿¡Está diciendo que quiere que yo sea parte de su grupo de modelaje?! —preguntó dejándose llevar por la curiosidad, con una sonrisa que mezclaba picardía y ambición.

No solo parte… quiero que sea la imagen de “Eterna Promesa” en todo México —sentenció Alexander.

Ella bajó la mirada un instante, como si pensara en el peso de esa propuesta, y luego la levantó con decisión.

Entonces brindemos por ello… —aceptó halagada, chocando su copa contra la de él.

Los cristales tintinearon sutilmente, y el sonido se expandió como un presagio en la sala acompañado con la música de la gala. La escena parecía un pacto sellado —mitad seducción, mitad negocio—.

La sinfonía seguía envolviendo el salón, mientras Alexander Kroos y Eloisa permanecían de pie junto a una mesa lateral, con copas en mano. El brillo de los candelabros se reflejaba en sus ojos azul verdoso, y el ambiente parecía haberse reducido a un espacio íntimo entre ambos, aunque cientos de invitados se movían alrededor.

Eloisa movió lentamente la cabeza, dejando que su cabello rubio chocolate rozara su hombro desnudo.

No esperaba que un hombre como usted se fijara en mí entre tantas mujeres —dijo con un toque de sorpresa, cargada de intención.

Algunas presencias se imponen sin esfuerzo. Usted… es una de ellas —subrayó el señor Kroos.

Ella sonrió, acercándose un poco más. El perfume embriagador envolvía el aire entre ambos.

Entonces, ¿qué clase de presencia busca para su boutique? —inquirió, jugando con el borde de su copa, mientras las uñas de sus dedos brillaban con los reflejos de los diamantes de su collar.

Una presencia que no solo vista un vestido, sino que lo convierta en un símbolo —especificó Alexander, con palabras que sonaron más íntimas de lo que deberían en un evento público.

La tensión era palpable. Eloisa bajó la mirada, dejándose seducir por el peso de esas frases, y luego la levantó con un gesto que mezclaba coquetería y desafío.

¡Quizá yo pueda ser ese símbolo a nivel internacional… si usted me lo permite!

Alexander la observó en silencio, sus labios apenas curvándose en una sonrisa discreta. El aire entre ellos parecía cargado de promesas no dichas —de un juego que iba más allá de un contrato—.

De pronto, un murmullo recorrió el salón...

Un asistente se acercó apresurado al jefe de seguridad y le susurró algo al oído. El hombre corpulento frunció el ceño y se dirigió de inmediato hacia el intérprete de confianza para que informara a Alexander.

Señor Kroos… —informó en voz baja, con tono grave—. No hay pista de una de las modelos que debía presentarse esta noche. Nadie sabe de ella ni ha llegado a su hotel. Acaban de informar a las autoridades que está desaparecida.

Alexander, que hasta ese momento parecía absorto en la conversación con Eloisa, se tensó de inmediato. Su porte elegante se transformó en el de un hombre de negocios que no dejaba nada al azar.

¡Busquen en todo el pueblo si es necesario! —ordenó con firmeza que cortaba el aire como un cuchillo.

Los guardias se movilizaron al instante, saliendo del salón con pasos rápidos. El ambiente festivo se quebró, y algunos invitados comenzaron a murmurar con inquietud.

Eloisa, aún con la copa en la mano, lo miró con una combinación de sorpresa y frustración. El momento íntimo que había logrado construir se desmoronaba frente a la urgencia.

Alexander la miró una última vez, como si reconociera lo que estaba dejando atrás, y luego giró hacia su equipo. La seguridad de sus modelos era prioridad —incluso por encima de cualquier encuentro personal—.

¡Vamos… muévanse ya! —vociferó sumamente molesto el señor Kroos.

Eloisa quedó sola, con el eco de la música y el sabor del vino en los labios, sabiendo que había estado a un paso de algo más… pero que la noche había decidido romper el hechizo.

Pasaron un par de días y en Los Altos se impregnaba un aire cada vez más pesado. La noticia estremeció al pueblo entero y corrió como fuego: otra modelo había desaparecido.

Los rumores se multiplicaban en las calles, en las plazas, en los cafés.

¡Primero Rubí… ahora otra más! ¡¿Esto ya no es casualidad?! —murmuraba una estilista del grupo de modelaje con voz temblorosa.

Dicen que ni siquiera llegó a dormir a su hotel. ¡Se esfumó como tantas aquí! —respondía la maquillista, con los ojos llenos de miedo.

¡Esto es un infierno…! ¿¡Quién será la próxima!? —añadió un hombre de confianza de Alexander, mirando alrededor como si las sombras pudieran responderle.

Los inversionistas amigos de Kroos entraron en alarma. Los guardias reforzaron la seguridad, y los organizadores, con rostros tensos, decidieron enviar a las últimas cuatro modelos en un vuelo privado directo a la capital del país. La orden fue tajante, casi un mandato del mismo Alexander, quien se sentía impotente ante tal acontecimiento.

La policía local, incapaz de dar respuestas, solicitó apoyo externo. Detectives privados de la Ciudad de México llegaron al pueblo, acompañados de cuerpos de búsqueda. Se desplegaron brigadas por los alrededores: hombres con linternas peinaban los cerros, perros rastreadores olfateaban la tierra húmeda y camionetas recorrían los caminos polvorientos.

En la plaza, la tensión era palpable...

Señor, ¿vio algo extraño la noche pasada? —cuestionó un detective a un velador del hotel donde se alojaban las modelos.

Solo escuché un grito… como de mujer. Pero cuando salí, no había nadie —respondió, con voz quebrada.

¿¡Un grito!? ¿De dónde provenía? —insistió el hombre, anotando en su libreta.

A dos calles, más o menos… pero aquí nunca se encuentra nada. ¡Es como si se tragaran a la gente!

Así siguió la investigación por el resto de la noche, sin poder dar con el paradero de aquellas dos modelos.

Sin embargo, los murmullos crecían en el pueblo: se hablaba de que una de las chicas que se acercó a Alexander el día de su llegada también había desaparecido. Nadie sabía si era casualidad o si había una conexión más oscura.

El señor Kroos, rodeado de su equipo, mantenía un porte elegante, pero su mirada se endurecía. El perfume amaderado que lo acompañaba parecía ahora más denso —casi sofocante—.

En la comodidad de la casa que había rentado, habló con uno de sus hombres de confianza para que buscara a Eloisa —quizá para despedirse—.

Al día siguiente, un par de custodios fue en busca de aquella mujer, que merodeaba la boutique que no pudo inaugurarse por la desaparición de las chicas.

Cuando por fin dieron con ella, uno de los guaruras se acercó a la dama:

Señorita Eloisa… el señor Kroos desea hablar con usted.

Ella lo miró con sorpresa.

¡Pensé que se había marchado junto con el resto de las modelos! —comentó con un dejo de insatisfacción.

No estoy autorizado para comentar más. Solo me dieron órdenes estrictas de venir por usted. Nuestro jefe la espera en donde se está quedando momentáneamente —dijo sin tapujos el guardaespaldas, abriendo la puerta de la camioneta para que ingresara.

La fémina aceptó y trató de subir con ayuda del otro caballero.

Pasaron unos minutos… Al llegar, una casa de campo los esperaba, estaba algo retirada de la explanada. El inmueble había sido prestado por uno de los regentes del pueblo. El lugar era extenso, con jardín y una piscina grande. La estructura de dos pisos estaba cubierta por detalles en la pintura de un estilo barroco y gótico.

Allí apareció Alexander, impecable en su traje blanco, sus gafas reflejando las luces del salón. Se acercó con paso firme, sin dejar de mirar a la dama.

Eloisa… Los Altos no son seguros para ti. ¡Quiero que vengas conmigo a Berlín! —exclamó de forma sorpresiva a través de su intérprete.

Ella lo miró, confundida, con el corazón latiendo fuerte.

¿¡Con usted?! ¿¡Ahora, en medio de todo esto!? —preguntó, con un tono que mezclaba miedo y fascinación.

En unos días, para que puedas llevar todo lo que necesites. Si aceptas venir conmigo, serás la imagen de Eterna Promesa a nivel internacional. Pero más que eso… serás mi protegida —respondió con seguridad Alexander.

El silencio se volvió incómodo. Eloisa respiró hondo, consciente de que su decisión podía marcar el inicio de algo más prometedor que cualquier contrato.

Necesito unos días para pensarlo. No puedo decidir algo tan grande de inmediato.

El señor Kroos la observó en silencio, sus labios apenas curvándose en una sonrisa discreta. Luego asintió con un gesto.

Está bien… Pero no quiero que esté sola. Se quedará el resto de los días aquí conmigo. Mis hombres se quedarán a su cuidado —contestó con un dejo de preocupación.

No puedo… no tengo mis cosas aquí. Además, tengo que seguir trabajando —expresó con inquietud Eloisa.

¡Puede ir por sus cosas! El trabajo déjelo… ahora sus gastos corren por mi cuenta —clamó con seguridad Alexander.

La dama no pudo hacer más. Fue en busca de sus pertenencias en una de las camionetas.

Sin embargo, un grupo de mujeres se abalanzó sobre el vehículo, tratando de abrirlo. Los guardaespaldas no se dieron cuenta de que, en medio del tumulto, Eloisa se les perdió de vista.

¡No puede ser…! ¿¡Cómo es posible que la dejaras ir?! —reclamaba un hombre de seguridad, tratando de ver entre la masa de chicas.

Más tarde, a una cuadra a lo lejos, la señora Ángela caminaba lentamente. Al ver el cúmulo de jovencitas, no dudó en acercarse a promocionar sus productos de belleza, dejando folletos sin decir palabra.

Había algo curioso en algunas de las féminas que rodeaban la camioneta con la esperanza de ver una vez más al señor Kroos: presentaban extrañas manchas rojizas en la cara y en los brazos. Se notaba a simple vista —tal vez por el sol o una alergia—, las cuales les bajaban el autoestima.

Una de ellas era Daniela, de las muchachas que quisieron seducir a Alexander cuando arribó. Estaba triste: su piel mostraba irritaciones severas —dándole un aspecto marchito que la desesperaba—.

Al ver a la señora Ángela, decidió recurrir a ella, quien aún con la baja de consumidores por la ola de desapariciones mantenía abierta la boutique de cosméticos.

¡Doña Ángela, ayúdeme…! —imploraba la muchacha con voz temblorosa—. Mire cómo se me está poniendo el rostro.

¡Tranquila, hija! En mi local tengo lo que necesitas; ya sabes que mis productos son milagrosos, los hacía mi difunto marido. ¡Te devolverán la piel como nueva, ya lo verás! —aseguró con firmeza la mujer, mientras la guiaba hasta su tienda, donde los estantes estaban llenos de frascos y envases que desprendían un aroma penetrante.

Ojalá así sea… estoy muy estresada, y también mi hermana está mal —murmuró angustiada Daniela.

Pues dejaré que te lleves algo para ella, luego me lo pagas —sentenció Ángela—. Que se lo ponga todas las noches y verás que se recuperarán las dos.

A pesar de ser poco visitado, el establecimiento aún tenía clientela. Sin embargo, se sentía un aire pesado, cargado de un olor extraño: combinación de químicos, polvos viejos y algo más… un aroma dulce, pero al mismo tiempo perturbador.

Cayó la noche y los guardias de seguridad dormitaban en el vehículo cuando de pronto tocaron el vidrio con insistencia, haciendo que los hombres se sobresaltaran.

Era Eloisa, quien llevaba sus maletas con una sonrisa de satisfacción, al sentirse a punto de lograr su sueño de ser modelo internacional.

Uno de los guaruras bajó rápido para abrirle la puerta. Entre el cansancio y la sorpresa no hubo intercambio de palabras. La dama solo asintió y puso su dedo en los labios —señal de que no diría nada—. Era como si, con solo mirarlos, pudiera darles órdenes.

La camioneta arrancó y se dirigió a la casa donde esperaba impaciente el señor Kroos.

Media hora más tarde ya estaban en la lujosa vivienda, donde Alexander había mandado a preparar un banquete para recibir a la bella dama. El hombre sostenía una copa de vino rosado, espumoso, que deleitaba sus labios sin dejar de mirar a Eloisa con la sensación de que entre ambos había algo pendiente.

Se acercó junto con su intérprete de confianza, quien transmitió su mensaje de inmediato:

¡Por fin llegaste, mi bella invitada!

Disculpa la tardanza… tenía que dejar todo en perfectas condiciones antes de mudarme aquí contigo —manifestó Eloisa, con un dejo de pena.

Es entendible… pero mientras más rápido nos vayamos de este lugar, más segura estarás —afirmó el señor Kroos con tono preocupado—. No importa, ven, siéntate conmigo. La cena está servida.

La velada transcurrió entre risas, miradas insinuantes y copas de vino que se alzaban como brindis secretos. Los platos servidos fueron exquisitos: carnes finas, quesos europeos y postres delicados que parecían preparados para un ritual de seducción.

Eloisa jugaba con la copa entre sus dedos, mientras Alexander la observaba con una intensidad que atravesaba el aire.

La conversación se volvió cada vez más íntima, cargada de insinuaciones y promesas veladas. La música suave del salón acompañaba el ambiente —cada nota era un susurro que los empujaba más cerca—.

La noche continuó con un aire más sensual al quedarse solos. Los besos se dejaron ir entre caricias, que fueron soltando las prendas hasta perderse poco a poco en el suelo de la habitación —como hojas de otoño—.

El perfume de Eloisa —mezcla de rosas y almizcle— impregnaba el lugar, mientras Alexander, con su porte elegante, se dejaba llevar por la atracción.

Pero justo cuando se dirigían a la cama del señor Kroos, la dama se detuvo. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y firmeza.

No… —susurró, apartándose suavemente—. No esta noche.

Alexander quedó inmóvil, sorprendido, con el corazón latiendo fuerte y la mente confundida —¡¿cómo era posible que lo rechazara en ese instante?!—.

Ella recogió sus cosas con calma; caminó hacia la recámara donde había dejado sus pertenencias hasta esfumarse su silueta, que se perdió tras la puerta, dejando al caballero solo, con la copa aún en la mano y la sensación amarga.

El hombre permaneció de pie, sin entender qué había pasado. Su mirada se endureció, pero en el fondo lo invadía el deseo de que algo más pasara. Así que se fue a dar una ducha de agua fría para bajar el calor de los ánimos.

Pasaron tres días, y la convivencia entre Eloisa y Alexander parecía fluir con naturalidad. Compartían desayunos, paseos por los jardines de la casa y largas conversaciones en la sala iluminada por candelabros.

Sin embargo, la intimidad seguía ausente: la fémina insistía en dormir en su propia habitación, dejando al hombre solo en la suya. Esa distancia lo confundía, aunque no dejaba de sentir que algo los unía de manera invisible.

Una tarde, mientras Eloisa se arreglaba frente al espejo, el señor Kroos recibió una llamada desde su país natal. Era su madre, con voz cargada de emoción y urgencia:

Alexander… tu hermana ya arribó. Está esperando a que vayan por ella.

El hombre se tensó. La llegada de su hermana significaba un nuevo motivo para permanecer en México, aunque también un riesgo. El aire del pueblo estaba cada vez más pesado, y las desapariciones no cesaban.

Eloisa aprovechó ese momento para ir de paseo por la plaza de Los Altos. Dos guardaespaldas la escoltaron, caminando a su lado como sombras. El aire del pueblo estaba cargado de murmullos y miradas desconfiadas.

Pero al llegar, fueron interceptados por los detectives que seguían investigando.

¡Deténganse! —ordenó uno de ellos, mostrando su placa.
—Necesitamos interrogarles. Ha desaparecido otra mujer llamada Valeria, quien se dice que se relacionaba con su jefe…

El nombre de aquella muchacha resonó como un eco en la plaza. A ella la habían visto intentar de todo por acercarse a Alexander la primera vez que llegó. Ahora era la nueva víctima —algo muy sospechoso—.

Los detectives comenzaron a cuestionar a los guardaespaldas, anotando cada detalle, cada movimiento de los últimos días, exigiendo la presencia del señor Kroos.

En medio de la confusión, Eloisa se escabulló. Nadie notó el instante exacto en que desapareció de la vista de los agentes y de sus escoltas. Cuando los guardias se dieron cuenta, ya era demasiado tarde: se había perdido entre las calles del pueblo, como una sombra que se disolvía en la multitud.

El tiempo avanzaba, y la tensión se hacía insoportable.

Esa misma noche, en otro rincón del pueblo, se escucharon golpes desesperados en una puerta. Era Sofía, la joven de piel bronceada y cabello rizado que también había intentado acercarse a Alexander.

Su rostro estaba marcado por un sufrimiento evidente: la piel mostraba ámpulas rojas, inflamadas, que parecían a punto de reventar.

¡Doña Ángela, por favor… ábrame! ¡Ayúdeme! —gritaba con voz quebrada, golpeando la puerta del establecimiento de cosméticos.

La puerta se abrió lentamente, y la silueta de la señora ya mayor apareció en el umbral. Sus ojos verdes, ahora algo opacos por la penumbra, brillaban con una mezcla de curiosidad y algo más oscuro.

Pasa, hija… —dijo con voz grave, casi maternal—. No te preocupes, yo sé lo que necesitas.

Sofía entró con pasos temblorosos. Ángela la guió hacia el fondo, mientras le ofrecía un dulce.

Tus problemas de piel no son casualidad… —murmuró, acariciando uno de los frascos con sus dedos huesudos—. Aquí tengo lo que te devolverá la belleza… pero debes confiar en mí.

Sofía la miró con desesperación, sin notar que detrás de aquella voz calmada se escondía algo más. El aire se volvió pesado —como si la boutique se cerrara sobre ella—.

Por otro lado, el señor Kroos llegó por la madrugada acompañado de su hermana Nicole, una joven de veintiún años que no paraba de abrazarlo con fuerza.

¡Hermano, cuánto te extrañé! —clamó con emoción, sus ojos resplandecían de alegría.

Alexander sonrió con discreción, mientras Eloisa, escoltada por sus custodios, entraba en el salón. Él la presentó con formalidad a través de su intérprete:

Cariño, ella es Nicole… mi hermana.

La joven saludó con amabilidad, pero Eloisa apenas respondió con una sonrisa forzada. En su interior, no le agradaba la idea de que otra mujer irrumpiera en el espacio donde ella ya se sentía la reina. El aire se tensó —aunque nadie lo comentó en voz alta—.

A la mañana siguiente, la calma se quebró.

Los detectives llegaron a la lujosa casa donde se hospedaba el señor Kroos junto con sus invitadas. Tocaron la puerta con firmeza y, sin rodeos, anunciaron su propósito:

Señor Alexander Kroos, queda detenido.

Los custodios intentaron interponerse, pero la orden era clara. Lo acusaban de estar ligado a una nueva desaparición: Mariana, otra de las jóvenes que se había acercado a él desde su llegada, y que también había estado presente en la velada de gala donde se mostró la colección de vestidos de novia.

¡Esto es un error! —vociferó uno de los abogados de Alexander, que estaba a su lado.

Todo apunta a él… —respondió el investigador policiaco con voz dura—. Las coincidencias son demasiadas, y eso ya lo pone como el principal responsable.

El señor Kroos fue escoltado hasta una patrulla, mientras Eloisa y Nicole quedaban en la casa, paralizadas, sin saber qué hacer. El sonido de la sirena alejándose se mezclaba con los murmullos de algunos que lo presenciaron todo en las cercanías del lugar —que ya lo señalaban como el principal culpable—.

Pasaron las horas, y los abogados de Alexander daban argumentos en la comisaría para defenderlo. El ambiente era tenso, cargado de dudas y sospechas.

Fue entonces cuando apareció Susana, la hermana de Daniela, otra de las desaparecidas. Su rostro mostraba cansancio y desesperación.

¡Exijo respuestas! —gritó al entrar—. ¡Quiero que hagan bien su trabajo!

Los detectives la escucharon con atención, mientras los abogados intentaban contener la situación.

Susana, con voz firme, declaró:

La última vez que vieron a Daniela fue en la casa de la señora Ángela… en esa dichosa boutique de cosméticos milagrosos que todas conocen. Yo no he visto ni un mísero policía ir a investigar ahí. Ya estoy harta de que en este maldito pueblo no cumplan con su deber.

Alexander solo miraba la desesperación de aquella muchacha, pero no entendía nada.

Era absurdo que en su sano juicio se apuntara a una señora ya mayor como lo era la señora Ángela, mucho menos verla como una amenaza real. Todos la creían amargada y loca —pero hasta ahí—.

El nombre de ella resonó en la sala como un golpe seco, pero un halo de esperanza para la libertad del señor Kroos. Los abogados se miraron entre sí, conscientes de que aquel testimonio podía cambiar el rumbo de la investigación.

El cuerpo de policía y los detectives especializados trataban de hilar las pruebas con cautela. Aunque Alexander Kroos seguía siendo el principal sospechoso, no podían descartar otras posibilidades.

Entre murmullos, algunos desestimaban a la vieja de la boutique:

Es solo una pobre señora amargada… ¡¿realmente creen que podría cometer tales actos?! —comentó con incredulidad uno de los policías.

Es nuestro deber investigar, incluso si es un testimonio falso —subrayó el jefe de investigación—. ¡Prepárense ya!

Tanto el cuerpo policiaco, los investigadores y Susana —quien no permitió que la dejaran quedarse atrás— se subieron en una de las camionetas que arrancó a toda velocidad.

Su mirada reflejaba la desesperación de quien busca respuestas a cualquier precio.

Al llegar a la boutique de la señora Ángela, todo parecía normal. Los estantes estaban repletos de frascos y envases, cuidadosamente alineados. El aire olía a químicos dulzones —mezclados con polvo viejo—.

Los detectives revisaban con calma, sin encontrar nada fuera de lugar… hasta que uno de los perros policía comenzó a ladrar con desesperación frente a un estante.

El animal arañaba el suelo, olfateando con furia —como si percibiera algo que los humanos no podían ver—. Los agentes se miraron entre sí, tensos.

¿Qué pasa ahí? —cuestionó alarmado el jefe de la brigada, acercándose.

Al revisar los frascos con detenimiento, descubrieron que los cosméticos contenían aromas como de sustancias extrañas —compuestos que no deberían estar ahí—. Nadie pudo identificar de inmediato qué eran, pero el hallazgo bastó para encender las alarmas.

El perro volvió a ladrar, esta vez siguiendo un rastro apenas perceptible: una línea oscura —como de sangre seca— que se extendía por el suelo y se perdía detrás de los estantes.

Los detectives iluminaron con linternas, siguiendo el rastro hasta que se detuvo en un punto específico.

Aquí… —susurró insistente uno de ellos, con voz tensa.

Sin saber qué más hacer, movieron el estante con esfuerzo. El perro ladró aún más fuerte, arañando el piso. Fue entonces cuando descubrieron lo impensable: una trampilla oculta —cubierta por la madera y el peso del estante, invisible a simple vista—.

El silencio se apoderó del lugar. Los agentes se miraron con incredulidad, conscientes de que estaban a punto de destapar una verdad cruel.

Susana, con el corazón acelerado, apretó los puños.

¡Ábranla... por favor...! —suplicó, con voz quebrada.

El aire se volvió más pesado —al parecer, la boutique misma contenía un secreto que había esperado demasiado tiempo para ser revelado—.

Al bajar por la trampilla, los detectives se encontraron con un espacio aparentemente normal: mesas de trabajo, frascos alineados, polvos de colores, cremas en proceso, perfumes envasados… todo parecía el taller de una mujer dedicada a la belleza.

Sin embargo, el perro policía no dejaba de ladrar, girando en círculos, olfateando con desesperación —parecía confundido—.

Los agentes se miraban entre sí, incómodos.

Aquí no hay nada… —murmuró desilusionado uno, con voz insegura.

Entonces, ¿qué le pasa al animal? —preguntó inquieto y nervioso otro del cuerpo policiaco.

Cuando ya se disponían a salir, Susana se detuvo. Sintió un peso en el pecho, un presentimiento que la obligó a avanzar más al fondo.

Sus pasos resonaban en el silencio, hasta que sus ojos se fijaron en algo pequeño, brillante, tirado en el suelo: uno de los adornos de su pulsera, el mismo que ella había regalado a su hermana.

¡Noooooo…! —expulsó un grito desgarrador, cayendo de rodillas mientras las lágrimas le corrían por el rostro.

A unos pasos más adelante, la linterna iluminó lo impensable: el cadáver de su hermana, tendido en el suelo, con la piel seca.

El rostro estaba mutilado, dejando la carne al rojo vivo —como si una bestia se hubiera alimentado de él—. Donde antes había una cara hermosa, ahora era un hueco enorme, oscuro, putrefacto, viscoso, donde se veía parte de los huesos del cráneo. Las mejillas arrancadas con sadismo, los labios —no había labios—, y los ojos abiertos, congelados en un gesto de terror.

El horror se multiplicó cuando descubrieron que no estaba sola.

Allí, apilados en un rincón, yacían otros cuerpos: Rubí, Svetlana —la segunda modelo desaparecida—, Mariana, Valeria, Sofía, Daniela y Camila, entre otras mas.

Todas las jóvenes desaparecidas estaban allí, convertidas en espectros de lo que habían sido. Sus cuerpos mostraban marcas de violencia: piel arrancada —despellejada— en fragmentos, cabellos mezclados con sangre seca.

El aire se volvió insoportable. El olor era penetrante, una mezcla de fluidos en descomposición y muerte.

Uno de los detectives, con el rostro desencajado, se acercó a una mesa. Allí encontró una olla grande, cubierta por una tapa metálica.

Al abrirla, el hedor lo golpeó como un muro: dentro había una masa viscosa, de color grisáceo, con vetas rojas y marrones. La textura era espesa, como una crema, pero el olor era nauseabundo —similar al de un cadáver—.

¡Dios mío…! —clamó uno de los agentes, tapándose la boca.

Al revisar con guantes, descubrieron que aquella masa no era un producto común.

Los análisis rápidos revelaron lo inimaginable: los cosméticos estaban hechos con sangre y polvo extraídos de la piel de las secuestradas.

Cada frasco, cada crema, cada perfume era el resultado de un proceso macabro que convertía la belleza en un ritual siniestro.

Susana vomitó del horror, quedando muda de la impresión, intentando no colapsarse, tratando de sostener el cuerpo de su hermana en sus brazos.

Los detectives retrocedieron, horrorizados, conscientes de que habían destapado una verdad que superaba cualquier sospecha.

La boutique de Ángela no era un negocio de belleza… era un laboratorio macabro.

Los policías dieron aviso a las familias de las chicas desaparecidas, mientras las demás unidades se desplegaban por el pueblo en busca de aquella señora, de quien no había rastro alguno.

Al mismo tiempo, se emitió la orden de liberación para Alexander. Sus abogados, diligentes, hicieron el papeleo con rapidez, y por la noche el empresario salió libre.

La libertad no trajo alivio. Apenas unas horas después, el señor Kroos tuvo que enfrentar uno de los momentos más dolorosos: reconocer los cuerpos de sus dos modelos, Svetlana y Rubí.

Con el rostro endurecido por la pena, afirmó que eran ellas. La noticia fue transmitida a sus familias y a su grupo de trabajo a través de sus hombres de confianza. El silencio que siguió fue tan pesado como el aire de Los Altos.

Al regresar a la casa donde se hospedaba, Alexander notó algo extraño. Las luces estaban apagadas, como si la vivienda hubiera quedado abandonada.

El aire estaba impregnado de un olor desagradable —similar al de carne de borrego cocida en agua—, un hedor que se volvía más intenso conforme avanzaba.

Con el celular en mano, iluminó su camino por el pasillo. El haz de luz reveló algo inquietante: las ropas de su hermana Nicole tiradas en el suelo, junto a una botella de tinte para cabello.

El corazón del caballero se aceleró.

Avanzó con cautela hasta la cocina. Allí, sobre la estufa, encontró una olla grande cociéndose a fuego lento.

El vapor que escapaba de la tapa despedía un olor nauseabundo, espeso, que lo golpeó hasta desestabilizarlo. El hedor lo hizo retroceder de inmediato, llevándose la mano a la boca para contener el impulso de devolver.

El miedo lo invadió. Sin pensarlo más, salió corriendo de la casa, desesperado por encontrar a su hermana y a Eloisa.

El eco de sus pasos resonaba en la oscuridad, mientras la imagen de la olla seguía grabada en su mente —parecía una advertencia de que algo terrible estaba ocurriendo dentro de esas paredes—.

El hombre recorrió la casa con el corazón acelerado.

Al entrar en la habitación de su hermana Nicole, se detuvo en seco: la cama estaba intacta, como si nunca hubiera dormido allí. El vacío lo golpeó con fuerza.

Siguió buscando en las demás habitaciones, hasta que en el baño, la luz de su celular iluminó la tina. Allí, sobre la porcelana, se distinguían restos de sangre —al parecer alguien se golpeo la cabeza con violencia—.

El hallazgo lo desbordó.

¡Nicole! ¡Eloisa! —gritó con desesperación, su voz quebrándose en la penumbra.

El miedo lo llevó hasta la habitación de Eloisa. Apenas abrió la puerta, un olor nauseabundo lo envolvió: una pestilencia espesa, asquerosa, irrespirable, que parecía impregnarse en la piel.

La oscuridad reinaba, pero en medio de la penumbra distinguió velas encendidas, formando un círculo alrededor de algo.

Avanzó con pasos temblorosos, y lo que vio le quebró el alma.

Eloisa estaba allí, desnuda, rodeada por las llamas titilantes. Pero su cuerpo ya no era el mismo: la piel tenia un tono oscuro rojizo, que la hacia ver flácida, colgante, marchita —como si la vitalidad que la hacía sensual y esbelta se hubiera desvanecido—.

Su silueta parecía encorvada, envejecida, deformada por una fuerza invisible.

Las sombras proyectadas por las velas se mezclaban con el hedor nauseabundo, creando un ambiente irreal, como un ritual prohibido.

Alexander se acercó más, y entonces lo vio: a un costado, tirada en el suelo, estaba su hermana Nicole… sin rostro.

La piel de su cara había sido arrancada con brutalidad, dejando un vacío espantoso donde antes había vida.

Eloisa, bañada de líquido carmesí, se untaba lentamente sobre su cuerpo la sangre de la hermana del señor Kroos —tal si fuera crema, esparciéndola por todos lados de su ser—.

Sus movimientos eran lentos, ceremoniales, cargados de un simbolismo oscuro que Alexander no podía comprender.

Retrocedió, con el corazón desbordado de horror.

La imagen era insoportable: Eloisa, transformada en una figura espectral, bañándose en el fluido vital de Nicole, mientras las velas proyectaban sombras que parecían danzar con ella.

Él se alejó unos pasos más, y al pisar algo que crujió en el suelo, el sonido quebró el silencio.

Aquella mujer volteó lentamente.

La visión lo golpeó como un puñetazo en el estómago: Eloisa —o lo que quedaba de ella— llevaba sobre su rostro la piel arrancada de Nicole, como si fuese una máscara improvisada.

Los fluidos escarlatas aún se deslizaban por los orificios donde deberían estar los ojos, goteando en hilos viscosos que caían sobre su cuello.

La escena era tan grotesca que Alexander quedó paralizado, incapaz de reaccionar.

Eloisa comenzó a reír, pero su tono era áspero; la voz ya no era la suya, parecía como de alguien mucho mayor que ella:

Hehe… hehehe...

Con movimientos lentos y enfermizos, acariciaba el rostro de su hermana ahora posado en su cara, lamiéndolo como si fuese una mascarilla de belleza.

Lo que más lo espantó fueron esos ojos claros, amarillentos, que lo miraban con una mezcla imposible: pena, satisfacción, placer y odio.

Era una mirada que no debía existir —un secreto que no podía ser descubierto sin despertar algo peor—.

Con un gesto teatral, Eloisa fue bajando aquel pedazo de carne que había sido el hermoso rostro de Nicole.

La piel colgaba de sus manos como un trofeo macabro.

Y entonces, en la penumbra iluminada por las velas, mostró su verdadero rostro: un semblante deformado por el odio, el coraje y el resentimiento.

No eran las facciones de Eloisa.

Era la cara de una vieja bruja… o más bien, de Ángela.

La risa de la mujer resonaba como un eco desquiciado, llena de sadismo y burla:

Hahahahahaha...

Con movimientos lentos y enfermizos, comenzó a devorar el rostro de Nicole, desgarrando la piel entre sus afilados dientes, mientras sus ojos amarillos brillaban —como brasas encendidas—.

El fuego de esa mirada parecía arder en la penumbra, al mismo tiempo que esa cosa disfrutaba del sabor de la carne de la hermana del señor Kroos.

Alexander, paralizado por el espanto, explotó en un grito que no solo irradiaba miedo, sino coraje, impotencia:

¡Aaahhh… aaaaaahhhhhh…!

El sonido retumbaba por toda la propiedad, hasta que esa cosa mórbida que fue la señora Ángela, en un movimiento brusco, corrió hacia él. Las velas se apagaron de golpe, dejando la casa sumida en una oscuridad absoluta, donde solo los alaridos desgarradores de Alexander Kroos se escuchaban —resonando como un lamento perdido en la noche—.

A la mañana siguiente, uno de los hombres de confianza del señor Kroos llegó acompañado de su grupo de seguridad. El equipo, que había estado inactivo durante la prisión preventiva de su jefe, se encontró con un escenario aterrador.

Desde la entrada de la casa, un líquido espeso y negro recorría el suelo, impregnando el aire con un olor hediondo.

El rastro se extendía por la cocina, subía las escaleras y se dirigía hacia las habitaciones. Al avanzar, el líquido cambiaba de tonalidad: de un negro viscoso a un carmesí intenso —parecía que la sangre se hubiera mezclado con algo más oscuro—.

El camino terminaba en la habitación de Alexander.

Allí, sobre la cama, yacía el cuerpo ensangrentado del empresario. La visión fue insoportable: su rostro había sido arrancado por completo.

Las marcas eran claras, como mordidas animalescas, desgarrando la piel hasta dejar expuestas las partes del hueso del tabique y la mandíbula. Un surco enorme, al rojo vivo, atravesaba lo que quedaba de sus facciones.

Uno de los hombres, con el rostro desencajado, se inclinó apenas. Al mover lo que quedaba de carne, el cráneo del caballero se reveló bajo la luz tenue —desnudo y macabro, como si algo, o alguien, se lo hubiera devorado hasta el hueso—.

El silencio se apoderó de la casa. Nadie se atrevía a hablar. El hedor, el rastro carmesí y el cuerpo mutilado eran prueba de que la noche había sido consumida por un horror indescriptible.

El amanecer en Los Altos volvió a ser todo menos calma. El cruel final de Alexander y su hermana Nicole quedó en el silencio de la tragedia.

Los hombres de confianza, al salir con los cuerpos irreconocibles de los Kroos, buscaron para dar con el paradero de la bella Eloisa, o rastros de la principal culpable… Ángela.

Al paso de los días, las investigaciones se detuvieron en un punto muerto.

El horror estaba frente a ellos, pero la figura detrás del ritual había desaparecido. Nadie supo hacia dónde se dirigió.

Ni cuál pudiera ser su paradero —mucho menos cual podría ser el rostro que lleve consigo ahora: el juvenil y seductor de Eloisa, o el avejentado y retorcido de la bruja.

Quizá en otro lugar, lejos de la casa y de la boutique clausurada, una puerta se esté abriendo...

Tras el mostrador, puede aparecer una mujer acomodando frascos brillantes, alineados con precisión.

Sus manos, suaves y tersas, pero al mismo tiempo huesudas, vierten una crema espesa en pequeños envases con un olor dulce a rosas y almizcle —un aroma que esconde otras cosas en la mezcla—.

La mujer sonríe apenas, con su piel juvenil, tersa, pero con esos ojos verdes claros, hasta hacerse algo amarillentos que, si se les presta atención, revelan algo más profundo: un odio antiguo, un resentimiento que arde bajo la máscara de su hermosura.

Ofreciendo sus cosméticos milagrosos como una vendedora inofensiva, mientras una joven —que podrías ser tú— entra con la esperanza de cuidar su cutis.

La sonrisa de la dama es sutil, pero siniestra —como una máscara maldita—.

Una preocupación como la de aquella muchacha se puede convertir en el anzuelo perfecto para alimentar un ciclo macabro que seguirá condenando el precio de ser bella.