"El amor perdido, la lujuria invocada, la eternidad maldita…"
En la comunidad estudiantil de Derecho, en la Universidad de Coahuila, las noches caían pesadas: oscuras, con un frío que se pegaba a la piel como escarcha invisible. Entre pasillos silenciosos y aulas que olían a papel barato, había un alumno que destacaba sin proponérselo: Matías.
Su juventud engañaba. El rostro marchito llevaba las huellas del cansancio y la depresión: piel clara marcada por ojeras profundas, sombras que ni el sueño lograba borrar. El cabello, castaño oscuro y siempre revuelto, parecía agitado por un viento rabioso que no dejaba de soplar. Sus ojos claros se apagaban día tras día, más insípidos que el café sin sabor que bebía en las madrugadas. Tras esas pupilas se escondía una tristeza enquistada, un huésped que nunca se iba.
Era alto y delgado, pero su cuerpo transmitía fragilidad. Los hombros caídos, las manos largas que temblaban cuando pensaba demasiado, lo hacían parecer un hombre encorvado, atrapado en sí mismo más que en el mundo exterior. A sus treinta y cuatro años cursaba la carrera con la obstinación de quien busca sobrevivir. No lo hacía por vocación ni por ambición, sino por necesidad, por promesa, por ella… Jimena.
Jimena tenía dieciséis años, pero su mirada hablaba como la de una mujer que ya había visto demasiado. Su piel blanca, casi translúcida, contrastaba con el cabello rubio cenizo que caía en cascada sobre su espalda. Los ojos grandes, color miel, estaban llenos de preguntas que nadie respondía. Frágil y delgada, parecía que un soplo de viento podía derribarla en una cama de hospital. Sin embargo, su voz era firme, vibrante: decía lo que pensaba, reía con fuerza, lloraba en silencio.
Curiosa, intensa, rebelde en pequeñas dosis, se refugiaba en libros, en dibujos, en música que otros llamaban extraña: el metal oscuro que rugía como tormenta en sus audífonos. Caminaba ligera, casi flotando, y su presencia llenaba los espacios con una energía que desbordaba, como si la vida se aferrara a ella con uñas invisibles.
Ella era la razón por la que Matías seguía respirando. Todo lo hacía por su hermana: para que no le faltara nada, para que no sintiera el abandono que él cargaba como una piedra en el pecho. Cada examen, cada desvelo, cada paso en esa universidad era un sacrificio silencioso, un pacto íntimo con la oscuridad que lo rodeaba.
La muerte los había marcado demasiado pronto. Primero la madre, luego el padre. Desde entonces, Matías cargó con varios papeles: hermano, padre, tutor, protector. Jimena era su mundo, su única luz. Por ella se mantenía en pie, por ella trabajaba, por ella fingía que aún quedaba esperanza.
Matías había comenzado la carrera tarde. Al mismo tiempo, laboraba medio turno en el bufete del padre de su mejor amigo. El edificio era viejo, con alfombras impregnadas de tabaco y madera húmeda que olía a encierro. Allí pasaba horas revisando casos, redactando informes, aparentando normalidad mientras por dentro se desmoronaba.
Su sostén emocional era Alberto, el compañero más leal. De treinta y tres años, piel morena, barba bien cuidada, ojos café que brillaban con arrogancia. Su cuerpo fuerte, marcado por el gimnasio y por el ego, se vestía con trajes caros, relojes brillantes y una sonrisa ensayada. Detrás de esa fachada había un defensor nato, aunque manipulador. Sabía cómo moverse entre la gente, cómo conseguir lo que quería.
Matías, en cambio, era metódico, silencioso, casi invisible. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran precisas, cortantes, como cuchillas que dejaban huella. Su mirada incomodaba: parecía atravesar las máscaras y desnudar lo que nadie quería mostrar. No era frío, era contenido, como si todo lo que sentía estuviera encerrado en una caja prohibida.
Con él, Alberto bajaba la guardia. Lo cuidaba como a un hermano, lo empujaba a seguir adelante, lo arrastraba a fiestas que Matías nunca disfrutaba. Lo escuchaba sin juzgar, aunque no siempre comprendía.
Ya faltaba poco para graduarse y ocupar el puesto que el dueño del bufete le había prometido. Pero ni el entusiasmo de Alberto ni las buenas notas lograban calmar la pena que poco a poco apagaba su luz.
A dos años de recibirse, llegó la noticia cruel: el corazón de Jimena estaba fallando. Lentamente se iba enfermando. Los médicos hablaban de operaciones, tratamientos, esperanza. Pero Matías solo escuchaba el ‘’tic-tac’’ de una cuenta regresiva que aumentaba su miedo.
Sin pensarlo, abandonó la carrera para dedicarse a cuidarla. Trabajó más horas, más duro, hasta que la tristeza lo empujaba a tirar todo por la borda.
Duró un tiempo así, resistiendo, hasta que unos meses después la muerte volvió a tocar su puerta.
Ella se fue…
Y él se quedó.
Muerto en vida.
La casa se convirtió en un mausoleo. Las paredes eran testigos mudos, y el silencio se volvía un grito constante que se incrustaba en la piel. Matías quedó solo. Dejó de hablar, de salir, de comer, de dormir. Se encerraba en su cuarto, rodeado de libros viejos de tapas duras, impregnados de polvo. Historias de locura, fantasmas y cementerios. Páginas que hablaban de almas rotas, amores imposibles y cuerpos que jamás descansaban. Ese era su refugio. Su nuevo hogar.
La casa, pequeña y de dos plantas, mostraba las cicatrices del tiempo y del abandono. La pintura exterior se desprendía con el viento como si la piel del lugar se desmoronara poco a poco. Las ventanas, cubiertas por cortinas pesadas y envejecidas, apenas dejaban pasar la luz. Aunque había electricidad, Matías prefería encender velas: la llama temblorosa le ofrecía más paz que cualquier bombilla.
El interior olía a humedad, a recuerdos que se negaban a marcharse. El sillón del rincón aún conservaba la forma del cuerpo de Jimena, como si ella siguiera sentada ahí. La cocina estaba vacía, con telarañas que parecían cuerdas tensadas en un escenario abandonado. El baño tenía espejos que ya no reflejaban nada, solo sombras. Y su habitación… su habitación era un altar. Fotos, dibujos, libros, discos, una bufanda colgada en la cabecera de la cama. Todo estaba ahí. Todo… menos ella.
Matías vivía entre sombras. Su rostro avejentado apenas se iluminaba con la luz de la vela, mientras leía sentado en el suelo, rodeado de páginas que hablaban de muerte y almas atrapadas. Su piel clara parecía aún más pálida bajo la flama, y sus ojos se hundían en las palabras como si buscaran respuestas imposibles.
Así pasó un año, trabajando solo para subsistir. El bufete del padre de Alberto era su única conexión con el mundo, aunque cada día, al salir, sentía que el mundo lo castigaba un poco más.
Una noche, al abandonar ese viejo edificio, el cielo estaba cubierto de nubes negras. La luna apenas se asomaba, tímida, como si no quisiera ser testigo. Matías caminaba por calles desoladas, con los hombros encogidos, el abrigo que le había regalado su hermana y unos guantes gastados. El aire era helado, mordía desde dentro, como su dolor.
Entonces, un choque lo hizo verla.
—¡Ah! Perdón… —dijo él, retrocediendo, con la voz quebrada.
—No, fue culpa mía… —respondió ella, con una voz suave, como terciopelo.
La mujer rondaba los cuarenta. Alta, delgada, de piel clara como nieve ceniza que absorbía la luz. Su cabello rubio castaño, largo, recogido en un moño rojo desordenado, dejaba escapar mechones platinados que caían como sombras sobre su rostro. Vestía con elegancia discreta: abrigo largo, guantes de encaje, botas oscuras. Su rostro era hermoso, jovial, pero con arrugas que narraban pérdidas y secretos. Sus ojos eran lo más extraño: grandes, de un tono azulado grisáceo, sin fondo, como pozos que miraban más allá de lo humano.
—¿Estás bien? —preguntó ella, mirándolo como si lo conociera desde siempre.
—Sí… sí, solo… —Matías tartamudeó, bajó la mirada, incómodo. Sentía que ella lo desnudaba con los ojos, que veía lo que él escondía en su silencio.
—Cargas demasiado dolor. Se nota en tus hombros… y en tus ojos.
Él no respondió. Solo la miró mientras su corazón quería llorar. Ella sonrió, pero no era una sonrisa alegre. Era melancólica, como la de alguien que sabe lo que significa perder.
Caminaron juntos sin decir mucho. Llegaron a un parque donde las luces titilaban —zzzt… zzzt— como si estuvieran a punto de apagarse. El viento invernal soplaba con fuerza, pero no movía las plantas. La luna se perdía entre nubes oscuras, negándose a ser vista.
Se sentaron en una banca. Ella sacó una especie de cuaderno, en el cual solo escribió algo y lo guardó sin mostrarlo.
—Pídeselo a ella… y ella te lo concederá —dijo, sin mirarlo.
Matías frunció el ceño.
—¿Pedirle? ¿Qué? ¿A quién?
Ella se levantó. Tomó sus cosas. Su rostro cambió: una frialdad que cortaba, que lastimaba.
—¿Quién es “ella”? —insistió él, poniéndose de pie—. Espera… ¿Volveré a verte?
Ella caminó hacia la oscuridad. Su silueta se desvanecía entre los árboles, dejando un silencio que aturdía. No respondió de inmediato. Solo alzó la mano, sin girarse, sin mostrar su rostro.
—Tal vez…
Y desapareció.
Matías miró cómo ella se alejaba hacia la oscuridad, con el corazón latiendo más rápido de lo normal. La mujer ya no estaba. Solo quedaba el eco de sus pasos… o tal vez era el viento revolviendo las hojas húmedas del suelo. Dio unos pasos más, como si algo invisible lo empujara, y ahí, entre la acera mojada y las hierbas secas, lo vio.
Un libro.
La cubierta era de cuero oscuro, con raíces rojas que parecían venas palpitantes. No tenía autor ni editorial. Solo un símbolo grabado en bajo relieve: una flor marchita, con espinas que se enroscaban como serpientes cadavéricas. Lo tomó sin pensar, lo guardó bajo el abrigo. Tal vez era de ella. Tal vez era una señal. Tal vez una invitación para volver a encontrarla.
El frío se intensificó. No era el clima. Era otra cosa. Algo que lo observaba desde las sombras. Caminó de regreso a casa sintiendo que cada farola que dejaba atrás se apagaba —zzzt… poff…—, como si la noche quisiera tragárselo. Al llegar, cerró la puerta con llave. Se quitó el abrigo. Encendió una vela para alumbrar su camino por las gélidas estructuras. El silencio era espeso, casi sólido.
Antes de dormir, recordó el libro. Lo sacó. Lo puso sobre la mesa. Lo observó.
“El Rito de Flor Escarlata”
El título estaba escrito en letras doradas, pero al moverlo, parecían sangrar. Lo abrió. Las páginas eran gruesas, ásperas, impregnadas de un olor a incienso mezclado con rosas quemadas.
Comenzó a leer:
“A ella le fue anunciada la muerte al cumplir treinta años. Brujas y hechiceros le mintieron. La entregaron. Ella la tomó. AZMEKTAD. Ella que no ama. Ella que no muere. Ella que devora.
A cambio de vida eterna, ella no debía amar. Solo dar placer. Solo causar dolor. Si el amor la tocaba, el pacto se rompería. Su alma sería suya. Y vagaría con ella… hasta que otro comenzara el rito.”
Un escalofrío recorrió la espalda de Matías. Cerró el libro mientras la vela aún alumbraba. Se acostó, apretando los ojos con miedo.
Y soñó.
Ella estaba ahí, la mujer del parque. Desnuda, entregada a él. Su piel brillaba como mármol recién pulido, con un resplandor frío. Su cabello caía sobre los hombros como una cortina negra. Sus labios rojos, carnosos, abiertos, lo miraban con un deseo que no necesitaba palabras.
Matías se acercó poco a poco. La tocó, sintiendo su cuerpo cálido, húmedo, perfecto. La besó sin detenerse. Ella lo tiró al suelo para montarlo mientras él aprisionaba sus voluptuosos pechos entre sus manos. Sus caderas se movían con un ritmo lento, hipnótico.
—Aaahhh… ooohhh…—él gemía.
—Haaahhh… mmmhhh…—ella jadeaba.
El placer era dulce, embriagador, como un veneno que se bebía con gusto.
Pero algo cambió…
Su piel comenzó a agrietarse. Sus ojos se volvieron negros, vacíos. Su boca se abrió demasiado, mostrando una oscuridad que no era humana. De su espalda brotaron brazos, garras que lo sujetaron como si lo crucificara, desgarrándolo. El gusto se transformó en dolor. El deseo en terror.
—¡Nooo! ¡Basta! ¡Aaahhh! —gritó, pero su voz no salía.
Ella se inclinó, con la sonrisa rota, y le susurró al oído:
—‘’AZMEKTAD…’’
Matías despertó de golpe
—¡haaah!—¡haaah! — jadeaba entre un sudor frio.
La vela, antes de consumirse, iluminaba el libro abierto en la misma página.
Desde esa noche, nada fue igual…
En el día, sombras femeninas lo perseguían en cada reflejo: en el vidrio del microondas, en la pantalla apagada del televisor, en el espejo empañado del baño. Lo miraban. Lo torturaban. Lo acosaban. Algunas sonreían con malicia, otras lloraban con un dolor eterno. Otras, más descaradas, se acariciaban lentamente, masturbándose mientras sus ojos se clavaban en él, como si quisieran devorarlo desde dentro.
—Matías… —se escuchaba su nombre entre susurros, en los pasillos del trabajo.
Sentía caricias invisibles en la nuca, olores que lo envolvían: perfume dulce, sangre seca, flores quemadas y algo mas que no podía describir.
Por las noches, los sueños regresaban. Ella regresaba. Cada vez más real, más intensa, más violenta. Lo amaba. Lo odiaba. Lo poseía. Lo devoraba.
Hasta que una madrugada, entre gemidos, gritos y susurros, la escuchó claro:
—mmmhhh… ooohhh… AZMEKTAD… aaahhh… mmmhhh… AZMEKTAD…
Los días seguían pasando. Matías ya no distinguía entre sueño y vigilia. Las entidades femeninas lo hostigaban sin tregua. En la ducha sentía dedos invisibles recorrer su espalda cuando el agua caía sobre él. Labios rasposos besaban su cuello, uñas invisibles le rasgaban el pecho al pasar la toalla por su torso.
En cada sueño, se la topaba. Encuentro tras encuentro sobrenatural con la mujer del parque —donde su cuerpo lo devoraba entre gemidos y mordidas—, lo dejaba jadeando, empapado en sudor, rodeado de susurros incomprensibles que lo excitaban y aterraban al mismo tiempo.
Una madrugada, la mujer no apareció en sus sueños. En su lugar, estaba Jimena.
Ella estaba en un rincón, abrazando sus rodillas, llorando. Su cabello cubría el rostro, su voz era un lamento desgarrador.
—Te extraño, hermano… ¿Por qué no me salvaste? Dijiste que siempre estarías para mí…
Matías despertó con el corazón hecho trizas. Se levantó, encendió la vela y tomó el libro. Entre sus páginas encontró una anotación en tinta roja, escondida al final:
“Pídeselo a ella…”
Eran las últimas palabras que recordaba de aquella misteriosa dama.
Lo leyó todo de principio a fin. Cada página, cada símbolo lo memorizó. Cada advertencia la masticaba con detenimiento. El texto hablaba del rito. De invocación. De luna llena. De muerte y sangre.
Al paso de una semana, termino de leer el libro, y a la noche siguiente, después de haber conseguido todo lo requerido para seguir cada paso al pie de la letra, esperó al astro nocturno en su punto más brillante. Que estuviera completo, alto, sin ocultarse tras las nubes que se movían como si respiraran.
Matías preparó todo. Dibujó el símbolo en el suelo con tiza negra y sal: una rosa abierta, con espinas que se enroscaban como serpientes esqueléticas, con colmillos y cavidades siniestras formando un pentagrama que encerraba la flor. Colocó doce velas negras alrededor. Cada una representaba los meses de dolor, de agonía, de sufrimiento que padeció por perder a su ser más amado. Jimena.
La casa se transformó en un templo. Las paredes crujían como si algo quisiera romperlas y entrar. Las ventanas sudaban. El aire olía a ceniza, carne viva y flores muertas. Matías se paró en el centro. Tomó la navaja, abrió su palma de un tajo —slash— y dejó caer su líquido vital sobre las velas, sobre el símbolo, alimentando el suelo con su sangre.
—AZMEKTAD… —susurró con voz temblorosa—. Reina de lo prohibido… reina sacrificada en el dolor de los mortales… reina de la noche… reina de mi destino… concédeme mi plegaria… y a cambio… mi corazón sin amor eterno para ti será…
Las velas comenzaron a apagarse una por una, como un efecto dominó. La oscuridad lo envolvió. El silencio se volvió una maldición.
Y entonces… comenzaron los sonidos:
Primero, gemidos suaves, casi pegados a su oído:
mm… mhh… aaah… mmh… ahh…
Luego se mezclaron jadeos cortados, irregulares, respiraciones que chocaban entre sí:
h–ha… hh… haah… hhh… ha…
Entre todo eso, risas quebradas, como si alguien se burlara desde la oscuridad:
heh… ha… h-heh… hah… heh…
Y por debajo, lamentos largos, pesados, como si vinieran de muy lejos:
oooh… aaahh… ooo… aaah… oohh…
Un coro de placer y dolor, mezclado, revuelto, imposible de ignorar. Voces femeninas por todas partes, como si fueran miles.
Matías temblaba. Sentía que lo tocaban, que lo cortaban, que lo despojaban de sus ropas sin que hubiera nadie frente a él.
Las velas se encendieron de golpe. Ardieron como si alguien les hubiera soplado vida. El fuego bufaba entre chispas, respirando… respondiendo a esa sinfonía.
Y entonces… ella apareció.
‘’AZMEKTAD.’’
Alta, imponente, de piel pálida con un brillo carmesí. Su cuerpo era una obra de arte maldita: pechos prominentes, firmes y redondos, pezones rosados que brillaban con un tono rojizo endemoniado bajo velos transparentes que apenas cubrían su figura. Su cintura estrecha, sus caderas anchas, sus piernas largas y torneadas estaban tatuadas con marcas antiguas que se retorcían como serpientes.
Su cabello negro caía como cascada sobre la espalda. Sus ojos eran lagos escarlata, sin pupilas, ardiendo con deseo. Sus labios carnosos, entreabiertos, mostraban colmillos finos y húmedos, brillando con saliva mezclada con un fluido oscuro.
Sus alas parecían de murciélago, pero hechas con piel humana arrancada de mortales. Su cola era un látigo que se movía al aire con lentitud, como un reptil acechando. Sus uñas eran garras largas y negras que chorreaban el mismo liquido que impregnaba la cera y el suelo.
Su voz… su voz era un orgasmo contenido, arrancado de otras mujeres entre dolor y satisfacción.
—Has llamado… Has ofrecido tu corazón… Es hora de colocarlo entre mis manos y entregarte a mí en redención…
Matías no respondió. Solo la miró. Su cuerpo reaccionaba sin permiso: la piel se erizaba, su miembro se endurecía, su alma temblaba.
Ella se inclinó y lo besó con descaro. Su lengua sabía a sangre y a muerte. Su cuerpo entero lo envolvió, igual que el fuego.
Y el rito… comenzó.
AZMEKTAD lo rodeaba. Su ser era un mural de pecado: cada curva, cada pliegue, cada sombra sobre su piel parecía diseñada para seducir y destruir. Sus pechos exuberantes se movían con cada paso, atravesados por venas oscuras que latían como si tuvieran vida propia. En su vientre plano se marcaban símbolos grabados: cicatrices en forma de rosas, raíces con espinas y calaveras que parecían arder bajo la piel. Sus caderas eran un altar, sus piernas columnas de deseo que sostenían un cuerpo hecho para el dominio.
Matías no podía moverse. No por miedo. Por imposición.
Su mano era fría, pero ardía al contacto. Lo acarició como si lo moldeara, como si su piel fuera arcilla que se partía dejando emanar sangre por cortes que sus uñas abrían con precisión cruel. Su lengua recorrió su boca, su cuello, su pecho. Las llamas arrancaban su ropa como si manos desesperadas lo desearan. Lo penetraba hasta el alma con su voz, con su seducción, con su mirada ardiente.
—Tu cuerpo será mío. Tu alma, mía. Tu dolor… mi ofrenda eterna.
Matías sintió que algo dentro de él se rompía. Su corazón latía con fuerza, pero no por vida. Por cambio. Por renuncia.
Ella lo colocó en el centro del círculo de velas.
Lo montó. No como amante. Como diosa.
Sus movimientos eran lentos, ceremoniales, profundos, haciendo que su orgasmo fuera una dulce agonía, como si cada gesto abriera una grieta en la realidad. Cada vez que descendía sobre él, un líquido negro y espeso caía, cubriéndolo como un sello vivo.
Los sonidos de Matías no eran de placer, sino de algo que lo estaba rompiendo por dentro.
—Mmh… ohh… —sonaban sus gemidos como promesas arrancadas a la fuerza.
—Haa… hh… haaah… —continuaban los jadeos que parecían marcas del rito, respiraciones que no le pertenecían.
—Ah… aaah… aaahhh…—gritó, tanto que no parecía humano. Era de ruptura. De metamorfosis.
Su piel comenzó a cambiar: se volvió más pálida, más sensible. Sus venas se oscurecieron como raíces negras. Sus ojos se hundieron, su cuerpo fue más… otro.
AZMEKTAD lo miró con ternura cruel, con una sonrisa que era caricia y sentencia.
—Ahora eres mío. Pero no por amor. Por devoción. Por pacto.
Ella se desvaneció en el charco de fluidos oscuros. Las velas se consumieron. El símbolo en el suelo ardió lentamente y se borró como si nunca hubiera existido.
Matías quedó solo. Desnudo. Extasiado. Cambiado.
Desde esa noche, su realidad se quebró…
En el trabajo, la gente lo miraba distinto.
Algunos se sentían atraídos sin razón, como si una energía oscura se escapara de él, un perfume maldito que se les metía bajo la piel.
Otros lo evitaban con un miedo seco, que les arrugaba el alma, como si vieran en él un presagio, un mal augurio con forma humana.
Algunos cambios en el se notaban: su voz se había vuelto más grave. Su mirada, más profunda. Su tacto, más intenso, como si algo dentro de él vibrara con cada movimiento.
En casa, los espejos ya no mostraban su reflejo. Se plasmaban sombras femeninas desnudas, figuras que lo llamaban desde el otro lado del vidrio.
—Mhh… Matías… aaah… —susurraban intensamente, hasta parecer gemidos:
Manos hechas de oscuridad lo rozaban sin tocarlo.
—Haa… es tu turno… mmh… —le murmuraban voces invisibles desde los rincones:
Su cuerpo ya no era suyo.
Era un templo.
Un arma.
Una ofrenda.
Y su destino apenas comenzaba.
Desde el rito, Matías no era el mismo. Su piel tenía un brillo extraño, como telarañas húmedas que reflejaban la luz con un fulgor inquietante. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con un tono amarillento bajo ciertas luces, como brasas encendidas en la penumbra. Su voz era más lenta, cada palabra cargada de un peso invisible. Y su presencia… su presencia era una provocación, un imán oscuro que atraía y repelía al mismo tiempo.
Las mujeres lo miraban diferente. En la calle, en el bufete, en el transporte. Algunas lo deseaban sin saber por qué, con un ardor inexplicable en la mirada. Otras se estremecían, mojándose sin poder evitarlo, como si su aroma las llevara a un orgasmo silencioso y perturbador con tan solo observarlo.
Incluso Alberto, su mejor amigo, comenzó a notarlo.
—Estás raro, Matías… —le dijo una tarde, mientras revisaban unos documentos—. No sé qué es, pero… hay algo en ti que no estaba antes.
Matías no respondió. Solo sonrió. Una sonrisa que no era suya, sino prestada, marcada por la sombra de AZMEKTAD.
En casa, las paredes susurraban como si respiraran:
—Mmmhhh… hazlo… hazlo… aaahhh…—
Las velas se encendían solas, y el símbolo de la flor escarlata aparecía en lugares donde él no lo había dibujado: en la ducha, en la sala, en la mesa de la cocina.
Cada noche soñaba con AZMEKTAD. Ella lo poseía, lo usaba, lo moldeaba. Su cuerpo era barro, su alma un ofrecimiento.
—Aaahhh... aaahhh… —él gritaba.
Pero no por dolor. Por entrega.
Y entonces… comenzó a atraer.
En el bufete, una cliente joven, casada, lo miró con un deseo inexplicable. Lo siguió hasta el baño. Lo tocó. Lo besó. Lo pidió. Matías la tomó sin contemplación. La penetró con fuerza.
—Mmmhhh… aaahhh… —ella gemía.
Pero al terminar, lloraba. Decía que algo la había vaciado, que ya no era ella.
Otra noche, una vecina lo visitó. Le pidió una llave de fontanería para reparar su fregadero. Se quedó más tiempo del necesario. Lo provocó. Lo desnudó. Lo arañó. Lo hizo suyo hasta acabar.
—Ahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh —dejaba sus gritos resonando en el aire.
Al día siguiente, se mudó. Dijo que no podía dormir. Que soñaba con sombras. Con una entidad que la devoraba.
Matías entendió… Él era el canal.
AZMEKTAD lo usaba para llegar. Para tocar. Para marcar. Para arrancar. Para destruir.
Su cuerpo era suyo. Su deseo, su herramienta.
Y cada vez que alguien lo tocaba… ella se acercaba más.
Matías ya no sabía si era él quien deseaba… o si era AZMEKTAD deseando a través de su cuerpo. Cada mujer que se cruzaba en su camino parecía marcada por un destino inevitable. No importaba si eran jóvenes o maduras, dulces o frías. Bastaba con que lo miraran, con que respiraran cerca. Él las tomaba. A veces con consentimiento. A veces con juegos y seducción. Otras entrando en su mente hasta manipularlas como si las hechizara. Siempre con una intensidad bestial.
Y después… el vacío.
Una lloraba en su cama, diciendo que sentía que algo dentro de ella se había extinguido. Otra se desmayó en la sala de juntas del bufete, con marcas en el cuello que no recordaba haber recibido. Algunas más desaparecieron sin dejar rastro, pero Matías aún escuchaba sus voces en los espejos.
—¿Qué nos hiciste…?
—¿Porque nosotras…?
—¡Maldito seas y maldita sea la hora en que te vimos…!
Él no respondía. Solo se miraba las manos. Manos que daban placer. Manos que causaban dolor. Manos que ya no eran suyas.
Cada vez mas soñaba con AZMEKTAD. Ella lo montaba excitada por el dolor que su piel había causado, lo mordía, lo usaba. Su cuerpo era un altar de lujuria, su voz un canto de condena.
—Ahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh… —gritaba Matías.
Pero no por deseo. Por dolor. Por culpa.
—Tu alma es mía —repetía ella, lamiéndole el pecho con su lengua partida a la mitad—. Pero tu corazón… aún late por otra.
Y entonces, después de esa noche, todo cambió…
Matías dormía. El aire era espeso. El símbolo de la flor escarlata borrado. Pero de pronto… se encendió como un rugido. Una a una, de lo que quedaba de aquellas velas, ardió al revivir en flamas rojizas y oscuras. El círculo brilló con luz carmesí. El suelo tembló. El aire olía a flores marchitas y sangre derramada.
Y ella apareció.
Jimena.
Pero no era la niña que recordaba. Era una mujer. Alta, delgada, de piel blanca como leche. Su cabello rubio grisáceo ahora tenía tintes negros que caían sobre sus hombros como una tela. Sus ojos eran los mismos… pero vacíos. Sin brillo. Sin alma. Vestía un camisón blanco, sucio como si hubiera salido de entre las cenizas, rasgado. Caminaba descalza. Su voz era un susurro que helaba la sangre.
—Hermano… hermano…
Matías se levantó de golpe. El corazón le estallaba en el pecho.
—¡Jimena! ¡No… —No—No—No— No puede ser…!
Ella lo miró. No sonreía. No lloraba. Solo lo observaba, como si no lo reconociera.
—Me pediste… y ella me trajo.
Matías cayó de rodillas. Lágrimas en los ojos. El cuerpo temblando.
—¡No… no así… no vacía… no muerta…!
Jimena se acercó. Lo tocó. Su mano era fría, su piel suave, pero sin calor. Sin vida.
—Estoy aquí… soy yo… y ahora estaremos juntos siempre…
Y entonces, desapareció.
Las velas se consumaron. El símbolo se desvaneció. El silencio sepulcral volvió.
Después de aquella sufrida noche, los días siguientes fueron… tranquilos… demasiado tranquilos…
Matías intentó volver al trabajo con el dolor de tan cruel ilusión. Caminaba por la ciudad. Leía sus libros. Dormía sin ser atormentado por pesadillas. Pero algo estaba mal.
Las sombras ya no lo acosaban. Las mujeres ya no lo provocaban, y lo peor… AZMEKTAD no daba señales de su presencia.
Y en el fondo… lo sabía.
El precio pactado aun no era cubierto.
Su deseo había sido cumplido.
Pero la realidad… era una mentira.
Y la verdadera pesadilla… apenas comenzaba.
Matías ya no dudaba. Cada mujer que se llegó a cruzar en su camino era una ofrenda. No por placer. Por necesidad. Por desesperación. Las hermosas, las sensuales, las que lo habían mirado con deseo… todas sufrían. Él las tomaba, las seducía, las poseía. Y luego, las dejaba vacías.
Algunas lloraban como almas en pena al caer el sol.
Otras gritaban y se golpeaban contra las paredes para calmar su dolor.
De una se supo que se cortó su cabello largo hasta arrancar su cuero cabelludo.
Otra perforó su lengua para jamas volver a hablar.
Todas tomaban algo de él.
Todas eran despojadas de algo valioso que no sabían que tenían, pero al darse cuenta de ello, enloquecían.
Así fueron pasando los días, cuando de la nada comenzaban a llegar las vísperas de Navidad. La nieve adornaba las casas. Los cánticos de los niños se escuchaban por el vecindario. El olor a pino y a pasteles de la abuela flotaba en el aire. Todo parecía tranquilo. Todo era paz.
Hasta que una madrugada ella volvió.
Jimena.
Pero no como antes. No como aquella figura vacía que apareció en el círculo. Esta vez estaba viva, aunque dormitaba en el regazo de su hermano. Se veía mas viva. Su piel tenía de nuevo color.
—Buenos días, Matías… —decía con una sonrisa demasiado perfecta, como si hubiera sido ensayada.
—¿¡Jimena…!? —balbuceo Matías.
Él la miraba con miedo, con culpa, con amor. Pero sus sentimientos fueron mas profundos, que en un abrazo cálido la sostuvo toda la mañana.
Los días eran más tranquilos. La casa olía a café recién hecho, a jabón, a flores frescas. Pero también… a algo más. Algo oculto. Algo que se movía entre las sombras.
Jimena comenzó a cambiar sutilmente. Su voz tenía emoción. Reía, caminaba, cocinaba, cantaba. Le decía cosas que antes ni se atrevía.
—Te ves muy guapo hoy… —susurraba, rozando su brazo con una suavidad calculada.
—Gra… gracias… —contestó con pena Matías
Cuando ella salía del baño en toalla, se la pasaba inclinándose más de lo necesario, dejando ver un poco de sus delicados pechos. Se sentaba en su cama para hablar, se quedaba más tiempo en su habitación. Su ropa era más ligera, más provocadora.
Matías luchaba. Su cuerpo reaccionaba.
Su mente se enredaba.
Su alma se partía.
Así siguieron pasando los días, hasta que en la velada después de una extraña cena de Nochebuena en compañía de su hermana, Matías trataba de dormir. Cuando por fin el sueño lo vencía, sintió algo. Un peso. Una presencia.
Abrió los ojos de golpe.
Jimena estaba ahí.
En su cama.
Vestía un camisón rosa transparente, nada más. Su cabello caía sobre el rostro, sus ojos lo miraban con deseo. Su mano recorría su pecho con toques demasiado provocativos. Su voz era un susurro, un canto exquisito de seducción.
—Hermano… quiero que esta noche la pasemos solos tu y yo…
Matías se incorporó. Temblaba. Sudaba.
—¿Qué estás haciendo?
Ella se acercó. Lo besó en la mejilla, cerca de la comisura de sus labios. Su aliento era dulce, su piel caliente.
—Estoy aquí… para ti…
Él la empujó con fuerza. Haciendo que su cabeza impactara contra la pared, dejando que cayera al suelo bruscamente—thump—. Ella lo miró. No lloró. No gritó. Solo lo observó mientras mordía su labio inferior al mismo tiempo que de su frente emanaba liquido vital.
Y entonces… algo cambió.
Su rostro.
Su voz.
Su esencia.
Jimena se iba incorporando en el piso, con su camisón entre abierto dejando ver un poco de su cuerpo desnudo, el cabello revuelto, la mirada fija en Matías. Se tocaba suave por las piernas y los pechos. Jugueteaba con sus pezones sin dejar de mirarlo, con una respiración lenta, profunda, como si saboreara el instante.
Matías temblaba. Su cuerpo reaccionaba con repulsión y deseo a la vez. Su mente estallaba. Su alma se quebraba. Su sexo la deseaba.
—¿Quién eres…? —susurró, con la voz rasgada.
Jimena se levantó con lentitud. Su cuerpo parecía más adulto, más formado, más… diseñado. Caminó hacia él. Sus pasos eran suaves, pero el suelo crujía —crack… crack…— como si algo debajo se moviera.
—Soy lo que pediste… —dijo, con una sonrisa que no era suya.
Matías retrocedió. Su espalda chocó contra la cabecera. La mecha de una de las velas de la mesa, parpadeó mostrando algo que no debería estar ahí. El símbolo de la flor carmesí apareció en el suelo, sin que nadie lo dibujara.
—No… tú no eres mi hermana… —jadeó, con los ojos abiertos de par en par.
Ella se acercó. Lo tocó más de lo que debía. Su mano era cálida acariciando su miembro. Demasiado cálida. Como si ardiera por dentro.
—Soy lo que le deseaste a AZMEKTAD. Soy lo que ella te dio. Lo que tú alimentaste.
Matías se volcó de la cama cayendo de rodillas. Lágrimas brotaron de sus ojos. El cuerpo no dejaba de temblar.
—¡No! ¡Yo solo quería que volvieras! ¡No de esta forma! No en esto que te convertiste!
Jimena fue acercando hacia el, se inclinó. Lo besó en la frente con cariño. Su aliento olía a flores marchitas y miel quemada.
—Estoy aquí… pero no sola.
Y entonces, su rostro cambió: los ojos se volvieron negros. La piel se agrietó. La sonrisa se alargó.
El cabello se movía como si una ráfaga de viento la envolviera.
Su voz se volvió doble. Triple. Múltiple.
—AZMEKTAD vive en mí. Tú la trajiste. Tú la alimentaste. Tú la deseaste. Tu la invocaste…
—¡Aaaaaahhhhhh! —gritó Matías
El suelo se abrió —crackkk—.
Las paredes sangraban.
Las velas enrabietadas se apagaban y encendían —fwoosh… flick… fwoosh—.
Las sombras femeninas rodeaban la habitación entre gemidos, jadeos y risas que razonaban por las paredes.
Jimena comenzó a elevarse. Su cuerpo semidesnudo flotaba. Su piel brillaba con un resplandor carmesí. Su voz era una melodía de castigo.
—Ahora… el pacto se completará y nadie lo impedirá.
Matías luchaba por pararse del suelo. Su cuerpo se arqueó. Su alma se destruía.
Y en su mente, la imagen de AZMEKTAD… sonreía.
La casa temblaba. Las paredes sudaban como si respiraran. Las velas se arrebataban solas, hasta incendiarse —fwoosh—, iluminando el símbolo de la flor escarlata que ardía en el suelo, dibujado con sangre vieja que emanaba en chorros oscuros. El aire estaba impregnado de aroma sexual, de muerte, de flores podridas.
Algo arrancó el brillo de fuego, dejando todo en plena oscuridad.
Un rugido bestial avivó las llamas —raaawrrr…— haciendo aparecer a Matías, quien permanecía de pie, cubierto por su bóxer; armado con aquella navaja que usó para el rito, ahora empuñada en una de sus manos. Su cuerpo temblaba. Su alma ardía.
—¡Qué demonios…!
Jimena estaba en el centro del círculo. Su piel brillaba, su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua, su voz era un susurro que cortaba el silencio.
—Hermano… ¿ya no me quieres?
Matías lloraba. No por miedo. Por rabia.
—¡Tú no eres ella… tú no eres mi hermana! ¡Maldita bruja!
Y entonces… la piel de ella se resquebrajo —CRACK—.
Como una flor que se abre con violencia, el cuerpo de su hermana se desgarró desde el pecho, como si arrancaran su corazón.
Desde dentro, AZMEKTAD emergió.
Su figura se alzó entre sangre y vapor. Su cuerpo perfecto y maldito: mostrando sus senos prominentes, firmes. Sus caderas anchas, piernas largas. Todo cubierto por la piel desollada de Jimena, adornada entre raíces rojas y ríos de carmesí.
—¿Querías amor…? ¿Querías redención…? ¡Solo hay muerte y dolor!
Las sombras femeninas aparecieron. Decenas. Cientos. Giraban por la habitación, desnudas, contorsionadas, gimiendo de forma distorsionada:
Un coro maldito.
Un canto de placer y condena.
—Hahaha… hahaha… hahaha… —solo reía de forma siniestra y gutural AZMEKTAD.
Su cuerpo flotaba. Su piel brillaba. Su mirada quemaba.
—Aaaaaahhhhhh… —gritó Matías.
Corrió hacia ella, con la navaja apuntando a su pecho.
—¡Te mataré…! ¡Maldita…! ¡Lo juro…!
Ella abrió los brazos. Lo recibió con cariño. Provocandolo, lo incitaba en deseo.
—Ven… ven… acaba conmigo, mi amante desdichado… mi canal… mi sacrificio…
Matías la apuñaló múltiples veces —chik—chik—chik—chik—chik—chik—chik— mientras la abrazaba con una mezcla de amor y rabia.
—¡MMMHHH… AHHHHH! —gimió y gritó ella, con una voz que rompía cristales, mezclada con un orgasmo final.
La navaja se hundió en su vientre, perforando su matriz. Luego en sus senos, hasta arrancar su corazón. Siguió con su cuello, que reventó en chorros de líquido negro que se esparcían por el suelo.
—Aaahhh… aaahhh… aaaaaahhhhhh — reían y gritaban extasiadas las sombras.
Los vitrales explotaron.
El símbolo ardió con furia.
La luna llena, allá afuera, se tornó roja. Sangre pura. Un ojo infernal abierto en el cielo.
AZMEKTAD se retorcía tirada en el suelo. Su cuerpo se compactaba. Su piel se deshacía. Su voz se extinguía.
Matías cayó al piso. Cubierto de sangre. A unos pocos metros de la navaja manchada de fluidos oscuros.
La casa quedó en silencio. En oscuridad total.
Y él… se desmayó.
Cuando por fin despertó, Matías tenía la boca seca, el cuerpo entumecido, la mente hecha trizas. La habitación estaba sumida en tinieblas. No había ruido. No había luz. Solo el ligero brillo de las farolas de Navidad que se filtraban por los marcos de las ventanas, dibujando un camino tenue sobre el suelo.
Se incorporó con dificultad. Sentía que había dormido durante días. Su cuerpo dolía. Su alma pesaba. Caminó hacia la puerta. El pasillo estaba iluminado por una luz extraña, rojiza, como si la luna derramara fluidos rojizos.
Y entonces la vio.
El cuerpo.
Jimena.
Desnuda. Fría. Inerte.
Yacía en el suelo, rodeada por un charco inmenso carmesí. Sus pechos estaban reventados por cortes, decenas, profundos, precisos. La navaja aún permanecía clavada entre la unión de sus costillas, donde solía existir su corazón. Su rostro estaba en paz. Demasiado en paz.
—¡NOOOO…! — gritó Matías cayendo de rodillas
Las lágrimas brotaron. Su garganta se cerró. Su cabeza se rompió.
—¡Jimena! ¡No! —No—No—No— ¡No otra vez!
Pero no estaba solo.
—Heh… heh… heh… heh… heh… —las risas comenzaron.
Risas enfermizas, carcajadas siniestras que se mezclaban con gemidos y jadeos.
—Haahhh… ahhh… mmm… ssshhh… ooohhh… mmmhhh…—.
Las sombras aparecieron: entidades femeninas, desnudas, contorsionadas, flotando, girando, cantando, mofándose de él.
Las puertas se abrían y cerraban —BANG!—.
Los objetos caían —CRASH!—.
Las paredes crujían —CRACK!—.
La casa se volvía un infierno.
Y del río de sangre de su hermana… emergió ella.
AZMEKTAD.
Su cuerpo se alzó entre la carne y el dolor. Su piel brillaba empapada en el líquido vital. Sus senos goteaban fluido oscuro. Sus piernas se abrían como un altar. Sus ojos eran dos lunas negras. Su boca, una mueca macabra que no paraba de reír
—HA… HA… HA…—.
—¿Pensaste que te librarías así de sencillo de mis garras…? ¡Yo soy el pacto! ¡Yo soy el deseo! ¡Yo soy la muerte! ¡Yo soy quien sellará tu destino!
Matías intentó correr. Pero no podía. Las sombras lo sujetaban, lo acariciaban, lo penetraban con dedos invisibles por toda la piel. Su cuerpo se arqueaba. Su alma se deshacía. Sus gritos lo abandonaban.
AZMEKTAD se acercó. Lo tomó del cuello. Lo besó hasta meter su lengua en su garganta con descaro. Su saliva era fuego. Su aliento, veneno.
—Ahora… el pacto está cerrado, y tú mío por siempre seras.
Un portal se abrió en el suelo.
Negro.
Profundo.
Latente.
Las sombras lo empujaban.
La casa crujía.
Las paredes sangraban.
La luna se tornaba rojiza.
—¡AAAAHHHH! —gritó Matías, mientras era arrastrado.
Y la casa… se despedía de él.
Sus gritos se apagaban lentamente, absorbidos por la oscuridad misma. Su cuerpo era arrastrado por sombras que reían, gemían, jadeaban. El portal se cerraba —crackkk—. La casa se estremecía. Las paredes se desangraban como lágrimas en un llanto sin consuelo. La vela que alguna vez sostenía, se apagaban como rito fúnebre.
Solo quedó el silencio.
Solo la luna, carmesí como carne abierta, iluminaba el desastre.
Y entonces… una mano.
Delgada. Femenina. De uñas largas, negras, brillantes.
Tomó aquel objeto maldito.
El libro estaba empapado en sangre de Jimena y de Matías. La cubierta palpitaba. Las letras del título brillaban como si respiraran. Las hojas consumian la sangre, la agonía, el dolor. Se alimentaba. Se saciaba.
La silueta de una mujer se reveló entre sombras. Alta. Elegante. Sensual. Su abrigo largo se movía con un viento que no existía. Su cabello negro caía como cortina sobre la espalda. Sus ojos brillaban con malicia. Su sonrisa era la misma que despidió aquella noche en el parque.
Era ella.
La mujer que lo vio. Que lo tocó. Que lo intuyó.
AZMEKTAD.
La diosa del pacto.
La reina del dolor.
La amante del vacío.
Había jugado sus cartas con precisión.
Había olido el sufrimiento de Matías.
Había sembrado la semilla.
Había fingido compasión.
Había ofrecido esperanza.
Y él cayó.
Como todos.
Jimena fue el anzuelo. El deseo. La excusa.
Matías fue el canal. El sacrificio. El alimento.
AZMEKTAD acarició el libro. Lo abrazó. Lo besó. Su lengua recorrió la cubierta como si lamiera una herida entre limón y sal.
—Otro más… —susurró, con voz de orgasmo y sentencia.
La casa crujió. Se desmoronó. Las sombras se desvanecieron. El aire se volvió frío. El silencio se volvió eterno.
AZMEKTAD caminó hacia la puerta perdiéndose en los tenues rayos del amanecer. Dejando a su paso solo vacío, mezclándose con algunos sollozos y lamentos que parecían ser de Matías, siendo atormentado por las entidades femeninas que lo torturaban con rostros conocidos, de aquellas mujeres que con su vida acabo, al igual que el de Jimena a quien su alma condenó.
Mientras tanto el libro siguiera esperando.
Porque siempre hay otro.
Otro que sufre.
Otro que desea.
Otro que ama.
Otro que caerá.
El rito de la flor escarlata… mientras otra alma incauta aparezca, el pacto nunca terminará.
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