martes, 11 de noviembre de 2025

La hacienda de la señora Olivia Manríquez.

 "La belleza puede ser... un engaño fatal..."

Una feliz pareja de recién casados comenzó su travesía de vida juntos viajando en avión desde la Ciudad de México hasta la tierra de la eterna primavera: Colombia. Como regalo de luna de miel por parte de sus padres, Luz y Fernando acordaron disfrutar de una travesía por el mar de Cartagena.

Al llegar a un viejo poblado, a unos minutos del lugar donde se hospedaban, se lanzaron en busca de aventuras, sintiéndose como exploradores al descubrir un mundo nuevo para ellos. Las calles empedradas se adornaban entre casas de colores vibrantes, el aire fresco traía consigo el aroma de la arena mojada, que venía tras una reciente lluvia. Minutos después, el cielo coronó el paisaje con un bello arcoíris.

Tras pasear por el mercado local, donde los vendedores ofrecían frutas frescas y artesanías, decidieron entrar en una acogedora fonda que les había sido recomendada por la gente del lugar. El sonido de las risas y las conversaciones animadas llenaba el aire, mientras el aroma de la comida casera se mezclaba con el de las flores que engalanaban las mesas.

—Este lugar es encantador —murmuró Luz, fascinada, mientras sus ojos verdes como lagunas brillaban con la luz de la felicidad.

—Sí… tiene un aire especial —asintió Fernando, sintiendo que cada rincón del pueblo contaba una historia.

Tomaron asiento en una mesa de madera rústica, con vista a un pequeño jardín lleno de flora silvestre. Los minutos pasaban con dulzura, haciendo que la espera por la comida fuera más amena. En una esquina, músicos callejeros se habían instalado con dicha, acompañados de sus instrumentos. Las notas alegres iban llenando el ambiente, deleitando tanto a turistas como a locales, hasta que la pareja comenzó a mover los pies al ritmo.

—¿Te imaginas venir a bailar aquí cada día? —soltó Fernando, con una sonrisa traviesa que revelaba cuánto disfrutaba estar con su recién esposa.

—¡Solo si me prometes que no me pisarás los pies! —replicó Luz, tapándose la boca por la gracia que le dio su comentario, antes de regalarle un dulce beso.

Una señora del lugar se acercó con amabilidad para ofrecerles el menú y recomendarles uno de los platillos más típicos del país. Al mismo tiempo, les llevó una muestra de lo que es un buen café colombiano. Ambos aceptaron la bebida y las sugerencias con alegría. La espera se hizo aún más placentera con un tintico caliente y recién hecho.

—Qué delicia es el café colombiano… me lo habían recomendado mis amigos, pero no creí que fuera tan bueno —expresó Fernando, saboreando lentamente cada sorbo—. Me voy a llevar como cuatro kilos, o más si se puede, para disfrutarlo cada mañana junto a ti, mi amor.

—Vas a dejar al pueblo entero sin café —bromeó Luz, sin dejar de mirarlo, sonriendo y jugueteando con la mano de su esposo.

Pasaron pocos minutos y la comida llegó a su mesa: un plato humeante de la famosa bandeja paisa, acompañado de arepas y un jugo fresco de borojó. El aroma era tan irresistible que Luz no pudo esperar más. Tomó un bocado y sus ojos se iluminaron con el sabor.

—¡Oh, por Dios! ¡Esto está delicioso! —exclamó con entusiasmo, sintiendo que su boca tocaba el cielo en cada mordisco, dejando ver muecas de felicidad como si fuera una niña chiquita.

—No hay nada mejor que compartir esto contigo —susurró Fernando, sin apartar la mirada de ella, sintiendo que cada momento a su lado se volvía más intenso.

Mientras saboreaban la comida, sus manos se entrelazaron sobre la mesa. Parecía como si el destino los hubiera reencontrado, dejando ver en sus ojos un amor a primera vista, como el de un par de adolescentes enamorados.

—Este es solo el comienzo de nuestra aventura —declaró Fernando, con la voz cargada de emoción y la sonrisa de quien vive un sueño.

—Y yo no podría ser más hermosa ni más feliz que a tu lado —respondió Luz con efusividad, sintiendo que cada palabra era un lazo que los unía más y más.

A unas cuantas mesas, un señor ya mayor no dejaba de observarlos con una mirada penetrante que incomodaba a más de uno. Pero a ellos no parecía importarles; seguían celebrando su amor entre risas y un par de aguardienticos que les habían sido ofrecidos por cortesía de la dueña del lugar.

Al terminar de comer, se levantaron para dar un paseo por el jardín de la fonda. Las mariposas revoloteaban entre las flores, y el canto de los pájaros tejía una melodía suave.

—¡Mira esa flor! —exclamó Luz, deteniéndose para admirar una orquídea de colores vibrantes.

—Cualquier flor aquí haría juego con tu bello rostro —susurró Fernando al oído de ella, aprovechando el momento para abrazarla por detrás.

—Y tú, con tu cariño, me haces florecer —respondió sonrojada Luz, mientras giraba lentamente, posando sus ojos con ternura en los de él, fundiéndose en un suave y largo beso, justo cuando el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados.

La escena romántica fue interrumpida de golpe por el mismo señor que los había estado observando desde lejos. Se acercó con paso lento, mientras una sonrisa algo perturbadora se dibujaba en su rostro, dejando entrever que algo se traía entre manos.

—Escuché que no son de por aquí —comentó el misterioso hombre, clavando su mirada en Luz de abajo hacia arriba, como si quisiera memorizar cada detalle de su belleza—. Hoy tendremos un evento en una de las fincas que está a un par de horas de aquí —agregó, señalando con su brazo izquierdo hacia una zona alejada, detrás del jardín—. Va a ser una fiesta agradable, y me gustaría invitarles a conocer un poco más de nuestras tradiciones.

—¡Pero por supuesto! ¿Cómo perdernos una fiesta en este hermoso lugar? —respondió al instante Luz con alegría, sin soltar la mano de su pareja.

—Muchas gracias. Sería un lindo recuerdo para mi mujer y para mí —añadió Fernando, abrazando a su esposa con calidez.

—Partimos al anochecer —anunció el anciano—. Aquí los esperaré para llevarlos conmigo —señaló hacia la entrada de la fonda, sonriendo de forma turbia y desafiante, antes de despedirse con cortesía. Alzó su sombrero como muestra de respeto y salió por la puerta, perdiéndose entre las sombras del atardecer.

Después de ello, se sentaron en un banco del jardín, disfrutando de la tranquilidad del lugar. El murmullo del viento entre los árboles y el canto lejano de las aves le daban ese toque mágico que parecía sacado de un sueño.

—Prometamos volver aquí algún día —susurró entre suspiros Luz, mirando el horizonte con una sonrisa serena.

—Lo prometo —afirmó Fernando, asintiendo con dulzura, sabiendo que cada viaje juntos sería un nuevo capítulo en su historia.

Sin que se dieran cuenta, entre tanto romance cayó la noche. Los pájaros guardaron silencio, cediendo el turno a los animales nocturnos que comenzaban a dejarse escuchar. La brisa se detuvo, y el frío llegó de forma repentina, como si el aire mismo les advirtiera que algo se avecinaba.

La misma persona de edad avanzada, con aquella aura enigmática que los había abordado antes, venía caminando hacia ellos. Sin pronunciar palabra, se detuvo frente a la pareja y, con un gesto lento de la mano, les indicó que lo siguieran. A unos metros más adelante, otras personas también comenzaban a reunirse junto a lo que parecía un viejo autobús, oxidado pero aún funcional, que los llevaría al lugar prometido.

Uno a uno comenzaron a subir, hasta que todos estuvieron acomodados en sus asientos. La luna llena iluminaba cada tramo del recorrido con una claridad casi sobrenatural. Luz, sin embargo, no lograba sentirse del todo tranquila. Se removió en su asiento, inquieta, hasta que la mirada de Fernando —tierna y cálida como una caricia— le devolvió algo de paz.

El transporte arrancó, dejando atrás aquel bello restaurante. Sin decir más, Luz se acomodó entre los brazos de su marido, le dejó un beso en la mejilla y se acurrucó en su pecho, mientras tomaba un abrigo para cubrirse del frío que se colaba por las ventanas.

Un par de horas más tarde, la tenue luminosidad del camino reveló un sendero oculto entre la vegetación. Al fondo, se divisaba la entrada al recinto donde se celebraría la fiesta. A lo lejos, se veían luces titilantes y se escuchaba música regional colombiana, entremezclada con risas y cantos que sugerían que la gente se lo estaba pasando bien.

El autobús comenzó a disminuir la velocidad, y los pasajeros, contagiados por la emoción, se removían en sus asientos, impacientes por integrarse a la celebración.

—Hemos llegado —anunció con voz ronca el anciano, evitando cuidadosamente el contacto visual con los demás—. Bajen con cuidado y disfruten de la fiesta —añadió, alzando su sombrero en señal de bienvenida. Sin embargo, lo bajó de inmediato, cubriéndose el rostro con una expresión que parecía esconder algo más que simple cansancio.

A nadie pareció importarle. Uno tras otro fueron descendiendo, tomando sus pertenencias y formándose afuera del vehículo, ansiosos por seguir al hombre que los guiaría hasta el interior del lugar.

—Síganme —indicó con voz eufórica el viejo conductor, mientras señalaba el camino con una mano y sostenía en la otra una lámpara de aceite que proyectaba sombras danzantes sobre los árboles.

La fiesta ya había comenzado. La feliz pareja aceleró el paso, contagiada por la alegría, al ver aquel despliegue de luces y adornos. No tenían palabras para describir lo que veían: parecía un rincón encantado, suspendido entre la realidad y la fantasía.

A unos pasos más, apareció una mujer de porte refinado. Se trataba de la dueña del recinto: la señora Olivia Manríquez, quien salió a recibirlos como sus invitados.

—Muy buenas noches y bienvenidos a mi humilde hacienda —exclamó con alegría y entusiasmo, alzando los brazos hacia el cielo en señal de agradecimiento—. Hoy estoy aquí para celebrar otra vuelta al sol. Adelante, pueden beber y comer lo que gusten, mis agradables visitantes.

Fernando, al igual que los demás invitados, quedó cautivado por su belleza. No podía creer que existiera una mujer tan deslumbrante en un lugar tan escondido, oscuro y alejado del pueblo.

La señora Olivia parecía pintada a mano: su piel, tan clara como la luna nueva, daba la impresión de que al tocarla se rompería como porcelana. Sus ojos, dos luceros turquesa, reflejaban enigmas profundos, como si uno pudiera sumergirse en sus secretos, en lagos de agua dulce. Su cabello castaño, con matices claros y oscuros como el café, caía en suaves caireles que se perdían en la noche, deslizándose por su espalda desnuda y ocultando su esbelta figura como un velo de misterio

Su rostro irradiaba una delicadeza angelical, como si la belleza misma hubiera decidido encarnarse en ella. Sus labios, dos pétalos de rosa perfectamente formados en un corazón delicado, se movían con una gracia hipnótica cada vez que hablaba. Era como si sus palabras fueran susurros encantados, capaces de seducir hasta a los elementos del bosque. Irresistibles, invitaban a ser tocados, a ser besados, a ser explorados… con una textura gruesa y mordible, como frutos rojos que se exprimen entre los labios, dejando caer lo dulce y jugoso, igual que la pasión, igual que el deseo.

Sus curvas, delineadas con precisión casi divina, desataban fantasías carnales entre los presentes. Caminaba como si flotara, con sus torneadas piernas marcando el ritmo de una danza silenciosa. Iba envuelta en un vestido rojo sangre, ligeramente corto, que dejaba entrever más de lo permitido. El escote pronunciado enmarcaba sus senos prominentes con descarada elegancia, y la tela, casi transparente, revelaba con sutileza los detalles perfectos de aquella figura espectacular. Era una visión que desafiaba la lógica, una aparición que parecía esculpida por la lujuria misma.

El perfume que la envolvía era una sinfonía de notas florales y dulces: la dulzura de las rosas hablaba de su romanticismo innato; el jazmín susurraba secretos de seducción; y el lirio de los valles aportaba frescura y pureza, todo engalanado en un buqué avainillado que parecía gravitar a su alrededor. Era como si la naturaleza misma hubiera decidido rendirle homenaje.

Al acercarse, uno no podía evitar sentirse atraído por su aura. Su presencia relataba una narrativa de amor y anhelo, de sueños compartidos, de secretos guardados.

Su cintura, delgada como la de una adolescente, contrastaba con la voz provocativa que dejaba claro que era toda una mujer. Al mover sus caderas, parecía deslizarse entre la gente, levitando en su vestido como una visión imposible.

Luz se dio cuenta de que su esposo estaba completamente distraído, hipnotizado. Su dulzura se tornó en molestia, y esta fue subiendo hasta convertirse en un enojo envuelto en celos. Tomó el rostro de Fernando con firmeza, lo llevó hasta sus labios y lo besó con coraje, con pasión, marcando territorio. Lo dejó lleno de marcas de labial, tantas como pudo, como si cada una fuera una advertencia silenciosa.

—Oye, tu esposa soy yo, ¿ok? —espetó Luz, molesta y territorial, sin apartar la mirada de los ojos de Fernando, como si quisiera marcarlo con la intensidad de su posesión.

—Lo sé, amor… lo sé —respondió él con voz pausada, intentando calmar las aguas.

Entre el alcohol, la música y el baile, las horas se desvanecieron hasta que el reloj marcó las tres de la mañana. Los invitados, uno a uno, caían rendidos por el cansancio y la embriaguez.

Luz, vencida por el sueño, se acomodó en uno de los tantos sofás del salón. Mientras tanto, Fernando permanecía despierto, con la mente atrapada en la imagen de la bella dueña de la casa. Para despejarse, decidió dar un paseo por los alrededores, aprovechando que su esposa dormía plácidamente.

Caminó sin rumbo fijo hasta llegar a una cabaña apartada, donde por casualidad encontró a la señora Olivia. Ella, con una copa de vino en mano, contemplaba la luna llena, cautivada por su esplendor.

—Muy linda hacienda tiene, señora Olivia —comentó Fernando con tono admirativo, sin dejar de observar el entorno—. Y la fiesta… ni se diga. Muchas gracias por habernos invitado a mi esposa y a mí.

La hermosa dama alzó su copa en el aire, brindando sin dejar de mirar cómo él se acercaba.

—Por favor, dígame Olivia —respondió con suavidad, mientras deslizaba su mano por sus piernas con una elegancia provocadora—. Es un gusto, y un placer, que usted haya sido parte de mis invitados —añadió, con una mirada que parecía envolverlo.

—¿Le gustaría acompañarme con otra copa de esta delicia? —invitó, alzando la voz con tono persuasivo, justo cuando un poco de vino se derramó por su escote, deslizándose por la suavidad de sus exuberantes pechos y manchando levemente las telas que portaba—. Qué tonta soy… ya manché mi vestido. Creo que he bebido demasiado esta noche.

Fernando, sin pensarlo demasiado, aceleró el paso hasta donde estaba la mujer. Tomó una copa y comenzó a beber lentamente, intentando fijar la mirada en el collar de rubíes que ella llevaba, aunque sus ojos y su imaginación se desviaban hacia pensamientos lujuriosos, deseando lamer las gotas de vino que aún resbalaban por su piel expuesta.

Olivia se levantó de forma repentina y comenzó a caminar hacia el interior de la cabaña. Con cada paso, una prenda suya quedaba atrás, marcando el camino como si fuera una invitación peligrosa. La tela, impregnada con su aroma dulce, lo guiaba hacia una tentación que se volvía más intensa con cada segundo.

Fernando sabía que, a pocos metros, su esposa dormía. Pero no podía evitar seguir con la mirada la silueta desnuda que se movía con una cadencia hipnótica. La mujer jugueteaba con sus caderas y acariciaba sus senos con lentitud, soltando sonidos provocativos que parecían envolver el aire. Bajo la tenue luz, se deslizaba como una visión imposible, una figura que desafiaba la lógica y lo arrastraba hacia el abismo del deseo.

Perdido en la lujuria, comenzó a desvestirse y se adentró en la cabaña. Allí, la sensual mujer lo esperaba en una vieja cama. Con suaves jadeos lo atraía como una abeja a la miel, su belleza intacta, su cuerpo entregado entre finos frotes que iban desde sus piernas hasta su sexo incitándolo a intimar con ella.

Lo llamaba con gestos, con susurros, con una danza de deseo que lo envolvía por completo.

Hechizado, se abalanzó sobre aquella hermosa mujer, dando rienda suelta a sus más bajas pasiones, mientras los gemidos de ella resonaban por toda la habitación. El aroma sexual se intensificaba, envolviéndolos en una atmósfera embriagadora de momentos eróticos y mucho placer carnal quedaban pie a consumar el acto.

Pero en medio del calor del momento, algo comenzó a perturbarlo. Al tocarla más y más, la piel de aquella mujer parecía desprenderse como arcilla entre sus dedos. Pensó que era el efecto del alcohol, así que se dejó seguir guiando por la pasión.

Sin embargo, cuanto más se entregaba, más emergía un olor putrefacto que ni el exquisito perfume de ella podía disimular. Era como si estuviera tocando un cuerpo en descomposición.

La forma perfecta de la señora Olivia —su piel suave como la seda, su dulce esencia que embriagaba el aire— se desvanecía lentamente en una abominación. En los brazos de Fernando, aquella belleza se transformaba en una aberración sacada del mismo averno.

—¿Le gusta, Fernando? —exclamó con voz excitada, mientras gemía y jadeaba seductoramente sin dejar de estar sobre él—. Es lo que deseaba, ¿no es así? —repetía una y otra vez, mientras su tono terso se tornaba poco a poco siniestro.

—¡Hnnngg! ¡Aaahhh! —Fernando se estremecía, atrapado entre el placer y el terror.

—¡Graaawww! ¡Raaaghhh! —su voz seductora se desvanecía, transformándose en gruñidos guturales, como si una bestia hubiera tomado el control de su cuerpo.

Las uñas y los dientes de aquella mujer se hundían en su piel con un sadismo que helaba la sangre.

—¡Craaaack! —el sonido de carne y huesos desgarrándose resonó en la habitación como un trueno infernal.

—¡Por favor! ¡Detente! —suplicó Fernando con un grito desgarrador, mientras sus gemidos de agonía se alzaban como ecos en la oscuridad.

—¡Aaaahhhhhh! ¡Uuuuuuaaaaghhh! —su voz se quebraba, ahogada por el dolor.

La luz de la luna, tenue y temerosa, iluminaba el viejo colchón, donde la sangre caía formando charcos escarlatas. Donde antes había una boca sensual, ahora se abría un hocico largo y deformado, con colmillos afilados que brillaban como cuchillas mientras sus garras largas desgarraban las entrañas de Fernando.

—Todo tiene un precio… incluso tenerme en su cama —susurró lo que alguna vez fue una dama, antes de estallar en una risa sádica que reverberaba en las paredes como un canto macabro.

—¡Hahaha! ¡Hahahaaa! ¡Haaahaaaahaaa! ¡HAA-HAA-HAA-HAA-HAAAA! —la carcajada opacó hasta el silencio de la madrugada.

—¡No! ¡Piedad! —chilló Fernando con la poca voz que le quedaba, sintiendo cómo las sombras lo envolvían, alimentándose de su miedo.

—¡Uuuuaaaahhh! ¡Aaahhhggg! ¡Nnnnnggggghhh! —susurros y murmullos se mezclaban en el aire, como una sinfonía de locura que lo arrastraba hacia el abismo.

Los ojos de la mujer, antes llenos de vida, tan verdes y brillantes, ahora eran dos lagos de sangre consumidos por el sadismo.

—Mi querido Fernando… ya es mi presa —repetía ella, mientras su risa se expandía por las paredes, llenando el aire con un terror palpable—. ¡Hahahaaa! ¡Haaa-Haaa-Haaa-Haaa-Haaaaaaa!

Las carcajadas enloquecidas al igual que los gritos de placer de la señora Olivia se entrelazaban con los alaridos y súplicas del pobre hombre.
—¡Aaaahhh! ¡Nooo! ¡Aaaghhh! —Fernando se retorcía, atrapado entre el deseo y el tormento, mientras ella lo consumía con una pasión desbordada, tan violenta como inhumana.
Cada movimiento suyo era una mezcla de éxtasis, orgasmos y destrucción, un frenesí que rompía toda lógica.
—Mmmhhh… ¡Aaasssiii! ¡Aaahhhggg! ¡Aaahhh! ¡Aaaahhh! ¡Aaahhhggg! —gritaba ella, con una voz que ya no era del todo humana, mientras su cuerpo se estremecía en una danza macabra de placer y castigo hasta acabar.

La oscuridad lo devoraba. Los gemidos llenos de crueldad se desvanecieron, dejando solo el silencio y las penumbras sobre el cuerpo ensangrentado de Fernando, tendido en el viejo colchón blanco, ahora teñido de carmesí.

En su agonía, Fernando no dejaba de pensar en su esposa. En su mente le pedía perdón, aunque sabía que ella jamás volvería a verlo. Arrepentido por haber fallado a su promesa de amor, por romper su compromiso por un desliz, comprendía que su muerte había sido provocada por un demonio disfrazado de mujer cautivadora, escondido bajo aquella piel blanca y vestido color sangre.

A la mañana siguiente, Luz despertó con un grito ahogado, buscando a su esposo con desesperación. Su mente estaba atrapada en un torbellino de celos y rabia, imaginándolo en los brazos de la dueña de la hacienda, recreando escenas en su cabeza donde Fernando se divertía y se mofaba, mientras seguía intimando con ella.

El aire estaba cargado de un olor a tristeza y descomposición, como si el lugar mismo revelara la ausencia de una vida más. Cada paso que daba resonaba en la tranquilidad fúnebre, un silencio que parecía burlarse de su angustia. El suelo crujía bajo sus pies, y el polvo se levantaba en nubes grises, envolviéndola en una neblina opresiva.

De repente, su corazón comenzó a latir más rápido, como un tambor frenético que retumbaba en sus oídos. El miedo la invadió, helándole la piel.

—Esto no puede ser real… —pensó Luz, al mirar a su alrededor, todo colapsado, mientras sus ojos se adaptaban lentamente a la penumbra.

Lo que antes había sido una lujosa hacienda ahora se presentaba como un laberinto de muros agrietados, a punto de derrumbarse. Los muebles, cubiertos de polvo y telarañas, parecían susurrar lamentos en el aire cargado de misterio. Cada rincón exhalaba abandono, como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí para siempre.

Un crujido resonó en la distancia, como si alguien se moviera entre las sombras.

—¿Fernando? —gritó, con la voz temblorosa.

—¡Luuuz! —respondió una voz apagada desde la oscuridad, haciendo que su corazón se detuviera por un instante.

El eco de aquella voz cansada se perdió en el aire, y el silencio que siguió fue como el de un funeral.

Luz se detuvo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda al mirar los restos de lo que parecía ser la cabaña.

—¿Qué es esto? —se preguntó, mientras su mente se llenaba de imágenes grotescas. El olor a moho y algo más —algo putrefacto— la envolvía como una advertencia.

Con esfuerzo, dio un paso adelante. El sonido de su respiración entrecortada resonaba en el vacío.

La iluminación tenue que entraba por las ventanas rotas proyectaba sombras alargadas que se plasmaban en las paredes, como figuras espectrales que la observaban.

Mientras avanzaba poco a poco, Luz sintió que la locura la acechaba. En su mente, la imagen de Fernando en los brazos de la señora Olivia se repetía como un mantra, un silencio de traición anunciada que la rompía por dentro, como si cayera a un abismo.

—¡Fernando! —gritó con tanta fuerza que su voz se desgarró entre la furia y el miedo, resonando como un desconsuelo desesperado.

Pero en lugar de respuesta, un susurro helado recorrió la habitación, como si la casa misma le advirtiera que había cruzado un umbral del que no podría regresar.

—¡Fernando, por favor! ¡Aparece! —clamó, mientras las lágrimas comenzaban a brotar. Su amor por él la empujaba, aunque se perdiera en la oscuridad.

Corrió con el corazón agitado, sus pasos retumbando bajo la inquietud que presionaba su pecho, hasta llegar a aquella habitación.

Allí, sobre un viejo colchón sucio y roto, yacía el cadáver de su esposo. Sobre él, el vestido de la señora Olivia lo cubría, pero estaba desgastado y lleno de polvo, como si hubiera sido arrastrado por el tiempo y la tragedia.

El horror se apoderó de Luz al ver más de cerca la seda translúcida. La tela dejaba entrever el cuerpo de Fernando, abierto por el pecho, envuelto en sangre que emanaba de sus entrañas. Los órganos parecían haber sido arrancados con violencia, dejando un hueco profundo donde solía latir su corazón.

La escena era tan mórbida que Luz no podía dejar de llorar. Sus lágrimas caían como un torrente incontrolable, mientras luchaba por no vomitar ante el impacto de ver el cadáver destrozado de su esposo.

—¡Nooo, nooo, noooooo...! —murmuró incrédula, tratando de no perder la razón, al mismo tiempo que intentaba retirar los trapos de aquella mujer.

Pero su mirada cambió de rumbo. Arriba de la cabecera de madera de la cama, había un mensaje escrito con letras sangrantes que no dejaban de chorrear, igual que el líquido vital que salía del cuerpo de Fernando en ligeros hilos carmesí. El eco de la desesperación se impregnaba en cada rincón:

Lo siento… mi amor… en verdad… lo siento...

Luz se dejó caer de rodillas, rompiendo en un grito desconsolado que se convirtió en un llanto desgarrador.

—¡Noooooo... Aaaaaahaaaaaahaaaaahaaaaaahaaaaaa…! —su voz llenaba la habitación como un lamento que no encontraba consuelo.

Sus manos temblorosas tocaban el vestido desgastado, atrapada en una lucha interna entre el amor y el odio que sentía. Había sido engañada con la señora Olivia, pero también estaba devastada por la pérdida de su ser amado. Una oleada de recuerdos la invadió: las risas compartidas, los momentos de ternura… y ahora, todo se había desvanecido en un instante macabro.

—¡Me prometiste que siempre estarías a mi lado! ¡Me lo prometisteee…! —explotó entre gritos, repitiéndolo una y otra vez, sintiendo cómo el dolor la consumía. Pero solo el eco de su propia desesperación le respondió.

Con un último grito de dolor, Luz se dejó caer al suelo, entre las ruinas de lo que alguna vez fue una hermosa hacienda. Su llanto resonó en la habitación vacía, un lamento que se perdería en la oscuridad por el resto de sus días.

Hasta la fecha, Luz sigue de luto, vagando por las calles de aquel pueblo colombiano, preguntándose por qué su esposo la abandonó cuando apenas comenzaban su vida de casados.

Algunos lugareños relatan que el alma de los incautos e infieles como Fernando queda atrapada en la antigua hacienda, donde sus lamentos se escuchan cada vez que un visitante se adentra en sus territorios o se atreve a cruzar el camino.

Muchos afirman haber visto, entre las ruinas cubiertas de maleza, la sombra de una dama de figura seductora, que se desliza entre los escombros como si esperara a su próxima víctima. Posiblemente sea la bella señora Olivia Manríquez… o como la llaman los pueblerinos: la bruja nagual.

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