"La belleza puede ser... un engaño fatal..."
Una feliz pareja de recién casados comenzó su travesía de vida juntos
viajando en avión desde la Ciudad de México hasta la tierra de la eterna
primavera: Colombia. Como regalo de luna de miel por parte de sus padres, Luz y
Fernando acordaron disfrutar de una travesía por el mar de Cartagena.
Al llegar a un viejo poblado, a unos minutos del lugar donde se
hospedaban, se lanzaron en busca de aventuras, sintiéndose como exploradores al
descubrir un mundo nuevo para ellos. Las calles empedradas se adornaban entre
casas de colores vibrantes, el aire fresco traía consigo el aroma de la arena
mojada, que venía tras una reciente lluvia. Minutos después, el cielo coronó el
paisaje con un bello arcoíris.
Tras pasear por el mercado local, donde los vendedores ofrecían frutas
frescas y artesanías, decidieron entrar en una acogedora fonda que les había
sido recomendada por la gente del lugar. El sonido de las risas y las
conversaciones animadas llenaba el aire, mientras el aroma de la comida casera
se mezclaba con el de las flores que engalanaban las mesas.
—Este lugar es encantador —murmuró Luz, fascinada, mientras sus ojos
verdes como lagunas brillaban con la luz de la felicidad.
—Sí… tiene un aire especial —asintió Fernando, sintiendo que cada rincón
del pueblo contaba una historia.
Tomaron asiento en una mesa de madera rústica, con vista a un pequeño
jardín lleno de flora silvestre. Los minutos pasaban con dulzura, haciendo que
la espera por la comida fuera más amena. En una esquina, músicos callejeros se
habían instalado con dicha, acompañados de sus instrumentos. Las notas alegres
iban llenando el ambiente, deleitando tanto a turistas como a locales, hasta
que la pareja comenzó a mover los pies al ritmo.
—¿Te imaginas venir a bailar aquí cada día? —soltó Fernando, con una
sonrisa traviesa que revelaba cuánto disfrutaba estar con su recién esposa.
—¡Solo si me prometes que no me pisarás los pies! —replicó Luz,
tapándose la boca por la gracia que le dio su comentario, antes de regalarle un
dulce beso.
Una señora del lugar se acercó con amabilidad para ofrecerles el menú y
recomendarles uno de los platillos más típicos del país. Al mismo tiempo, les
llevó una muestra de lo que es un buen café colombiano. Ambos aceptaron la
bebida y las sugerencias con alegría. La espera se hizo aún más placentera con
un tintico caliente y recién hecho.
—Qué delicia es el café colombiano… me lo habían recomendado mis amigos,
pero no creí que fuera tan bueno —expresó Fernando, saboreando lentamente cada
sorbo—. Me voy a llevar como cuatro kilos, o más si se puede, para disfrutarlo
cada mañana junto a ti, mi amor.
—Vas a dejar al pueblo entero sin café —bromeó Luz, sin dejar de
mirarlo, sonriendo y jugueteando con la mano de su esposo.
Pasaron pocos minutos y la comida llegó a su mesa: un plato humeante de
la famosa bandeja paisa, acompañado de arepas y un jugo fresco de borojó. El
aroma era tan irresistible que Luz no pudo esperar más. Tomó un bocado y sus
ojos se iluminaron con el sabor.
—¡Oh, por Dios! ¡Esto está delicioso! —exclamó con entusiasmo, sintiendo
que su boca tocaba el cielo en cada mordisco, dejando ver muecas de felicidad
como si fuera una niña chiquita.
—No hay nada mejor que compartir esto contigo —susurró Fernando, sin
apartar la mirada de ella, sintiendo que cada momento a su lado se volvía más
intenso.
Mientras saboreaban la comida, sus manos se entrelazaron sobre la mesa.
Parecía como si el destino los hubiera reencontrado, dejando ver en sus ojos un
amor a primera vista, como el de un par de adolescentes enamorados.
—Este es solo el comienzo de nuestra aventura —declaró Fernando, con la
voz cargada de emoción y la sonrisa de quien vive un sueño.
—Y yo no podría ser más hermosa ni más feliz que a tu lado —respondió
Luz con efusividad, sintiendo que cada palabra era un lazo que los unía más y
más.
A unas cuantas mesas, un señor ya mayor no dejaba de observarlos con una
mirada penetrante que incomodaba a más de uno. Pero a ellos no parecía
importarles; seguían celebrando su amor entre risas y un par de aguardienticos
que les habían sido ofrecidos por cortesía de la dueña del lugar.
Al terminar de comer, se levantaron para dar un paseo por el jardín de
la fonda. Las mariposas revoloteaban entre las flores, y el canto de los
pájaros tejía una melodía suave.
—¡Mira esa flor! —exclamó Luz, deteniéndose para admirar una orquídea de
colores vibrantes.
—Cualquier flor aquí haría juego con tu bello rostro —susurró Fernando
al oído de ella, aprovechando el momento para abrazarla por detrás.
—Y tú, con tu cariño, me haces florecer —respondió sonrojada Luz,
mientras giraba lentamente, posando sus ojos con ternura en los de él,
fundiéndose en un suave y largo beso, justo cuando el sol comenzaba a ponerse,
tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados.
La escena romántica fue interrumpida de golpe por el mismo señor que los
había estado observando desde lejos. Se acercó con paso lento, mientras una
sonrisa algo perturbadora se dibujaba en su rostro, dejando entrever que algo
se traía entre manos.
—Escuché que no son de por aquí —comentó el misterioso hombre, clavando
su mirada en Luz de abajo hacia arriba, como si quisiera memorizar cada detalle
de su belleza—. Hoy tendremos un evento en una de las fincas que está a un par
de horas de aquí —agregó, señalando con su brazo izquierdo hacia una zona
alejada, detrás del jardín—. Va a ser una fiesta agradable, y me gustaría
invitarles a conocer un poco más de nuestras tradiciones.
—¡Pero por supuesto! ¿Cómo perdernos una fiesta en este hermoso lugar?
—respondió al instante Luz con alegría, sin soltar la mano de su pareja.
—Muchas gracias. Sería un lindo recuerdo para mi mujer y para mí —añadió
Fernando, abrazando a su esposa con calidez.
—Partimos al anochecer —anunció el anciano—. Aquí los esperaré para
llevarlos conmigo —señaló hacia la entrada de la fonda, sonriendo de forma
turbia y desafiante, antes de despedirse con cortesía. Alzó su sombrero como
muestra de respeto y salió por la puerta, perdiéndose entre las sombras del
atardecer.
Después de ello, se sentaron en un banco del jardín, disfrutando de la
tranquilidad del lugar. El murmullo del viento entre los árboles y el canto
lejano de las aves le daban ese toque mágico que parecía sacado de un sueño.
—Prometamos volver aquí algún día —susurró entre suspiros Luz, mirando
el horizonte con una sonrisa serena.
—Lo prometo —afirmó Fernando, asintiendo con dulzura, sabiendo que cada
viaje juntos sería un nuevo capítulo en su historia.
Sin que se dieran cuenta, entre tanto romance cayó la noche. Los pájaros
guardaron silencio, cediendo el turno a los animales nocturnos que comenzaban a
dejarse escuchar. La brisa se detuvo, y el frío llegó de forma repentina, como
si el aire mismo les advirtiera que algo se avecinaba.
La misma persona de edad avanzada, con aquella aura enigmática que los
había abordado antes, venía caminando hacia ellos. Sin pronunciar palabra, se
detuvo frente a la pareja y, con un gesto lento de la mano, les indicó que lo
siguieran. A unos metros más adelante, otras personas también comenzaban a
reunirse junto a lo que parecía un viejo autobús, oxidado pero aún funcional,
que los llevaría al lugar prometido.
Uno a uno comenzaron a subir, hasta que todos estuvieron acomodados en
sus asientos. La luna llena iluminaba cada tramo del recorrido con una claridad
casi sobrenatural. Luz, sin embargo, no lograba sentirse del todo tranquila. Se
removió en su asiento, inquieta, hasta que la mirada de Fernando —tierna y
cálida como una caricia— le devolvió algo de paz.
El transporte arrancó, dejando atrás aquel bello restaurante. Sin decir
más, Luz se acomodó entre los brazos de su marido, le dejó un beso en la
mejilla y se acurrucó en su pecho, mientras tomaba un abrigo para cubrirse del
frío que se colaba por las ventanas.
Un par de horas más tarde, la tenue luminosidad del camino reveló un
sendero oculto entre la vegetación. Al fondo, se divisaba la entrada al recinto
donde se celebraría la fiesta. A lo lejos, se veían luces titilantes y se
escuchaba música regional colombiana, entremezclada con risas y cantos que
sugerían que la gente se lo estaba pasando bien.
El autobús comenzó a disminuir la velocidad, y los pasajeros,
contagiados por la emoción, se removían en sus asientos, impacientes por
integrarse a la celebración.
—Hemos llegado —anunció con voz ronca el anciano, evitando
cuidadosamente el contacto visual con los demás—. Bajen con cuidado y disfruten
de la fiesta —añadió, alzando su sombrero en señal de bienvenida. Sin embargo,
lo bajó de inmediato, cubriéndose el rostro con una expresión que parecía
esconder algo más que simple cansancio.
A nadie pareció importarle. Uno tras otro fueron descendiendo, tomando
sus pertenencias y formándose afuera del vehículo, ansiosos por seguir al
hombre que los guiaría hasta el interior del lugar.
—Síganme —indicó con voz eufórica el viejo conductor, mientras señalaba
el camino con una mano y sostenía en la otra una lámpara de aceite que
proyectaba sombras danzantes sobre los árboles.
La fiesta ya había comenzado. La feliz pareja aceleró el paso,
contagiada por la alegría, al ver aquel despliegue de luces y adornos. No
tenían palabras para describir lo que veían: parecía un rincón encantado,
suspendido entre la realidad y la fantasía.
A unos pasos más, apareció una mujer de porte refinado. Se trataba de la
dueña del recinto: la señora Olivia Manríquez, quien salió a recibirlos como
sus invitados.
—Muy buenas noches y bienvenidos a mi humilde hacienda —exclamó con
alegría y entusiasmo, alzando los brazos hacia el cielo en señal de
agradecimiento—. Hoy estoy aquí para celebrar otra vuelta al sol. Adelante,
pueden beber y comer lo que gusten, mis agradables visitantes.
Fernando, al igual que los demás invitados, quedó cautivado por su
belleza. No podía creer que existiera una mujer tan deslumbrante en un lugar
tan escondido, oscuro y alejado del pueblo.
La señora Olivia parecía pintada a mano: su piel, tan clara como la luna
nueva, daba la impresión de que al tocarla se rompería como porcelana. Sus
ojos, dos luceros turquesa, reflejaban enigmas profundos, como si uno pudiera
sumergirse en sus secretos, en lagos de agua dulce. Su cabello castaño, con
matices claros y oscuros como el café, caía en suaves caireles que se perdían
en la noche, deslizándose por su espalda desnuda y ocultando su esbelta figura
como un velo de misterio
Su rostro irradiaba una delicadeza angelical, como si la belleza misma
hubiera decidido encarnarse en ella. Sus labios, dos pétalos de rosa
perfectamente formados en un corazón delicado, se movían con una gracia
hipnótica cada vez que hablaba. Era como si sus palabras fueran susurros
encantados, capaces de seducir hasta a los elementos del bosque. Irresistibles,
invitaban a ser tocados, a ser besados, a ser explorados… con una textura
gruesa y mordible, como frutos rojos que se exprimen entre los labios, dejando
caer lo dulce y jugoso, igual que la pasión, igual que el deseo.
Sus curvas,
delineadas con precisión casi divina, desataban fantasías carnales entre los
presentes. Caminaba como si flotara, con sus torneadas piernas marcando el
ritmo de una danza silenciosa. Iba envuelta en un vestido rojo sangre,
ligeramente corto, que dejaba entrever más de lo permitido. El escote
pronunciado enmarcaba sus senos prominentes con descarada elegancia, y la tela,
casi transparente, revelaba con sutileza los detalles perfectos de aquella
figura espectacular. Era una visión que desafiaba la lógica, una aparición que
parecía esculpida por la lujuria misma.
El perfume que la envolvía era una sinfonía de notas florales y dulces:
la dulzura de las rosas hablaba de su romanticismo innato; el jazmín susurraba
secretos de seducción; y el lirio de los valles aportaba frescura y pureza,
todo engalanado en un buqué avainillado que parecía gravitar a su alrededor.
Era como si la naturaleza misma hubiera decidido rendirle homenaje.
Al acercarse, uno no podía evitar sentirse atraído por su aura. Su
presencia relataba una narrativa de amor y anhelo, de sueños compartidos, de
secretos guardados.
Su cintura, delgada como la de una adolescente, contrastaba con la voz
provocativa que dejaba claro que era toda una mujer. Al mover sus caderas,
parecía deslizarse entre la gente, levitando en su vestido como una visión
imposible.
Luz se dio cuenta de que su esposo estaba completamente distraído,
hipnotizado. Su dulzura se tornó en molestia, y esta fue subiendo hasta
convertirse en un enojo envuelto en celos. Tomó el rostro de Fernando con
firmeza, lo llevó hasta sus labios y lo besó con coraje, con pasión, marcando
territorio. Lo dejó lleno de marcas de labial, tantas como pudo, como si cada
una fuera una advertencia silenciosa.
—Oye, tu esposa soy yo, ¿ok? —espetó Luz, molesta y territorial, sin
apartar la mirada de los ojos de Fernando, como si quisiera marcarlo con la
intensidad de su posesión.
—Lo sé, amor… lo sé —respondió él con voz pausada, intentando calmar las
aguas.
Entre el alcohol, la música y el baile, las horas se desvanecieron hasta
que el reloj marcó las tres de la mañana. Los invitados, uno a uno, caían
rendidos por el cansancio y la embriaguez.
Luz, vencida por el sueño, se acomodó en uno de los tantos sofás del
salón. Mientras tanto, Fernando permanecía despierto, con la mente atrapada en
la imagen de la bella dueña de la casa. Para despejarse, decidió dar un paseo
por los alrededores, aprovechando que su esposa dormía plácidamente.
Caminó sin rumbo fijo hasta llegar a una cabaña apartada, donde por
casualidad encontró a la señora Olivia. Ella, con una copa de vino en mano,
contemplaba la luna llena, cautivada por su esplendor.
—Muy linda hacienda tiene, señora Olivia —comentó Fernando con tono
admirativo, sin dejar de observar el entorno—. Y la fiesta… ni se diga. Muchas
gracias por habernos invitado a mi esposa y a mí.
La hermosa dama alzó su copa en el aire, brindando sin dejar de mirar
cómo él se acercaba.
—Por favor, dígame Olivia —respondió con suavidad, mientras deslizaba su
mano por sus piernas con una elegancia provocadora—. Es un gusto, y un placer,
que usted haya sido parte de mis invitados —añadió, con una mirada que parecía
envolverlo.
—¿Le gustaría acompañarme con otra copa de esta delicia? —invitó,
alzando la voz con tono persuasivo, justo cuando un poco de vino se derramó por
su escote, deslizándose por la suavidad de sus exuberantes pechos y manchando
levemente las telas que portaba—. Qué tonta soy… ya manché mi vestido. Creo que
he bebido demasiado esta noche.
Fernando, sin pensarlo demasiado, aceleró el paso hasta donde estaba la
mujer. Tomó una copa y comenzó a beber lentamente, intentando fijar la mirada
en el collar de rubíes que ella llevaba, aunque sus ojos y su imaginación se
desviaban hacia pensamientos lujuriosos, deseando lamer las gotas de vino que
aún resbalaban por su piel expuesta.
Olivia se levantó de forma repentina y comenzó a caminar hacia el
interior de la cabaña. Con cada paso, una prenda suya quedaba atrás, marcando
el camino como si fuera una invitación peligrosa. La tela, impregnada con su
aroma dulce, lo guiaba hacia una tentación que se volvía más intensa con cada
segundo.
Fernando
sabía que, a pocos metros, su esposa dormía. Pero no podía evitar seguir con la
mirada la silueta desnuda que se movía con una cadencia hipnótica. La mujer
jugueteaba con sus caderas y acariciaba sus senos con lentitud, soltando
sonidos provocativos que parecían envolver el aire. Bajo la tenue luz, se
deslizaba como una visión imposible, una figura que desafiaba la lógica y lo
arrastraba hacia el abismo del deseo.
Perdido en la lujuria, comenzó a desvestirse y se adentró en la cabaña.
Allí, la sensual mujer lo esperaba en una vieja cama. Con suaves jadeos lo
atraía como una abeja a la miel, su belleza intacta, su cuerpo entregado entre
finos frotes que iban desde sus piernas hasta su sexo incitándolo a intimar con
ella.
Lo llamaba con gestos, con susurros, con una danza de deseo que lo
envolvía por completo.
Hechizado, se abalanzó sobre aquella hermosa mujer, dando rienda suelta
a sus más bajas pasiones, mientras los gemidos de ella resonaban por toda la
habitación. El aroma sexual se intensificaba, envolviéndolos en una atmósfera
embriagadora de momentos eróticos y mucho placer carnal quedaban pie a consumar
el acto.
Pero en medio del calor del momento, algo comenzó a perturbarlo. Al
tocarla más y más, la piel de aquella mujer parecía desprenderse como arcilla
entre sus dedos. Pensó que era el efecto del alcohol, así que se dejó seguir
guiando por la pasión.
Sin embargo, cuanto más se entregaba, más emergía un olor putrefacto que
ni el exquisito perfume de ella podía disimular. Era como si estuviera tocando
un cuerpo en descomposición.
La forma perfecta de la señora Olivia —su piel suave como la seda, su
dulce esencia que embriagaba el aire— se desvanecía lentamente en una
abominación. En los brazos de Fernando, aquella belleza se transformaba en una
aberración sacada del mismo averno.
—¿Le gusta, Fernando? —exclamó con voz excitada, mientras gemía y
jadeaba seductoramente sin dejar de estar sobre él—. Es lo que deseaba, ¿no es
así? —repetía una y otra vez, mientras su tono terso se tornaba poco a poco siniestro.
—¡Hnnngg! ¡Aaahhh! —Fernando se estremecía, atrapado entre el placer y
el terror.
—¡Graaawww! ¡Raaaghhh! —su voz seductora se desvanecía, transformándose
en gruñidos guturales, como si una bestia hubiera tomado el control de su
cuerpo.
Las uñas y los dientes de aquella mujer se hundían en su piel con un
sadismo que helaba la sangre.
—¡Craaaack! —el sonido de carne y huesos desgarrándose resonó en la
habitación como un trueno infernal.
—¡Por favor! ¡Detente! —suplicó Fernando con un grito desgarrador,
mientras sus gemidos de agonía se alzaban como ecos en la oscuridad.
—¡Aaaahhhhhh! ¡Uuuuuuaaaaghhh! —su voz se quebraba, ahogada por el
dolor.
La luz de la luna, tenue y temerosa, iluminaba el viejo colchón, donde
la sangre caía formando charcos escarlatas. Donde antes había una boca sensual,
ahora se abría un hocico largo y deformado, con colmillos afilados que
brillaban como cuchillas mientras sus garras largas desgarraban las entrañas de
Fernando.
—Todo tiene un precio… incluso tenerme en su cama —susurró lo que alguna
vez fue una dama, antes de estallar en una risa sádica que reverberaba en las
paredes como un canto macabro.
—¡Hahaha! ¡Hahahaaa! ¡Haaahaaaahaaa! ¡HAA-HAA-HAA-HAA-HAAAA! —la
carcajada opacó hasta el silencio de la madrugada.
—¡No! ¡Piedad! —chilló Fernando con la poca voz que le quedaba,
sintiendo cómo las sombras lo envolvían, alimentándose de su miedo.
—¡Uuuuaaaahhh! ¡Aaahhhggg! ¡Nnnnnggggghhh! —susurros y murmullos se
mezclaban en el aire, como una sinfonía de locura que lo arrastraba hacia el
abismo.
Los ojos de la mujer, antes llenos de vida, tan verdes y brillantes,
ahora eran dos lagos de sangre consumidos por el sadismo.
—Mi querido Fernando… ya es mi presa —repetía ella, mientras su risa se
expandía por las paredes, llenando el aire con un terror palpable—. ¡Hahahaaa!
¡Haaa-Haaa-Haaa-Haaa-Haaaaaaa!
Las carcajadas enloquecidas al igual que los gritos de placer de la
señora Olivia se entrelazaban con los alaridos y súplicas del pobre hombre.
—¡Aaaahhh! ¡Nooo! ¡Aaaghhh! —Fernando se retorcía, atrapado entre el deseo y el
tormento, mientras ella lo consumía con una pasión desbordada, tan violenta
como inhumana.
Cada movimiento suyo era una mezcla de éxtasis, orgasmos y destrucción, un
frenesí que rompía toda lógica.
—Mmmhhh… ¡Aaasssiii! ¡Aaahhhggg! ¡Aaahhh! ¡Aaaahhh! ¡Aaahhhggg! —gritaba ella,
con una voz que ya no era del todo humana, mientras su cuerpo se estremecía en
una danza macabra de placer y castigo hasta acabar.
La oscuridad lo devoraba. Los gemidos llenos de crueldad se
desvanecieron, dejando solo el silencio y las penumbras sobre el cuerpo
ensangrentado de Fernando, tendido en el viejo colchón blanco, ahora teñido de
carmesí.
En su agonía, Fernando no dejaba de pensar en su esposa. En su mente le
pedía perdón, aunque sabía que ella jamás volvería a verlo. Arrepentido por
haber fallado a su promesa de amor, por romper su compromiso por un desliz,
comprendía que su muerte había sido provocada por un demonio disfrazado de
mujer cautivadora, escondido bajo aquella piel blanca y vestido color sangre.
A la mañana siguiente, Luz despertó con un grito ahogado, buscando a su
esposo con desesperación. Su mente estaba atrapada en un torbellino de celos y
rabia, imaginándolo en los brazos de la dueña de la hacienda, recreando escenas
en su cabeza donde Fernando se divertía y se mofaba, mientras seguía intimando
con ella.
El aire estaba cargado de un olor a tristeza y descomposición, como si
el lugar mismo revelara la ausencia de una vida más. Cada paso que daba
resonaba en la tranquilidad fúnebre, un silencio que parecía burlarse de su
angustia. El suelo crujía bajo sus pies, y el polvo se levantaba en nubes
grises, envolviéndola en una neblina opresiva.
De repente, su corazón comenzó a latir más rápido, como un tambor
frenético que retumbaba en sus oídos. El miedo la invadió, helándole la piel.
—Esto no puede ser real… —pensó Luz, al mirar a su alrededor, todo
colapsado, mientras sus ojos se adaptaban lentamente a la penumbra.
Lo que antes había sido una lujosa hacienda ahora se presentaba como un
laberinto de muros agrietados, a punto de derrumbarse. Los muebles, cubiertos
de polvo y telarañas, parecían susurrar lamentos en el aire cargado de
misterio. Cada rincón exhalaba abandono, como si el tiempo hubiera decidido
detenerse allí para siempre.
Un crujido resonó en la distancia, como si alguien se moviera entre las
sombras.
—¿Fernando? —gritó, con la voz temblorosa.
—¡Luuuz! —respondió una voz apagada desde la oscuridad, haciendo que su
corazón se detuviera por un instante.
El eco de aquella voz cansada se perdió en el aire, y el silencio que
siguió fue como el de un funeral.
Luz se detuvo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda al mirar
los restos de lo que parecía ser la cabaña.
—¿Qué es esto? —se preguntó, mientras su mente se llenaba de imágenes
grotescas. El olor a moho y algo más —algo putrefacto— la envolvía como una
advertencia.
Con esfuerzo, dio un paso adelante. El sonido de su respiración
entrecortada resonaba en el vacío.
La iluminación tenue que entraba por las ventanas rotas proyectaba
sombras alargadas que se plasmaban en las paredes, como figuras espectrales que
la observaban.
Mientras avanzaba poco a poco, Luz sintió que la locura la acechaba. En
su mente, la imagen de Fernando en los brazos de la señora Olivia se repetía
como un mantra, un silencio de traición anunciada que la rompía por dentro,
como si cayera a un abismo.
—¡Fernando! —gritó con tanta fuerza que su voz se desgarró entre la
furia y el miedo, resonando como un desconsuelo desesperado.
Pero en lugar de respuesta, un susurro helado recorrió la habitación,
como si la casa misma le advirtiera que había cruzado un umbral del que no
podría regresar.
—¡Fernando, por favor! ¡Aparece! —clamó, mientras las lágrimas
comenzaban a brotar. Su amor por él la empujaba, aunque se perdiera en la
oscuridad.
Corrió con el corazón agitado, sus pasos retumbando bajo la inquietud
que presionaba su pecho, hasta llegar a aquella habitación.
Allí, sobre un viejo colchón sucio y roto, yacía el cadáver de su
esposo. Sobre él, el vestido de la señora Olivia lo cubría, pero estaba
desgastado y lleno de polvo, como si hubiera sido arrastrado por el tiempo y la
tragedia.
El horror se apoderó de Luz al ver más de cerca la seda translúcida. La
tela dejaba entrever el cuerpo de Fernando, abierto por el pecho, envuelto en
sangre que emanaba de sus entrañas. Los órganos parecían haber sido arrancados
con violencia, dejando un hueco profundo donde solía latir su corazón.
La escena era tan mórbida que Luz no podía dejar de llorar. Sus lágrimas
caían como un torrente incontrolable, mientras luchaba por no vomitar ante el
impacto de ver el cadáver destrozado de su esposo.
—¡Nooo, nooo, noooooo...! —murmuró incrédula, tratando de no perder la
razón, al mismo tiempo que intentaba retirar los trapos de aquella mujer.
Pero su mirada cambió de rumbo. Arriba de la cabecera de madera de la
cama, había un mensaje escrito con letras sangrantes que no dejaban de
chorrear, igual que el líquido vital que salía del cuerpo de Fernando en
ligeros hilos carmesí. El eco de la desesperación se impregnaba en cada rincón:
Lo siento… mi amor… en verdad… lo siento...
Luz se dejó caer de rodillas, rompiendo en un grito desconsolado que se
convirtió en un llanto desgarrador.
—¡Noooooo... Aaaaaahaaaaaahaaaaahaaaaaahaaaaaa…! —su voz llenaba la
habitación como un lamento que no encontraba consuelo.
Sus manos temblorosas tocaban el vestido desgastado, atrapada en una
lucha interna entre el amor y el odio que sentía. Había sido engañada con la
señora Olivia, pero también estaba devastada por la pérdida de su ser amado.
Una oleada de recuerdos la invadió: las risas compartidas, los momentos de
ternura… y ahora, todo se había desvanecido en un instante macabro.
—¡Me prometiste que siempre estarías a mi lado! ¡Me lo prometisteee…!
—explotó entre gritos, repitiéndolo una y otra vez, sintiendo cómo el dolor la
consumía. Pero solo el eco de su propia desesperación le respondió.
Con un último grito de dolor, Luz se dejó caer al suelo, entre las
ruinas de lo que alguna vez fue una hermosa hacienda. Su llanto resonó en la
habitación vacía, un lamento que se perdería en la oscuridad por el resto de
sus días.
Hasta la fecha, Luz sigue de luto, vagando por las calles de aquel
pueblo colombiano, preguntándose por qué su esposo la abandonó cuando apenas
comenzaban su vida de casados.
Algunos lugareños relatan que el alma de los incautos e infieles como
Fernando queda atrapada en la antigua hacienda, donde sus lamentos se escuchan
cada vez que un visitante se adentra en sus territorios o se atreve a cruzar el
camino.
Muchos afirman haber visto, entre las ruinas cubiertas de maleza, la
sombra de una dama de figura seductora, que se desliza entre los escombros como
si esperara a su próxima víctima. Posiblemente sea la bella señora Olivia
Manríquez… o como la llaman los pueblerinos: la bruja nagual.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario