"No todo tesoro, es una bendición…"
En una hermosa noche de luna nueva, cuando el mar se vestía de sombras y el oleaje lamía la arena con un compás hipnótico, Karla y Darío caminaban descalzos, dejando que el agua tibia les acariciara los tobillos como dedos invisibles.
Eran una pareja joven, enamorada, prometida. Habían decidido que su luna de miel no sería un destino, sino un viaje sin mapa, una travesía por cada rincón que sus cuerpos pudieran explorar juntos.
—Soy una loca amante de la luna —dijo Karla, girando sobre sí misma, con los brazos abiertos al cielo negro—. No hay mejor forma de despedirnos de este lugar.
—Por eso me enamoré de ti —respondió Darío, acercándose para abrazarla—. Cuando bailas, es como mirar un paisaje que se puede tocar.
—¡Mira que soy como una estrella fugaz! ¡Eeehhh! ¡Ahora me ves! ¡Ahora no! —gritó Karla, escapando entre risas, empujándolo al suelo con una risa traviesa.
—¡Tramposa! Vas a ver cuando te atrape, chaparra endemoniada —vociferó él, fingiendo enojo mientras se sacudía la arena.
Pero antes de alcanzarla, Darío tropezó con algo oculto bajo la arena. Cayó de cara, sin hacerse daño, aunque su camisa blanca quedó manchada de tierra húmeda.
—¡¿Cariñooo?! ¿Estás bien? —gritó Karla, corriendo hacia él con el ceño fruncido.
—¡Aay! ¡Qué buen ranazo me metí! —gruñó él, incorporándose. Entonces lo vio.
Allí, semienterrada, había una pequeña caja metálica, corroída por la sal del mar, con un tono dorado envejecido y un candado diminuto, oxidado. La tomó con una mano, mientras con la otra se sacudía la arena de los pantalones.
—¡Amor! ¡Fíjate por dónde pisas! Ya sé que te robo la mirada, pero no es para tanto… ¡Oye! ¿Me estás escuchando? —reclamó Karla, chasqueando los dedos al ver a su pareja hipnotizada, con la caja entre las manos.
Darío no respondió. Movió el seguro con cuidado, y el candado cedió con un clic seco. Dentro, descansaba una sortija antigua, con un diamante púrpura que parecía latir con luz propia.
—¡Woooow! ¡Es una sortija! ¡Qué hermosa está! —exclamó Karla, arrebatándosela con una risa infantil.
—Parece una reliquia —murmuró Darío, rascándose la cabeza, sin importarle la tierra que aún le cubría el rostro.
Karla se colocó el anillo en el dedo anular y comenzó a girar sobre la arena, como si estuviera poseída por una alegría desbordada. El anillo brillaba con un fulgor extraño, casi líquido.
—Tiene un diamante morado… nunca había visto algo así —susurró, fascinada, sin apartar la vista de su mano.
Darío, al regresar con la caja, le tomó la mano con firmeza.
—Dámelo, Karla.
—¿Qué haces? ¡regrésamelo! —protestó ella, forcejeando como una niña a la que le quitan su juguete nuevo.
—No, amor. Tenemos que averiguar de quién es. ¿Te gustaría que alguien se quedara con tu anillo si lo perdieras? —dijo él, con tono serio.
Guardó la sortija en la caja y la metió en el bolsillo de su pantalón. Karla lo miró con rabia, como si la hubieran castigado. Sin decir palabra, se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso al hotel, con pasos duros, como si cada huella fuera una herida.
Detrás de ellos, el mar susurraba algo que ninguno entendió. Todavía.
—¡Cariño, no te enojes! ¡Veeennn! —exclamó Darío entre leves súplicas, desde la lejanía, intentando que su mujer lo perdonara.
Pasaron unos minutos hasta que llegaron a la recepción del hotel. Karla caminaba con pasos duros, y al llegar al mostrador comenzó a golpear la campanilla con insistencia, como si descargara su rabia en cada ding metálico.
—¡Ya, amor! Se van a molestar —advirtió Darío, nervioso, al ver que su mujer no dejaba de tocar la campana.
Segundos después, apareció la recepcionista. Se notaba que había corrido al escuchar el escándalo.
—Disculpen la demora. Me tenían ocupada con un malentendido en el servicio a la habitación. ¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con amabilidad, aunque algo agitada.
—Mire, mi casi esposo —ese que viene todo aterrado detrás de mí— encontró una joya con un diamante morado en la playa… justo cuando el muy babas se fue de boca contra la arena —respondió Karla con sarcasmo, sin mirar a Darío.
Él no dijo nada. Solo sacó la caja corroída del bolsillo y la abrió frente a la recepcionista, revelando la sortija.
—Es muy bonita —dijo la mujer, observándola con atención—. Aunque no parece un diamante, sino una amatista. Nadie ha reportado la pérdida de algo tan valioso, y tampoco hay matrimonios registrados que pudieran haber traído una joya así. Tal vez sea de alguna señora mayor hospedada aquí. Puedo preguntar por la mañana, pero por ahora pueden llevársela. Si surge algo, me comunico a su habitación.
Karla, feliz, tomó la caja como una niña chiqueada. Salió dando brincos, sin notar que la reliquia se quedó en el mostrador. Aun así, se giró para darle a Darío un beso cerca de los labios antes de correr hacia el elevador.
Darío intentó alcanzarla, dejando un rastro de arena que se filtraba por sus pantalones tras una caída torpe.
Cuando llegó junto a ella, la vio abrir la caja con ansiedad. Su rostro cambió al instante: preocupación, frustración, algo más profundo.
—¿Dónde está? —preguntó Karla, con la voz quebrada, al no encontrar la sortija dentro del contenedor dorado.
Darío no respondió. Solo se metió al ascensor con las manos en los bolsillos, silbando como si nada pasara.
—Tú la tienes, ¿verdad? —exclamó Karla, entre molestia y alivio, apuntándolo con el dedo mientras él evitaba mirarla.
Ella corrió hacia él, lo arrinconó contra la estructura metálica del ascensor y pegó su cuerpo al suyo para impedirle escapar.
—¿Qué haces? Ya me estás manoseando antes de llegar a la recámara. Mmmhhh… qué golosa eres —bromeó Darío, haciendo muecas provocativas mientras Karla lo esculcaba con descaro.
—No seas bobo. Solo quiero mi sortija de regreso —replicó ella, entre pena y deseo, cuando sintió algo más que el cofre corroído.
Al fin sacó la caja. Tomó el anillo en la palma, lo miró con devoción y volvió a colocarlo en su dedo anular. Lo besaba, lo frotaba, como si fuera una joya hecha para ella… o como si la joya la reconociera.
—¿Cómo le haces para salirte con la tuya? —preguntó Darío, confundido, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Es la suerte. La misma que tú me das desde que te conocí —respondió Karla, entre besos, caricias y arrumacos que encendían la pasión.
Al llegar a la habitación, Karla estaba eufórica. Lo tomó de la camisa, lo jaló hasta la cama y se abalanzó sobre él. Guiaba su mano con intención, recorriendo cada parte de su cuerpo que se iba quedando desnudo, prenda tras prenda. El calor de los besos y las caricias crecía. Las telas se perdían por los rincones.
Y entonces, un ruido estrepitoso interrumpió el momento.
—¡Mi amor! ¡Espera, espera! —insistió Darío al escuchar cómo su celular comenzaba a sonar.
—¡No contestes! ¡Estoy con muchas ganas! —exclamó Karla, con la voz encendida por la excitación, mientras desabrochaba el pantalón de su pareja sin dejar de besarlo.
—Cariño… debo contestar —balbuceó él, entre jadeos, estirando la mano hacia el teléfono—. Solo serán unos minutos, te lo prometo…
Karla le lanzó una mueca de desprecio. Se levantó de la cama de forma abrupta, caminó hacia el baño y azotó la puerta con furia.
Dentro de la ducha, abrió la llave. El agua caliente golpeó su piel con fuerza, liberando vapor que pronto inundó el cuarto. Cerró los ojos, tratando de calmarse. Miró la sortija de amatista en su dedo. La tocó. Sintió un leve pulso. Como si el anillo respirara.
Ya más tranquila, encontró entre sus cosas una lencería negra de encaje, nueva, reservada para una ocasión especial. Se secó lentamente con una toalla afelpada, masajeando su cuerpo con crema perfumada de aroma dulce, que se mezclaba con el vapor como un hechizo.
Pero algo perturbó su paz.
Del otro lado de la pared, se escuchaban sonidos. Gemidos. Voces.
—Mmmhhh… ¡Aaasssiii! ¡Sigueee! —resonaba una voz femenina, intensa, húmeda, como si el placer se desbordara por las paredes—. ¡No pares, mi amor! ¡Nooo pareees!
Los ojos de Karla se dilataron. Salió del baño con la toalla aún enredada en su cuerpo, el corazón golpeando con furia. Corrió hacia la habitación.
La luz era tenue. Pero allí, sobre la cama, se dibujaba una silueta. Curvas que subían y bajaban con frenesí. Una mujer de piel blanca, casi translúcida, cabalgaba sobre Darío. Su cabello largo y negro cubría sus pechos. Una de las manos de él los sostenía. La otra estaba en la boca de ella, que lamía sus dedos con descaro.
Karla se quedó paralizada. Lágrimas de rabia le surcaban el rostro.
—¿Por qué, Darío? ¡¿Por quéeeee?! —gritó, pero nadie la escuchaba. Ni él. Ni ella. Seguían copulando como si Karla no existiera.
En un acto de desesperación, tomó una lámpara de noche y la estrelló contra sus cabezas. El objeto se rompió con un crack seco. La luz de la ventana reveló los pedazos esparcidos sobre la cama… y la sangre.
—¡Muéranse, malditos desgraciados! ¡Aaahhh! —vociferó, poseída por el rencor, y tomó un trozo afilado de cerámica.
—¡Chik! ¡Chik! ¡Chik! ¡Chik! ¡Chik! ¡Chik! —el filo se hundía una y otra vez en la carne de ambos. La mujer gemía aún, como si el dolor la excitara. Darío soltaba murmullos agónicos.
—¡Aaahhhggg! ¡Aaahhh! ¡¿Por quéeee?! ¡Bleeaaa! —fue lo último que dijo antes de que Karla le clavara la última puñalada, dejando que la sangre empapara las sábanas, el colchón, el suelo… y sus pies.
Luego, el silencio.
Karla cayó inconsciente, con el cuerpo cubierto de sangre y vapor.
Pasaron las horas. El sol ya se filtraba por las rendijas. Las trabajadoras de limpieza comenzaban su rutina.
—¡Servicio de limpieza! ¡Buenas tardes! —llamó una mucama desde el exterior, golpeando suavemente la puerta—. ¡Voy a entrar! ¡Espero no molestar!
Al no recibir respuesta, abrió. Las cortinas estaban cerradas. El cuarto, revuelto. Se acercó a las ventanas para dejar entrar la luz.
—Disculpen la interrupción… ¿Puedo pasar? —preguntó con voz gentil.
—¿Hola? Aaaaaahhhhhh… —gritó, cayendo de espaldas al suelo, al ver la escena frente a sus ojos.
La cama matrimonial estaba cubierta de sangre. Los cuerpos, entrelazados. El aire, espeso. Y en el centro de todo… la sortija de amatista brillaba con un fulgor púrpura, como si acabara de despertar.
Karla fue despertada por el grito de la señora que había entrado. Reposaba en un rincón del colchón, manchada desde los pies hasta la cabeza. Su cuerpo desnudo estaba envuelto en una sábana blanca teñida de carmesí.
—¿Qué pasa? —preguntó, mareada y confusa, por los gritos de la mucama.
—¿Por qué lo hizo? —exclamó la mujer, espantada, incapaz de asimilar la escena de horror—. ¡Yo los veía tan enamorados! ¿Por qué lo mató?
—¡¿No lo ve?! ¡Estaba con su amante! ¡Frente a mí! ¡El muy miserable fornicaba con ella! ¡Por eso los maté! ¡Se burlaron de mí! ¡Por eso los maté! —gritaba Karla, llorando de rabia, tirada en el suelo entre lágrimas—. ¡Por más que se lo supliqué… no se detenía! ¡No se detenía!
La señora del aseo se incorporó, intentando comprender a la joven cubierta de sangre. Miró cada rincón de la habitación, confundida.
—Disculpe… ¿cuál otra mujer? —preguntó, extrañada—. No hay nadie más que usted y yo.
Karla se levantó de golpe, dejando caer la sábana sin importarle su desnudez. Caminó lentamente hacia la cama. Y allí, para su horror, solo estaba Darío… o lo que quedaba de él.
El cuerpo era irreconocible. Múltiples puñaladas lo atravesaban desde el estómago hasta la cara. Una línea sangrienta recorría desde las entrepiernas hasta la garganta. Los ojos estaban pulverizados. El rostro, desfigurado por arañazos y cortes profundos, como si una fiera lo hubiera desgarrado.
Entonces, un flashback la golpeó.
Recordó cómo había tomado la lámpara de noche. Cómo la estrelló contra la cabeza de Darío. Cómo, con los pedazos, apuñaló a la mujer que creía ver. Cortes en los pechos, abriéndose los tejidos como relleno de muñeca. Uñas desgarrando el rostro. Dedos hundidos en las cuencas oculares hasta sentir el líquido brotar. Laceraciones por todo el cuerpo.
Las palabras de la mucama retumbaban en su cabeza como alfileres en la sien.
Karla miró a su alrededor. Buscó a la otra mujer. No había nadie.
Su rostro cambió. De sorpresa, a incredulidad. De incredulidad, a terror.
Ella lo había matado. A su pareja. A Darío. Por una amante que jamás existió.
Karla guardó silencio. Tomó un pedazo de la lámpara rota y se cortó el cuello frente a la señora del aseo. Cayó sobre el cuerpo de Darío, abrazándolo mientras agonizaba. Lloraba desconsolada, con la sangre de ambos fundida en un solo charco.
Y cerca de donde latía su corazón… la sortija de amatista seguía incrustada en carne. Latiendo y vibrando después de haber reclamado otra víctima más, con su hermoso encanto.
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