"Un deseo inocente... puede ser el ultimo"
Sara, una mujer de aproximadamente 27 años, había pasado por momentos de
desamor desde su etapa en la secundaria hasta su vida profesional. Era una
chica linda, de cabello ondulado castaño, ojos café oscuro, piel apiñonada y un
cuerpo semiatractivo. Había salido en busca de aventuras y también intentado
relaciones formales, pero siempre con el mismo resultado: ninguna le duraba.
Cansada de las citas en línea que últimamente solo buscaban llevarla a
la cama, decidió ingresar al mundo de las ciberparejas. En uno de los grupos de
redes sociales a los que pertenecía, encontró una moda viral. El anuncio decía,
junto a un filtro para celulares con miles de descargas:
“¿Para qué buscar al amor de tu vida si lo puedes crear a tu gusto y
forma? ¡No esperes más…! ¡Descarga ya a tu novio perfecto!”
Sara abrió el enlace que mostraba videos de personas usando dicha
tecnología. Al principio se veían solas, pero en segundos, como por arte de
magia, aparecían abrazadas por chicos sumamente atractivos, parecidos a modelos
de revista. Solo se necesitaba una foto —reciente o tomada al instante— y, con
ayuda de inteligencia artificial, se recreaba un paisaje junto a un modelo
masculino con las características físicas y personalidad elegidas. No había
límites.
Sin pensarlo mucho, descargó la aplicación en su teléfono inteligente,
empujada por la desesperación de no ser más el hazmerreír de chicos que la
dejaban sin explicación.
Sara colocó una imagen suya en primer plano, sentada en el borde de una
fuente, con un vestido sencillo de flores y el cabello suelto hasta los
hombros. La secuencia dio vida a una versión digital de ella misma, y detrás
apareció un hombre bronceado y musculoso: camisa polo negra, jeans, sonrisa
cálida, cabello oscuro recortado por los lados y peinado de lado. Se acercaba
con la mano extendida, invitándola a ponerse de pie para luego fundirse con
ella en un suave beso estilo cinematográfico.
La muchacha no podía parar de sonreír al ver el video tan realista.
Brincó de emoción y no tardó en compartirlo en sus perfiles.
—Feliz y muy enamorada de mi chico ideal —se leía en la descripción del
video que subió, etiquetando a sus amigas.
Pasaron los días y Sara seguía recreando historias adictivas y realistas
en su nube cibernética. Dejaba comentarios llenos de corazones, presumiendo
hasta el cansancio que estaba llena de amor y felicidad.
—Hoy voy a subir esta… Me veo muy linda con mi novio perfecto
—murmuraba, sonrojada, al mirar la sonrisa del hombre diseñado por la
inteligencia artificial.
En uno de los clips cortos, se la veía caminando por el pasillo de
tiendas de ropa de marca que solía frecuentar. Vestía un vestido negro de
flores, el cabello recogido y unos lentes de sol. Detrás de ella venía el mismo
hombre bronceado, fornido, de sonrisa encantadora, cabello corto peinado hacia
atrás, chaqueta de cuero marrón sobre camiseta blanca y jeans oscuros. Sostenía
discretamente una bolsa de compras sin dejar de mirarla. Se acercaba, tomándola
suavemente por la cintura, y la llevaba contra su pecho para besarla
apasionadamente.
Alicia, su hermana mayor, quien también trabajaba en la misma empresa,
la veía cada vez más obsesionada con el muñeco artificial. Notaba que Sara
estaba distraída, con el celular pegado a la mano, descuidando sus labores en
la oficina y en casa. Así que decidió encararla.
—¡Oye, Sara! ¡Ya es mucho con tu jueguito de moda! Concéntrate o te van
a correr de la oficina por andar de tonta —remarcó con dureza Alicia,
intentando hacerla entrar en razón—. Mejor búscate a uno de carne y hueso.
—¡Tú no te metas! ¡Es mi vida y hago con ella lo que se me dé la ganaaa!
—replicó Sara con enojo, sacándole la lengua a su hermana—. Solo hablas por
envidia, porque mi novio es más guapo y atento que el tuyo.
—¡Presume todo lo que quieras, ese muñeco jamás será real! ¡Jamás!
—vociferó con saña Alicia, molesta por la actitud majadera de su hermana.
Las palabras fueron tan duras que Sara se dobló, dándole la espalda a su
hermana y dirigiéndose directo a su cubículo. Las lágrimas comenzaron a
brotarle, tocando fibras sensibles que llevaba tiempo reprimiendo. Sus
compañeras, al ver la escena, solo cuchicheaban entre risas, lo que la hizo
tomar sus cosas y marcharse más temprano de lo habitual.
Una hora más tarde, al llegar a su vivienda, abrió la puerta entre
lágrimas que emergían como espuma de coraje. Se desquitó con todo lo que
encontraba a su paso: azotó la puerta, quebró el florero de su tía —el que
tanto le gustaba— y tiró las fotos familiares colgadas en el pasillo rumbo a
las escaleras, hasta llegar a su recámara.
No le importó cenar. Se encerró en su cuarto, tomó el celular y, aún
llorando, se tomó una foto. Pensaba que la imagen recrearía un momento en el
que su chico artificial la haría sonreír.
El video la mostraba en su habitación, con su pijama de ositos rosa y
una coleta alta sujetando su cabello. Se la veía medio triste, pero al aparecer
detrás de ella el mismo hombre bronceado, de mandíbula marcada y sonrisa suave,
con el cabello corto peinado hacia atrás —ahora vestido con una camisa de
algodón gris claro ligeramente desabrochada y pantalones de pijama oscuros—
todo cambiaba. Él se inclinaba con un gesto cariñoso, apoyando suavemente la
frente contra la suya y rodeándola con los brazos. Ella cerraba los ojos,
sonriendo, intercambiando sus lágrimas por un momento cálido lleno de ternura.
—¡Ojalá fueras real! ¡Ojalá fueras real! —exclamaba Sara en voz alta,
hasta quedarse dormida abrazando su celular, con lágrimas deslizándose por sus
mejillas—. ¡Que todos vean que tú eres, y serás, mi felicidad!
Cuando quedó profundamente dormida, se vio a sí misma con un vestido
rojo de gala, en una habitación cerrada con luces tenues. Frente a ella estaba
el hombre artificial, con semblante serio y un traje formal adornado con una
corbata color carmesí. La tomaba entre sus brazos, besándola con pasión,
entregado al deseo que le generaba su enamoramiento intenso.
Sin embargo, los sueños se volvieron más vívidos. La situación escaló de
forma agresiva. La pasión se transformó en miedo. En sus ojos ya no había
ternura, sino la mirada desquiciada de un depredador. Entre mordiscos en zonas
íntimas y rasguños por toda su piel, la lastimaba como un animal lacerando a su
presa. Sara gritaba, atrapada en una pesadilla.
Despertó de golpe, con el corazón latiendo desbocado y la respiración
entrecortada. Sentía que alguien más estaba allí. Una vibra pesada se pegaba a
las paredes, junto a un extraño aroma a cigarro y whisky. No veía más que
oscuridad. Prefirió cubrirse con las sábanas, deseando perderse en el cansancio
hasta que amaneciera.
Al día siguiente, después de haber despertado de aquel mal sueño, Sara
bajó a desayunar algo antes de irse al trabajo. Al ver a su hermana medio
risueña, pensó que quizá había sido ella quien rondaba su cuarto la noche
anterior.
—¡Eres una payasa! No me dio miedo tu tonta broma, pero la próxima vez
limítate a entrar a mi habitación, o te aventaré una de mis mancuernas, aunque
te descalabre —advirtió con tono amenazante, confrontando a Alicia, molesta por
lo que creía una burla.
—¡Tanto jueguito con tu muñequito virtual ya te está volviendo locaaa!
¡Locaaa! —replicó con sarcasmo y molestia Alicia, confundida por la agresión
mientras solo preparaba su desayuno—. Ya deja eso, te está afectando el
cerebro.
La hermana mayor tomó sus cosas, dio media vuelta y dejó a Sara haciendo
berrinche, mientras se dirigía a la salida de la casa.
—¡Aaayyy! ¡Ya me las cobraré todas algún día, hermanitaaa! —exclamó con
coraje, sin poder desquitarse de lo que seguía responsabilizando a su hermana.
Los días eran normales en el trabajo, pero las noches eran pesadas. No
solo sentía el aroma a whisky y cigarro, sino también la presencia de alguien
que invadía su privacidad.
Una mañana, mientras desayunaba su cereal favorito, posteó otro clip con
su ciberpareja. Vestía una blusa de seda color marfil y falda azul marino.
Detrás de ella, el mismo hombre bronceado y fornido, con sonrisa cálida y
cabello corto peinado hacia atrás, aparecía vestido con blazer gris claro,
camisa blanca y jeans cafés. Sostenía dos platos con pastel, acercándose con
gestos cariñosos, compartiendo miradas cómplices y roces de manos.
Una vez publicado en sus redes sociales, suspiró enamorada y se dirigió
al baño. Al irse desnudando, notó algo extraño en el espejo: marcas como de
manos masculinas, pero más largas, terminadas en garras, recorrían su espalda.
Mordiscos y chupetones bajaban desde su cuello, cruzaban el escote y culminaban
en su entrepierna. Laceraciones en sus pechos parecían hechas con violencia
carnal.
Asustada, salió corriendo de la regadera. Se vistió como pudo y se fue
al trabajo, tratando de ignorar lo que la hacía sentir que algo la acechaba
noche tras noche.
Los días siguieron, y las pesadillas también. Cada despertar traía
nuevas marcas, algunas con gotas de sangre. La distracción y las ojeras eran
tan evidentes que sus compañeras y su hermana comenzaron a notar algo extraño.
—¿Ya vieron cómo viene? —comentó una de sus compañeras.
—Sí, toda desarreglada… pero véanle el cuello. Es una descarada —añadió otra.
—Cómo no la descubren. Seguro se come a uno de los picudos de la empresa. Le da
sus buenos mañaneros en el estacionamiento y luego viene como si nada, toda
contenta y en esas fachas —criticó con severidad otra trabajadora, metiéndose
con la vida íntima de Sara.
Alicia apenas llegaba cuando escuchó al grupo de chismosas. Se levantó
de su silla y fue directo hacia ellas.
—¡Vaya! ¡Pero si la envidia les corroe! En lugar de inventar tanto
cuento, ¿por qué no se ponen a trabajar? —comentó con molestia, defendiendo el
honor de su hermana, aunque no estuviera del todo de acuerdo con sus últimos
comportamientos.
—No envidiamos a nadie, y menos a una mosquita muerta como Sara
—exclamaron, resentidas por el comentario.
—Mi hermana es mucho mejor que todas ustedes juntas. Así que mejor
cierren la boca… o se las tendré que cerrar yo —vociferó Alicia, en tono
amenazante, sosteniendo entre sus manos el viejo paraguas que guardaba en su
oficina.
Pasaron unos minutos, y Sara apareció entrando por una de las puertas de
acceso. Fue confrontada por su hermana mayor.
—¿Ahora qué te traes? ¿Con quién estás saliendo? —preguntó preocupada
Alicia, al ver cómo venía su hermana—. Ya están generando chismes en la oficina
por tu comportamiento y por cómo vienes vestida estos días.
—¿De qué hablas? Yo no tengo por qué salir con nadie. Sabes bien que ya
tengo a mi novio perfecto —respondió Sara, convencida, con cara de sorpresa y
confusión.
—¿Y entonces esas marcas salieron solas? ¿O te las hizo tu chico
imaginario? —recalcó Alicia, alterada, mientras descubría la bufanda que su
hermana llevaba para cubrirse.
—¡No te metas en lo que no te importa! ¡No es asunto tuyo! —exclamó
agresiva Sara, quitándole la tela de las manos.
Alicia no dijo nada más. Se retiró entre molestias y preocupación,
dándole una palmada en el hombro antes de irse a su oficina.
Sara, alterada por la discrepancia con su hermana, tomó su celular y se
dispuso a hacer otro video. Tomó una foto en su escritorio, posando estresada y
angustiada, esperando que su novio virtual la consintiera.
El clip mostraba a Sara sentada en su silla, vestida con una camisa
blanca de botones y una falda negra que le quedaba un poco arriba de las
rodillas. Llevaba una diadema roja que dejaba su cabello perfectamente peinado,
mientras miraba hacia atrás, esperando al mismo hombre de siempre. Pero notó
algo extraño esta vez.
El chico bronceado, imponente, con el cabello corto peinado hacia atrás,
vestido con camisa azul claro arremangada y pantalón de traje oscuro sin
corbata, apareció… pero sin rostro. Solo estaba parado detrás de ella, inmóvil.
Molesta por no haber obtenido el resultado esperado, borró el video para
intentar de nuevo. Una y otra vez. Pero la aplicación fallaba.
—¡Nooo! ¿Por qué ahora no está sirviendo la aplicación? —exclamó
desesperada tras múltiples intentos fallidos.
En el último intento, al darle reproducir, el hombre apareció con una
mirada penetrante. Al centrar su atención, notó más detalles: su sonrisa, antes
tierna y seductora, se había transformado en la de un arlequín oscuro, maníaca,
siniestra. Solo verla le generaba una inquietud profunda. El “novio perfecto”
ya no lo era.
Cada secuencia, que antes mostraba momentos románticos, ahora parecía un
video de terror. Su alter ego en la aplicación ya no sonreía enamorada, sino
que mostraba una expresión de pánico.
—Creo que el filtro… alguien lo programó para asustar a los usuarios.
Sí… eso ha de ser —murmuró Sara en voz baja, intentando convencerse mientras
miraba el clip.
Ya no quiso intentar más. Apagó su celular por el resto del día y
decidió enfocarse en el trabajo. Se distrajo hablando con sus compañeras,
tomando café en una de las plazas de la empresa, matando el tiempo hasta que
llegó la hora de salida.
Media hora después, llegó a casa. Vio que el coche de Alicia no estaba,
así que supuso que no se encontraba o que lo había dejado en el taller de su
pareja.
—¡Alicia! ¡Hermana, ya llegué! ¿Dónde estás? —la llamó en voz alta,
revisando cada rincón de la casa para asegurarse de que estaba sola.
Pidió algo de comer, llamando a una pizzería cercana. Mientras esperaba,
vio televisión. Cenó tranquilamente cuando llegó el pedido y, después de una
película, la curiosidad la venció: quería saber si la aplicación ya funcionaba.
Encendió su celular. Se tomó una nueva foto y la subió para que la
inteligencia artificial generara otro clip. Esta vez vestía un suéter de lana
color crema, de corte holgado, y pantalones cómodos de punto gris claro.
Detrás de ella apareció el mismo hombre bronceado, con el cabello corto
peinado hacia atrás, vestido con suéter de punto marfil y jeans oscuros. Pero
había una diferencia, sutil al principio, que se volvió cada vez más evidente:
su postura protectora ahora parecía la de un acosador. Su sonrisa era demente.
Sus ojos, completamente negrecidos, como si una fuerza oscura lo poseyera.
Llevaba en las manos una caja que, a simple vista, parecía contener
palomitas de maíz… pero no lo eran. En su interior había cabezas de
murciélagos: pequeñas, peludas, con los ojos aún abiertos y las fauces
congeladas en un chillido eterno.
Aquel hombre comenzó a forzar a Sara a tragarlas, metiéndolas en su boca
con una sonrisa torcida. Ella, obligada, las masticaba contra su voluntad,
mientras de sus labios escapaban chorros de sangre. Cada crujido —¡Kriiik!
¡Chiiik! ¡Screee!— liberaba chillidos agudos —¡Aeeehhh! ¡Gaaahhh!
¡Brrrraaa!— como llantos de bebés distorsionados, que se
mezclaban con su respiración entrecortada.
El clip finalizaba con ella en primer plano, el rostro desfigurado por
el horror y la impotencia. Él, detrás, tomaba una manta y la colocaba
lentamente sobre su cabeza… hasta asfixiarla.
—¡Aaahhh! ¡Nooo! ¡Yo no pedí estooo! —murmuró Sara, espantada, lanzando
el celular lo más lejos que pudo.
En eso, las luces de toda la casa se apagaron. Un silencio denso se
apoderó del ambiente, roto solo por ruidos extraños —¡Krrrkk! ¡Taaak! ¡Ssshhh!—
que comenzaban a escucharse por toda la habitación.
—¡Oh nooo! ¿Por qué ahora se tenía que ir la luz? ¡¿Por quéee?! —exclamó
Sara entre pánico y confusión, abrazando uno de los cojines con fuerza.
Instantes más tarde, la mesa donde tenía todas sus cosas salió volando
—¡WHOOOSH! ¡CRAAASH!— estrellándose contra la pared donde estaba colocada la
televisión. Sara, aterrada, salió corriendo, pero los pasos que escuchaba se
multiplicaban como si estuviera rodeada. Sentía que una entidad invisible la
perseguía, acercándose peligrosamente.
De pronto, algo tiró de su cabello con violencia azotándola contra el
sofá donde minutos antes se había tomado una fotografía. El golpe le lastimó el
cuello, y entre el dolor y la visión borrosa, pudo distinguir una sombra frente
a ella. Parpadeó un par de veces… y entonces lo vio.
Un hombre alto, musculoso, vestido con un traje negro elegante. Llevaba
un reloj que brillaba como el oro, mancuernillas del mismo material. Con la
poca luz de luna que entraba por la ventana, pudo notar su cabello corto y sus
facciones marcadas. Sonreía… y esa sonrisa, ella la conocía.
—¡Es… es… es… es él! —balbuceó Sara, alterada e impactada, al tener ante
sus ojos al chico de realidad virtual. Sentía una mezcla de confusión y miedo.
Retrocedía lentamente cuando la entidad se acercó con aparente ternura,
intentando tocarle el rostro. Ella se dejó llevar por el momento, esbozando una
sonrisa temblorosa. Pero esa calidez se transformó en un miedo visceral al
notar cómo su mano se cubría de una sombra espesa deformándose. Los dedos se
alargaban, y en sus puntas aparecían garras negras que, al rozarla, le
provocaban un dolor punzante. Lágrimas comenzaron a brotar.
Cuando intentó mirar su rostro, el enamoramiento que sentía se
desmoronó. La sonrisa perfecta se convirtió en un gesto macabro: dientes
largos, amarillentos, y un aliento repugnante que mezclaba el olor de algo
podrido con el aroma familiar de cigarro y whisky… el mismo que invadía su
cuarto en cada pesadilla.
Ahora lo vivía en carne propia. La desesperación se reflejaba en unos
ojos oscuros, animalescos que la observaban con hambre.
—¡Nooo! ¡Nooo! ¡Nooo! —sollozaba Sara, incrédula, al ver cómo aquella
sonrisa que antes la derretía… ahora la hacía temblar de pánico.
La mano de esa abominación apretó con fuerza su cuello; dejando marcas
de las que brotaba su líquido vital: un río oscuro que bajaba desde la garganta
y empapaba su pijama. —¡No…!— gimió ella entre jadeos. Las zarpas de esa cosa rasgaron
la tela, corriendo de arriba hacia abajo, con un sonido húmedo y áspero —¡srlaaash!—;
sus senos quedaron al descubierto, bañados en carmesí que trazaba caminos hasta
las entrepiernas.
—¡Haaaaaa! ¡Haaaaaa! ¡Haaaaaa! —vociferó la bestia en tonos guturales—.
¡Tu sangre me sabe taaaan bieeennn!
El espectro excitado, pasó su larga y viscosa lengua por cada chorro escarlata;
el líquido vital fluía con más fuerza al igual que sus lágrimas, mientras la
chica sudaba frio entre sollozos. Un hedor a metal y humedad llenó la
habitación; —rriii-sss—sssss—shhhhhh…—, un siseo prolongado resonó en las
paredes y las sombras se enroscaban sobre ambos hasta ahogar la luz.
Al parecer, los sueños que noches atrás atormentaban a Sara ahora
comenzaban a ultrajarla por completo. Una criatura, surgida de lo más profundo
de sus deseos, la lengüeteaba, toqueteaba y con gestos que la intimidaban, la
mancillaba en zonas más íntimas de ella.
La entidad clavaba sus garras largas que parecían rasgar no solo la tela
de su pantaleta blanca, sino también su estabilidad emocional. Cada movimiento
de aquella figura dejaba una marca invisible pero dolorosa, como si su cuerpo
fuera lacerado como lo estaba siendo su intimidad, dejando rastros de secreciones
femeninas y fluidos que manchaban el sillón de un espeso rojo. El sitio donde
solía descansar se convertía en un altar de angustia, impregnado por la
sensación de que algo oscuro la había violentado. Las lágrimas se mezclaban con
el estremecimiento que recorría su espalda, mientras la sombra de aquel ser
seguía lastimando su mente, que había cruzado lo virtual hasta hacerse real.
—¡Déjame! ¡Por favor! —suplicaba Sara, con la voz entrecortada por el
llanto.
Sentía cómo aquella presencia oscura se aferraba a ella, no con manos
visibles, sino con una presión que parecía desgarrarla desde dentro. Era como
si unas garras invisibles se hundieran en lo más profundo de si misma, no solo
en su cuerpo, sino en su mente, en su voluntad, en su alma.
El aire se volvía más denso, casi irrespirable. Cada rincón de la casa
parecía susurrar su nombre —¡Saaaraaa… Saaaraaa…!— con voces distorsionadas,
burlonas —¡Hahaha! ¡Hahahaaa!—, que se colaban por las
paredes y se enredaban en sus pensamientos.
Sara temblaba, no solo de miedo, sino de una tristeza tan profunda que
le nublaba la razón. Las lágrimas caían sin control, mientras su cuerpo se
estremecía con cada nuevo embate de aquella fuerza que no podía ver, pero que
sentía como si la conociera mejor que nadie.
—No tienes por qué llorar… disfrútalo. Ahora soy real. —susurró,
sarcástico y más tétrico aún, el espectro en forma de hombre, mientras soltaba
el cuello de ella para lastimarla aún más, sujetando con sadismo sus pechos
hasta hacerla perderse entre sus gritos.
Sara se estremeció. La figura frente a ella, que alguna vez fue su
refugio digital, ahora se había convertido en una pesadilla tangible. El
espectro, con una sonrisa torcida y ojos que parecían pozos sin fondo, lo
disfrutaba sin tapujos.
Cada gesto del ente parecía una parodia cruel de ternura, una imitación
grotesca de lo que alguna vez creyó amor. Las lágrimas de Sara caían sin
control, no solo por el miedo, sino por la traición de su propia fantasía. Lo
que había creado para sentirse acompañada… ahora la estaba destruyendo.
—¡Vete de aquí! ¡Ya no te quiero conmigo! ¡Dios… a-yuuu-daaa-meee!
—imploraba Sara, con la voz hecha pedazos, apenas un susurro entre el llanto y
la desesperación. Ya no le quedaban fuerzas por tanta tortura.
Alicia, al escuchar los alaridos de su hermana que llegaban hasta la
cochera, intentaba abrir la puerta —¡Clac! ¡Clac!— La llave giraba en
falso. —¡Tac! ¡Tac!— El picaporte no cedía. Algo la bloqueaba desde
dentro.
—¡Malditaaa seeeaaa! ¡Hermanitaaa! ¡Hermanitaaa! —exclamaba entre
chillidos, alterada, al escuchar cómo su hermana no paraba de explotar en
llanto por tanto sufrimiento.
Tomó una pala de metal que, por fortuna, estaba en la cochera. Con
furia, —¡CLANG! ¡CRACK!—, rompió el pomo de la puerta y logró tirarla
abajo. Corrió con angustia hasta la sala, donde encontró a Sara tirada en el
mueble, con la ropa hecha trozos y manchas de sangre desde el cuello hasta las
piernas. Su piel estaba llena de heridas.
—¡Diooos miooo! ¿Qué te pasooo? ¡Hermanitaaa miaaa! —gritó escandalizada
al ver el estado en que se encontraba su hermana.
Se quitó el saco y cubrió como pudo el cuerpo semidesnudo de Sara,
temblando de rabia y miedo. Pero en ese momento, —¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!— Las
puertas de toda la casa comenzaron a azotarse. Una ventisca helada rebotó por
todo el lugar, como si la casa respirara con furia.
—¡Meee perteneceee! ¡Hahahaha! —gruñó entre risas maléficas aquella
entidad que aún acechaba, no solo a Sara, sino también a Alicia.
Una fuerza invisible lanzó a la hermana mayor por los aires, —¡WHUMP!—,
estrellándola contra la pared junto a las escaleras del segundo piso. —¡CRASH!—
Los retratos colgados cayeron al suelo, estrellándose en pedazos.
—¡Aaaaaahhhhhh! —se escuchó el grito desgarrador de Sara al reaccionar,
al ver el cuerpo de su hermana desplomado entre los restos de vidrio y madera.
La casa entera parecía rugir. Las sombras se alargaban, las luces
parpadeaban y el aire se llenaba de un olor rancio, como si el miedo tuviera
aroma. La presencia oscura se hacía más fuerte. Más real. Más hambrienta.
—¡Es él! ¡Es él! ¡Eeesss eeelll! —gritaba Sara con el alma hecha trizas,
señalando con el dedo tembloroso hacia el celular que yacía a unos metros de
Alicia, como si aquel aparato fuera la fuente misma del horror.
Alicia, aún adolorida por el golpe, se arrastró con dificultad. El
instinto de proteger a su hermana era más fuerte que el miedo. Se lanzó hacia
el teléfono, que seguía encendido, parpadeando como un ojo que no quería
cerrarse. La pantalla vibraba, como si algo dentro quisiera salir.
Al tomarlo, notó que un nuevo video se estaba reproduciendo con
insistencia, como si el aparato tuviera vida propia.
La imagen era clara. Demasiado clara.
Sara aparecía en el mismo sofá, con la misma ropa desgarrada, la misma
expresión de terror. Detrás de ella, el hombre… ese maldito hombre. El mismo de
todos los clips. Pero ahora con el rostro distorsionado, como si la perfección
se hubiera podrido desde dentro. Su sonrisa era una mueca torcida, inhumana, y
sus ojos… vacíos. Negros. Sin fondo.
—¿Qué demonios es esto…? —vociferó Alicia, sintiendo cómo el frío del
aparato le calaba hasta los huesos, como si hielo se filtrará por sus venas.
En el video, la figura se acercaba a la Sara digital, que comenzaba a
llorar, a gritar, a suplicar… igual que lo había hecho minutos antes en la vida
real. Era como si el teléfono no solo mostrara una grabación, sino una
repetición maldita de lo que acababa de ocurrir. Su hermana tirada en el sofá
siendo abusada por el ente que la desgarraba con sus extremidades hasta saciar
su sed sexual. Recorriendo el cuerpo herido y semidesnudo de Sara, la criatura
deslizaba su alargada lengua con una lentitud enfermiza, como si saboreara cada
gota de sangre al drenarla cuando se deslizaba por sus senos hasta su sexo. —¡HAA-HAA-HAA-HAA-HAAAA!—
Las carcajadas macabras retumbaban por todo el hogar,
distorsionadas, turbias, como si vinieran de ultratumba.
El aire se volvió denso, casi sólido. Cada inhalación parecía atravesar
una niebla espesa. Las paredes vibraban con cada risa, —¡Hahahaha…
Muahahahaha…!—, y la oscuridad se extendía como una marea negra por cada
rincón de la casa.
En la pantalla del celular, aún encendida, se proyectaba una imagen
congelada: Sara, atrapada en su propio infierno, con un mensaje escrito en
letras rojas, como si estuvieran trazadas con su propia sangre:
¡Para siempre seré tu felicidad! ¡Para siempre!
El sonido de fondo era una mezcla de risas siniestras —Muahahahaha…—
distorsionadas, como si se burlaran de cada intento de escapar, de cada
súplica, de cada lágrima. —¡Krrrkk! ¡Zzzhhh!— El audio parecía tener estática
como si el aparato estuviera poseído.
La casa ya no era su refugio. Era su prisión. Y el espectro… su dueño.
Y entonces, la figura en la pantalla giró lentamente la cabeza… y la
miró. Directo. A los ojos.
La imagen se congeló. La pantalla parpadeó. Luego se volvió negra. Pero
la voz… la voz seguía ahí. Grave. Burlona. Como si hablara desde dentro del
aparato:
—Paraaaaaa siempreeeeee… ¡Bzzzzzz! —un zumbido agudo llenó la
sala. Las luces parpadearon con violencia y el aire se volvió espeso, como si
la casa entera respirara con odio.
—¿Qué demonios es esto? —aterrorizada pero llena de rabia gritaba Alicia
mientras tomaba el celular entre sus manos, viendo ese cruel instante que su
hermana menor había sufrido.
—¡CRASH! ¡CRACK! ¡BANG! —lo estrelló contra el piso una y otra
vez, con furia desbordada, hasta que el aparato explotó envuelto en llamas.
—¡Jamás tendrás a mi hermanitaaa! ¡Jamaaasss! —vociferó con el alma,
como si su grito pudiera romper el vínculo maldito que los envolvía.
Un rugido infernal —¡ROOOAAARRR!— hizo temblar la casa,
reverberando por todas las paredes. —¡KRRRSHHH!— Los vidrios estallaron,
los retratos colgados se hicieron añicos, y ambas hermanas cayeron al suelo,
abrazándose con desesperación.
Un silencio fúnebre se apoderó del ambiente. … La calma parecia
falsa, como si el monstruo solo se hubiera retirado para volver desde las
sombras.
Alicia, temblando, sostenía a Sara entre sus brazos. La menor estaba
llena de sangre, totalmente maltratada, llorando como una niña desconsolada,
sin soltar el regazo de su hermana. El llanto era profundo, como si viniera
desde el centro de su alma, intentando borrar todo lo sucedido esa noche… esa
noche en que su “novio perfecto” se materializó para darle una macabra
realidad.
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