"Cada huésped, cada retrato es un destino marcado…"
En un viejo edificio, a unos cuarenta minutos del centro de Dallas, Texas, vivía Rafael, mercadólogo y publicista experimental de apenas treinta años. Pasaba las noches diseñando campañas arriesgadas para Happy Candy’s, una empresa de dulces mexico-americanos que comerciaba entre Laredo y Tijuana. Su rutina era solitaria, marcada por ideas que buscaban transformar lo cotidiano en experiencias que rozaran lo prohibido.
Una tarde lluviosa, mientras discutía estrategias con Don Leopoldo Yáñez —un hombre de 65 años, robusto, voz ronca, cabello escaso oculto bajo un sombrero tejano blanco, impregnado de tabaco y perfume rancio, que vestía como vaquero, pero con un toque elegante—, la tensión se volvió insoportable.
—Mire, señor Yáñez —insistió Rafael con firmeza, golpeando suavemente la mesa—. Si queremos que esta empresa tenga ganancias reales, necesitamos un nuevo producto. Algo que atraiga tanto a latinos como a americanos. Una golosina que se venda incluso después de Halloween y Navidad.
—Ya le he dicho que eso no está presupuestado. No insista. No hay dinero, y no pienso volver a discutirlo —replicó el jefe, cortante, con un destello de fastidio en los ojos.
—Pero Don Leopoldo… si sigue con esa negativa, Happy Candy’s puede quebrar. Hay que ser ambiciosos si quiere que su marca sobreviva —vociferó Rafael, frustrado, con la voz cargada de desafío.
De pronto, la puerta del despacho se abrió con un golpe seco, como si el viento hubiera decidido irrumpir.
Una mujer desconocida entró con paso firme. Alta, de cabello rubio y largo, vestía un abrigo húmedo que olía a tierra mojada y perfume antiguo. Su rostro apenas se distinguía bajo un velo negro, pero sus ojos brillaban con una intensidad hipnótica. Se detuvo frente a Rafael, como si lo hubiera estado buscando desde siempre.
Don Leopoldo intentó hablar, pero ella lo silenció con un gesto elegante, como si una fuerza invisible le sellara los labios. Se acercó al escritorio, dejó una tarjeta con un número escrito en tinta roja que parecía fresca, impregnada de un aroma dulzón y metálico, y sin apartar la mirada de Rafael pronunció con voz suave y magnética:
—Él es el perfil que necesitan.
El silencio que siguió fue pesado, como si la oficina hubiera cambiado de temperatura. Don Leopoldo observó desconcertado cómo aquella dama parecía fascinada por Rafael: su voz grave y pausada irradiaba ambición, su porte juvenil y arrogante imponía respeto, su físico de más de un metro ochenta destacaba bajo la luz tenue, la piel apiñonada brillaba con un matiz cálido, el cabello negro peinado hacia atrás con descuido calculado, la mandíbula firme, los labios delgados y esos ojos oscuros, melancólicos, que parecían desnudarla más de lo que ella mostraba.
Antes de marcharse, la desconocida sonrió apenas, como si ya supiera el destino que lo aguardaba.
Esa misma noche, en su departamento, Rafael sacó la tarjeta y marcó el número. Al otro lado de la línea, una voz masculina, grave y pausada, lo recibió. No hubo presentación, solo una propuesta: una nueva marca de vinos buscaba alguien capaz de vender experiencias, no productos. Alguien que pudiera convertir un sorbo en un ritual.
—Mi visionaria ya me habló de usted y me convenció de tomar la llamada. Seré directo… lo que puede ganar es mucho más que dinero, puede lograr lo inimaginable —dijo la voz, con un eco que parecía resonar en su pecho—. Pero debe viajar la próxima semana. Los empresarios no esperan, y ya le tengo una cita con ellos para entrevistarlo en persona.
La llamada se cortó. Rafael aprovecho para llamar al señor Yáñez informándole lo ocurrido:
—Me han ofrecido un trabajo que no puedo rechazar. Viajaré en unos días a Pensilvania para ser entrevistado por los dueños de una empresa de vinos. Esto lo esperé desde hace mucho tiempo.
—Esas oportunidades no se dan así como así. Ten cuidado, muchacho —murmuró sombrío Don Leopoldo.
—Lo tendré en cuenta, señor. Y gracias por todo —respondió Rafael, decidido a emprender una nueva aventura.
Pasaron los días y llegó el momento de partir. Aunque viajaba la mayor parte por placer, sabía que este viaje no era solo negocio: era el inicio de algo que lo atraía con fuerza. Aquel jueves por la mañana, al tomar su asiento en el avión, sintió como si lo hubieran elegido desde antes de que él lo supiera.
La ciudad de Pensilvania lo recibió con una tarde-noche húmeda, de cielo gris y farolas parpadeantes. El vuelo tardó más de lo previsto, perdiendo así la entrevista pactada con los empresarios de vinos, quienes ya se habían retirado. Intentó comunicarse, pero solo recibió un mensaje: al día siguiente tendría otra cita.
Sin más opción, buscó alojamiento en una ciudad desconocida. Caminó bajo la llovizna hasta que dio con un hotel oculto, a unos treinta minutos del centro. La fachada era rústica, descuidada, con ventanas altas y cortinas pesadas que parecían ocultar secretos.
Al entrar, notó que no había nadie para recibirlo. El vestíbulo estaba en penumbras, impregnado de olor a madera húmeda, puros apagados y algo más… un aroma extraño, como hierro oxidado. Sentía movimientos, presencias que lo observaban desde los rincones.
—¿Hola? —pronunció con voz firme.
El silencio fue abrumador, envuelto en escalofríos. De pronto, una tabla del piso se quejó —¡crack!—, como si alguien invisible se moviera. Miró a todos lados esperando a que alguien apareciera, pero solo encontró polvo flotando en la penumbra.
Cuando estaba por marcharse, él emergió...
Un hombre de unos setenta años. Delgado, encorvado, con la piel como papel arrugado. Su cabello blanco, escaso, peinado hacia un lado. Vestía un traje antiguo, botones gastados, pañuelo amarillento en el bolsillo. Sus ojos claros, perdidos, temblorosos, y su voz quebrada parecían cargar un secreto.
—No quedan cuartos… —murmuró, evitando mirarlo.
Rafael lo miro frunciendo el ceño al ver a aquel curioso viejecito. Observo todo el lugar y se dio cuenta de un tablero detrás del mostrador, con unos cuarenta espacios para llaves. El lugar parecía lleno, pero entre la escasa luz distinguió una más…
La número 36 colgaba sola, brillante, como si lo llamara.
—¿Y esa? —preguntó, señalándola.
El anciano la miró y negó con la cabeza, como si esa habitación no existiera.
—No… esa no… está ocupada… creo… o… no sé… —balbuceó, con voz temblorosa.
Rafael se adelantó y tomó la llave. El metal brillaba con destellos rojos y dorados, como una joya maldita en sus manos.
—Usted sabe que está libre, solo que a su edad ya todo se le olvida —ironizó, dejando un silencio incómodo.
El viejo parpadeó, como si despertara de un trance.
—Ah… sí… sí… está libre… pero las luces fallan… no sería cómoda… le falta mantenimiento… —titubeó, bajando la mirada.
Rafael sonrió con cansancio, incrédulo ante los pretextos.
—No me importa. Solo quiero descansar y dormir —sentenció, con un tono que no admitía réplica.
Firmó el libro de registros, pagó por adelantado y dejó una propina generosa. El anciano solo le quedaba mirarlo con una mezcla de pena y resignación.
—Está bien… si usted insiste… sígame… —susurró, arrastrando las palabras.
Subieron por unas escaleras de madera que crujían con cada paso. Las paredes estaban cubiertas de cuadros antiguos: hombres serios, miradas duras que parecían seguirlo. Ninguno sonreía. Rafael sintió que el aire se volvía más denso, como si la estructura misma respirara.
Llegaron al cuarto 36…
La
puerta era oscura, de madera rojiza tallada con símbolos antiguos
que parecían moverse bajo la luz tenue. Rafael no entendía su
significado, pero la sola presencia de aquellas marcas le erizó la
piel.
El anciano le entregó tres
objetos antes de marcharse:
—Aquí tiene… velas, cerillos…
y vino. Cortesía de la casa —exclamó con voz quebrada, como si
quisiera advertirle algo.
La botella era extraña, con relieves que parecían figuras retorcidas sobre un vidrio oscuro. Dentro, el líquido brillaba con tonos azulados, como si respirara.
—Descanse… si es que puede… —añadió con un dejo de preocupación, alejándose por el pasillo con pasos arrastrados que resonaban como lamentos.
Rafael no lo tomó en cuenta. Entró a la habitación, cerrando la puerta tras de sí. El silencio lo recibió como un golpe seco. El cuarto estaba sumido en una penumbra espesa, casi tangible, y las luces parpadeaban —zzzt… zzzt—, dudando entre revelar lo que ocultaban o mantenerlo en secreto. Un aire frío, antinatural, se mezclaba con un perfume antiguo, dulzón y húmedo, un olor que no debía estar ahí.
Se acercó a la mesilla donde reposaba la botella de vino. La abrió, y el líquido azul oscuro brilló como si tuviera vida propia. Bebió un sorbo, luego otro al mismo tiempo se quitaba el saco y lo dejó sobre una silla junto al escritorio viejo. Sintiendo como el liquido embriagante recorría su garganta como una caricia que marcaba su piel mientras desabotonaba la camisa. Caminó despacio, sintiendo que cada paso lo hundía en un cansancio extraño, como si algo invisible intentara detenerlo.
Al ver que los focos no respondían, encendió una vela. La flama tembló, proyectando sombras que se movían como si respiraran.
Y entonces, la vio…
Sobre la cama, yacía una mujer. Desnuda, cubierta apenas por una sábana blanca que dejaba escapar sus curvas. Su piel era pálida, tersa, con un brillo suave, casi irreal. El cabello cobrizo caía desordenado sobre sus hombros, como si acabara de entregarse al deseo. Sus labios carnosos estaban entreabiertos, sus ojos cerrados, y su pecho subía y bajaba lentamente, dejando ver cómo sus senos abultados se escapaban por la tela al respirar. Una pierna asomaba, mostrando la cadera perfecta y la línea de un muslo que invitaba a pecar.
Rafael se quedó paralizado, con la respiración contenida. De pronto, la vela se apagó —pfff…—, arrancándole la claridad y devolviéndolo a la oscuridad total.
Volvió a encenderla con manos temblorosas, y descubrió que la cama estaba vacía. Solo quedaban las sábanas revueltas y una fragancia impregnada en la seda, tan intensa que parecía acariciarle.
Confuso, volvió por mas vino, bebiendo un poco mas. El sabor era dulce, profundo, embriagador, como si lo acariciara por dentro hasta rendirlo, víctima de un embrujo.
Minutos después, ya casi entrando la madrugada, un sonido lo alertó; el agua cayendo en la ducha con fuerza. Desde la puerta entreabierta del baño escapaba un vapor espeso que comenzaba a inundar la habitación.
Y dentro… una voz.
Con un tono suave, femenino, un canto melancólico, un lamento disfrazado de canción.
Rafael se levantó de la silla decidido, tomando la vela que apenas quería prender con el mechero —click… click…—. Se deslizo lento hacia el baño, mientras el aire caliente lo envolvía en un aroma a jabón, flores y lujuria, como si la seducción se filtrara bajo la piel mojada.
Y entonces, la vio…
Una silueta delicada, femenina, sensual. Estaba de espaldas, bajo el agua. Su cuerpo era perfecto: espalda arqueada, cintura estrecha, caderas redondas. El agua recorría su piel como mantos invisibles. Su cabello caía como una cortina negra, y sus brazos se alzaban como si danzara. Aunque escuchaba la respiración y los pasos de Rafael, no se cubría, ni se inmutaba. Era como si lo esperara.
Rafael tragó saliva —gulp—, sintiendo adrenalina y vergüenza, al mismo tiempo que su cuerpo reaccionaba con excitación. Su mente gritaba, pero sus sentidos lo traicionaban.
Estaba a un paso de dejarse llevar por el deseo, cuando la vela otra vez se apagó —pfff…—. La claridad se arrancó de golpe, devolviéndolo a las penumbras.
Volvió a encenderla, y la mujer había desaparecido. Solo quedó el vapor disipándose, el eco de la canción y una estela de perfume flotando en el aire.
Confuso, asustado, sin respuestas, se recostó en la cama, obligándose a dormir aun sabiendo que no estaba solo. El cuarto parecía respirar con él, mientras las sombras gravitaban como si tuvieran voluntad. El vino aún ardía en su garganta, impidiendo que el descanso llegase.
Decidió salir en busca del encargado, para confirmar que no estaba perdiendo la razón.
Bajó por las escaleras que seguían crujiendo, hasta llegar al vestíbulo, aún en oscuridad, con las lámparas colgantes apenas parpadeando. El mostrador estaba vacío, el tablero de llaves intacto.
El silencio era tan espeso que oprimía su pecho, como si la misma casa quisiera devorarlo.
De pronto, una ráfaga de aire gélido irrumpió en el vestíbulo, abriendo la puerta de golpe y dejando entrar una silueta delicada.
Ella apareció…
Una mujer de unos 27 años, envuelta en un abrigo largo, bufanda negra y guantes de encaje. Su rostro era fino, de piel clara, con mejillas sonrojadas por el frío. Los ojos verdes, grandes, cargaban una tristeza tímida, como si arrastrara recuerdos pesados. Su cabello, entre rubio y castaño claro, caía en ondas suaves sobre los hombros. Caminaba con pasos silenciosos, como si temiera perturbar la oscuridad que respiraba en aquel lugar.
—¿Hola…? —susurró con voz baja, casi quebrada—. ¿Hay habitaciones disponibles?
Rafael se acercó con timidez,
notando que su presencia calmaba el resoplo helado que aún flotaba
en el aire.
—No hay nadie en recepción… y creo que ya no
quedan cuartos —respondió, inseguro, mirando el tablero vacío.
La dama bajó la mirada, como
si el mundo se le viniera encima. Sus labios temblaron, mostrando una
lucha contra la resignación.
—Oh… ya es muy tarde… vengo
de un viaje largo… no tengo dónde quedarme… —murmuró, con un
hilo de voz que parecía deshacerse en la penumbra.
Rafael dudó. Su propuesta no
era normal, y menos para una desconocida, pero algo en ella lo
empujaba a hablar.
—Estoy en la habitación 36. Tiene
problemas con la luz… pero si quiere… puede compartirla conmigo.
Aunque sea solo por esta noche.
La chica lo miró entre
sorpresa e ilusión, dejando ver un brillo de esperanza en sus ojos.
Guardó silencio unos segundos antes de responder.
—¿Está
seguro?
—Sí. No quiero que pase la noche en la fría calle —afirmó él con firmeza.
La mujer asintió, retraída, pero agradecida. Rafael la tomó suavemente de la cintura, guiándola por las escaleras. Subieron juntos, mientras la atmósfera del lugar se volvía más lúgubre, más densa, como si algo invisible ascendiera con ellos.
Al entrar, la habitación parecía distinta. Más oscura, más viva. Se escuchaban toda clase de ruidos: crujidos, susurros, respiraciones. Rafael los ignoró, y la dama ni los notó.
—Puede ponerse cómoda —indicó él, tomando unas mantas.
Ella se quitó el abrigo. Debajo, vestía un vestido ajustado, negro, de tirantes finos. Su cuerpo, delicado a primera vista, revelaba curvas pronunciadas bajo un toque sensual. Se acostó en la cama, de lado, mirando hacia la pared.
Rafael se recostó en el suelo, sobre las mantas. Cerró los ojos hasta ser vencido por el agotamiento.
Pero en sus sueños algo lo esperaba…
Primero, pasillos oscuros. Voces. Sombras que lo seguían como si respiraran detrás de él. Y luego… las mujeres.
La de la cama, junto con la de la ducha. Ambas difuminadas, desnudas, caminando hacia él. Lo tocaban sin pudor, lo besaban de abajo hacia arriba, lo montaban con un frenesí que parecía flotar entre lo real y lo imposible. Sus respiraciones se mezclaban en un murmullo cálido, risas suaves que rozaban lo prohibido, sonidos húmedos que lo envolvían mientras lo devoraban con una gracia carnal casi hipnótica.
Y en eso… ella… la huésped… apareció también.
Lo miraba de una forma que parecía desnudarle el alma. Lo deseaba como si en vidas pasadas ya se hubieran entregado mutuamente. Lo tomaba con locura, apartando a las otras dos con un gesto de posesión feroz, y con una intensidad salvaje seguía reclamándolo hasta que el instante mismo parecía quebrarse.
El sueño se volvió una montaña de emociones: eróticas, violentas, incontrolables.
Rafael despertó de golpe, sudando y respirando con dificultad, como si hubiera corrido por un abismo. El cuerpo le dolía, como si lo hubieran arrojado con furia contra el suelo.
Al levantarse, miró hacia la cama, la cual yacía vacía. La mujer ya no estaba. Solo quedaba su fragancia suspendida en el aire… y el silencio.
La mañana entró por la ventana como una caricia tibia, pero el cuarto seguía oliendo a noche, a perfume, a piel, a deseo. Rafael se incorporó lentamente, con el cuerpo pesado, como si no hubiera dormido en absoluto. El aroma de las mujeres aún flotaba en la corriente, dulce y espeso, como si se hubiera impregnado en las paredes.
Se metió a la ducha. El agua caliente no logró borrar la sensación de haber sido tocado por algo que no estaba allí. Cerró los ojos. Por un instante, creyó sentir unas manos femeninas recorrerle la espalda. Pero al abrirlos, solo estaba él. Solo. Siempre solo.
Se vistió con elegancia sobria: camisa negra, pantalón gris, chaqueta de lino. Tomó su portafolio y salió del hotel sin ver al encargado. El vestíbulo seguía vacío, como si el lugar solo existiera para él.
El restaurante donde se reuniría con los empresarios era exclusivo, con ventanales altos que dejaban ver la ciudad envuelta en neblina. Rafael avanzó entre las mesas, sintiendo el murmullo elegante de copas y cubiertos, hasta que las vio…
Una pareja de hermanas gemelas de unos sesenta años. Sus cabellos platinados, teñidos por el paso del tiempo, caían con un brillo metálico que contrastaba con sus rostros finos y delgados. No medían más de un metro sesenta y cinco, pero su porte refinado lleno de joyas imponía respeto. Sus modales eran suaves, calculados, y sus miradas bajo esos ojos verdes felinos parecían haber vivido más años de los que su edad mostraba. Lo recibieron con una mezcla inquietante: frialdad en el gesto, calidez en la voz.
Ellas eran las dueñas de la empresa que emergía con fuerza bajo el nombre Almas del Tiempo. Hablaban del vino como si narraran un legado maldito, un secreto que se transmitía de generación en generación.
—Mi estimado Rafael, hemos recibido comentarios maravillosos de ti. Tu antiguo jefe nos recomendó ampliamente tus servicios —comentó una de las hermanas, con voz pausada y firme.
—Al parecer dejaste fascinada a nuestra reclutadora de talentos. Ella fue a hablar con… ¿cómo se llamaba? Ah, sí… el señor Leopoldo Yáñez, para averiguar más de ti —añadió la otra, con un tono que mezclaba curiosidad y certeza.
Rafael inclinó la cabeza, con
un dejo de pena.
—Antes que nada, muchas gracias por la
oportunidad. Y disculpen que ayer no pude llegar a tiempo… el vuelo
se retrasó por el mal clima.
—Shhh… no digas nada más —lo interrumpieron ambas al unísono, con un gesto elegante que lo dejó sin palabras—. Prueba mejor nuestro vino. El mismo que tú te encargarás de llevar a cada familia, pareja y persona de Estados Unidos y de toda América. Desde los momentos más íntimos hasta las celebraciones más grandes.
Rafael tomó la copa lentamente. El buqué que despedía aquella bebida era intenso, envolvente. Probó un sorbo largo. El sabor era profundo, oscuro, con un dejo de madera antigua y algo más… algo que no sabía si era canela o sangre.
Las gemelas lo observaron con
sonrisas que parecían saber más de lo que decían.
—Queremos
que te quedes en Pensilvania. La marca necesita un rostro. Una
historia. Y tú… tienes ambas cosas.
Rafael levantó la copa con
seguridad.
—Es exquisito este vino… Señoras, ya me han
convencido. Ya tienen a su nuevo hombre para llevarlo por todo este
país y, por qué no, por el mundo entero. Pensemos en grande.
Hagamos que Almas del Tiempo capture a cada individuo que lo pruebe.
La tarde se desvaneció entre brindis y acuerdos. El ambiente del restaurante se volvió más denso, como si cada palabra sellara un pacto invisible.
Al regresar al hotel, su mente estaba llena de planes, pero su cuerpo cargaba una inquietud que no lograba sacudirse.
El vestíbulo lo recibió con el mismo vacío de siempre. El encargado no estaba. Otra vez. El aura era más fría, más pesada, como si el lugar lo esperara con paciencia macabra.
Subió las escaleras. Cada peldaño crujía como un susurro, resonando en el vacío como si la madera se quebrara guardando secretos. Al llegar al pasillo, lo sintió: el mismo aire helado, el mismo escalofrío que le recorría la columna como una garra invisible.
Y entonces la escuchó…
Desde
dentro de la habitación 36… respiraciones entrecortadas, húmedas,
cargadas de un placer que no debía existir allí. Sonidos de un
cuerpo moviéndose con entrega, como si alguien pecara con gusto, con
un desenfreno que no pertenecía a ese cuarto vacío.
Rafael frunció el ceño. Tocó su bolsillo en busca de la llave. Él tenía la llave. Nadie más podía estar en ese cuarto. Nadie debía haber ingresado.
Abrió la puerta de golpe y se
encontró con una visión entre fantasía y perturbación: la misma
mujer de la noche anterior.
Desnuda, sobre la cama, arqueaba el
cuerpo con lentitud, respirando con un temblor que parecía
recorrerle la columna. Sus manos recorrían sus senos prominentes,
presionando la delicadeza de sus pezones, mientras la otra acariciaba
su intimidad con una entrega casi ritual. Sus ojos cerrados, sus
labios húmedos, su piel brillando con sudor. Al mirarlo a el, mostró
unos luceros azules de perdición cuando lo observo sin sorpresa,
como si lo hubiera esperado, como si deseara ser descubierta en ese
instante.
Rafael giró la cabeza, el corazón golpeándole el pecho con violencia, el cuerpo temblando y su miembro despertando. No debía mirar. Pero el ritmo de su respiración, la cadencia de su cuerpo moviéndose, el sonido húmedo y constante de sus caricias entre las piernas lo arrastraban sin remedio.
Un estremecimiento profundo recorrió a la mujer, un gemido ahogado que se transformó en un grito que parecía desgarrarle el alma, un sonido quebrado y ascendente que llenó la habitación como una vibración prohibida cuando alcanzo el orgasmo. El silencio que siguió se extendió por las paredes como un eco maldito, pesado, expectante.
Ella se levantó con una calma casi insolente, caminó con gracia, y se colocó una bata traslúcida que dejaba ver más de lo que ocultaba. Pasó junto a él sin decir palabra, dejando tras de sí un olor a deseo que impregnó la habitación. Entró al baño y cerró la puerta. El agua comenzó a caer, llenando el aire de vapor y un murmullo constante.
Rafael quedó solo, con el
deseo latiendo en su pecho y la vergüenza carcomiéndole el alma.
No
quiso quedarse en la habitación. El aire era demasiado denso,
cargado de algo que no podía nombrar. Salió a recorrer las
instalaciones del hotel, buscando distraerse, entender, respirar.
Los pasillos eran largos, silenciosos, cubiertos por alfombras gastadas y cortinas pesadas. Las paredes estaban adornadas con retratos pintados a mano. Todos hombres con miradas perdidas, como si supieran algo que él no. En cada cuadro, un símbolo extraño: una flor en forma de pentagrama abierta, y un número apenas visible grabado en la esquina inferior.
Rafael se detuvo frente a uno. Era un hombre joven, de rostro pálido y ojos vacíos. Le recordaba a sí mismo, como si fuera un espejo. El número brillaba con la luz tenue. Otro retrato mostraba a un varón sin rostro, sin presencia, como un boceto de ánima atrapada en las sombras. Todos parecían condenados, prisioneros de algo que él no podía comprender.
El sol comenzaba a ocultarse, y la noche se acercaba como una promesa oscura. Volvió a su habitación, esperando que la mujer hubiera terminado lo que fuera que hacía. Pero al entrar, estaba solo… aunque no en paz.
El aire se volvió frío. Las paredes crujían como si se doblaran por dentro. Entre la penumbra buscó una vela, la encendió y se iluminó apenas con una flama vacilante, que proyectaba sombras que se movían como si tuvieran voluntad propia.
Y entonces, unos susurros emergieron de los rincones:
—Ven…
—Tócame…
—Hazme
tuya…
Voces femeninas. Voces húmedas. Voces que conocían cada pliegue de su deseo.
Rafael tomó la botella y bebió un sorbo grande de vino. El líquido azul oscuro ardía en su garganta, lo recorría por dentro como una caricia que lo desnudaba sin tocarlo.
Sentado en la silla, observando cómo el fuego delineaba la candela, sintió que algo lo llamaba desde lo profundo del baño. Una presencia tenue, un murmullo apenas perceptible. Se levantó y caminó despacio, siguiendo ese llamado, hasta notar la puerta entreabierta.
Iluminó un poco más hasta topar con el umbral del marco y allí la encontró…
La mujer de la ducha. Pero esta vez, de frente, sosteniéndole la mirada.
Lo incitaba al masajear todo su cuerpo de arriba a abajo, recorriendo sus pechos firmes y generosos, pasando por su vientre plano, llegando hasta sus caderas amplias, que terminaban en frotes entre sus piernas largas y torneadas. Su piel brillaba con el vapor. Su cabello caía como seda mojada. Sus ojos café claro lo miraban con deseo al reflejarse la luminosidad de la llama. Sus labios sonreían con malicia, susurrando mientras le hacía señas provocadoras con la otra mano.
—Ven… ven conmigo…
Rafael no lo pensó. Tiró la vela al suelo, que sorprendentemente no se apagó. Se despojó de toda duda y se abalanzó sobre ella.
La tomaba entre sus brazos, la besaba sin limitación, la tocaba hasta el último rincón. El agua caía con fuerza, un golpe constante que llenaba el baño con un estruendo húmedo. La vela en el piso se agitaba, proyectando sombras que parecían inclinarse hacia ellos, como si observaran en silencio.
El acto era intenso, húmedo, profundo.
Ella respiraba con un temblor que se desbordaba en su garganta, un sonido entre placer y abandono que vibraba en el aire y le recorría la piel. Él exhalaba con un ritmo quebrado, una respiración tensa que revelaba cómo cada movimiento lo consumía, cómo el deseo le nublaba la razón y le arrancaba cualquier pensamiento coherente.
Pero algo estaba mal…
Su
cuerpo se volvía cada vez más pesado, como si la carne se espesara,
como si el aire mismo se volviera denso alrededor de él. El agua,
que antes era cálida como una caricia, se volvió tan fría como el
silencio, apagando la vela con un susurro helado.
Entonces… ella
desapareció.
Como si nunca hubiera estado.
Solo quedó el
vapor suspendido, ondulando en el vacío, y la sensación de haber
abrazado algo que no pertenecía del todo a este mundo.
Rafael cayó de rodillas. Solo. Otra vez.
Confundido por lo vivido en la ducha, se quitó la ropa mojada y se envolvió en una toalla que estaba en un estante del baño. Su cuerpo temblaba, no por frío, sino por algo más profundo. Algo que se movía dentro de él, como una semilla de deseo que no podía arrancar.
Buscó la candela, tratando de secarla para volver a prenderla. Tomó la botella de vino entre sus manos. El líquido azul oscuro brillaba bajo la luz. Bebió más, hasta sentir el sabor dulce, embriagador, como si lo masajeara por sus venas. Su piel se erizaba, su miembro despertaba. Su imaginación volaba entre deseo y miedo, su mente se nublaba… hasta que se dejó caer sobre el camastro, atrapado entre la vigilia y el embrujo.
El colchón lo recibió como si lo esperara, hasta que sintió unos brazos delicados, pero sin calor. Firmes, rodeándolo por la espalda, acariciándolo, abrazándolo.
Giró el rostro… y allí
estaba Ella.
La primera mujer que había visto, la que dormía
desnuda en la cama la primera noche. Pero esta vez estaba despierta.
Su figura mostraba curvas perfectas: caderas anchas, senos grandes, piel suave como terciopelo húmedo bajo su cabello cobrizo. Sus ojos verdes brillaban con deseo, abiertos, fijos en él. Sus labios rozaban su oído, dejando escapar un susurro cálido, una respiración temblorosa que parecía cantar el pecado mismo.
Rafael no resistió más. Se entregó al deseo entre besos y caricias que ardían como cera caliente derramándose sobre su cuerpo. Sus manos la recorrieron hasta llegar a su intimidad, sintiendo cómo ella respondía con un sonido profundo, casi un suspiro quebrado, un estremecimiento que le subió por los brazos como una corriente viva.
Sus cuerpos se entrelazaban entre fluidos y el aroma espeso de la pasión. El calor que ambos emanaban se mezclaba con el frío de la habitación. La vela parpadeaba, invitando a las sombras a manifestarse en cada muro silencioso, como si observaran en un silencio expectante.
Su piel lo reconocía. Sus piernas se abrían para él. Su voz se volvía más profunda, más urgente, más entregada.
—Tócame… —susurró ella—. Tócame por completo…
Rafael la sujetó con fuerza, dejándose arrastrar por un deseo animal que le nublaba la mente. La saboreó entre sus labios, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo el suyo, y justo cuando estaban por fundirse en un solo impulso…
Una corriente de aire tumbó la vela y la apagó de golpe.
Ella desapareció… como
humo, como un sueño arrancado de la piel.
Solo quedaba la
sábana sobre su pecho y el aroma persistente de su fragancia
impregnado en el aire, como si aún respirara junto a él.
Rafael se quedó quieto. Solo.
Otra vez.
Desnudo entre las telas, con la piel aún húmeda por
la ducha, el cuerpo cansado, la mente extraviada. Se sentó en la
pequeña mesa del cuarto, olvidada entre la cama y la ventana. Era
para comer, para escribir, para leer… pero esa noche era para
reflexionar.
La botella de vino azul estaba
casi vacía, pero aun así la bebió hasta la última gota.
El
líquido ardía, lo quemaba, lo rozaba con descaro, lo invadía por
todo su ser.
—¿Qué está pasando…? —susurró, con la voz quebrada.
Los susurros comenzaron de nuevo. Voces femeninas. Voces tentadoras. Voces excitadas.
—Rafael…
—Tómame…
—Entrégate
a mí…
Él pensaba que estaba ebrio. Que el vino jugaba con su cabeza. Que sus fantasías y el deseo lo estaban destruyendo.
Cuando por fin comenzaba a relajarse, unas manos suaves, frías, delicadas le cubrieron los ojos. Una boca se acercó a su oído.
—Estoy aquí…
Rafael volteó de golpe y entonces la vio.
Era esa mujer. La misma que había recibido en su cuarto. La misma que se tocaba frente a él con descaro. La misma que ahora lo seducía sin impedimento.
Rafael se frotó los ojos para asegurarse de no estar alucinando. Efectivamente, ella estaba frente a él. Vestía una bata ligera rojiza, casi transparente, que dejaba ver más de lo que ocultaba. Su cuerpo se dibujaba con cada movimiento, revelando su vientre plano, sus senos delicados y prominentes, esas caderas curveadas, sus piernas estilizadas, largas como esculpidas. Su mirada, bajo esos ojos azulados, lo devoraba con un deseo silencioso.
Ella tomó sus manos, invitándolo a tocarla. Las guió por sus muslos, subiendo por su cintura hasta aprisionar sus pechos con una y su cuello con la otra.
—Siénteme… Pruébame… Hazme tuya… —dijo, con una voz que parecía hecha de pecado y miel oscura.
Rafael, como una bestia desatada y hambrienta, la cargó entre sus brazos y la lanzó contra la cama. Recorrió desde sus piernas hasta ascender por sus pezones, que rozaban sus labios con un temblor eléctrico, hasta atraparlos entre suaves mordiscos, llegando finalmente a sus labios en besos desatados.
Sus cuerpos se derritieron entre las sombras. La vela proyectaba figuras que danzaban en las paredes. El cuarto se llenaba de respiraciones entrecortadas, de sonidos húmedos y tensos, de susurros que se quebraban en la garganta, de un placer que parecía contener algo más profundo, más oscuro.
Ella se arqueaba. Él la arrinconaba. Sus labios se buscaban con urgencia. Sus manos se aferraban con una necesidad que rozaba la desesperación. Sus cuerpos se movían con un ritmo que parecía devorarlos desde dentro.
El deseo era absoluto. Pero el aire… se volvía más frío. Las sombras… más vivas. Y el vino… aún ardía en su sangre.
Los cuerpos se fundían en la cama como si el deseo fuera una lengua viva que los envolviera. La dama lo montaba, arqueándose sobre él, respirando con una intensidad que parecía romperle el pecho, pronunciando su nombre con una cadencia que lo hechizaba más, como si cada sílaba fuera un conjuro que lo hundía más en ella.
La vela temblaba, proyectando sombras que se movían en las paredes como espectros hambrientos, que anunciaban algo más…
Y entonces… otra presencia.
La mujer de la cama surgió de entre las sábanas como si despertara de un sueño húmedo. Su cuerpo desnudo, perfecto, se iluminaba bajo la luz temblorosa de la vela. Se abalanzó contra la otra dama, recorriendo su piel con la lengua desde las caderas hasta el cuello, mientras la que montaba a Rafael seguía moviéndose sobre él con un ritmo que parecía devorarlo. Sus labios buscaban los de la otra mujer, besos suaves que dejaban una humedad ardiente, casi febril.
Ella tomó una de sus manos, guiándola hacia su cuerpo. La colocó sobre sus pechos abultados, luego más abajo, hasta llevarlo a su intimidad. Rafael la tocó, y su respiración se quebró en un sonido profundo, tembloroso, una exhalación cargada de deseo que vibró en el aire, mientras la otra mujer lo cabalgaba con una entrega que lo desbordaba. El placer se multiplicaba, se expandía como un pulso vivo.
Y entonces… la tercera.
La mujer de la ducha emergió de entre las sombras y el vapor, caminando con lentitud, con una sensualidad que parecía flotar. Su cuerpo brillaba con gotas invisibles, sus ojos lo devoraban con hambre. Se acercó hasta voltear a la otra chica, llevando su boca a sus senos prominentes, que se ofrecían con un estremecimiento que parecía un suspiro contenido. Al mismo tiempo, ella se inclinaba hacia el rostro de Rafael, haciéndole sentir su cercanía húmeda, su calor, su presencia envolvente. Tomó su otra mano y se montó sobre ella, mientras la mirada de las tres se fundía con la suya en un pacto silencioso.
Rafael estaba entre tres cuerpos. Tres pieles. Tres bocas.
La mujer que lo montaba lo besaba. La de la cama lo recorría con la lengua. La de la ducha lo acariciaba con una suavidad que quemaba. Cada una lo guiaba, lo reclamaba, lo envolvía en un deseo que parecía no tener límites en cada vez que él las penetraba.
Aunque atrapado en el placer, su cuerpo era llevado al extremo. Las respiraciones de ellas se volvían más intensas, más profundas, más urgentes. Las suyas se quebraban en la garganta, sofocadas, desbordadas, hasta mezclarse con las de ellas en un solo murmullo frenético que parecía surgir de todas partes, como si cuatro cuerpos compartieran un mismo aliento.
El cuarto vibraba con sonidos húmedos, tensos, con el roce de piel contra piel, con un ritmo que parecía devorar el aire mismo. Las tres mujeres lo rodeaban entre besos, lamidas, mordiscos que recorrían cada parte de su cuerpo. El hombre vivía una fantasía carnal. El aire era espeso. La vela ardía y temblaba. Las sombras giraban agitando el fuego, desprendiendo aromas a sexo, a vino, a flores podridas, como un canto maldito donde el placer era absoluto, los orgasmos un coro oscuro, y el pecado inevitable.
Pero entonces… humedad.
No de ellas.
No de
él.
Algo más.
Miró de reojo hacia el baño.
La regadera se había abierto sola. El agua que caía no era clara. Era roja. Oscura. Espesa. Como sangre.
El líquido corría por el suelo, salía del baño, trazaba un camino. Huellas femeninas marcaban el piso, como si alguien caminara descalza, empapada en sangre, hacia la cama.
Rafael giró la cabeza.
Las
sábanas estaban empapadas. Rojas. Húmedas. Como si alguien hubiera
sido abierto sobre ellas.
Justo cuando la flama estaba en su punto máximo, incitada por el momento de lujuria.
La vela se apago, llevándose la luz consigo misma. Rafael estaba temblando de miedo, y al miso tiempo aliviado de que la llama se apagase.
Pero de pronto la candela volvió a arder como si el mismo averno saliera de ella. Haciéndolo observar algo que no debía ver…
Cerró los ojos.
No
quería mirar.
Pero lo hizo.
Y entonces… las vio.
Las tres mujeres.
Ya no
eran humanas.
Ya no eran amantes.
Sus cuerpos se deformaban bajo la luz temblorosa de la vela. La piel se cubría de jirones húmedos teñidos de carmesí. Los ojos se hundían, vacíos, brillando con un fulgor antinatural. Sus bocas se abrían más de lo posible, mostrando colmillos afilados en un negro escarlata, dejando escapar sonidos que ya no eran de placer, sino de hambre: respiraciones ásperas, guturales, cargadas de una satisfacción macabra.
Las sombras en las paredes se agitaban como espectros gozando. El aire olía a perversión, a vino, a flores podridas de lujuria y abominación… pero ahora también a hierro, a carne corrompida.
Rafael sintió cómo el horror se multiplicaba. Tres presencias. Tres espectros de deseo obsesivo convertidos en una fantasía siniestra.
La mujer de la cama tenía la piel pálida como mármol, cubierta de venas negras que latían. Sus ojos eran pozos oscuros, sin pupilas. Sus labios partidos, sangrantes, sonreían de forma tétrica. Sus pechos estaban marcados por mordidas profundas. Sus uñas largas, negras, afiladas, parecían garras. Su lengua recorría el cuerpo de la segunda mujer con un deseo animal.
La mujer de la ducha tenía el cabello mojado pegado al rostro. Su piel brillaba como carne recién abierta. Sus ojos eran profundos, abismos sin fondo. Su boca estaba cuarteada, y al sacar la lengua parecía partida en dos, semejando un reptil. Su cuerpo se movía con una sensualidad monstruosa, besándose con la tercera mujer mientras la primera lamía la sangre de su cuello.
La mujer que Rafael había acogido tenía la piel oscura, como ceniza. Sus ojos rojizos brillaban como fuego contenido. Su cuerpo era perfecto, pero marcado con símbolos grabados por zarpas, cicatrices en forma de flores retorcidas, como pentagramas en carne viva. Sus manos y garras estaban manchadas de un líquido oscuro escarlata. Su boca reía; su lengua se movía como una serpiente. Lo montaba. Lo besaba con una sed que le cortaba los labios, mezclando los alaridos de dolor con el eco húmedo de sus respiraciones excitadas.
Sus bocas se encontraban. Sus lenguas se entrelazaban. Sus cuerpos se fundían entre sí mientras devoraban el suyo. El tormento era dulce. La lujuria, infinita. Lo macabro, inevitable.
Los gritos del hombre se mezclaban con los sonidos de ellas: respiraciones rotas, murmullos distorsionados, risas que se quebraban en un eco siniestro que resonaba por toda la habitación entre satisfacción y agonía. Bañadas en fluidos rojos, con la boca manchada de pecado, con los ojos encendidos por el deseo y la muerte, reían con una alegría monstruosa.
Rafael, con los ojos llenos de miedo e incertidumbre, veía cómo su cuerpo se desangraba. Cortes en el pecho. En los brazos. En las piernas. En el cuello. No los había sentido en el momento carnal. El deseo lo había cegado.
Las tres mujeres se besaban entre ellas. Se lamían. Se tocaban. Se frotaban. Se reían de su cruel destino, del camino inevitable al que lo arrastraban.
Las sombras celebraban.
El
cuarto era un altar.
Y Rafael… una ofrenda. Un tributo. Un
amante sacrificado.
Hasta que la última vela ardió con fuerza y terminó por consumirse en la oscuridad.
A la mañana siguiente...
Bajo un amanecer gris. El cielo parecía llorar sin lágrimas. El hotel seguía en pie, como si nada hubiera pasado.
El viejo encargado, encorvado, con su traje polvoriento, tiraba la basura con lentitud. Sus movimientos eran torpes, como si el tiempo lo olvidara. Entró al vestíbulo. El silencio lo recibió.
Se acercó al mostrador.
Sacó
una llave de su viejo pantalón.
La número 36...
La giró entre sus dedos. La observó con una mezcla de pena y costumbre. Luego levantó la mirada.
El tablero de retratos colgaba en la pared. Todos aquellos hombres con miradas perdidas mostraban ahora un dolor profundo, mientras el anciano limpiaba los cuadros. Quitó el del rostro vacío.
Con desilusión, tomó un marco recién barnizado y colocó un retrato nuevo.
Rafael. Su rostro serio, elegante, con los ojos apagados. El símbolo extraño grabado en la esquina. El número 36 marcado en rojo junto con la flor en forma de pentagrama. Y debajo… una copa de vino azul oscuro, como si el retrato fuera una forma de despido.
El encargado suspiró.
—Otro
más… —murmuró, como si hablara con alguien que no estaba.
Coloco la llave junto con las demás, para luego perderse en la oscuridad.
El hotel quedó en silencio.
La habitación 36 estaba vacía.
Pero no en silencio.
La habitación 36… espera.
Las sábanas aún húmedas de tonos carmesí. El vino azul aún goteando desde la botella rota. Las paredes respiraban. El resto de las vela consumidas dejaba una estela de humo que se enroscaba como una serpiente invisible.
Un susurro que no venía de un
rincón, sino de todos.
La madera crujía. El aire se espesaba.
El espejo se empañaba sin razón.
Una voz… femenina. Grave.
Sensual. Antigua.
Una risa suave. Un gemido contenido. Un eco de
placer y condena.
Una figura se dibujaba en la
penumbra del umbral de aquella habitación. No tenía rostro.
No
tenía forma. Pero olía a perfume antiguo, a piel encantada, a vino
derramado.
Mientras el retrato de Rafael perdurara, como muestra de que el sexo también puede llevarte al abismo… regalándole otro retrato mas, lleno de pena y dolor, donde aquel muchacho seguirá caminando por las penumbras bajo ese hotel en Pensilvania.
Holis, acabo de terminar de leer tu cuento y de verdad quiero reconocerte algo importante: escribiste con una valentía y una intensidad que pocos se atreven a mostrar!
ResponderBorrarSe nota tu visión, tu imaginación y tu capacidad para manejar atmósferas profundas. Tu narrativa tiene fuerza, sensualidad y un dominio del suspenso que atrapa desde el primer párrafo.
Tu forma de escribir demuestra liderazgo creativo; te atreves, experimentas y construyes mundos completos.
Eso no cualquiera lo hace! Felicidades, de verdad Sieg!
Gente, lean con calma, disfruten los detalles, sigan cada escena… porque este texto no es cualquier cosa: es una historia intensa, atmosférica y muy bien trabajada. Vale la pena detenerse y apreciarlo!
Cuando uno lee así, crece, cuando un compañero escribe así, hay que apoyarlo y reconocerlo.
Adelante, familia!