lunes, 17 de noviembre de 2025

Espejo de la verdad.

 "Tu reflejo puede acabar contigo…"

Karina estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Faltaban solo unos días para dejar de ser una adolescente y convertirse en una mujer, y sus amigas lo sabían. Abigail y Cecilia, compañeras inseparables desde la primaria hasta la preparatoria, estaban emocionadas.

—¡Amigaaa! Ya falta cada vez menos para que cumplas dieciocho —exclamó con algarabía Cecilia, dejándose llevar por el cariño que le tenía.

—¿Y si lo celebramos antes? —propuso de forma sorpresiva Abigail—. Con una pijamada. Así planeamos bien todo para celebrarte como lo mereces.

—¡Chicas! No quiero ser mala onda, pero… ¿no estamos ya grandes para eso? Además, no creo poder asistir. Mis papás no estarán en casa este fin, seguro me mandan con mi abuela —respondió Karina, dubitativa, tratando de no romper el momento.

En ese instante, alguien más escuchaba. Diana, una nueva compañera que acababa de entregar unos libros, se acercó con aire sarcástico.

—¿Pijamada? Eso es cosa de niñas. Lo de ahora es una reunión nocturna de chicas —declaró con desdén—. ¿Van a ver películas del ratoncito feliz, comer palomitas y hablar de sus crushes? ¡Eso es taaaan infantil!

—¡A ti nadie te está preguntando ni mucho menos invitando, metiche! —aclaró Cecilia, molesta por el comentario.

—Espera… ¿Qué tienes en mente, Diana? —preguntó Karina, intrigada por la seguridad en sus palabras.

—Simple. Aprovecha que tus papás no estarán. Pídeles que te dejen invitar a unas amigas. Lo demás… yo me encargo —propuso con descaro, sabiendo que sin adultos presentes, la noche no tendría límites.

Las tres chicas se reunieron aparte, tratando de decidir si era buena idea incluir a la nueva compañera.

Diana ya era mayor. Había cumplido diecinueve años unos meses atrás y sabía que, para algunas chicas en transición de adolescencia a mujer, las reuniones nocturnas solían incluir alcohol, juegos extremos y “invitados sorpresa”.

—¿Será buena idea incluirla? Apenas la conocemos —comentó Cecilia, sin dejar de observarla con desconfianza.

—Es mayor que nosotras. Apuesto a que hará la noche más divertida… y nos enseñará muchas cosas —afirmó Abigail, entusiasmada por la idea.

Después de una charla grupal, decidieron integrarla. Querían que la noche previa al cumpleaños de Karina fuera inolvidable.

—Bueno, ya está decidido. ¡Tú serás nuestra invitada especial! —recalcaron con entusiasmo, dándole la mano a Diana.

Pasaron los días. Karina, tras insistir durante la semana, logró convencer a sus padres de permitirle la pijamada, a pesar de que no estarían presentes. Las primeras en llegar fueron, como siempre, Cecilia y Abigail, con sus bolsas de dormir y mochilas con ropa de cambio.

—¡Niñas! Nada de fiestas ni personas extrañas, ¿escucharon? —subrayaron sus padres con firmeza antes de irse—. ¡Está claro! Pórtense bien y cuídense mucho.

—¡Sí, papá! ¡Sí, mamá! Los quiero mucho. Gracias por dejarme quedarme con mis amigas —respondió Karina, feliz por el permiso.

Una vez solas, comenzaron a organizar todo: botanas, bebidas, golosinas, películas, discos de agrupaciones del momento, y las camas donde dormirían.

A las ocho de la noche, sonó el timbre. Era Diana. Llegó con una sonrisa y un par de bolsas que prometían sorpresas.

—¡Es hora de hacer una verdadera fiesta de chicas! —gritó, alzando dos botellas de alcohol—. Miren nada más quiénes vienen conmigo…

—¡Oye! Dijimos nada de bebidas alcohólicas —comentó Cecilia, preocupada al ver lo que traía—. Si se enteran que bebimos en casa… ¡jamás nos dejarán hacer otra pijamada!

—No seas aguafiestas. Nadie se va a enterar, ¿verdad, chicas? —recalcó Diana, segura de sí misma, tratando de convencerlas de que no pasaría nada.

Las cuatro tomaron sus respectivos vasos y comenzaron a beber mientras ponían melodías a todo volumen de sus bandas de pop favoritas. Bailaban, reían, y la noche parecía perfecta. Después de unos tragos, mucha música y el primer filme de terror, Diana tomó el control remoto y apagó la televisión de forma impulsiva.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Karina, molesta por la interrupción—. ¡Apenas iba a poner otra película!

—Les mostraré algo más interesante. Quedamos que esta noche no sería como cualquiera —respondió Diana con un tono más serio y persuasivo.

Sacó una vela negra, extraña, con símbolos grabados en su superficie. Junto a ella, unas plumas rojas y papeles amarillentos con escritura ilegible.

—¿Cómo se te ocurre traer esa clase de cosas aquí? —susurró Cecilia, con miedo, al ver los objetos que le recordaban los cuentos de pesadillas que solía leer.

Diana solo las miró, soltando una leve sonrisa mientras acercaba los objetos poco a poco.

—¿No quieren saber qué les depara el futuro? —enfatizó con misterio, encendiendo un fósforo.

—¿Futuro? ¿Se puede ver con un juego? —preguntaron las tres chicas al mismo tiempo, mirándose entre sí, incrédulas.

—Aquí tengo las instrucciones. Todas debemos seguirlas para verlo a través de este espejo —indicó Diana, con voz seca, repartiendo a cada una, una pluma roja y una hoja de papel—. Este no es un simple juego. Se llama Espejo de la verdad. Cada una debe escribir lo que realmente quiere saber y repetir las siguientes palabras:
“Espejo, espejo mío, muéstrame lo que es real, y revélame lo que me depara el destino.”

—¿Solo eso debemos hacer? —preguntó Abigail, desafiante, mirando con desdén los objetos que les habían sido entregados.

—No. Para que funcione, debemos apagar todas las luces de la casa y encender la vela. Pero antes, debemos elegir el espejo. Tiene que ser grande, que nos permita vernos de pies a cabeza —subrayó Diana, detallando cada paso con precisión.

Las chicas se dirigieron a una vieja habitación que permanecía cerrada con llave por los padres de Karina. Dentro, encontraron un espejo antiguo, alto, con marco de madera tallada. Justo lo que se requería.

—¡Es perfecto! Ten, sostén esto —señaló Diana con excitación, dejando las cosas en manos de Abigail mientras pasaba sus dedos por los bordes del cristal.

—Tiene tiempo guardado aquí, pero nunca entendí por qué mis padres jamás lo pusieron en alguna parte de la casa —comentó Karina, con incertidumbre.

—Puedes preguntárselo al mismo espejo… él sabe por qué está oculto entre estas paredes —respondió Diana, con tono místico, viendo cómo la curiosidad de Karina crecía.

Una vez elegido el lugar y el objeto, las chicas apagaron todas las luces. Diana se quedó junto a la vela. Parecía solo otro experimento de historias de ficción, pero no sabían que ella sabía más de lo normal. No era solo una fan del ocultismo… tenía algo entre manos.

Ya en la oscuridad, se reunieron en círculo en medio de la habitación. La vela fue colocada en el centro. Diana encendió un cerillo de madera, lo acercó lentamente a la mecha, y la llama cobró vida. Las miró a cada una. Las tres temblaban. No solo por el frío… sino por el miedo que comenzaba a filtrarse en sus corazones.

—¡Tú! Vas a ser la primera —ordenó Diana con voz firme, señalando a Cecilia.

—¡No! ¿Por qué tengo que iniciar yo? —gritó Cecilia, escondiéndose detrás de Karina.

—¿Por qué no empiezas tú, Diana? —protestó Karina, molesta, defendiendo a su amiga—. Nosotras no sabemos cómo se juega ni qué se hace. Debes darnos el ejemplo.

Resentida, Diana tomó la vela y se dirigió al espejo, dándoles la espalda. Pero fue detenida abruptamente.

—¡Espera! Quiero ser la primera —exclamó Abigail, tomando la vela y cambiando de lugar con Diana—. Si dejamos que ella lo haga, nos dará miedo y creeremos en todo lo que vea. ¿Qué se tenía que hacer?

—Debes acercarte al espejo, pegar tu mano en él y decir lo que dice el papel. Luego, leer en voz baja lo que escribiste con la pluma roja, cerrar los ojos por diez segundos y abrirlos con calma —explicó Diana, sin evitar que se le escapara una risa—. Una advertencia: una vez iniciado, las cuatro debemos terminar. Nadie puede correr. Pase lo que pase, manténganse en sus cinco sentidos.

Abigail asintió. Caminó lentamente hacia el espejo antiguo, pegó su mano sobre la superficie helada y sintió un escozor que le recorrió el brazo. Cerró los ojos lentamente.

—Espejo, espejo mío, muéstrame lo que es real, y revélame lo que me depara el destino —entonó con voz suave pero firme, la respiración agitada.

Usando la luz de la vela, leyó lo que había escrito en la hoja arrugada:

—¿Cuál de nosotras será la primera en casarse y ser madre? —susurró, titubeante.

Pasaron los segundos. Al abrir los ojos, su expresión cambió de nerviosismo a decepción.

—¡Qué absurdo es esto! No vi nada. Nos has timado —se rió despectivamente, burlándose de Diana.

Invadida por la curiosidad, Cecilia se adelantó. Tomó la vela y se colocó frente al espejo.

—Yo quiero intentarlo. Al verte, ya se me quitó el miedo —exclamó, más segura.

Pero Karina la detuvo.

—No. Mejor yo lo confirmo. Si pasa algo, prefiero que me pase a mí —insistió, protegiendo a la más joven.

Diana se veía molesta, como si esperara que Cecilia fuera la siguiente.

Karina se acercó al espejo. Colocó su mano sobre el cristal.

—Espejo, espejo mío, muéstrame lo que es real, y revélame lo que me depara el destino —evocó las palabras, luego leyó con ayuda de la vela:

—Quiero saber qué misterio guardas y por qué estás aquí escondido —susurró, cerrando los ojos.

Un ruido fuerte retumbó por toda la habitación. Karina sintió cómo su pecho se oprimía, dejándola sin aire.

—¡Huyeee! ¡Huyeee! —susurró una voz desde las paredes, que solo ella podía escuchar—. ¡Tu alma reclamarán!

Al abrir los ojos, lo vio.

Su reflejo estaba distorsionado, como una pintura mal hecha. En lugar de mostrarla como una joven llena de vida, se veía envejecida, sufriente, atrapada en la oscuridad. Golpeaba el vidrio, desesperada, queriendo entrar.

—¡Ustedes van a ser mías! —se leía en el espejo, escrito con lo que parecía un dedo largo y amorfo.

Karina cayó hacia atrás, derribando la vela, que se partió en dos al tocar el suelo.

—¡Qué estupidez acabas de hacer! ¡Les dije que no debían apagar la flama! ¡Eres una tonta! —gritó Diana, enfurecida.

—¡Nooo! ¡Nooo! ¡Hay que irnos de aquí! ¡Esa cosa viene por nosotras! —gimió Karina, aterrorizada.

—¡Cálmate, por favor! ¡Nos estás asustando! —decían sus amigas, tratando de consolarla.

Otro golpe se escuchó, esta vez desde la sala. Algo se había hecho presente.

Cecilia se quedó cuidando a Karina, aún en shock. Diana intentaba reparar la vela. Abigail, decidida, tomó un bate de béisbol que estaba en un rincón.

—¿Quién está ahí? —exclamó con voz alterada—. ¡Tengo un arma y no dudaré en usarla!

Bajó poco a poco hasta la sala. Una de las ventanas estaba abierta. Se acercó.

Crash! Crash! Crash! —sonaba desde un rincón, detrás de un viejo sillón.

—¡Aaaaaaahhhhhh! —gritó, un alarido que resonó por toda la casa.

Karina, al escuchar el grito, se recuperó. Junto a Cecilia, bajaron corriendo.

Crash! Crash! Crash! —seguía el ruido.

Con la lámpara del celular, Cecilia iluminó la sala. Y allí, la vio.

Abigail estaba tirada en el suelo… junto a una figura larguirucha.

—¿¡Quién carajos eres y qué haces aquí en mi casa!? —gritó Karina, furiosa, al ver a un tipo desconocido comiendo unas papitas que aún estaban cerradas.

—¡Cálmate! Solo vine por Diana. ¡Diana! ¡Diana! —exclamó con fuerza, esperando que la chica bajara.

Diana, frustrada, con la vela partida por la mitad en sus manos, descendió al escuchar a su novio, quien se había colado por una de las ventanas que ella había dejado abierta.

—No es buen momento para que estés aquí —dijo molesta, mirando al intruso.

—Tú me prometiste cervezas, botanas… y pasar la noche juntos —replicó de forma demandante, sin dejar de masticar—. Crash! Crash! Crash!

—¡Te digo que no es buen momento! ¡Vete de una vez! —repitió con voz elevada, señalando la puerta.

—Diana, tienes que explicar qué hace este tipejo aquí —exclamó Karina, rabiosa, mientras trataba de reanimar a Abigail.

Cuando Abigail despertó, recostada en el regazo de Cecilia, se levantó de golpe, amenazante, con el bate en mano, apuntando hacia la pareja.

—¡Calma! ¡Calma! Solo vine por lo mío y ya me voy, grupo de mujeres locas —respondió con ironía el novio, arrebatándole lo que Diana trataba de pegar entre sus manos—. ¿Qué es esto?

—¡Dame eso! Tengo que repararla y cerrar lo que comenzamos —exclamó Diana, intentando recuperar la vela y los papeles.

—¿“Espejo de la verdad”? ¿Qué estupidez es esta? —se burló el tipo, leyendo los papeles—. “Busca un buen espejo, escribe lo que quieres saber, cierra los ojos…” Falta decir “truco o trato”. ¡Jajajaja! Es pura basura.

Después de leer las instrucciones, el novio de Diana comenzó a buscar el espejo más cercano, abriendo cada habitación, ignorando los intentos de las chicas por detenerlo. Abrió la última puerta y se encontró con el espejo de cuerpo completo. Empezó a hacer muecas frente al cristal, que parecía empañado.

—Espejito, espejito… ¿quién es el hombre más bonito? ¡Pues yo! Nadie más guapo que yo —vaciló, burlándose del ritual—. Mi destino es ser rico y sexy, con el mundo a mis pies.

Sin dejar de reír, se paró frente al espejo con la vela partida y apagada. Pintó su nombre en el vidrio, manchándolo con los dedos. Cerró los ojos. Al abrirlos, una llama surgió de la vela, incendiando su ropa. El espejo comenzó a brillar… como un agujero negro.

Las chicas no podían creer lo que veían. La reliquia antigua, que estaba en el segundo piso bajo llave, ahora aparecía frente a sus ojos en la planta baja. Pero lo peor estaba por venir.

Del hoyo interdimensional emergió un aire curvo, un remolino helado que las rodeó. La llama de la vela se avivó, revelando en el cristal la sombra de una criatura siniestra, contenida del otro lado, empañando el vidrio.

—¡Auxiliooo! ¡Ayúdenmeee! —suplicaba el chico, siendo arrastrado hacia el espejo, impactando contra él.

Craaaassshhh! —resonaba cada golpe, mientras su cuerpo chocaba contra el vidrio, que se quebraba lentamente. Manchas de sangre salpicaban a las chicas, que observaban horrorizadas cómo los pedazos de cristal deformaban el rostro y la piel moribunda del muchacho.

Su líquido vital decoraba la puerta, marcando el paso de la criatura aberrante.

Una bestia que desafiaba la lógica.

Su cuerpo era largo como una serpiente, mostrando solo el torso superior. Múltiples articulaciones se plegaban en direcciones imposibles. Garras curvas, hechas de cristal oscuro, apresaban la carne putrefacta del muchacho, que era consumido entre pena y desesperación.

Su piel era escamosa, oscura, pero traslúcida. Reflejaba fragmentos de espejo pegados al azar, vibrando con ecos de otros lugares. Su cabeza portaba rostros desfigurados, remachados como máscaras que reflejaban el dolor de sus presas. Sangraban por sus cavidades, devorados cruelmente por la bestia.

Y en el centro de todo… una lengua viperina, que babeaba ríos carmesí.

Las chicas quedaron impactadas, dobladas por las risas macabras que la aberración resonaba por todo el lugar —Hahaha… hahahaaa… Hahaha… hahahaaa…—.

—¡Miiiiiiaaaaaassssss! —vociferaba la criatura amorfa, excitada, mientras comenzaba a ir tras ellas, tratando de escapar de la antigüedad donde había estado presa.

—¿¡Qué diablos es eso!? —gritaban aterrorizadas, viendo cómo la monstruosidad bufaba, reclamando su sangre.

Intentaron escapar hacia el segundo piso, perseguidas por un ser interdimensional que parecía haber sido traído a este mundo.

—¡Aaayyy! ¡Mi piernaaa! —gemía Diana, doblándose el tobillo al correr por las escaleras, cayendo herida.

Karina y Abigail corrieron en su auxilio, cargándola como pudieron, mientras Cecilia les daba luz con el celular. Llegaron a una habitación, cerraron la puerta con fuerza, intentando que el ente macabro no cruzara.

Chk! Chk! Chk! —el pomo de la puerta giraba desesperadamente. Las garras arañaban el metal, embistiendo la madera con furia.

Las muchachas se quedaron inmóviles, la linterna apenas cortaba la oscuridad.

—¡Vete! ¡Vete! ¡Vetééé! —gritaron todas, pero sus palabras solo excitaban más a la criatura, que respondía con chillidos animales —¡Kriiik! ¡Graaah!—, susurros tétricos —¡Hrr-hrr-hrr!— y llantos de bebé —¡Uaaah! ¡Ueeeh! ¡Mmmmaa!—, distorsionados de forma gutural, volviendo la situación cada vez más desquiciante para el grupo de chicas.

—¿Y ahora qué hacemos? ¿A dónde podremos escapar? ¡Nos tiene rodeadas! —exclamó Cecilia, entrando en pánico, perdiendo el aire.

—¡Tú eres la culpable! ¡Tú invocaste a esa cosa! —señaló Karina, con rabia, apuntando a Diana, quien intentaba unir la vela—. ¡Y todavía tienes el descaro de sostener esa maldita cosa!

Diana se levantó como pudo, a pesar del dolor, queriendo pegar la candela con manos temblorosas, dirigiéndose al espejo.

—¡Deja de culparme! ¡Yo jamás quise invocar nada! ¡Y si sostengo esto es porque es nuestra única manera de salvarnos! —recalcó con rabia y llanto.

Buscaba con desesperación la caja de fósforos que había caído al suelo.

—¡Muévanse y denme una mano! ¡Tenemos que cerrar ese portal! ¡Abigail, toma la caja y prende un fósforo, yaaa! —gritó acelerada.

Abigail, temblando, tomó la caja, pero los nervios la traicionaron. Se le cayó al suelo al escuchar cómo la cosa diabólica estaba a punto de capturarlas. Se agachó, recogió lo que pudo, encajándose las astillas de madera entre su puño.

—¡Nooo! ¡No quieren prender! —respondía angustiada, fallando al encender las mechas, mientras Karina y Cecilia empujaban un viejo escritorio contra la puerta, junto al espejo donde todo había comenzado.

—¡Dense prisa! ¡No vamos a resistir más! —exclamaban, desesperadas, sintiendo que el monstruo estaba por derribarla.

Tras muchos intentos, por fin uno de los fósforos encendió la candela.

El silencio inundó la casa.

Las cuatro chicas quedaron confundidas… y aliviadas.

—¿Ya paró por fin esto? ¿Funcionó? —preguntaron, esperanzadas, mirando a Diana.

—Creo que sí… pero de todas formas hay que cerrar el portal o lo que sea que se haya abierto —comentó con intranquilidad, buscando algo más en su mochila.

¡THUMP! —un golpe sordo detrás de ellas hizo que las cuatro giraran la cabeza hacia una de las paredes de la habitación. La manija se quebró, y la puerta cedió con un gemido —¡Gnnnrrrhh!— que hizo estallar los cristales del cuarto —¡KRSSHHH! ¡TINK-TINK!—. Un fragmento cortó la manga de Karina; su sangre burbujeó, negra y densa, como tinta viva que corría hacia el espejo, desafiando toda ley de gravedad

Del otro lado de la puerta no se veían rastros de la criatura. Aprovecharon para salir corriendo, cruzando el umbral. Pero el ente apareció nuevamente, emergiendo del espejo. Lanzó contra Diana un látigo viscoso, negro y putrefacto, que se enroscó en su tobillo como una trampa para osos, tirándola con fuerza hasta hacerla caer.

—¡Me atrapó! ¡Nooo! ¡Ayúdenme, por favor! —gritaba Diana entre sollozos, aferrándose al marco de la puerta.

Las amigas se quedaron paralizadas en el filo de las escaleras, congeladas por los sonidos que emitía el ente maligno. Mientras tiraba de Diana, la laceraba con sus extremidades —afiladas, viscosas, inhumanas—, emitiendo un zumbido —¡Bzzzzrrrhh!— que modulaba en voces de las víctimas, ahora ánimas en pena —¡Aaaayyy... nooo... mámááá...! ¡Sálvameee! ¡Nooo!—, devoradas por esa cosa.
Cada sonido se clavaba como agujas en la memoria de las chicas. Fueron testigos del sadismo, del dolor, de las lágrimas… del terror. Vieron cómo la criatura arrastraba a Diana hasta el espejo, dejando sus uñas encajadas en el marco de la puerta —el último rastro de aquella chica que fue consumida por completo en la oscuridad.

Horas después… Karina, Abigail y Cecilia fueron encontradas por una patrulla vecinal que hacía rondas de madrugada. Corrían por la calle, se tiraban en el césped frío, jadeaban con las manos temblorosas, abrazándose entre sí como si algo las acechara. Gritaban desesperadas que habían capturado a su compañera.

Los vigilantes llamaron a las autoridades. Al registrar la casa, no encontraron más que botanas, bebidas alcohólicas y películas de terror. Según los reportes, todo fue producto de un brote psicótico. Las chicas, solas y alteradas, inventaron que existía una cuarta persona.

El grupo de amigas nunca volvió a ser el mismo. Quedaron severamente traumatizadas y fueron recluidas en un hospital psiquiátrico, en lugares separados. Las tres sufrían episodios de delirio persecutorio. Por las noches no podían dormir. Gritaban que una criatura maldita las buscaba… para llevárselas también.

Cada vez que la luna se oculta en la oscuridad, la escuchan gemir sus nombres —¡Karinaaa... Abigaaail... Ceciiliaaa...!—. Ven iluminarse su reflejo por una flama intensa que proviene de esa vela negra, adornada con símbolos extraños, a medio consumir.

Sostenida por Diana.
Con los ojos en blanco.
Sonriendo de forma macabra.
Pintando en el vidrio con sangre los nombres de cada una…
esperando que algún día la acompañen del otro lado del espejo.

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