jueves, 9 de octubre de 2025

¿Puedes escucharlos llamarte?

 


Hay noches en que las voces, no vienen precisamente del viento…”

María y Alfonso daban un paseo a altas horas de la madrugada por unas lúgubres calles, después de una velada inesperada donde el alcohol, el baile, la música, las charlas candentes, las caricias provocativas y esos besos en los que la ropa estaba por desprenderse entre insinuaciones más subidas de tono los mantenían aún encendidos. Esperaban un taxi como recién enamorados, contando los minutos para consumar su amor en la privacidad de su hogar.

A unos pasos más adelante, María sintió una extraña curiosidad por una antigua casa de ventanas rotas, envuelta en oscuridad. Parecía observarlos desde la lejanía, como cuencas vacías al final del camellón. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¡Iiiihhh...! ¿¡Ves eso!? —preguntó con intriga, señalando los cascarones de la vieja vivienda con su dedo tembloroso—. Me da una vibra tan rara que hasta me pone la piel de gallina.

Alfonso se detuvo en seco, tratando de enfocar la vista, aunque el mareo no se lo permitía.

—Vamos... No es más que una ruina que se cae a pedazos —comentó con desdén, observando los marcos vencidos.

La noche se cubría con un manto desolador. El parpadeo del alumbrado y el sombrío pasaje que se interponía en su camino hacían que sus corazones latieran al unísono, en un ritmo creciente, mientras la luz se extinguía como velas que se derriten.

—¡Aaay! ¡No quiero pasar por ahí! ¡Por favor... nooo...! —exclamó María entre súplicas y ademanes, como una niña asustada que se cubre los ojos.

—¡Dale prisa! Ya es muy tarde y no alcanzaremos un taxi. ¿O prefieres quedarte aquí sola a que se te aparezca un fantasma…? —bromeó Alfonso, haciendo sonidos de espectros—. ¡Booo... booo…! Mira que te pueden ver como un buen aperitivo las criaturas de la noche…

—¡No juegues con eso… yaaa…! ¡Salgamos de aquí! —vociferó con pánico, apretándole la mano con fuerza y obligándolo a acelerar el paso.

El callejón parecía alargarse sin fin. El aire se volvía denso, con un resoplo helado que traía olor a humedad y descomposición. El eco de sus pasos resonaba en el silencio inquietante, haciéndolos saltar con cada crujido de piedra pisada. La sensación de ser observados se intensificaba, empujándolos hacia una desesperación que se notaba en sus ojos, hundiéndolos en un delirio de persecución, como si algo los siguiera en la penumbra.

Al final del sendero, a pocos metros de la vieja vivienda, los restos de la casucha abandonada parecían respirar. Exhalaban un aliento gélido que les erizaba la piel. Las ventanas rotas los acechaban con malicia; la pintura descascarada y las puertas balanceantes creaban una atmósfera tétrica, envuelta en un aura de misterio que guardaba secretos de sus antiguos moradores.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de que no estaban completamente solos.

—¡Maaariiiaaa…! ¡Veeen…! ¡Aquí estamos…! —susurraron voces inquietantes, suaves y persuasivas, provenientes de la quebrada morada.

—¿Escuchaste eso? —preguntó María, deteniéndose de golpe, con el pecho oprimido.

—¡No! ¡No escuché nada! ¡Apresúrate! —replicó Alfonso, con un tono más parecido a una orden que a una respuesta, como si intentara convencerse a sí mismo.

La despreocupación del hombre se desvanecía. Un presentimiento lo carcomía.

—Gluup —tragó saliva en seco, temiendo perder la poca valentía que le quedaba, mientras veía a su pareja caminar hipnotizada, ajena a las señales de peligro.

—¡Maaariiiaaa! ¡Ven aquí! ¡No temas de nosotros…! —volvieron a resonar las voces, más claras, más insistentes, constantes y demandantes.

Las bisagras oxidadas y la madera carcomida se abrieron lentamente —creeek…—, como un ataúd que se destapa, dejando escapar un lamento metálico que advertía de una presencia.

—¡Maríaaa... Noooooo! —gritó Alfonso al ver cómo su pareja se adentraba en la vivienda, atraída por una fuerza invisible, mientras sombras danzaban celebrando un macabro juego.

La mujer continuó avanzando, aunque un estremecimiento la recorrió por completo —haaasss… haaasss…— jadeaba, hasta que algo la hizo voltear —crac… crac…—. Un crujido resonó detrás de ella, seguido de pasos apresurados que se deslizaban entre los escombros. Entonces vio pequeñas sombras que parecían infantes corriendo, apenas visibles entre la tenue luz que se filtraba por las grietas.

—¡Apresúrateee…! ¡Te estamos esperandooo! —volvieron a susurrar las voces infantiles, suaves y tétricas, flotando en el aire como un zumbido que la acorralaba contra la pared.

De la nada, un alarido desgarrador se escuchó —¡aaaaaahhhhhh!—. Era María, quien salió despavorida, dominada por un terror incontrolable.

—¡Espera! ¡Espera! ¡Espera…! —vociferó desesperado Alfonso, al ver cómo su amada se perdía corriendo entre la oscuridad. La siguió, tropezando entre las sombras, hasta distinguir a lo lejos un viejo establecimiento donde algunos taxistas solían comprar comida.

Miró a su alrededor, y por fin la encontró: estaba a pocos metros, abrazada a un poste de luz, el rostro pálido como una hoja de papel, los ojos desbordados de lágrimas y la voz ahogada por el nerviosismo. Temblaba tanto que la farola se agitaba con ella.

—¡Mi amor! ¿Por qué saliste corriendo así? —preguntó alarmado Alfonso, viendo cómo su pareja se ocultaba tras el metal, incapaz de hablar—. ¿Qué viste, cariño?

—¡Nada! ¡No vi nada! ¡Quiero irme a casa! —respondió entre sollozos, con la voz rota, dejando escapar unas cuantas lágrimas—. ¡Por favor!

Al verla tan fuera de sí, Alfonso no tuvo más remedio que refugiarla entre su brazo y su pecho, mientras alzaba la mano libre intentando llamar la atención de algún vehículo a lo lejos, con la esperanza de escapar de aquel lugar… antes de que otra cosa más pasara.

Las luces de la avenida comenzaron a apagarse una a una lentamente, como si una sombra voraz se estuviera alimentando de ellas. En ese instante… un mal presentimiento recorrió su espalda. Lo que creyeron que era producto del alcohol los dejó paralizados.

—¡Ya nos viste…! ¡Ahora te toca esconderte a ti… Vamos por ti! —pronunciaban en tono malicioso aquellas voces, dejando sus risas resonando en la oscuridad como un canto maldito.

Las pequeñas sombras se acercaban cada vez más, iluminadas por el reflejo de la luna, sus ojos brillando con una perversión inquietante. Alfonso no podía creer que todo eso estuviera ocurriendo mientras su novia caía presa del miedo, a punto de desmayarse.

Justo cuando el terror alcanzaba su clímax, un vehículo apareció de repente frente a ellos, como si alguien hubiera escuchado sus plegarias.

El taxista bajó la ventanilla, extrañado por el comportamiento de Alfonso al sostener a María entre sus brazos. Quitó el seguro de la puerta y los dejó entrar.

El chico trató de tomar aire para tranquilizarse, pero entre el miedo y la desesperación, no podía dejar de mirar a su alrededor, temiendo que aquellas criaturas en forma de infantes los alcanzaran.

—¿Está todo bien…? ¿Joven? —preguntó con voz grave pero preocupada el conductor, como si fuera un familiar.

—¡Sí… señor! ¡Solo arranque…! ¡Por favor! —exclamó Alfonso, acelerado por la poca cordura que le quedaba, al mismo tiempo que intentaba hacer reaccionar a María, dándole un par de leves cachetadas sin dejar de mirar por la ventana.

El taxista no preguntó más y dio marcha al auto rumbo al camino indicado, sin dejar de observarlos por el retrovisor.

Los minutos pasaron, quedando atrás el susto, cuando Alfonso se dio cuenta de que estaban a unos metros de la casa de su chica. Al bajar, tomó las llaves del bolso de ella y la cargó para sacarla del auto. Una vez dentro, la llevó hasta su dormitorio, la recostó y la cubrió con una de las mantas que estaba sobre el colchón, esperando que su cama le regresara la calma.

—¡Llévatelos... llévatelos de aquí! —balbuceaba aún dormida María. Su rostro reflejaba un terror latente que a Alfonso le recordaba momentos de pesadilla.

Trató de no darle más importancia a sus palabras. La dejó descansar. Caminó fuera del dormitorio lo más despacio que pudo, hasta llegar a la salida de su hogar. Cerró la puerta con apuro, evitando mirar hacia donde la poca luz no alcanzaba, ignorando aquellas imágenes que le producían alucinaciones entre la penumbra. Volvió a abordar el taxi, decidido a llegar a su casa y resguardarse de todo mal que pudiera perseguirlo.

Al llegar a su morada, bajó del carro lo más rápido que pudo. Abrió con dificultad el portón, desesperado, olvidando que el chofer aún permanecía estacionado en la entrada, esperando su paga. Encendió todas las luces posibles para sentirse más seguro. Tomó un par de billetes grandes para compensar el trabajo del conductor nocturno y se acercó lo más que pudo, estirando el brazo con los ojos cerrados.

—¡Así está bien… quédese con el cambio! —exclamó titubeando, temiendo que si no se metía a su casa algo podría alcanzarlo. Se encerró con prisa, cerrando todo con candado.

Pasó una hora. El reloj marcaba las cuatro de la mañana. Alfonso sentía un aire de paz en medio de toda la iluminación que lo reconfortaba. Bebía un poco de té relajante, esperando caer en sueño.

Pero el descanso se vio interrumpido.

Un sonido estridente lo hizo caer de la cama —brrrrr… brrrrr… brrrrr…—. Su celular no paraba de sonar desde la mesita de noche. Era una llamada que se cortó repentinamente. Al revisar, vio varias llamadas perdidas de María, junto a mensajes de texto que le robaron la poca tranquilidad que le había dado el calor de su habitación:

“¿Estás despierto?”
“¡Alguien está dentro de mi cuarto!”
“¡La perilla se movió!”
“Voy a bloquear la puerta con la silla.”
“¡Contesta… por favor!”
“Estoy debajo de las sábanas.”
“¡Me las están moviendo!”
“¡La luz se apagó sola!”
“No sé si es real o mi imaginación.”
“¿Puedes venir ya…? ¡No quiero estar sola!”
“¡Escuché pasos detrás de la puerta!”
“¡No me dejes… te necesito!”
“¡Por favor… ven ahora!”
“¡Yaa!”

Los mensajes se repetían en la pantalla, dejando claro que María estaba enloqueciendo por algo que ocurría en su casa.

Alfonso, muy preocupado, le marcó una y otra vez, hasta que por fin ella respondió.

—¿Ho... ho... hola? ¿Eres... tú… Alfonso? —contestó con voz entrecortada, casi un susurro, tratando de no quebrarse en llanto.

—¡Sí… soy yo! ¿Qué te pasó? —preguntó angustiado, intentando respirar con control para no dejarse llevar por la psicosis.

Al otro lado de la línea, un silencio inundó la habitación. En ese instante, él sintió que el aire se volvía pesado, como si algo maligno se ocultara en las sombras, esperando el momento perfecto para revelarse.

María le envió una imagen que, hasta la fecha, Alfonso no podía olvidar: sus piernas cubiertas de lo que parecían mordidas y arañazos, desde los tobillos hasta los muslos. Marcas hechas con sadismo.

Mientras observaba cada detalle, la llamada se cortó abruptamente. Entonces recibió un video grabado por el celular de ella mientras dormía.

Con el corazón en la garganta, Alfonso lo abrió.

Seis pequeñas figuras infantiles la rodeaban como animales. Sus rostros distorsionados se perdían en lo oscuro. Caminaban lento hasta llegar a la cama. Los pies de María fueron jalados hasta hacerla caer al suelo. La sostenían de las piernas, brazos y torso con manos huesudas, aferrándose con fuerza, encajándose en su piel hasta hacerla lamentarse de dolor. Lamían las laceraciones que goteaban sangre, alimentándose de ella.

Y entonces, una frase heló la sangre de Alfonso:

—¡Ahoraaaaaa... es nuestro turno de jugaaaaaar… contigoooooo! —se escuchaban las voces de las criaturas, guturales, celebrando su juego macabro entre carcajadas perversas.

La grabación terminó de forma repentina, dejando al joven con un nudo en el estómago y una sensación de malestar que no se quitaría por el resto de sus noches.

Desde entonces… Alfonso no volvió a saber más de María.

Algunos vecinos creen que sus padres la vieron tan mal que necesitó ayuda profesional, o que se mudó lejos. Alfonso, por su parte, dejó de beber, de trasnochar, de salir después de la medianoche. Intentaba dejar atrás los recuerdos que parecían una cruel broma del exceso de alcohol.

Pero cada vez que su celular suena de madrugada, un estremecimiento recorre sus huesos.

¿Y si es… ella?

En su mente vive el temor de que al responder… esas mismas voces crucen la línea nuevamente, ansiosas por jugar una vez más.

Pero esta vez… con él.

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