“Hay noches en que las voces, no vienen
precisamente del viento…”
María y Alfonso daban un paseo a altas horas de la madrugada por unas
lúgubres calles, después de una velada inesperada donde el alcohol, el baile,
la música, las charlas candentes, las caricias provocativas y esos besos en los
que la ropa estaba por desprenderse entre insinuaciones más subidas de tono los
mantenían aún encendidos. Esperaban un taxi como recién enamorados, contando
los minutos para consumar su amor en la privacidad de su hogar.
A unos pasos más adelante, María sintió una extraña curiosidad por una
antigua casa de ventanas rotas, envuelta en oscuridad. Parecía observarlos
desde la lejanía, como cuencas vacías al final del camellón. Un escalofrío le
recorrió la espalda.
—¡Iiiihhh...! ¿¡Ves eso!? —preguntó con intriga, señalando los
cascarones de la vieja vivienda con su dedo tembloroso—. Me da una vibra tan
rara que hasta me pone la piel de gallina.
Alfonso se detuvo en seco, tratando de enfocar la vista, aunque el mareo
no se lo permitía.
—Vamos... No es más que una ruina que se cae a pedazos —comentó con
desdén, observando los marcos vencidos.
La noche se cubría con un manto desolador. El parpadeo del alumbrado y
el sombrío pasaje que se interponía en su camino hacían que sus corazones
latieran al unísono, en un ritmo creciente, mientras la luz se extinguía como
velas que se derriten.
—¡Aaay! ¡No quiero pasar por ahí! ¡Por favor... nooo...! —exclamó María
entre súplicas y ademanes, como una niña asustada que se cubre los ojos.
—¡Dale prisa! Ya es muy tarde y no alcanzaremos un taxi. ¿O prefieres
quedarte aquí sola a que se te aparezca un fantasma…? —bromeó Alfonso, haciendo
sonidos de espectros—. ¡Booo... booo…! Mira que te pueden ver como un buen
aperitivo las criaturas de la noche…
—¡No juegues con eso… yaaa…! ¡Salgamos de aquí! —vociferó con pánico,
apretándole la mano con fuerza y obligándolo a acelerar el paso.
El callejón parecía alargarse sin fin. El aire se volvía denso, con un
resoplo helado que traía olor a humedad y descomposición. El eco de sus pasos
resonaba en el silencio inquietante, haciéndolos saltar con cada crujido de
piedra pisada. La sensación de ser observados se intensificaba, empujándolos
hacia una desesperación que se notaba en sus ojos, hundiéndolos en un delirio
de persecución, como si algo los siguiera en la penumbra.
Al final del sendero, a pocos metros de la vieja vivienda, los restos de
la casucha abandonada parecían respirar. Exhalaban un aliento gélido que les
erizaba la piel. Las ventanas rotas los acechaban con malicia; la pintura
descascarada y las puertas balanceantes creaban una atmósfera tétrica, envuelta
en un aura de misterio que guardaba secretos de sus antiguos moradores.
Fue entonces cuando se dieron cuenta de que no estaban completamente
solos.
—¡Maaariiiaaa…! ¡Veeen…! ¡Aquí estamos…! —susurraron voces inquietantes,
suaves y persuasivas, provenientes de la quebrada morada.
—¿Escuchaste eso? —preguntó María, deteniéndose de golpe, con el pecho
oprimido.
—¡No! ¡No escuché nada! ¡Apresúrate! —replicó Alfonso, con un tono más
parecido a una orden que a una respuesta, como si intentara convencerse a sí
mismo.
La despreocupación del hombre se desvanecía. Un presentimiento lo
carcomía.
—Gluup —tragó saliva en seco, temiendo perder la poca valentía que le
quedaba, mientras veía a su pareja caminar hipnotizada, ajena a las señales de
peligro.
—¡Maaariiiaaa! ¡Ven aquí! ¡No temas de nosotros…! —volvieron a resonar
las voces, más claras, más insistentes, constantes y demandantes.
Las bisagras oxidadas y la madera carcomida se abrieron lentamente —creeek…—,
como un ataúd que se destapa, dejando escapar un lamento metálico que advertía
de una presencia.
—¡Maríaaa... Noooooo! —gritó Alfonso al ver cómo su pareja se adentraba
en la vivienda, atraída por una fuerza invisible, mientras sombras danzaban
celebrando un macabro juego.
La mujer continuó avanzando, aunque un estremecimiento la recorrió por
completo —haaasss… haaasss…— jadeaba, hasta que algo la hizo voltear —crac…
crac…—. Un crujido resonó detrás de ella, seguido de pasos apresurados que
se deslizaban entre los escombros. Entonces vio pequeñas sombras que parecían
infantes corriendo, apenas visibles entre la tenue luz que se filtraba por las
grietas.
—¡Apresúrateee…! ¡Te estamos esperandooo! —volvieron a susurrar las
voces infantiles, suaves y tétricas, flotando en el aire como un zumbido que la
acorralaba contra la pared.
De la nada, un alarido desgarrador se escuchó —¡aaaaaahhhhhh!—.
Era María, quien salió despavorida, dominada por un terror incontrolable.
—¡Espera! ¡Espera! ¡Espera…! —vociferó desesperado Alfonso, al ver cómo
su amada se perdía corriendo entre la oscuridad. La siguió, tropezando entre
las sombras, hasta distinguir a lo lejos un viejo establecimiento donde algunos
taxistas solían comprar comida.
Miró a su alrededor, y por fin la encontró: estaba a pocos metros,
abrazada a un poste de luz, el rostro pálido como una hoja de papel, los ojos
desbordados de lágrimas y la voz ahogada por el nerviosismo. Temblaba tanto que
la farola se agitaba con ella.
—¡Mi amor! ¿Por qué saliste corriendo así? —preguntó alarmado Alfonso,
viendo cómo su pareja se ocultaba tras el metal, incapaz de hablar—. ¿Qué
viste, cariño?
—¡Nada! ¡No vi nada! ¡Quiero irme a casa! —respondió entre sollozos, con
la voz rota, dejando escapar unas cuantas lágrimas—. ¡Por favor!
Al verla tan fuera de sí, Alfonso no tuvo más remedio que refugiarla
entre su brazo y su pecho, mientras alzaba la mano libre intentando llamar la
atención de algún vehículo a lo lejos, con la esperanza de escapar de aquel
lugar… antes de que otra cosa más pasara.
Las luces de la avenida comenzaron a apagarse una a una lentamente, como
si una sombra voraz se estuviera alimentando de ellas. En ese instante… un mal
presentimiento recorrió su espalda. Lo que creyeron que era producto del
alcohol los dejó paralizados.
—¡Ya nos viste…! ¡Ahora te toca esconderte a ti… Vamos por ti!
—pronunciaban en tono malicioso aquellas voces, dejando sus risas resonando en
la oscuridad como un canto maldito.
Las pequeñas sombras se acercaban cada vez más, iluminadas por el
reflejo de la luna, sus ojos brillando con una perversión inquietante. Alfonso
no podía creer que todo eso estuviera ocurriendo mientras su novia caía presa
del miedo, a punto de desmayarse.
Justo cuando el terror alcanzaba su clímax, un vehículo apareció de
repente frente a ellos, como si alguien hubiera escuchado sus plegarias.
El taxista bajó la ventanilla, extrañado por el comportamiento de
Alfonso al sostener a María entre sus brazos. Quitó el seguro de la puerta y
los dejó entrar.
El chico trató de tomar aire para tranquilizarse, pero entre el miedo y
la desesperación, no podía dejar de mirar a su alrededor, temiendo que aquellas
criaturas en forma de infantes los alcanzaran.
—¿Está todo bien…? ¿Joven? —preguntó con voz grave pero preocupada el
conductor, como si fuera un familiar.
—¡Sí… señor! ¡Solo arranque…! ¡Por favor! —exclamó Alfonso, acelerado
por la poca cordura que le quedaba, al mismo tiempo que intentaba hacer
reaccionar a María, dándole un par de leves cachetadas sin dejar de mirar por
la ventana.
El taxista no preguntó más y dio marcha al auto rumbo al camino
indicado, sin dejar de observarlos por el retrovisor.
Los minutos pasaron, quedando atrás el susto, cuando Alfonso se dio
cuenta de que estaban a unos metros de la casa de su chica. Al bajar, tomó las
llaves del bolso de ella y la cargó para sacarla del auto. Una vez dentro, la
llevó hasta su dormitorio, la recostó y la cubrió con una de las mantas que
estaba sobre el colchón, esperando que su cama le regresara la calma.
—¡Llévatelos... llévatelos de aquí! —balbuceaba aún dormida María. Su
rostro reflejaba un terror latente que a Alfonso le recordaba momentos de
pesadilla.
Trató de no darle más importancia a sus palabras. La dejó descansar.
Caminó fuera del dormitorio lo más despacio que pudo, hasta llegar a la salida
de su hogar. Cerró la puerta con apuro, evitando mirar hacia donde la poca luz
no alcanzaba, ignorando aquellas imágenes que le producían alucinaciones entre
la penumbra. Volvió a abordar el taxi, decidido a llegar a su casa y
resguardarse de todo mal que pudiera perseguirlo.
Al llegar a su morada, bajó del carro lo más rápido que pudo. Abrió con
dificultad el portón, desesperado, olvidando que el chofer aún permanecía
estacionado en la entrada, esperando su paga. Encendió todas las luces posibles
para sentirse más seguro. Tomó un par de billetes grandes para compensar el
trabajo del conductor nocturno y se acercó lo más que pudo, estirando el brazo
con los ojos cerrados.
—¡Así está bien… quédese con el cambio! —exclamó titubeando, temiendo
que si no se metía a su casa algo podría alcanzarlo. Se encerró con prisa,
cerrando todo con candado.
Pasó una hora. El reloj marcaba las cuatro de la mañana. Alfonso sentía
un aire de paz en medio de toda la iluminación que lo reconfortaba. Bebía un
poco de té relajante, esperando caer en sueño.
Pero el descanso se vio interrumpido.
Un sonido estridente lo hizo caer de la cama —brrrrr… brrrrr… brrrrr…—.
Su celular no paraba de sonar desde la mesita de noche. Era una llamada que se
cortó repentinamente. Al revisar, vio varias llamadas perdidas de María, junto
a mensajes de texto que le robaron la poca tranquilidad que le había dado el
calor de su habitación:
“¿Estás despierto?”
“¡Alguien está dentro de mi cuarto!”
“¡La perilla se movió!”
“Voy a bloquear la puerta con la silla.”
“¡Contesta… por favor!”
“Estoy debajo de las sábanas.”
“¡Me las están moviendo!”
“¡La luz se apagó sola!”
“No sé si es real o mi imaginación.”
“¿Puedes venir ya…? ¡No quiero estar sola!”
“¡Escuché pasos detrás de la puerta!”
“¡No me dejes… te necesito!”
“¡Por favor… ven ahora!”
“¡Yaa!”
Los mensajes se repetían en la pantalla, dejando claro que María estaba
enloqueciendo por algo que ocurría en su casa.
Alfonso, muy preocupado, le marcó una y otra vez, hasta que por fin ella
respondió.
—¿Ho... ho... hola? ¿Eres... tú… Alfonso? —contestó con voz
entrecortada, casi un susurro, tratando de no quebrarse en llanto.
—¡Sí… soy yo! ¿Qué te pasó? —preguntó angustiado, intentando respirar
con control para no dejarse llevar por la psicosis.
Al otro lado de la línea, un silencio inundó la habitación. En ese
instante, él sintió que el aire se volvía pesado, como si algo maligno se
ocultara en las sombras, esperando el momento perfecto para revelarse.
María le envió una imagen que, hasta la fecha, Alfonso no podía olvidar:
sus piernas cubiertas de lo que parecían mordidas y arañazos, desde los
tobillos hasta los muslos. Marcas hechas con sadismo.
Mientras observaba cada detalle, la llamada se cortó abruptamente.
Entonces recibió un video grabado por el celular de ella mientras dormía.
Con el corazón en la garganta, Alfonso lo abrió.
Seis pequeñas figuras infantiles la rodeaban como animales. Sus rostros
distorsionados se perdían en lo oscuro. Caminaban lento hasta llegar a la cama.
Los pies de María fueron jalados hasta hacerla caer al suelo. La sostenían de
las piernas, brazos y torso con manos huesudas, aferrándose con fuerza,
encajándose en su piel hasta hacerla lamentarse de dolor. Lamían las
laceraciones que goteaban sangre, alimentándose de ella.
Y entonces, una frase heló la sangre de Alfonso:
—¡Ahoraaaaaa... es nuestro turno de jugaaaaaar… contigoooooo! —se
escuchaban las voces de las criaturas, guturales, celebrando su juego macabro
entre carcajadas perversas.
La grabación terminó de forma repentina, dejando al joven con un nudo en
el estómago y una sensación de malestar que no se quitaría por el resto de sus
noches.
Desde entonces… Alfonso no volvió a saber más de María.
Algunos vecinos creen que sus padres la vieron tan mal que necesitó
ayuda profesional, o que se mudó lejos. Alfonso, por su parte, dejó de beber,
de trasnochar, de salir después de la medianoche. Intentaba dejar atrás los
recuerdos que parecían una cruel broma del exceso de alcohol.
Pero cada vez que su celular suena de madrugada, un estremecimiento
recorre sus huesos.
¿Y si es… ella?
En su mente vive el temor de que al responder… esas mismas voces crucen
la línea nuevamente, ansiosas por jugar una vez más.
Pero esta vez… con él.
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